Primero
sintió que alguien le tocaba los pies por encima de las mantas. Luego entre
sueños creyó escuchar una fuerte respiración. No acabó de despertarse. Su mente
permanecía pastosa como un barrizal de sueño y realidad mezcladas. Quería despertar,
pero no lo conseguía. Tenía una sensación extraña en el cuerpo, como de alerta.
Una mano invisible le agarró una pierna a la altura del tobillo y una descarga
eléctrica le recorrió el espinazo desde los riñones a la nuca. Sólo entonces consiguió
entornar un ojo.
Al
principio sólo percibió una silueta situada a los pies de su cama. Estaba de
pie mirándole y en silencio. Se agitó con brusquedad. Un olor nauseabundo como salido
de un vertedero llegó a sus fosas nasales. A medio despertar y sin controlar muy
bien sus movimientos, acertó a dar un manotazo a su teléfono móvil. La pantalla
emitió un resplandor potente que iluminó tenuemente la habitación.
Efectivamente a los pies de su cama una figura esquelética y desgarbada le
miraba sin parpadear con unos ojos enormes hundidos en sus marcadas cuencas. Izan
no pudo evitar soltar un grito de horror. La figura estiró el cuello hacia Izan
sacando el rostro de las sombras y mostrándolo a la luz. Abrió una boca oscura de
la que asomaban unos dientes que parecían estar esparcidos al azar en sus
encías, y respondió al grito con otro que sonó cascado y ronco, como una
carraca desgastada. A la luz de la pantalla aquella boca que medio roncaba,
medio gritaba se veía profunda y negra, en contraste con una cabeza que parecía
refulgir cubierta como estaba de una maraña de pelos blancos encrespados de un
tono parecido al que adquirían los huesos blanqueados al sol. Aquella sombra
negra tenía una mano huesuda y temblorosa agarrando los pies de Izan que, sin
acabar de saber bien qué ocurría, no dejó de gritar hasta que prácticamente se
le acabó el aliento.
-
¡MAMÁ!
¡COÑO! ¡ME CAGO EN LA PUTA QUÉ SUSTO! ¡¿CÓMO COÑO HAS CONSEGUIDO…!?
Izan
no quiso terminar la frase. ¡Para qué? Sabía que era inútil. Esperar una
respuesta de aquél zombi en el que se había convertido su madre por la demencia
era lo mismo que esperar ver resucitar a un muerto. Necesitaba calmarse. Tiró
el móvil en la cama y dando un largo bostezo se restregó ambas manos por la cara,
estirándosela. Su madre permanecía impávida y erguida a los pies de su cama.
Mantenía la boca abierta, pero en silencio y la mirada perdida en la distancia
reflejando el vacío de un alma que se había perdido en la oscuridad hacía ya
varios años. Mantenía una mano aferrada al tobillo de Izan. Éste se la quitó de
encima sin miramientos de una patada. El rostro seco y enjuto de la anciana no delataba
expresión alguna, sólo se quedó mirando absorta la mano que recibió el golpe.
Izan
se levantó malhumorado y con el corazón latiendo a cuatrocientas pulsaciones
por minuto. En vez de latidos sentía golpes dentro del pecho. Se calzó las
pantuflas de invierno preguntándose cómo diantres se las había apañado su madre
que ya no era capaz ni de comer sola, para salir de la jaula y entrar en la
casa. Tenía sueño, no quiso darle vueltas a aquel asunto. Quería volver a
dormir. Se levantó, la agarró del brazo para llevársela de allí y percibió de
nuevo su hedor acre y persistente. Quizá fuera hora de lavarle la ropa y
cambiársela. ¿Cuándo lo hizo la última vez? No lo recordaba. Sólo le ponía dos
conjuntos completamente negros como si guardara luto por alguien. No había
razón alguna para ello excepto que Izan pensaba que así era más fácil de vestir,
no había de estar comiéndose el coco para ver si los colores combinaban o si
una prenda le sentaba bien ni nada de eso. Todo negro, hasta las alpargatas y
punto bola.
Agachó
la cabeza a la altura del culo de su madre para olerla. ¡Buaf! Enseguida se
echó para atrás y se incorporó. Era obvio que llevaba el pañal para cambiar. ¿Se
acordó de cambiarla ayer? Joder qué cabeza. Tembló pensando en el empastre que se
iba a encontrar ahí abajo por la mañana. No quiso darle más vueltas. Agarró el
teléfono que estaba sobre el colchón y activó la linterna. Miró la hora, eran
las tres de la madrugada. Joder. Empujó a su madre por la espalda para
indicarle que debía caminar.
-
¡Vamos
sucia vieja! – Izan siempre utilizaba un lenguaje soez con un tono
condescendiente para dirigirse a su madre. ¿Qué más daba? No creía que a ella
le importara los más mínimo.
Bastante
malhumorado y con el corazón todavía queriéndole romper el esternón a golpes, obligó
a empujones a su anciana madre a caminar hacia la salida. A empellones la hizo
recorrer el pasillo que llevaba a unas escaleras que bajaban. Una vez superadas
accedieron al salón que estaba completamente a oscuras. La luz led de su
teléfono era suficiente para iluminarlo en gran parte. Su madre debía haberlo atravesado
para acceder a las escaleras. No se explicaba cómo había podido lograrlo sin
luz, sin tropezarse con nada y sin armar un estruendo monumental. De nuevo no
quiso darle más vueltas. Daba igual.
El
extremo del salón opuesto al de las escaleras tenía una puerta metálica de color
verde que en teoría sólo podía abrirse desde dentro y sin embargo estaba abierta.
La atravesaron para acceder al patio interior que estaba flanqueado por muros
de piedra encalada al final del cual, se encontraba otro edificio mucho más
tosco hecho a base de bloques de hormigón construido para albergar a sus perros
de caza en jaulas. Ese edificio contiguo tenía los techos bajos, no tenía
puertas salvo las de malla metálica instaladas en cada una de las cuatro jaulas
y estaba desprovisto de luz eléctrica. Olía a rayos, peor que su madre. En el
aire se mezclaban los olores de los animales y de sus excrementos y orines haciendo
tremendamente difícil respirar con normalidad y eso que era invierno, en verano
era mucho peor. Izan nunca se acercaba por allí por las noches porque le daba
repelús, pero ahora se veía obligado a ello si quería seguir durmiendo tranquilo.
En cuanto llegaron Izan alumbró el suelo de
cemento para no pisar la ingente cantidad de excrementos que se acumulaban en aquel
recinto por cualquier parte. Los animales se agitaron un poco pero no ladraron.
Eso era un poco extraño. Normalmente se armaba una buena algarabía de ladridos
siempre que él se les acercaba. Pero esa noche, no. Eso noche se quedaron
observando a la extraña pareja pasar por delante de las jaulas sin mostrar
emoción alguna. Algunos que estaban tumbados con la cabeza reposando sobre sus
patas delanteras ni se movieron.
Izan
obligó a su madre a avanzar hasta la última jaula a la derecha, la única que
estaba abierta y sin perros dentro. En su interior sólo había una vieja silla
de asiento de enea y una manta vieja tirada en el suelo.
¡Venga
entra! ¡Eeeeentra! – le dijo Izan a su madre en su tono habitual de
condescendencia mientras le daba un último empujón hacia la jaula con
impaciencia.
La
anciana pareció intentar resistirse un poco, pero él hizo más fuerza y la metió
dentro. Agarrándola de los hombros la giró con brusquedad y la obligó a
sentarse en la silla. Luego recogió la manta del suelo y se la puso por los
hombros, dio media vuelta y cerró el pestillo de la puerta de malla metálica.
El ruido de metal chirriando y chocando contra metal produjo en medio del
silencio nocturno reinante un eco siniestro como el de la puerta de una mazmorra
medieval. Una fría ráfaga de aire que olía a mierda le arañó la piel y le
produjo un nuevo escalofrío que le recorrió el espinazo obligándole a agitar hombros
y cabeza. Sintió ganas de orinar así que volvió a paso ligero de vuelta a casa.
Dentro,
junto al dintel había un gancho de metal para las llaves de la puerta verde del
patio. Allí estaban. ¿Cómo había conseguido su madre abrir esa puerta desde
fuera? Una cosa era abrir un pestillo sin candado como el de su jaula, pero abrir
una puerta sin llaves en teoría era tarea imposible para una persona que ni se
vestía sola. De nuevo no pensó mucho en ello. Se aseguró de cerrar bien la
puerta con llave y dejó el llavero en el gancho. Se dirigió al baño, orinó y se
metió de nuevo en la cama. En cuanto entró en calor se durmió sin volver a
pensar en nada más, como de costumbre.
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