miércoles, 8 de abril de 2020

La vie en rose

Hola, cuelgo mi última creación, recién salida del horno...


                                                  La vie en rose



                                                            I    
                                                           

El elevador metálico se tambaleaba en el aire mientras ascendía. Chirriaba fuertemente, como un tren cuando frena en seco y se desplaza por las vías echando chispas procurando no atropellar un animal. Un hombre, de espaldas anchas y tripa caída, manipulaba los botones de un mando: debía cuadrar el borde del elevador con el hueco rectangular de la pared. Arriba, más arriba, un poco menos,… El elevador se detuvo. El hombre esbozó una sonrisa disimulada mientras se movía a los lados para comprobar su obra. Sabía que era bueno, que era el mejor de la plantilla para ese celestial menester. Perfecto.
Sebastián miraba cansado la escena. Detrás de él, un par de compañeros de su trabajo permanecían silenciosos. Y un poco más, un grupo de mujeres de edad avanzada, apiñadas como en la cola de un puesto de verdura, murmuraban cabizbajas cosas ininteligibles, como si la edad además de disminuir el cuerpo y arrugar la piel redujera el volumen de la voz y el tamaño de las palabras.
Otro con una escalera, la apoyó sobre la fachada y ascendió con desgana. Con unos guantes negros de nylon empujó el ataúd que sostenía el elevador hacia el hueco, desapareciendo en sus entrañas. Luego colocaron la lápida del nicho a base de taladro y garras. Las mujeres mayores empezaron a besar a Sebastián y a marcharse muy despacio, como reproducidas a cámara lenta. Después, los compañeros de trabajo, y después se quedó sólo, sólo con los sepultureros y un gato que jugaba con otro a morderse la espalda.
Decidió no volver a casa todavía, no le apetecía. Tampoco le esperaba nadie y necesitaba desentumecer las piernas. Habían sido muchas horas de hospital y tanatorio. Todavía era temprano y el día se podía hacer muy largo. Empezó a callejear hacia el corazón de la ciudad. Sebastián observaba con mucha atención el ajetreo y el ruido de las calles. Un día como hoy estaría trabajando en el hospital, recogiendo las bolsas negras de basura de cada planta, amontonándolas en el ascensor de servicio, lanzándolas dentro de la furgoneta vieja y roída que conducía y, finalmente, volcándolas en un contenedor, que un camión se llevaría lejos de la ciudad. Y luego otra vez. Y otra. Aunque a veces, su quehacer diario se reconvertía en limpiar las ventanas de las plantas, de las habitaciones, de cualquier cristal que pudiera mancharse. Normalmente, sustituía a Alfredo, un compañero y uno de los pocos amigos que tenía. No es que soñara con pasar la regleta húmeda por todas partes, pero un cambio de tareas se agradecía de vez en cuando.
Era la hora de comer y entró en un bar. Se sentó junto a la ventana y siguió observando. Una niña de la mano de su madre caminaba con premura. Se acordó de su hija. Cogió el móvil.
-Dime.
-María, soy yo, Sebastián.
-Ya lo sé. ¿Qué quieres?
-Bueno. Quería… Pues, como ha sido hoy el entierro, pues… si esta tarde pudiera ver a Ana, aunque sea un momento…
Silencio. Luego una respiración honda.
-Sebastián. Siento lo de tu madre. Aunque no te voy a mentir. Sabes que no me caía nada bien. Pero Ana no te toca hasta el viernes, y ya te dije que prefería que ella estuviera al margen de todo esto, es muy pequeña todavía para enfrentarse a que las personas morimos y todo eso. Sólo tiene seis años, por Dios. Yo ya le he dicho que su abuela ya se ha ido al cielo. Y esta tarde tiene extraescolares, patines, y luego un cumpleaños. Creo que es mejor que se mantenga al margen. El viernes ya la verás.
Sebastián recuerda su noviazgo como feliz. Eran una pareja que se compenetraba bien. María tenía unas cualidades que suplían las carencias de él, sobre todo en carácter y decisión, y el engranaje  giraba sin rozaduras. Luego vino el matrimonio y luego Ana. No sabe por qué pero María cambió. Se transformó. Cada día era una prueba contrarreloj por ser la mejor madre, la mejor educadora, la mejor en todo. Se volvió más exigente. No se conformaba con lo que tenía, sino que quería más, mucho más para su hija: el mejor colegio, la mejor ropa, la mejor educación. Y su marido no se lo iba a proporcionar. Se comparaba con otras familias, y nunca encontraba nada bueno en la suya. Sebastián, por aquel entonces, trabajaba como peón en la construcción y María en una oficina de administrativa. La frustración de María encontró una diana donde desahogarse, un saco de boxeo donde golpear. Raro era el día que Sebastián no recibía una lluvia de reproches que flirteaban muchos con la humillación. Ella tenía mucho carácter, y Sebastián carecía por completo de él. La situación empeoró cuando Sebastián se quedó sin trabajo. La empresa de construcción donde trabajaba se declaró en bancarrota y Sebastián empezó su infierno particular. No encontraba trabajo y cada día era peor que el anterior. Empezó a beber. Nunca había bebido, no le gustaba, pero en ese tiempo el alcohol se convirtió en un consuelo. Conseguía un estado que lo hacía inmune a cualquier cosa. No había un solo día que no se arrepintiera de todo aquello. Se divorciaron cuando Ana acababa de cumplir tres años. El Juzgado atribuyó la custodia a María y estableció un pírrico régimen de visitas. Sebastián volvió a casa, volvió con su madre.
Siguió serpenteando las calles con mucha atención. Jamás había caminado tanto. Apareció en la plaza del Tossal. La plaza estaba viva, bulliciosa. Una música le llamó la atención. Era una música especial, muy íntima, como si desgarrara. No sabría describirla. Una muchedumbre le impedía ver. Se acercó como pudo y vio a un joven. Estaba de pie, tocando un violín, en frente de una terraza de un restaurante. Tenía el pelo largo y despeinado. Camiseta blanca. Cerraba los ojos mientras se contoneaba agarrando el violín. Movía el arco de arriba abajo, a la vez que los dedos de la otra mano pulsaban hábilmente las cuerdas. Una atmósfera mágica envolvía la plaza, que contenía la respiración, salvo algún que otro niño que correteaba inquieto y gritaba. Sebastián clavó los ojos en aquel violinista y se quedó cautivado. Aquella música, aquella melodía elevó su cuerpo por encima de todos. Era una pluma liviana a merced de  la corriente. Se acordó de su madre, de su querida madre. Se acordó de cuando era pequeño y se quedaba con él en la cama porque tenía miedo. Se acordó de cuando hacía su tarta favorita en sus cumpleaños, una tarta de chocolate con galletas bañadas en café, que sus amigos siempre decían que era la mejor tarta que habían probado nunca. Se acordó de la cara que puso cuando cogió el teléfono y escuchó que papá había tenido un accidente y estaba grave, muy grave, muriendo pocos días después. También cuando su madre acudió a casa de Lucas, el niño que aterrorizaba a todos en el colegio, para decir a sus padres que ya bastaba de que le asustaran y le pegaran, que no iba a tolerar más veces que su hijo viniese del colegio con el ojo morado. De la sonrisa que esgrimía al volver de trabajar, con aquel mono azul, lleno de polvo, a pesar de estar agotada. Y cuando le dijo a su madre que no quería estudiar, que no servía para nada, que era mayor y quería trabajar, que apenas reaccionó y se puso a hacer la cena. Y cuando le presentó a María, como la acogió de buen grado, a pesar de que algo en ella no le presagiaba nada bueno. Como el nacimiento de Ana la hizo muy feliz, aunque aquello fuese como un espejismo, porque María, a menudo, encontraba un pretexto para que su nieta no estuviese con su abuela. Y se acordó de sus ojos cuando abrió la puerta de su casa y lo vio a él, tambaleándose, borracho, después de que María lo echara de casa. Se acordó de tantas y tantas cosas que nunca habría nada que pudiera compensar todo lo que había hecho por él.
Aquella noche Sebastián entró en la habitación de su madre. No había vuelto desde entonces. Todo seguía igual. La cama estaba deshecha, el batín por el suelo, las zapatillas. Cuando la fiebre superó los treinta y nueve salieron zumbando hacia el hospital. Todavía se conservaba el olor de su piel, ese olor que tiene cada uno y con los años se vuelve más personal y único.   
Se tumbó en el sofá del salón. La televisión estaba apagada. A estas horas estarían viendo alguno de los programas que le gustaban a su madre y él detestaba. Miró la fotografía que estaba en una estantería, junto a unos libros. Estaban su madre y Ana, sonriendo las dos. En el fondo, se podía ver un pequeño estanque. Era el parque de Viveros, la zona de los patos y las ocas. A su madre le gustaba mucho ese lugar.
Todavía recuerda nítidamente la tarde que regresó con su madre. Aquella tarde peregrinó de bar en bar, sorbiendo hasta el último mililitro de cada copa. Se arrastró como un gusano hasta que llegar a la puerta de su casa e intentó repetidamente introducir la llave en la cerradura. No hizo falta intentarlo muchas veces. María abrió la puerta y descargó toda su ira en él. Tenía toda su ropa guardada en sus maletas, como si lo hubiera estado esperando, y después de más gritos lo sacó de su casa a empujones. Ana lo presenció todo. También los vecinos. Rojo como un tomate se marchó sin rechistar.
No sabía por qué diablos empezó a beber. Bueno, no es verdad, sí que lo sabía. Tenía la autoestima por los suelos, se sentía muy sólo. Y su madre no estaba allí para ayudarlo, ni tampoco María estaba por la labor. Al contrario, ella siempre estaba machacándole. Que si no encontraba trabajo, que si no hacía nada en casa, que si era un gandul que no servía para nada. Sebastián se callaba, como toda su vida había hecho, y eso la provocaba todavía más, tanto que a veces perdía totalmente el control, pudiendo llegar hasta agredirlo. Sí, tomaba tantas copas porque necesitaba el coraje suficiente para entrar en su casa y asumir que no podía mantener a su familia y que su mujer hacía tiempo que no lo quería.
Cuando su madre abrió la puerta y le vio allí, de pie, inclinado hacia delante, inclinado hacia atrás, no hizo preguntas. Le preparó algo caliente y lo acostó en su antiguo cuarto, que estaba como siempre, como si lo hubiera estado esperando. A la mañana siguiente, con un fuerte dolor de cabeza, su madre y él hablaron. Sebastián se dio cuenta de muchas cosas. Quizás su matrimonio no era tan ideal como pensaba en un principio. Quizás ella no lo quería tal como era. Quizás necesitaba quererse más. Su madre también se corresponsabilizó de su situación, también había cometido errores. Siempre lo había sobreprotegido, se quedó sin padre siendo muy pequeño y no quería que sufriera. Tanto celo que había convertido a su hijo en una persona dócil, manejable, con poca personalidad, que en este mundo de tiburones lo convierte en una presa fácil. Pero ella confiaba en que todo podía cambiar, siempre se podía cambiar, aunque no fuera fácil. Sebastián se propuso así  enderezar su vida, por y para su hija, junto a su madre, que lo ayudaría sin condiciones. Tenía que ser el inicio de una nueva vida.
Era de madrugada y no se había dormido. Tampoco había cenado, aunque no hubiera podido puesto que la nevera estaba vacía. Durante estos últimos días no había tenido tiempo para comprar nada. Sebastián encendió la televisión. Necesitaba algo de entretenimiento. Su cabeza estaba repleta de pensamientos e imágenes que se sucedían unas tras otras y lo volteaban al pasado.
El inicio esperanzador fue difícil al principio: apenas podía pagar la pensión  por alimentos. Su madre le ayudaba económicamente. Aunque poco a poco, el barco fue enderezando la proa. Sebastián dejó de beber. Eso no fue muy costoso, nadie le decía que si era un mamarracho o no servía para nada. Encontró un empleo en una empresa de limpieza. El trabajo era monótono, pero sencillo. Aunque muy digno. Gracias a él y a los demás compañeros se mantenía el hospital limpio e inmaculado, impidiendo la entrada de bacterias y virus. La relación con su madre era fluida y respetuosa. Y luego las visitas a su hija, que tanto él como su madre esperaban ansiosos cada viernes, que eran como agua de mayo. Todo rodaba de tal manera y Sebastián se sentía tan bien que se planteó incluso ampliar el horario de visitas, que su hija pudiera quedarse algunos fines de semana en casa. Esa propuesta cayó como una provocación en María, que de ningún modo iba a permitir que Ana durmiese en casa de su abuela con un borracho y holgazán. “Se comporta como una leona rabiosa” rumiaba su madre de vez en cuando. Esto sorprendía a Sebastián, puesto que su madre, durante su matrimonio, nunca lo había juzgado, aunque Sebastián podía intuir lo que podía pasar por dentro de su cabeza. Cuando su vida estaba en un terreno sólido y sin maleza, su madre enfermó repentinamente y ahora… ahora descansaba en un diminuto y escalofriante nicho.
Al final, Sebastián pudo dormirse. La televisión siguió encendida.


                                                          II

       
Días después del funeral, Sebastián se incorporó al trabajo. Intentó continuar como si nada hubiera pasado, como si la muerte de su madre fuera algo que debía asumir con naturalidad y no afectase a su vida y a sus avances. Aunque eso no era cierto. La casa se le caía encima, no levantaba cabeza y no había nadie a quien pudiera recurrir. Su vida ahora le parecía triste y aburrida, con un trabajo que consistía básicamente en recoger la mierda de los demás. A su hija sólo la veía una vez a la semana, un par de horas, sin que tuviera tiempo para intimar, al menos, como lo haría un padre de verdad. Incluso María se había fortalecido con la muerte de su madre y no paraba de amenazarle para que retirase su petición en el Juzgado de ampliar el régimen de visitas. Cada vez que hablaban por teléfono discutían. Sebastián había perdido las fuerzas. Estaba sucumbiendo. Tenía que hacer un sobreesfuerzo descomunal para que su hija no advirtiese la depresión que lo acechaba. Normalmente paseaban por el parque, lanzaban trozos de pan a los patos o a las ocas. O, a veces, iban al cine y comían palomitas. Cuando aquellos paseos terminaban o regresaban del cine para llevarla a su casa volvía a caer en una especie de aura depresiva, que no parecía acabar nunca. Tampoco tenía demasiados amigos. Es más, diría que no tenía amigos, salvo un par de compañeros en su trabajo, los mismos que lo acompañaron en el funeral de su madre.
El avance del otoño lo deprimió aún más. Empezaba a marcar las ojeras, puesto que no conciliaba el sueño profundamente, había dejado de pasear y se alimentaba peor que las ratas de alcantarilla. Una tarde volvía del trabajo en el autobús. Sebastián observaba al resto de viajeros. Si estaba deprimido no era el mejor lugar para recuperarse. Sólo veía caras grises y sombrías. En una parada subió una persona con claros signos de embriaguez. No podía mantenerse en pie. Un señor de la parte delantera le cedió el asiento. Que malos tiempos en que flirteó con la bebida, cuando entraba en un bar sobrio y salía como si tuviera el mal de tierra de los marineros. Por aquello casi pierde el derecho a ver a su hija. Su madre lo ayudo a salir del agujero, le insufló confianza. Autoestima. Le enseño también a poder levantar la cabeza incluso en aquellas situaciones vergonzantes, asumir que todos nos equivocamos y merecemos una segunda oportunidad. Recordó que le prometió que, pasara lo que pasara, no sucumbiría nunca a los tentáculos del alcohol, que era consciente de los estragos que producía.
Bajó de súbito del autobús. Tenía que salir de aquel cacharro con ruedas que sólo le transmitía malas vibraciones. Mejor volver andando.
 El viento soplaba ufano y las hojas de los árboles correteaban por las calles enredándose en los pies de los viandantes, que las arrastraban durante unos metros. Las farolas aún no estaban encendidas y las sombras se iban apoderando de las calles. Pensó en llamar a María, quería hablar con su hija, pero seguro que no podía, estaría en alguna extraescolar o en algún cumpleaños. El juego de luces de los coches y las farolas, los muñecos de los semáforos, los escaparates de las tiendas, los pitidos, el bullicio,  todo le distraía. Un escaparate gigante le llamó la  atención, era el escaparate de una tienda de instrumentos musicales. Se fijó en los instrumentos que había, cómo relucían, como si fuesen eternamente nuevos: órganos, trompetas, flautas y violines. ¡Violines! Se acordó del violinista callejero que estaba en la plaza del Tossal, el día del entierro de su madre. Fue como un fogonazo. Su vida iba a dar un cambio de ciento ochenta grados.
El barrio donde creció Sebastián era uno de tantos de clase obrera construido durante los años 70 y 80 en el extrarradio de Valencia. Todos los edificios de viviendas eran gemelares, con la misma alineación y el mismo color verde aceituna. Cada cuatro o cinco calles había un parque, con una palmera datilera en el centro y muchos bancos de piedra alrededor. En uno de esos parques había una academia de música. A tres minutos de su casa. Cuando era pequeño, su madre lo apuntó a unas clases de solfeo, pero coincidió con el fallecimiento de su padre y Sebastián enmudeció de la noche a la mañana, de repente. No decía ni los buenos días. Fue un año de constantes visitas al psicólogo y ausencias intermitentes en el colegio. Por supuesto, no pudo continuar con sus clases de solfeo.
Una tarde se presentó en la academia de música. Detrás de un mostrador alto, había una joven que se llamaba Verónica, de unos veinticinco años. Miraba directamente a los clientes, prácticamente sin pestañear. El pelo le llegaba hasta los hombros y siempre tenía una sonrisa en la boca. Detrás de ella había recortes de periódicos colgados en la pared, fotos de personas que sujetaban instrumentos y carteles de certámenes de música.
-¿Con que quieres aprende a tocar el violín? Y dices que no tienes ni idea de música, que no has hecho nada de solfeo…- Sebastián quiso comentarle que cuando ella seguramente estaba en pañales él había estado yendo unos meses a esa academia, pero la verdad es que no hubiera servido de nada, ella tenía razón, no se acordaba de nada en absoluto y no tenía la más remota idea de música- Pero puedes intentar primero ir a unas clases de solfeo y luego…
-Es que yo sólo quiero aprender a tocar el violín-volvió a apuntar Sebastián. Parecía un niño caprichoso.
-La verdad es que el violín es uno de los instrumentos más complicados. Bueno, bueno. De todas formas durante las clases te pueden ir explicando las clases de solfeo. Todo a la vez- empezó a mirar una libreta con anotaciones y un folio que contenía un calendario, donde estaba el horario de las clases- Aquí tenemos una profesora de violín, que da clases individuales. A ver…- siguió mirando el calendario- ¿Qué disponibilidad tienes?
-Tiene que ser por las tardes, y a partir de las seis.
-Ok.- puso el dedo índice en un cuadrado del folio- ¿Los jueves a las siete?
La academia de música parecía más pequeña de lo que luego era en realidad. Del  recibidor, con Verónica en primera línea, partía un pequeño pasillo que se dividía, a su vez, en una maraña de pasillos, tan estrechos que casi no cabían dos personas de lado. Y al final de cada pasillo, un cuarto insonorizado. Lo más parecido a un laberinto. Los cuartos insonorizados tenían todos una cosa en común: estaban totalmente desordenados. Era como que para ser músico tenías que, además de saber tocar, saber convivir el caos absoluto.
La primera clase de violín fue como una charla de amigos en un bar de la esquina. Su profesora, Paula, de cuerpo menudo y piel blanca, sometió a Sebastián a un interrogatorio acerca de sus gustos, sus inquietudes, por qué había elegido el violín, su vida. Se dio cuenta en seguida que su alumno no era muy locuaz.
Ana se quedó boquiabierta cuando vio el violín que se había comprado su padre. Sebastián le contó detalladamente como era la academia, sus laberínticos pasillos, como era su joven profesora y lo magistralmente que tocaba el violín. Su cara de asombro le encantó y, al mismo tiempo, se sintió orgulloso de él mismo, estaba enseñándole cosas que ella desconocía.   
La práctica del violín fue muy despacio al principio. De hecho coger el violín per se suponía hacer algo extraño e inusual. Sujetarlo con la mano izquierda, colocarlo correctamente sobre el cojín que está sobre el hombro, ladear la cabeza hasta apoyarla en el cuerpo del violín, etc. No digamos coger el arco con la otra mano, deslizarlo sobre las cuerdas, no tocar las cerdas. Se enteró que eran pelos de caballo. Sebastián quedó impresionado con la importancia del dedo meñique en la sujeción del arco. El dedo que parecía el más prescindible de la mano se convertía en primordial en la práctica del violín. Las primeras semanas hacían ejercicios muy básicos, incluso tocando las cuerdas con los dedos. Paula, a menudo, intercalaba  lecciones de solfeo, enseñándole las notas musicales, el pentagrama, las negras, las blancas, las corcheas. Era una profesora muy paciente, ya que Sebastián era un auténtico bisoño en ese territorio. Pero  fue progresando poco a poco, con mucho entrenamiento, eso sí. Practicaba  todos los días después de trabajar, salvo los viernes que estaba con su hija. En su casa había habilitado una de las habitaciones para la práctica del violín, que hasta entonces la utilizaban de cuarto trastero. Limpió el cuarto a fondo, compró un atril, puso algunos carteles de conciertos en las paredes, compró una silla de segunda mano especial para tocar. Era un santuario de la música. Y practicaba, y practicaba
Paula, a pesar de su juventud, se había convertido en adulta a marchas forzadas. Tenía un hijo de 2 años de una relación anterior, por llamarlo de alguna manera, y desde hacía un tiempo vivía en el barrio con una nueva pareja. Él trabajaba como fontanero en una pequeña empresa familiar y ella no hacía mucho que había empezado a dar clases en la academia. Pertenecía a una familia de clase media-alta. Había estudiado en la Universidad y también en el Conservatorio Superior de Música. Cuando terminó el Conservatorio, la fichó una reputada orquesta filarmónica valenciana y empezó una gira de conciertos, primero por España y luego por toda Europa. Le confesó que a la vez que visitaba las capitales de Europa mantenía en secreto una tórrida relación con el director de la orquesta. Bueno, en secreto, para ella, porque al final todos los sabían. Verónica se había enamorado perdidamente. Pero su idolatrado director no sólo jugueteaba con ella en la cama por los diferentes hoteles de Europa, sino que también tenía otros “affaires” con otras compañeras. Todo se complicó cuando involuntariamente se quedó embarazada, y el bueno del director se desentendió. La familia de Paula no vio con buenos ojos el embarazo, era un escándalo intolerable en los círculos sociales con los que se codeaban. Su familia se empeñó que lo más sensato era abortar y ella estuvo a punto de hacerlo. Pero al final no lo hizo. No sabía por qué,  pero algo en su interior se lo impidió y éso le enfrentó a su familia. Fue valiente e hizo lo que le pidió el cuerpo. Al final su familia lo aceptó y la apoyaron, aunque ella no olvida que se lo pusieron bastante difícil.  Sebastián constató que las apariencias siempre conducen a engaño: nadie pensaría que dentro de esa figura pequeña y aparentemente frágil se escondía una voluntad fuerte y decidida.
Paula le recomendó los conciertos de música clásica para niños que hacían en el Palau de la Música, Ana se lo pasaría en grande. Casualmente, los conciertos eran los viernes por la tarde, el día de su custodia. Sebastián creyó que era una muy buena idea. Además, como colofón final, sería estupendo cenar en plan de hamburguesas y patatas fritas con kétchup. Llamó a María.
-¡Dime!- contestó María en su tono habitual, el tono de un jugador defensivo de los Buffalo Bills.
-Hola María. ¿Cómo estás?
-Muy bien. Al grano que tengo cosas que hacer- Sebastián no podía esperar más de ella.
-El próximo viernes he visto que hacen un concierto de música para niños en el Palau. Y he pensado que después estaría bien cenar con Ana. ¿Qué te parece?
Hubo un silencio, no sabe si premeditado o no.
-¡No!- contestó tajantemente María- La hora de vuelta es la acordada y ya está.
-Sí, pero sólo nos retrasaríamos un poco. Será para cenar.
-He dicho que no.
Sebastián empezó a sentir como le subía un calor por el cuerpo que creía que iba a abrasarle la cara. En otro momento de su vida seguramente la conversación hubiera terminado en ese punto, pero estaban pasando muchas cosas que estaban haciendo mella en él. Tragó saliva y con gran contención dijo:
-Mira María. Llevamos casi tres años divorciados y nunca te he pedido nada. Sé que como padre he cometido muchos errores, pero estoy intentando enmendarlos, por Dios, que lo estoy intentando. Y sabes que mi hija es lo único que me queda- en esta última frase se le quebró la voz- Sólo es regresar un poco más tarde, cenar después del concierto. Y luego a casa. ¿Cuánto tiempo llevo sin cenar con mi hija? Piensa por lo menos en tu hija, que es bueno que este con su padre, aunque no sea como tú hubieras querido.
Si le hubieran dicho hace seis meses que estaba dando clases de violín en una academia, que ya había empezado a tocar acordes con un poco de soltura, que había asistido a un concierto de música con Ana en el Palau de la Música y ahora, después del concierto, estaba cenando con ella en una restaurante una hamburguesa con bacón y queso no se lo hubiera creído nunca. Realmente no se lo hubiera creído en ningún caso. Los últimos meses, desde la muerte de su madre, habían sido muy duros, pero empezaba a ver la luz al final del túnel. El descubrimiento del violín, las clases, conocer a Paula y sus enseñanzas, no sólo musicales, habían supuesto un auténtico revulsivo en su vida, una recarga de energía que provocaba que mirara al futuro con más esperanza.
-¿Te has fijado en todos los instrumentos de la sala? Había instrumentos de cuerda, de viento, de percusión. Y todos sonando a la vez, cada uno en el momento oportuno y con la intensidad adecuada, guiados por el director, que era ese que estaba subido en el pedestal. ¿No te sonaba fantástico?
-Sí, papá. Me ha gustado mucho- contestó Ana y siguió comiendo las patatas fritas rociadas de kétchup. La hamburguesa literalmente se la había engullido.
- Y ¿qué te parecía el violinista que estaba más cerca del director? Tienes que tener un don especial para manejar el arco de esa manera, es muy difícil,… Pero sabes una cosa: con la práctica, hija, con el esfuerzo, también se puede llegar a dominar el violín, hacerlo sonar muy bien. Y lo mismo lo puedes aplicar a cualquier cosa que te propongas- Paula seguía comiendo sus patatas, pero ahora tenía hasta la nariz manchada de kétchup.
En la academia, Paula le contó que al final de curso siempre hacían un festival en un centro social, donde podían ir los padres y los amigos a ver su actuación. Como había progresado mucho y, aunque llevaba poco tiempo, si quería, podía elegir una pieza sencilla para interpretarla. Sebastián sentía un poco de vergüenza, tener que subir al escenario, todos mirándolo, y que pudiese equivocarse. Pero últimamente sentía que podía con todo y eligió una pieza entre las que le propuso Paula: “la vie en rose”, en escala Do mayor.
Sebastián estaba entusiasmado, tenía un objetivo, una misión. Se tomaba las prácticas de violín con más seriedad y practicaba todavía más horas. Incluso tuvo que pedir disculpas repetidas veces a los vecinos cuando se ponía a ensayar a horas no adecuadas. Faltaban unos meses para el festival y quería hacerlo muy bien. Además su hija estaría allí, quería que disfrutara, que se sintiera orgullosa. Ya había hablado con María, quien misteriosamente había aceptado sin rechistar. No sabía si estaba ablandándose o es que el tono y la seguridad que Sebastián esgrimía últimamente la habían dejado paralizada y sin opción de defensa.


                                                            III


La realidad de Sebastián se truncó por un acontecimiento inesperado. La empresa de limpieza en la que trabajaba, que prestaba sus servicios en distintos hospitales, terminó su contrato con la administración y fue sustituida por otra, subrogando a gran parte de los trabajadores. Sebastián, a pesar de que estaban contentos con él, era de los que menos antigüedad tenía, con lo que no fue contratado.
De la noche a la mañana pasó de acudir al trabajo a engrosar las listas de desempleados. Su ánimo cayó en picado. Hizo cálculos de los gastos que debía asumir y el horizonte se le ennegreció más. No quería pedir una rebaja de la pensión a María para que no le amenazara con acudir al Juzgado y que su solicitud de ampliación del régimen de visitas fuese desestimado.
Apesadumbrado fue a la academia a comunicar que tenía que darse de baja, al menos por un tiempo, hasta que volviese a encontrar trabajo. Por una vez Verónica, la recepcionista, no sonrió. Paula le animó a seguir practicando en casa y que cualquier cosa podía llamarla. Respecto al festival de final de curso en principio no podía participar, sólo era para los inscritos en la academia. Aunque ante tales sobrevenidas  circunstancias intentarían ablandar a su jefe para que hiciera una excepción.
Sebastián intentaba mantenerse ocupado. En un principio, continuó con las rutinas como si estuviera trabajando. En vez de ir al hospital acudía a las oficinas del desempleo para aportar documentación y hacer entrevistas, daba paseos para hacer ejercicio,  y luego seguía tocando el violín. Pero los días fueron transcurriendo, su situación no cambiaba y un bucle de depresión y tristeza se  apoderaba de él.
Se volvió perezoso. Permanecía cada vez más tiempo en casa, con la televisión encendida, holgazaneando en el sofá, siempre con el pijama puesto. Dejó de tocar el violín, no era capaz ni de abrir el estuche. Sólo salía para comprar cualquier cosa y volver rápido a casa. Estaba deslizándose por un tobogán cuyo final no era nada halagüeño.
Una tarde sonó el móvil.
-¿Sí?
-Hola, soy Paula. ¿Cómo estas Sebastián?
La llamada le cogió por sorpresa. Hacía más de un mes que no iba a la academia y había olvidado la voz de su antigua y joven profesora.
-Sabes, hemos estado hablando con el jefe y el muy cabezota es duro de convencer. Sigue con que es necesario estar apuntado. Dice que no puede hacer excepciones, que si no luego vendría otra y otra, y la academia es un negocio y bla, bla.
-Bueno, no te preocupes, Paula. No pasa nada.
-Pero, ¿sabes?, creo que al final entre Verónica y yo le convenceremos. Todavía falta un poco más de un mes para el festival y podemos ser muy persuasivas, ¿sabes?
Sebastián había olvidado por completo el festival.
-¿Sigues practicando con el violín?
-Bueno…, pues…, sí- mintió- Sí que estoy practicando, pero estoy un poco liado con el tema de buscar trabajo y eso.
-Tranquilo, lo primero es lo primero. Pero intenta sacar tiempo de donde puedas, no quiero que un talento como ese se eche a perder, ¿eh? ¿Qué tal tu hija? ¿Todo bien?
El resto de la tarde su cabeza no paró de repetir la misma palabra: talento, talento, talento. Imaginó que lo más probable es que lo hubiera dicho para quedar bien y subirle los ánimos. Pero lo había dicho, sí. Y le había subido los ánimos.
Se sentó en la cama de la habitación de su madre. Volvió a observar cada detalle, cada rincón. Qué pensaría ella de todo esto, qué pensaría ella de mí, qué me diría. Cogió el batín que aún seguía en el suelo y lo colocó en un perchero. Miró todas las camisas y las chaquetas colgadas, toda la ropa doblada en los estantes. Las acarició con los dedos. Recordó el día de su muerte, de su funeral, recordó su triste entierro. Su madre hubiera merecido una despedida mucho mejor.
Empezó a practicar de nuevo con el violín. Se levantaba temprano. Tomaba un escueto desayuno y escuchaba lecciones de solfeo que había encontrado por internet. Luego, a una hora aceptable para los vecinos, comenzaba a tocar el violín. Repasaba todas las notas, todos los acordes, todo lo que le había enseñado Paula, la pieza que se había comprometido a interpretar. Después se presentaba en la oficina de empleo para informarse de ofertas o de cursos. Tenía que empezar a formarse, obtener una titulación o especialidad para poder acceder a más puestos de trabajo. Y volvía a casa a practicar.
Sin darse cuenta, intensificó excesivamente las horas de violín. Empezaban a dolerle los tendones de los dedos, la muñeca, las cervicales. Siempre en la misma postura corporal, los mismos movimientos de brazos, el cuello inclinado. Pero no podía parar. Cada vez que subía el arco le asaltaba a la mente un recuerdo, cada vez que pulsaba dos cuerdas una imagen le sacudía el alma. Abandonó la búsqueda de trabajo, de cursos. Estaba totalmente obsesionado con tocar el violín y tocarlo bien, muy bien. Dormía mal por la excitación del día siguiente y seguir ensayando, temblaba de la cabeza a los pies por la tensión. Era como un muerto viviente. No contestaba al teléfono, no hablaba con nadie. Sólo tenía en la cabeza un pensamiento: el violín.
Después de tocar sin interrupción durante muchos días y muchas horas, dejó el violín en su regazo, respiró hondo y sonrió satisfecho.


                                                                 IV


Viernes. Sebastián se dio una ducha, se afeitó concienzudamente y se vistió de manera elegante. Estaba nervioso. Había llegado el momento. Guardó el violín en su estuche y salió de casa.
María se sorprendió al ver a Sebastián, tan arreglado y con el violín, pero no le dijo nada, salvo el habitual “se puntual”. Se alejaron y Ana, mirando a su padre, le preguntó:
-¿Dónde vamos hoy, papi? ¿Vamos a ver los patos del estanque?
-No hija, hoy no- contestó Sebastián con cariño- Hoy vamos a ver a tu abuela.                                                              
El cementerio tenía un aire misterioso. El cielo estaba nublado y no dejaba pasar la luz del atardecer. Sus calles sepulcrales estaban desiertas, salvo por algún visitante solitario o algún trabajador. Eso sí, los omnipresentes y sagrados gatos campaban alegremente a sus anchas, como que lo que se escondía dentro de cada nicho no fuese con ellos. Ana caminaba agarrada de la mano de su padre, mirando los bloques de mármol con mucho respeto. Nunca había visto nada igual.
-No te asustes, cariño. Aunque no lo entiendas aún, éste es uno de los sitios más seguros del mundo.
Ana se sentó en un banco mirando a su padre, que estaba de pie, delante de un bloque de nichos, sacando el violín del estuche. Una mujer, a pocos metros, apoyada en un bastón de madera, recolocaba cuidadosamente unas flores en un florero. Sebastián pasó un paño de fieltro por el cuerpo del violín, giró un par de clavijas, agarró el arco con la mano derecha y apoyó el violín en su hombro. Se giró hacia Ana sonriéndola y ella le devolvió la sonrisa. Era el padre más afortunado del mundo. Miró ahora hacia el nicho de su madre con un nudo en la garganta, cerró los ojos, y comenzó a deslizar el arco de arriba abajo. La melodía empezó a sonar.
Fuera del cementerio, cruzada su puerta, Sebastián ya no resistió más y se derrumbó. Lloró como un bebe. No recordaba la última vez que había llorado de ese modo, incluso no había derramado ni una sola gota con la muerte de su madre, ni en el funeral, aunque ganas no le habían faltado. Se abrazó a su hija. Fueron los momentos más dichosos y gratificantes que pudo recordar nunca. Podía ser aplastado por un meteorito, podía ser engullido por la misma tierra, podía caerle un rayo en la frente y partirlo en dos, que cualquier penalidad estaría justificada siempre que luego pudiera estar allí, en ese  lugar, en esa cochina parada de autobús a las puertas del cementerio,  abrazando a su hija, que era lo más valioso que tenía. Se alegraba de haber resistido cualquier embate del destino y no caer, y poder ahora refugiarse en los brazos de Ana.
-¡Papá! ¡Papá!
Sebastián se limpió las lágrimas con las mangas de la camisa.
-¡El móvil! ¡Te está sonando el móvil!
Era un número desconocido. Se alejó un par de metros. Su hija lo miraba intrigado.
-¿Quién era?
-Eran de la oficina de empleo. Dicen que tienen una oferta para mí- se estiró la camisa- Vamos hija, es hora de irnos.




                                                               FIN

Rafael Mercé

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