La vie en rose
I
El elevador metálico se tambaleaba en
el aire mientras ascendía. Chirriaba fuertemente, como un tren cuando frena en
seco y se desplaza por las vías echando chispas procurando no atropellar un animal.
Un hombre, de espaldas anchas y tripa caída, manipulaba los botones de un mando:
debía cuadrar el borde del elevador con el hueco rectangular de la pared.
Arriba, más arriba, un poco menos,… El elevador se detuvo. El hombre esbozó una
sonrisa disimulada mientras se movía a los lados para comprobar su obra. Sabía
que era bueno, que era el mejor de la plantilla para ese celestial menester. Perfecto.
Sebastián miraba cansado la escena. Detrás
de él, un par de compañeros de su trabajo permanecían silenciosos. Y un poco
más, un grupo de mujeres de edad avanzada, apiñadas como en la cola de un
puesto de verdura, murmuraban cabizbajas cosas ininteligibles, como si la edad
además de disminuir el cuerpo y arrugar la piel redujera el volumen de la voz y
el tamaño de las palabras.
Otro con una escalera, la apoyó sobre
la fachada y ascendió con desgana. Con unos guantes negros de nylon empujó el
ataúd que sostenía el elevador hacia el hueco, desapareciendo en sus entrañas. Luego
colocaron la lápida del nicho a base de taladro y garras. Las mujeres mayores empezaron
a besar a Sebastián y a marcharse muy despacio, como reproducidas a cámara
lenta. Después, los compañeros de trabajo, y después se quedó sólo, sólo con
los sepultureros y un gato que jugaba con otro a morderse la espalda.
Decidió no volver a casa todavía, no le
apetecía. Tampoco le esperaba nadie y necesitaba desentumecer las piernas. Habían
sido muchas horas de hospital y tanatorio. Todavía era temprano y el día se
podía hacer muy largo. Empezó a callejear hacia el corazón de la ciudad.
Sebastián observaba con mucha atención el ajetreo y el ruido de las calles. Un
día como hoy estaría trabajando en el hospital, recogiendo las bolsas negras de
basura de cada planta, amontonándolas en el ascensor de servicio, lanzándolas
dentro de la furgoneta vieja y roída que conducía y, finalmente, volcándolas en
un contenedor, que un camión se llevaría lejos de la ciudad. Y luego otra vez.
Y otra. Aunque a veces, su quehacer diario se reconvertía en limpiar las
ventanas de las plantas, de las habitaciones, de cualquier cristal que pudiera
mancharse. Normalmente, sustituía a Alfredo, un compañero y uno de los pocos amigos
que tenía. No es que soñara con pasar la regleta húmeda por todas partes, pero
un cambio de tareas se agradecía de vez en cuando.
Era la hora de comer y entró en un bar.
Se sentó junto a la ventana y siguió observando. Una niña de la mano de su
madre caminaba con premura. Se acordó de su hija. Cogió el móvil.
-Dime.
-María, soy yo, Sebastián.
-Ya lo sé. ¿Qué quieres?
-Bueno. Quería… Pues, como ha sido hoy
el entierro, pues… si esta tarde pudiera ver a Ana, aunque sea un momento…
Silencio. Luego una respiración honda.
-Sebastián. Siento lo de tu madre.
Aunque no te voy a mentir. Sabes que no me caía nada bien. Pero Ana no te toca hasta
el viernes, y ya te dije que prefería que ella estuviera al margen de todo
esto, es muy pequeña todavía para enfrentarse a que las personas morimos y todo
eso. Sólo tiene seis años, por Dios. Yo ya le he dicho que su abuela ya se ha
ido al cielo. Y esta tarde tiene extraescolares, patines, y luego un
cumpleaños. Creo que es mejor que se mantenga al margen. El viernes ya la
verás.
Sebastián recuerda su noviazgo como
feliz. Eran una pareja que se compenetraba bien. María tenía unas cualidades
que suplían las carencias de él, sobre todo en carácter y decisión, y el engranaje
giraba sin rozaduras. Luego vino el
matrimonio y luego Ana. No sabe por qué pero María cambió. Se transformó. Cada
día era una prueba contrarreloj por ser la mejor madre, la mejor educadora, la
mejor en todo. Se volvió más exigente. No se conformaba con lo que tenía, sino
que quería más, mucho más para su hija: el mejor colegio, la mejor ropa, la
mejor educación. Y su marido no se lo iba a proporcionar. Se comparaba con
otras familias, y nunca encontraba nada bueno en la suya. Sebastián, por aquel
entonces, trabajaba como peón en la construcción y María en una oficina de
administrativa. La frustración de María encontró una diana donde desahogarse,
un saco de boxeo donde golpear. Raro era el día que Sebastián no recibía una
lluvia de reproches que flirteaban muchos con la humillación. Ella tenía mucho
carácter, y Sebastián carecía por completo de él. La situación empeoró cuando
Sebastián se quedó sin trabajo. La empresa de construcción donde trabajaba se
declaró en bancarrota y Sebastián empezó su infierno particular. No encontraba
trabajo y cada día era peor que el anterior. Empezó a beber. Nunca había
bebido, no le gustaba, pero en ese tiempo el alcohol se convirtió en un
consuelo. Conseguía un estado que lo hacía inmune a cualquier cosa. No había un
solo día que no se arrepintiera de todo aquello. Se divorciaron cuando Ana
acababa de cumplir tres años. El Juzgado atribuyó la custodia a María y
estableció un pírrico régimen de visitas. Sebastián volvió a casa, volvió con
su madre.
Siguió serpenteando las calles con
mucha atención. Jamás había caminado tanto. Apareció en la plaza del Tossal. La
plaza estaba viva, bulliciosa. Una música le llamó la atención. Era una música especial,
muy íntima, como si desgarrara. No sabría describirla. Una muchedumbre le impedía
ver. Se acercó como pudo y vio a un joven. Estaba de pie, tocando un violín, en
frente de una terraza de un restaurante. Tenía el pelo largo y despeinado.
Camiseta blanca. Cerraba los ojos mientras se contoneaba agarrando el violín.
Movía el arco de arriba abajo, a la vez que los dedos de la otra mano pulsaban
hábilmente las cuerdas. Una atmósfera mágica envolvía la plaza, que contenía la
respiración, salvo algún que otro niño que correteaba inquieto y gritaba.
Sebastián clavó los ojos en aquel violinista y se quedó cautivado. Aquella
música, aquella melodía elevó su cuerpo por encima de todos. Era una pluma
liviana a merced de la corriente. Se
acordó de su madre, de su querida madre. Se acordó de cuando era pequeño y se
quedaba con él en la cama porque tenía miedo. Se acordó de cuando hacía su
tarta favorita en sus cumpleaños, una tarta de chocolate con galletas bañadas
en café, que sus amigos siempre decían que era la mejor tarta que habían
probado nunca. Se acordó de la cara que puso cuando cogió el teléfono y escuchó
que papá había tenido un accidente y estaba grave, muy grave, muriendo pocos días
después. También cuando su madre acudió a casa de Lucas, el niño que
aterrorizaba a todos en el colegio, para decir a sus padres que ya bastaba de que
le asustaran y le pegaran, que no iba a tolerar más veces que su hijo viniese
del colegio con el ojo morado. De la sonrisa que esgrimía al volver de
trabajar, con aquel mono azul, lleno de polvo, a pesar de estar agotada. Y cuando
le dijo a su madre que no quería estudiar, que no servía para nada, que era
mayor y quería trabajar, que apenas reaccionó y se puso a hacer la cena. Y
cuando le presentó a María, como la acogió de buen grado, a pesar de que algo
en ella no le presagiaba nada bueno. Como el nacimiento de Ana la hizo muy
feliz, aunque aquello fuese como un espejismo, porque María, a menudo,
encontraba un pretexto para que su nieta no estuviese con su abuela. Y se
acordó de sus ojos cuando abrió la puerta de su casa y lo vio a él, tambaleándose,
borracho, después de que María lo echara de casa. Se acordó de tantas y tantas
cosas que nunca habría nada que pudiera compensar todo lo que había hecho por
él.
Aquella noche Sebastián entró en la
habitación de su madre. No había vuelto desde entonces. Todo seguía igual. La
cama estaba deshecha, el batín por el suelo, las zapatillas. Cuando la fiebre superó
los treinta y nueve salieron zumbando hacia el hospital. Todavía se conservaba
el olor de su piel, ese olor que tiene cada uno y con los años se vuelve más personal
y único.
Se tumbó en el sofá del salón. La
televisión estaba apagada. A estas horas estarían viendo alguno de los
programas que le gustaban a su madre y él detestaba. Miró la fotografía que estaba
en una estantería, junto a unos libros. Estaban su madre y Ana, sonriendo las
dos. En el fondo, se podía ver un pequeño estanque. Era el parque de Viveros,
la zona de los patos y las ocas. A su madre le gustaba mucho ese lugar.
Todavía recuerda nítidamente la tarde
que regresó con su madre. Aquella tarde peregrinó de bar en bar, sorbiendo
hasta el último mililitro de cada copa. Se arrastró como un gusano hasta que
llegar a la puerta de su casa e intentó repetidamente introducir la llave en la
cerradura. No hizo falta intentarlo muchas veces. María abrió la puerta y descargó
toda su ira en él. Tenía toda su ropa guardada en sus maletas, como si lo
hubiera estado esperando, y después de más gritos lo sacó de su casa a
empujones. Ana lo presenció todo. También los vecinos. Rojo como un tomate se
marchó sin rechistar.
No sabía por qué diablos empezó a
beber. Bueno, no es verdad, sí que lo sabía. Tenía la autoestima por los suelos,
se sentía muy sólo. Y su madre no estaba allí para ayudarlo, ni tampoco María
estaba por la labor. Al contrario, ella siempre estaba machacándole. Que si no encontraba
trabajo, que si no hacía nada en casa, que si era un gandul que no servía para
nada. Sebastián se callaba, como toda su vida había hecho, y eso la provocaba
todavía más, tanto que a veces perdía totalmente el control, pudiendo llegar
hasta agredirlo. Sí, tomaba tantas copas porque necesitaba el coraje suficiente
para entrar en su casa y asumir que no podía mantener a su familia y que su
mujer hacía tiempo que no lo quería.
Cuando su madre abrió la puerta y le
vio allí, de pie, inclinado hacia delante, inclinado hacia atrás, no hizo
preguntas. Le preparó algo caliente y lo acostó en su antiguo cuarto, que
estaba como siempre, como si lo hubiera estado esperando. A la mañana
siguiente, con un fuerte dolor de cabeza, su madre y él hablaron. Sebastián se
dio cuenta de muchas cosas. Quizás su matrimonio no era tan ideal como pensaba
en un principio. Quizás ella no lo quería tal como era. Quizás necesitaba
quererse más. Su madre también se corresponsabilizó de su situación, también
había cometido errores. Siempre lo había sobreprotegido, se quedó sin padre
siendo muy pequeño y no quería que sufriera. Tanto celo que había convertido a
su hijo en una persona dócil, manejable, con poca personalidad, que en este
mundo de tiburones lo convierte en una presa fácil. Pero ella confiaba en que
todo podía cambiar, siempre se podía cambiar, aunque no fuera fácil. Sebastián
se propuso así enderezar su vida, por y
para su hija, junto a su madre, que lo ayudaría sin condiciones. Tenía que ser el
inicio de una nueva vida.
Era de madrugada y no se había dormido.
Tampoco había cenado, aunque no hubiera podido puesto que la nevera estaba
vacía. Durante estos últimos días no había tenido tiempo para comprar nada.
Sebastián encendió la televisión. Necesitaba algo
de entretenimiento. Su cabeza estaba repleta de pensamientos e imágenes que se
sucedían unas tras otras y lo volteaban al pasado.
El inicio esperanzador fue difícil al
principio: apenas podía pagar la pensión
por alimentos. Su madre le ayudaba económicamente. Aunque poco a poco, el
barco fue enderezando la proa. Sebastián dejó de beber. Eso no fue muy costoso,
nadie le decía que si era un mamarracho o no servía para nada. Encontró un
empleo en una empresa de limpieza. El trabajo era monótono, pero sencillo. Aunque
muy digno. Gracias a él y a los demás compañeros se mantenía el hospital limpio
e inmaculado, impidiendo la entrada de bacterias y virus. La relación con su
madre era fluida y respetuosa. Y luego las visitas a su hija, que tanto él como
su madre esperaban ansiosos cada viernes, que eran como agua de mayo. Todo rodaba
de tal manera y Sebastián se sentía tan bien que se planteó incluso ampliar el
horario de visitas, que su hija pudiera quedarse algunos fines de semana en
casa. Esa propuesta cayó como una provocación en María, que de ningún modo iba
a permitir que Ana durmiese en casa de su abuela con un borracho y holgazán.
“Se comporta como una leona rabiosa” rumiaba su madre de vez en cuando. Esto
sorprendía a Sebastián, puesto que su madre, durante su matrimonio, nunca lo
había juzgado, aunque Sebastián podía intuir lo que podía pasar por dentro de
su cabeza. Cuando su vida estaba en un terreno sólido y sin maleza, su madre
enfermó repentinamente y ahora… ahora descansaba en un diminuto y escalofriante
nicho.
Al final, Sebastián pudo dormirse. La
televisión siguió encendida.
II
Días después del funeral, Sebastián se
incorporó al trabajo. Intentó continuar como si nada hubiera pasado, como si la
muerte de su madre fuera algo que debía asumir con naturalidad y no afectase a
su vida y a sus avances. Aunque eso no era cierto. La casa se le caía encima, no
levantaba cabeza y no había nadie a quien pudiera recurrir. Su vida ahora le
parecía triste y aburrida, con un trabajo que consistía básicamente en recoger
la mierda de los demás. A su hija sólo la veía una vez a la semana, un par de
horas, sin que tuviera tiempo para intimar, al menos, como lo haría un padre de
verdad. Incluso María se había fortalecido con la muerte de su madre y no
paraba de amenazarle para que retirase su petición en el Juzgado de ampliar el
régimen de visitas. Cada vez que hablaban por teléfono discutían. Sebastián
había perdido las fuerzas. Estaba sucumbiendo. Tenía que hacer un sobreesfuerzo
descomunal para que su hija no advirtiese la depresión que lo acechaba.
Normalmente paseaban por el parque, lanzaban trozos de pan a los patos o a las
ocas. O, a veces, iban al cine y comían palomitas. Cuando aquellos paseos
terminaban o regresaban del cine para llevarla a su casa volvía a caer en una
especie de aura depresiva, que no parecía acabar nunca. Tampoco tenía
demasiados amigos. Es más, diría que no tenía amigos, salvo un par de
compañeros en su trabajo, los mismos que lo acompañaron en el funeral de su
madre.
El avance del otoño lo deprimió aún
más. Empezaba a marcar las ojeras, puesto que no conciliaba el sueño
profundamente, había dejado de pasear y se alimentaba peor que las ratas de alcantarilla.
Una tarde volvía del trabajo en el autobús. Sebastián observaba al resto de
viajeros. Si estaba deprimido no era el mejor lugar para recuperarse. Sólo veía
caras grises y sombrías. En una parada subió una persona con claros signos de
embriaguez. No podía mantenerse en pie. Un señor de la parte delantera le cedió
el asiento. Que malos tiempos en que flirteó con la bebida, cuando entraba en
un bar sobrio y salía como si tuviera el mal de tierra de los marineros. Por
aquello casi pierde el derecho a ver a su hija. Su madre lo ayudo a salir del
agujero, le insufló confianza. Autoestima. Le enseño también a poder levantar
la cabeza incluso en aquellas situaciones vergonzantes, asumir que todos nos
equivocamos y merecemos una segunda oportunidad. Recordó que le prometió que,
pasara lo que pasara, no sucumbiría nunca a los tentáculos del alcohol, que era
consciente de los estragos que producía.
Bajó de súbito del autobús. Tenía que
salir de aquel cacharro con ruedas que sólo le transmitía malas vibraciones. Mejor
volver andando.
El
viento soplaba ufano y las hojas de los árboles correteaban por las calles enredándose
en los pies de los viandantes, que las arrastraban durante unos metros. Las
farolas aún no estaban encendidas y las sombras se iban apoderando de las calles.
Pensó en llamar a María, quería hablar con su hija, pero seguro que no podía,
estaría en alguna extraescolar o en algún cumpleaños. El juego de luces de los
coches y las farolas, los muñecos de los semáforos, los escaparates de las
tiendas, los pitidos, el bullicio, todo le
distraía. Un escaparate gigante le llamó la
atención, era el escaparate de una tienda de instrumentos musicales. Se
fijó en los instrumentos que había, cómo relucían, como si fuesen eternamente
nuevos: órganos, trompetas, flautas y violines. ¡Violines! Se acordó del
violinista callejero que estaba en la plaza del Tossal, el día del entierro de
su madre. Fue como un fogonazo. Su vida iba a dar un cambio de ciento ochenta
grados.
El barrio donde creció Sebastián era uno
de tantos de clase obrera construido durante los años 70 y 80 en el extrarradio
de Valencia. Todos los edificios de viviendas eran gemelares, con la misma
alineación y el mismo color verde aceituna. Cada cuatro o cinco calles había un
parque, con una palmera datilera en el centro y muchos bancos de piedra
alrededor. En uno de esos parques había una academia de música. A tres minutos
de su casa. Cuando era pequeño, su madre lo apuntó a unas clases de solfeo, pero
coincidió con el fallecimiento de su padre y Sebastián enmudeció de la noche a
la mañana, de repente. No decía ni los buenos días. Fue un año de constantes
visitas al psicólogo y ausencias intermitentes en el colegio. Por supuesto, no
pudo continuar con sus clases de solfeo.
Una tarde se presentó en la academia de
música. Detrás de un mostrador alto, había una joven que se llamaba Verónica,
de unos veinticinco años. Miraba directamente a los clientes, prácticamente sin
pestañear. El pelo le llegaba hasta los hombros y siempre tenía una sonrisa en
la boca. Detrás de ella había recortes de periódicos colgados en la pared,
fotos de personas que sujetaban instrumentos y carteles de certámenes de
música.
-¿Con que quieres aprende a tocar el
violín? Y dices que no tienes ni idea de música, que no has hecho nada de
solfeo…- Sebastián quiso comentarle que cuando ella seguramente estaba en
pañales él había estado yendo unos meses a esa academia, pero la verdad es que
no hubiera servido de nada, ella tenía razón, no se acordaba de nada en
absoluto y no tenía la más remota idea de música- Pero puedes intentar primero
ir a unas clases de solfeo y luego…
-Es que yo sólo quiero aprender a tocar
el violín-volvió a apuntar Sebastián. Parecía un niño caprichoso.
-La verdad es que el violín es uno de
los instrumentos más complicados. Bueno, bueno. De todas formas durante las
clases te pueden ir explicando las clases de solfeo. Todo a la vez- empezó a
mirar una libreta con anotaciones y un folio que contenía un calendario, donde
estaba el horario de las clases- Aquí tenemos una profesora de violín, que da
clases individuales. A ver…- siguió mirando el calendario- ¿Qué disponibilidad
tienes?
-Tiene que ser por las tardes, y a
partir de las seis.
-Ok.- puso el dedo índice en un
cuadrado del folio- ¿Los jueves a las siete?
La academia de música parecía más
pequeña de lo que luego era en realidad. Del
recibidor, con Verónica en primera línea, partía un pequeño pasillo que se
dividía, a su vez, en una maraña de pasillos, tan estrechos que casi no cabían
dos personas de lado. Y al final de cada pasillo, un cuarto insonorizado. Lo
más parecido a un laberinto. Los cuartos insonorizados tenían todos una cosa en
común: estaban totalmente desordenados. Era como que para ser músico tenías que,
además de saber tocar, saber convivir el caos absoluto.
La primera clase de violín fue como una
charla de amigos en un bar de la esquina. Su profesora, Paula, de cuerpo menudo
y piel blanca, sometió a Sebastián a un interrogatorio acerca de sus gustos,
sus inquietudes, por qué había elegido el violín, su vida. Se dio cuenta en
seguida que su alumno no era muy locuaz.
Ana se quedó boquiabierta cuando vio el
violín que se había comprado su padre. Sebastián le contó detalladamente como
era la academia, sus laberínticos pasillos, como era su joven profesora y lo
magistralmente que tocaba el violín. Su cara de asombro le encantó y, al mismo
tiempo, se sintió orgulloso de él mismo, estaba enseñándole cosas que ella
desconocía.
La práctica del violín fue muy despacio
al principio. De hecho coger el violín per se suponía hacer algo extraño e inusual.
Sujetarlo con la mano izquierda, colocarlo correctamente sobre el cojín que
está sobre el hombro, ladear la cabeza hasta apoyarla en el cuerpo del violín,
etc. No digamos coger el arco con la otra mano, deslizarlo sobre las cuerdas, no
tocar las cerdas. Se enteró que eran pelos de caballo. Sebastián quedó
impresionado con la importancia del dedo meñique en la sujeción del arco. El
dedo que parecía el más prescindible de la mano se convertía en primordial en
la práctica del violín. Las primeras semanas hacían ejercicios muy básicos,
incluso tocando las cuerdas con los dedos. Paula, a menudo, intercalaba lecciones de solfeo, enseñándole las notas
musicales, el pentagrama, las negras, las blancas, las corcheas. Era una profesora
muy paciente, ya que Sebastián era un auténtico bisoño en ese territorio. Pero fue progresando poco a poco, con mucho entrenamiento,
eso sí. Practicaba todos los días
después de trabajar, salvo los viernes que estaba con su hija. En su casa había
habilitado una de las habitaciones para la práctica del violín, que hasta
entonces la utilizaban de cuarto trastero. Limpió el cuarto a fondo, compró un
atril, puso algunos carteles de conciertos en las paredes, compró una silla de
segunda mano especial para tocar. Era un santuario de la música. Y practicaba,
y practicaba…
Paula, a pesar de su juventud, se había
convertido en adulta a marchas forzadas. Tenía un hijo de 2 años de una relación
anterior, por llamarlo de alguna manera, y desde hacía un tiempo vivía en el
barrio con una nueva pareja. Él trabajaba como fontanero en una pequeña empresa
familiar y ella no hacía mucho que había empezado a dar clases en la academia. Pertenecía
a una familia de clase media-alta. Había estudiado en la Universidad y también en
el Conservatorio Superior de Música. Cuando terminó el Conservatorio, la fichó
una reputada orquesta filarmónica valenciana y empezó una gira de conciertos,
primero por España y luego por toda Europa. Le confesó que a la vez que
visitaba las capitales de Europa mantenía en secreto una tórrida relación con
el director de la orquesta. Bueno, en secreto, para ella, porque al final todos los sabían. Verónica se había
enamorado perdidamente. Pero su idolatrado director no sólo jugueteaba con ella
en la cama por los diferentes hoteles de Europa, sino que también tenía otros “affaires”
con otras compañeras. Todo se complicó cuando involuntariamente se quedó embarazada,
y el bueno del director se desentendió. La familia de Paula no vio con buenos
ojos el embarazo, era un escándalo intolerable en los círculos sociales con los
que se codeaban. Su familia se empeñó que lo más sensato era abortar y ella
estuvo a punto de hacerlo. Pero al final no lo hizo. No sabía por qué, pero algo en su interior se lo impidió y éso
le enfrentó a su familia. Fue valiente e hizo lo que le pidió el cuerpo. Al
final su familia lo aceptó y la apoyaron, aunque ella no olvida que se lo
pusieron bastante difícil. Sebastián constató
que las apariencias siempre conducen a engaño: nadie pensaría que dentro de esa
figura pequeña y aparentemente frágil se escondía una voluntad fuerte y
decidida.
Paula le recomendó los conciertos de
música clásica para niños que hacían en el Palau de la Música, Ana se lo
pasaría en grande. Casualmente, los conciertos eran los viernes por la tarde,
el día de su custodia. Sebastián creyó que era una muy buena idea. Además, como
colofón final, sería estupendo cenar en plan de hamburguesas y patatas fritas
con kétchup. Llamó a María.
-¡Dime!- contestó María en su tono
habitual, el tono de un jugador defensivo de los Buffalo Bills.
-Hola María. ¿Cómo estás?
-Muy bien. Al grano que tengo cosas que
hacer- Sebastián no podía esperar más de ella.
-El próximo viernes he visto que hacen
un concierto de música para niños en el Palau. Y he pensado que después estaría
bien cenar con Ana. ¿Qué te parece?
Hubo un silencio, no sabe si
premeditado o no.
-¡No!- contestó tajantemente María- La
hora de vuelta es la acordada y ya está.
-Sí, pero sólo nos retrasaríamos un
poco. Será para cenar.
-He dicho que no.
Sebastián empezó a sentir como le subía
un calor por el cuerpo que creía que iba a abrasarle la cara. En otro momento
de su vida seguramente la conversación hubiera terminado en ese punto, pero
estaban pasando muchas cosas que estaban haciendo mella en él. Tragó saliva y con
gran contención dijo:
-Mira María. Llevamos casi tres años
divorciados y nunca te he pedido nada. Sé que como padre he cometido muchos
errores, pero estoy intentando enmendarlos, por Dios, que lo estoy intentando.
Y sabes que mi hija es lo único que me queda- en esta última frase se le quebró
la voz- Sólo es regresar un poco más tarde, cenar después del concierto. Y
luego a casa. ¿Cuánto tiempo llevo sin cenar con mi hija? Piensa por lo menos
en tu hija, que es bueno que este con su padre, aunque no sea como tú hubieras
querido.
Si le hubieran dicho hace seis meses
que estaba dando clases de violín en una academia, que ya había empezado a
tocar acordes con un poco de soltura, que había asistido a un concierto de
música con Ana en el Palau de la Música y ahora, después del concierto, estaba
cenando con ella en una restaurante una hamburguesa con bacón y queso no se lo
hubiera creído nunca. Realmente no se lo hubiera creído en ningún caso. Los
últimos meses, desde la muerte de su madre, habían sido muy duros, pero
empezaba a ver la luz al final del túnel. El descubrimiento del violín, las
clases, conocer a Paula y sus enseñanzas, no sólo musicales, habían supuesto un
auténtico revulsivo en su vida, una recarga de energía que provocaba que mirara
al futuro con más esperanza.
-¿Te has fijado en todos los
instrumentos de la sala? Había instrumentos de cuerda, de viento, de percusión.
Y todos sonando a la vez, cada uno en el momento oportuno y con la intensidad
adecuada, guiados por el director, que era ese que estaba subido en el pedestal.
¿No te sonaba fantástico?
-Sí, papá. Me ha gustado mucho-
contestó Ana y siguió comiendo las patatas fritas rociadas de kétchup. La
hamburguesa literalmente se la había engullido.
- Y ¿qué te parecía el violinista que estaba
más cerca del director? Tienes que tener un don especial para manejar el arco
de esa manera, es muy difícil,… Pero sabes una cosa: con la práctica, hija, con
el esfuerzo, también se puede llegar a dominar el violín, hacerlo sonar muy
bien. Y lo mismo lo puedes aplicar a cualquier cosa que te propongas- Paula
seguía comiendo sus patatas, pero ahora tenía hasta la nariz manchada de
kétchup.
En la academia, Paula le contó que al final de curso siempre hacían un festival en un centro
social, donde podían ir los padres y los amigos a ver su actuación. Como había
progresado mucho y, aunque llevaba poco tiempo, si quería, podía elegir una
pieza sencilla para interpretarla. Sebastián sentía un poco de vergüenza, tener
que subir al escenario, todos mirándolo, y que pudiese equivocarse. Pero
últimamente sentía que podía con todo y eligió una pieza entre las que le
propuso Paula: “la vie en rose”, en escala Do mayor.
Sebastián estaba entusiasmado, tenía un
objetivo, una misión. Se tomaba las prácticas de violín con más seriedad y
practicaba todavía más horas. Incluso tuvo que pedir disculpas repetidas veces
a los vecinos cuando se ponía a ensayar a horas no adecuadas. Faltaban unos
meses para el festival y quería hacerlo muy bien. Además su hija estaría allí, quería
que disfrutara, que se sintiera orgullosa. Ya había hablado con María, quien
misteriosamente había aceptado sin rechistar. No sabía si estaba ablandándose o
es que el tono y la seguridad que Sebastián esgrimía últimamente la habían dejado
paralizada y sin opción de defensa.
III
La realidad de Sebastián se truncó por
un acontecimiento inesperado. La empresa de limpieza en la que trabajaba, que
prestaba sus servicios en distintos hospitales, terminó su contrato con la
administración y fue sustituida por otra, subrogando a gran parte de los
trabajadores. Sebastián, a pesar de que estaban contentos con él, era de los
que menos antigüedad tenía, con lo que no fue contratado.
De la noche a la mañana pasó de acudir
al trabajo a engrosar las listas de desempleados. Su ánimo cayó en picado. Hizo
cálculos de los gastos que debía asumir y el horizonte se le ennegreció más. No
quería pedir una rebaja de la pensión a María para que no le amenazara con
acudir al Juzgado y que su solicitud de ampliación del régimen de visitas fuese
desestimado.
Apesadumbrado fue a la academia a
comunicar que tenía que darse de baja, al menos por un tiempo, hasta que
volviese a encontrar trabajo. Por una vez Verónica, la recepcionista, no
sonrió. Paula le animó a seguir practicando en casa y que cualquier cosa podía
llamarla. Respecto al festival de final de curso en principio no podía
participar, sólo era para los inscritos en la academia. Aunque ante tales
sobrevenidas circunstancias intentarían
ablandar a su jefe para que hiciera una excepción.
Sebastián intentaba mantenerse ocupado.
En un principio, continuó con las rutinas como si estuviera trabajando. En vez
de ir al hospital acudía a las oficinas del desempleo para aportar
documentación y hacer entrevistas, daba paseos para hacer ejercicio, y luego seguía tocando el violín. Pero los
días fueron transcurriendo, su situación no cambiaba y un bucle de depresión y
tristeza se apoderaba de él.
Se volvió perezoso. Permanecía cada vez
más tiempo en casa, con la televisión encendida, holgazaneando en el sofá,
siempre con el pijama puesto. Dejó de tocar el violín, no era capaz ni de abrir
el estuche. Sólo salía para comprar cualquier cosa y volver rápido a casa. Estaba
deslizándose por un tobogán cuyo final no era nada halagüeño.
Una tarde sonó el móvil.
-¿Sí?
-Hola, soy Paula. ¿Cómo estas
Sebastián?
La llamada le cogió por sorpresa. Hacía
más de un mes que no iba a la academia y había olvidado la voz de su antigua y
joven profesora.
-Sabes, hemos estado hablando con el jefe
y el muy cabezota es duro de convencer. Sigue con que es necesario estar
apuntado. Dice que no puede hacer excepciones, que si no luego vendría otra y
otra, y la academia es un negocio y bla, bla.
-Bueno, no te preocupes, Paula. No pasa
nada.
-Pero, ¿sabes?, creo que al final entre
Verónica y yo le convenceremos. Todavía falta un poco más de un mes para el
festival y podemos ser muy persuasivas, ¿sabes?
Sebastián había olvidado por completo
el festival.
-¿Sigues practicando con el violín?
-Bueno…, pues…, sí- mintió- Sí que
estoy practicando, pero estoy un poco liado con el tema de buscar trabajo y
eso.
-Tranquilo, lo primero es lo primero. Pero
intenta sacar tiempo de donde puedas, no quiero que un talento como ese se eche
a perder, ¿eh? ¿Qué tal tu hija? ¿Todo bien?
El resto de la tarde su cabeza no paró
de repetir la misma palabra: talento, talento, talento. Imaginó que lo más
probable es que lo hubiera dicho para quedar bien y subirle los ánimos. Pero lo
había dicho, sí. Y le había subido los ánimos.
Se sentó en la cama de la habitación de
su madre. Volvió a observar cada detalle, cada rincón. Qué pensaría ella de
todo esto, qué pensaría ella de mí, qué me diría. Cogió el batín que aún seguía
en el suelo y lo colocó en un perchero. Miró todas las camisas y las chaquetas
colgadas, toda la ropa doblada en los estantes. Las acarició con los dedos. Recordó
el día de su muerte, de su funeral, recordó su triste entierro. Su madre hubiera merecido una despedida mucho mejor.
Empezó a practicar de nuevo con el
violín. Se levantaba temprano. Tomaba un escueto desayuno y escuchaba lecciones
de solfeo que había encontrado por internet. Luego, a una hora aceptable para
los vecinos, comenzaba a tocar el violín. Repasaba todas las notas, todos los
acordes, todo lo que le había enseñado Paula, la pieza que se había comprometido
a interpretar. Después se presentaba en la oficina de empleo para informarse de
ofertas o de cursos. Tenía que empezar a formarse, obtener una titulación o
especialidad para poder acceder a más puestos de trabajo. Y volvía a casa a
practicar.
Sin darse cuenta, intensificó
excesivamente las horas de violín. Empezaban a dolerle los tendones de los
dedos, la muñeca, las cervicales. Siempre en la misma postura corporal, los
mismos movimientos de brazos, el cuello inclinado. Pero no podía parar. Cada vez
que subía el arco le asaltaba a la mente un recuerdo, cada vez que pulsaba dos
cuerdas una imagen le sacudía el alma. Abandonó la búsqueda de trabajo, de
cursos. Estaba totalmente obsesionado con tocar el violín y tocarlo bien, muy
bien. Dormía mal por la excitación del día siguiente y seguir ensayando, temblaba
de la cabeza a los pies por la tensión. Era como un muerto viviente. No
contestaba al teléfono, no hablaba con nadie. Sólo tenía en la cabeza un
pensamiento: el violín.
Después de tocar sin interrupción
durante muchos días y muchas horas, dejó el violín en su regazo, respiró hondo
y sonrió satisfecho.
IV
Viernes. Sebastián se dio una ducha, se
afeitó concienzudamente y se vistió de manera elegante. Estaba nervioso. Había
llegado el momento. Guardó el violín en su estuche y salió de casa.
María se sorprendió al ver a Sebastián,
tan arreglado y con el violín, pero no le dijo nada, salvo el habitual “se
puntual”. Se alejaron y Ana, mirando a su padre, le preguntó:
-¿Dónde vamos hoy, papi? ¿Vamos a ver los
patos del estanque?
-No hija, hoy no- contestó Sebastián
con cariño- Hoy vamos a ver a tu abuela.
El cementerio tenía un aire misterioso.
El cielo estaba nublado y no dejaba pasar la luz del atardecer. Sus calles sepulcrales
estaban desiertas, salvo por algún visitante solitario o algún trabajador. Eso
sí, los omnipresentes y sagrados gatos campaban alegremente a sus anchas, como
que lo que se escondía dentro de cada nicho no fuese con ellos. Ana caminaba
agarrada de la mano de su padre, mirando los bloques de mármol con mucho
respeto. Nunca había visto nada igual.
-No te asustes, cariño. Aunque no lo entiendas
aún, éste es uno de los sitios más seguros del mundo.
Ana se sentó en un banco mirando a su
padre, que estaba de pie, delante de un bloque de nichos, sacando el violín del
estuche. Una mujer, a pocos metros, apoyada en un bastón de madera, recolocaba
cuidadosamente unas flores en un florero. Sebastián pasó un paño de fieltro por
el cuerpo del violín, giró un par de clavijas, agarró el arco con la mano
derecha y apoyó el violín en su hombro. Se giró hacia Ana sonriéndola y ella le
devolvió la sonrisa. Era el padre más afortunado del mundo. Miró ahora hacia el
nicho de su madre con un nudo en la garganta, cerró los ojos, y comenzó a
deslizar el arco de arriba abajo. La melodía empezó a sonar.
Fuera del cementerio, cruzada su
puerta, Sebastián ya no resistió más y se
derrumbó. Lloró como un bebe. No recordaba la última vez que había llorado de
ese modo, incluso no había derramado ni una sola gota con la muerte de su madre,
ni en el funeral, aunque ganas no le habían faltado. Se abrazó a su hija. Fueron
los momentos más dichosos y gratificantes que pudo recordar nunca. Podía ser
aplastado por un meteorito, podía ser engullido por la misma tierra, podía
caerle un rayo en la frente y partirlo en dos, que cualquier penalidad estaría
justificada siempre que luego pudiera estar allí, en ese lugar, en esa cochina parada de autobús a las
puertas del cementerio, abrazando a su
hija, que era lo más valioso que tenía. Se alegraba de haber resistido
cualquier embate del destino y no caer, y poder ahora refugiarse en los brazos
de Ana.
-¡Papá! ¡Papá!
Sebastián se limpió las lágrimas con
las mangas de la camisa.
-¡El móvil! ¡Te está sonando el móvil!
Era un número desconocido. Se alejó un
par de metros. Su hija lo miraba intrigado.
-¿Quién era?
-Eran de la oficina de empleo. Dicen
que tienen una oferta para mí- se estiró la camisa- Vamos hija, es hora de
irnos.
FIN
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