jueves, 20 de febrero de 2020

El principio de matacanes

Bueno, creo que esto podría ser un principio aceptable para mi segundo relato "Matacanes" ya lo dudo porque cuando luego lo leo en clase me parece otra cosa.


Primero sintió que alguien le tocaba los pies por encima de las mantas. Luego entre sueños creyó escuchar una fuerte respiración. No acabó de despertarse. Su mente permanecía pastosa como un barrizal de sueño y realidad mezcladas. Quería despertar, pero no lo conseguía. Tenía una sensación extraña en el cuerpo, como de alerta. Una mano invisible le agarró una pierna a la altura del tobillo y una descarga eléctrica le recorrió el espinazo desde los riñones a la nuca. Sólo entonces consiguió entornar un ojo.
Al principio sólo percibió una silueta situada a los pies de su cama. Estaba de pie mirándole y en silencio. Se agitó con brusquedad. Un olor nauseabundo como salido de un vertedero llegó a sus fosas nasales. A medio despertar y sin controlar muy bien sus movimientos, acertó a dar un manotazo a su teléfono móvil. La pantalla emitió un resplandor potente que iluminó tenuemente la habitación. Efectivamente a los pies de su cama una figura esquelética y desgarbada le miraba sin parpadear con unos ojos enormes hundidos en sus marcadas cuencas. Izan no pudo evitar soltar un grito de horror. La figura estiró el cuello hacia Izan sacando el rostro de las sombras y mostrándolo a la luz. Abrió una boca oscura de la que asomaban unos dientes que parecían estar esparcidos al azar en sus encías, y respondió al grito con otro que sonó cascado y ronco, como una carraca desgastada. A la luz de la pantalla aquella boca que medio roncaba, medio gritaba se veía profunda y negra, en contraste con una cabeza que parecía refulgir cubierta como estaba de una maraña de pelos blancos encrespados de un tono parecido al que adquirían los huesos blanqueados al sol. Aquella sombra negra tenía una mano huesuda y temblorosa agarrando los pies de Izan que, sin acabar de saber bien qué ocurría, no dejó de gritar hasta que prácticamente se le acabó el aliento.
-          ¡MAMÁ! ¡COÑO! ¡ME CAGO EN LA PUTA QUÉ SUSTO! ¡¿CÓMO COÑO HAS CONSEGUIDO…!?
Izan no quiso terminar la frase. ¡Para qué? Sabía que era inútil. Esperar una respuesta de aquél zombi en el que se había convertido su madre por la demencia era lo mismo que esperar ver resucitar a un muerto. Necesitaba calmarse. Tiró el móvil en la cama y dando un largo bostezo se restregó ambas manos por la cara, estirándosela. Su madre permanecía impávida y erguida a los pies de su cama. Mantenía la boca abierta, pero en silencio y la mirada perdida en la distancia reflejando el vacío de un alma que se había perdido en la oscuridad hacía ya varios años. Mantenía una mano aferrada al tobillo de Izan. Éste se la quitó de encima sin miramientos de una patada. El rostro seco y enjuto de la anciana no delataba expresión alguna, sólo se quedó mirando absorta la mano que recibió el golpe.
Izan se levantó malhumorado y con el corazón latiendo a cuatrocientas pulsaciones por minuto. En vez de latidos sentía golpes dentro del pecho. Se calzó las pantuflas de invierno preguntándose cómo diantres se las había apañado su madre que ya no era capaz ni de comer sola, para salir de la jaula y entrar en la casa. Tenía sueño, no quiso darle vueltas a aquel asunto. Quería volver a dormir. Se levantó, la agarró del brazo para llevársela de allí y percibió de nuevo su hedor acre y persistente. Quizá fuera hora de lavarle la ropa y cambiársela. ¿Cuándo lo hizo la última vez? No lo recordaba. Sólo le ponía dos conjuntos completamente negros como si guardara luto por alguien. No había razón alguna para ello excepto que Izan pensaba que así era más fácil de vestir, no había de estar comiéndose el coco para ver si los colores combinaban o si una prenda le sentaba bien ni nada de eso. Todo negro, hasta las alpargatas y punto bola.
Agachó la cabeza a la altura del culo de su madre para olerla. ¡Buaf! Enseguida se echó para atrás y se incorporó. Era obvio que llevaba el pañal para cambiar. ¿Se acordó de cambiarla ayer? Joder qué cabeza. Tembló pensando en el empastre que se iba a encontrar ahí abajo por la mañana. No quiso darle más vueltas. Agarró el teléfono que estaba sobre el colchón y activó la linterna. Miró la hora, eran las tres de la madrugada. Joder. Empujó a su madre por la espalda para indicarle que debía caminar.
-          ¡Vamos sucia vieja! – Izan siempre utilizaba un lenguaje soez con un tono condescendiente para dirigirse a su madre. ¿Qué más daba? No creía que a ella le importara los más mínimo.
Bastante malhumorado y con el corazón todavía queriéndole romper el esternón a golpes, obligó a empujones a su anciana madre a caminar hacia la salida. A empellones la hizo recorrer el pasillo que llevaba a unas escaleras que bajaban. Una vez superadas accedieron al salón que estaba completamente a oscuras. La luz led de su teléfono era suficiente para iluminarlo en gran parte. Su madre debía haberlo atravesado para acceder a las escaleras. No se explicaba cómo había podido lograrlo sin luz, sin tropezarse con nada y sin armar un estruendo monumental. De nuevo no quiso darle más vueltas. Daba igual.
El extremo del salón opuesto al de las escaleras tenía una puerta metálica de color verde que en teoría sólo podía abrirse desde dentro y sin embargo estaba abierta. La atravesaron para acceder al patio interior que estaba flanqueado por muros de piedra encalada al final del cual, se encontraba otro edificio mucho más tosco hecho a base de bloques de hormigón construido para albergar a sus perros de caza en jaulas. Ese edificio contiguo tenía los techos bajos, no tenía puertas salvo las de malla metálica instaladas en cada una de las cuatro jaulas y estaba desprovisto de luz eléctrica. Olía a rayos, peor que su madre. En el aire se mezclaban los olores de los animales y de sus excrementos y orines haciendo tremendamente difícil respirar con normalidad y eso que era invierno, en verano era mucho peor. Izan nunca se acercaba por allí por las noches porque le daba repelús, pero ahora se veía obligado a ello si quería seguir durmiendo tranquilo.
 En cuanto llegaron Izan alumbró el suelo de cemento para no pisar la ingente cantidad de excrementos que se acumulaban en aquel recinto por cualquier parte. Los animales se agitaron un poco pero no ladraron. Eso era un poco extraño. Normalmente se armaba una buena algarabía de ladridos siempre que él se les acercaba. Pero esa noche, no. Eso noche se quedaron observando a la extraña pareja pasar por delante de las jaulas sin mostrar emoción alguna. Algunos que estaban tumbados con la cabeza reposando sobre sus patas delanteras ni se movieron.
Izan obligó a su madre a avanzar hasta la última jaula a la derecha, la única que estaba abierta y sin perros dentro. En su interior sólo había una vieja silla de asiento de enea y una manta vieja tirada en el suelo.
¡Venga entra! ¡Eeeeentra! – le dijo Izan a su madre en su tono habitual de condescendencia mientras le daba un último empujón hacia la jaula con impaciencia.
La anciana pareció intentar resistirse un poco, pero él hizo más fuerza y la metió dentro. Agarrándola de los hombros la giró con brusquedad y la obligó a sentarse en la silla. Luego recogió la manta del suelo y se la puso por los hombros, dio media vuelta y cerró el pestillo de la puerta de malla metálica. El ruido de metal chirriando y chocando contra metal produjo en medio del silencio nocturno reinante un eco siniestro como el de la puerta de una mazmorra medieval. Una fría ráfaga de aire que olía a mierda le arañó la piel y le produjo un nuevo escalofrío que le recorrió el espinazo obligándole a agitar hombros y cabeza. Sintió ganas de orinar así que volvió a paso ligero de vuelta a casa.
Dentro, junto al dintel había un gancho de metal para las llaves de la puerta verde del patio. Allí estaban. ¿Cómo había conseguido su madre abrir esa puerta desde fuera? Una cosa era abrir un pestillo sin candado como el de su jaula, pero abrir una puerta sin llaves en teoría era tarea imposible para una persona que ni se vestía sola. De nuevo no pensó mucho en ello. Se aseguró de cerrar bien la puerta con llave y dejó el llavero en el gancho. Se dirigió al baño, orinó y se metió de nuevo en la cama. En cuanto entró en calor se durmió sin volver a pensar en nada más, como de costumbre.

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