aquí os dejo un relato corto para sobrellevar mejor estos momento de pánico colectivo
ya me decís...
Con la
punta de los dedos
Recuerdo
que estaba en la cocina, preparando uno de mis platos favoritos. La cazuela
reposaba sobre el fuego, sofriendo el pollo, y yo andaba cortando las verduras:
la cebolla, los puerros, pimientos, los tomates, el apio,… La televisión estaba
encendida en el salón, pero no prestaba atención. Cuando me enredaba en la
cocina era como si el resto del mundo desapareciese. De repente, Gregoire
apareció por la puerta.
-
¿Te has enterado? - su cara presentaba tal palidez que parecía un hombre
blanco.
-Parece
que no te hayas criado en un colegio de pago. ¿Qué pasa con un “hola, que tal”
o “buenas”?
-De
verdad, esto es muy serio.
Antes
de acabar la frase ya se había dado la vuelta en dirección al salón. Solté el
cuchillo en la encimera y me lavé las manos. Seguro que sería otra de sus
exageraciones, aunque esta vez la expresión de su cara me inquietó.
Todavía
secándome las manos entré en el salón. Mi compañero de piso estaba sentado en
una silla mirando la televisión, con la cabeza apoyada en las manos.
En
la televisión había imágenes del aeropuerto de la ciudad, camiones de bomberos
por todos los lados, coches de policía, ambulancias. Un avión que iba a
aterrizar había explotado en el aire y había caído. No había ningún
superviviente.
-
¿Sabes quién iba en ese avión? - Moví la cabeza negativamente- ¡Habyarimana!
El
trapo que secaba mis manos cayó al suelo. No podía creerlo. Había muerto el
presidente del gobierno.
Esa
noche cenamos mirando la televisión. El avión gubernamental había explotado en
el aire y no estaba claro cuál había sido la razón. Se empezaba a barajar que
había sido un atentado, algunos testigos habían visto como una llamarada en los
alrededores del aeropuerto. Se hablaba de un misil. Además del presidente del
gobierno, habían muerto el Presidente de Gobierno de Burundi, ministros de
ambos países y otros acompañantes. Realmente era una noticia muy grave y podía desencadenar
reacciones muy poco deseables.
-Esto
puede ser muy peligroso, Totò- empezó a decirme- Tiene toda la pinta de ser un
atentado y si lo confirman podemos estar en peligro.
-
¡Para, para! No te precipites, que podría ser cualquier cosa- realmente no me
creía mis propias palabras, pero tenía que tranquilizar a Gregoire, que siempre
había sido muy agorero respecto al tratado de paz alcanzado- Y si fuera un
atentado buscarán a los culpables y los juzgarán. No tiene que cambiar nada.
-
¿Me estás hablando en serio? -Replicó incrédulo- Si resulta que no ha sido un
accidente y es un atentado, que es lo más probable, ¿a quién crees que van a
culpar?
Gregoire
tenía toda la razón. Si se confirmase que había sido un atentado podríamos
estar en grave peligro. El Gobierno y, sobre todo, sus aliados más extremistas
culparían al Frente Patriótico Ruandés, fundado por un grupo de rebeldes tutsis
exiliados del país, de estar detrás del atentado y el nivel de tensión de la
población aumentaría exponencialmente. El odio entre las diferentes etnias se
acrecentaría, la relativa paz alcanzada pendería sobre un hilo y nosotros, que
pertenecíamos a la etnia tutsi, seríamos los más perjudicados.
El
teléfono sonó. Era el secretario del Club: el entrenamiento de mañana quedaba
suspendido hasta que se aclarase la explosión del avión. No querían correr
ningún riesgo, que hubiera incidentes. En el equipo jugaban tanto hutus como
tutsis y, en principio, había compañerismo. Pero la sociedad estaba muy
envenenada desde hacía mucho tiempo y eso también afectaba el ambiente del
vestuario. Además, los hinchas de los equipos eran lo más peligroso e
impredecible. El último partido de liga se complicó en el último minuto. El
árbitro pitó un penalti en contra del equipo local y un par de exaltados
saltaron desde la grada. Tuvo que intervenir la policía. Naturalmente lo más
sensato era suspender los entrenamientos a la espera de noticias.
-Totò,
creo que es mejor que nos marchemos esta noche. Hagamos las maletas y
larguémonos. Mañana puede ser tarde.
Esa
noche me costó dormir. Había discutido con Gregorie, quería irse. Tuve que
convencerlo para que se quedase, estaba temeroso sobre lo que pudiera pasar. En
el fondo, yo no quería quedarme sólo, también estaba muerto de miedo.
Por
la mañana nos despertamos con noticias más desalentadoras. Se confirmaba que el
avión del Presidente había sido derribado por un misil disparado desde las
inmediaciones del aeropuerto, había sido un atentado. Además, en horas
posteriores al derribo habían violado y asesinado a la primera ministra y los
acompañantes que la custodiaban. Nos invadió el pánico. Gregorie sacó las
maletas y empezó a guardar sus cosas: ropa, álbumes, libros. En eso se oyeron
unos golpes fuertes en la puerta.
-
¡Abran la puerta! Somos soldados del ejército del Gobierno. ¡Abran!
En
un primer momento nos quedamos quietos, sin respirar. Gregorie cerró la maleta
y la escondió debajo de la cama. Me sudaban las manos y sentía los latidos del
corazón en la garganta.
-
¡Vamos, abran! Sabemos que hay alguien dentro. ¡Si no, tiraremos la puerta
abajo!
Abrí
la puerta y había cuatro individuos vestidos de militares. Todavía hoy no
podría asegurar si aquellos individuos pertenecían realmente al ejército
gubernamental o quizás era un grupo de exaltados de la milicia Interahamwe, un
grupo paramilitar integrado por miembros de la etnia hutu formado hacia unos
años.
-
¡Manos arriba! - gritó al tiempo que entraron en la casa y, a empujones, me
pusieron en medio del salón, junto a Gregorie- ¡Quiero ver en todo momento las
manos por encima de la cabeza!
El
que parecía más joven de todos se quedó custodiando la puerta. Otro, que
llevaba unos cinturones de balas cruzados por el pecho y un fúsil en las manos,
se quedó a dos metros de nosotros. Los otros, ambos con un machete, empezaron a
registrar el pequeño apartamento.
-Somos
soldados del ejército y estamos buscando a los autores de los últimos atentados
del país.
Hizo
una pausa, mirando en torno suyo.
-Veamos-
apoyó el fusil en el suelo, descansando la postura rígida del principio- quiero ver las tarjetas de identificación
racial. ¡Vamos!
Las
tarjetas de identificación racial eran unas tarjetas que se introdujeron en el
año 1931 en Ruanda y en ellas, entre otros datos, se clasificaban a las
personas en función de su etnia. A pesar de que estábamos en abril de 1994
todavía seguían en vigor.
-Están
en el cajón del mueble- señalé con la cabeza.
Desde
que empezamos a vivir en aquel apartamento que nos pagaba el Club las habíamos
guardado allí. Nunca pensé que tuviera que utilizarlas firmado el tratado de paz
entre el gobierno y la oposición tutsi del Frente Patriótico Ruandés.
Uno
de los soldados las cogió y se las entregó al joven de la puerta, que las leyó
en voz alta.
-De
la etnia tutsi. ¡Vaya! Interesante…- exclamó el de las cartucheras.
-
¡Lo sabía! ¡Sabía que estos eran tutsis! - dijo el que había cogido las
tarjetas y se acercó a Gregorie, pegando su abollada nariz a su mejilla- ¡Ya me
había dado cuenta que aquí olía a cucaracha!
-Bien,
bien- continuó el de las cartucheras, que obviamente era el de más rango- y
¿qué hace una parejita de tutsis solos en este apartamento, ¿eh?
Me
di cuenta que me miraba con sesgo de extrañeza. Cuando iba a responder salió un
soldado de la habitación de Gregorie con la maleta que había escondido debajo
de la cama y la tiró a los pies del cabecilla, empezando a hurgar entre sus
cosas.
-
¡Mira jefe! ¡Estaban haciendo las maletas! Querían huir…
-Parece
que teníais mucha prisa, ¡eh! - su rostro se oscureció siniestramente- Me
parece que tendréis que acompañarnos al cuartel para contestar algunas
preguntas.
Ese
fue uno de los primeros momentos más tensos que viví en aquellos meses de
locura colectiva. Pensé que era el fin, que nada se podía hacer, que ni incluso
la verdad les hubiera convencido. Para ellos estaba todo muy claro: un atentado
contra el Presidente hutu y un par de tutsis que tienen mucha prisa en largarse
inmediatamente después.
Tenía
el machete en la espalda empujándome hacia la puerta cuando el que hurgaba en
la maleta se encontró con un álbum de fotos.
-
¡Jefe! ¡Mira esto!
El
jefe empezó a pasar las hojas mirando cada foto, al mismo tiempo que nos echaba
un vistazo a Gregorie y a mí.
-
¡Maldita sea! ¿Qué coño es esto? - empezó a mirarnos con más detenimiento-
¿Quiénes sois?
-Somos
jugadores del Rayon Sports- respondí con timidez.
-
¿Tú eres Totò, el portero? Por eso me sonabas… - la expresión de su cara ya no
tenía nada que ver con la de hacía unos instantes.
-
¡Ostia! ¡Es Totó!- ahora era el chaval de la puerta, que había dado un grito.
La
cara del jefe era todo un poema, el de la puerta tenía los ojos brillantes y
los otros dos nos miraban con extrañeza, como si en un abrir y cerrar de ojos
ya no fuésemos las pestilentes cucarachas de antes y nos hubiésemos convertido
en otro insecto o animal, supongo que con mucho más caché.
Después
de unos segundos de desconcierto el jefe ordenó a los del machete que salieran
del apartamento y esperaran fuera.
Luego
nos hizo sentarnos en unas sillas y comenzó una de las conversaciones más
surrealistas de mi vida, sobre todo por las circunstancias en que sucedieron.
-
¡Menudo partido el de la semana pasada! ¡Cómo les dimos por el culo a esos
sudaneses, que siempre se han creído superiores!
El
domingo pasado ganamos por un gol a “Al Hilal”, un equipo de Sudan, en la Copa
Africana de Clubes, algo parecido a las ligas por equipos en Europa. Fue un
partido vibrante.
-
¡Qué golazo metió Thierry! ¡Como saltó de cabeza por encima de sus defensas y
la clavó por la escuadra!
Estuvimos
hablando más de diez minutos, que a Gregorie y a mi nos parecieron eternos.
Hablamos del partido, nos preguntó por otros jugadores del equipo, por el
entrenador que le gustaba mucho, la racha de victorias que llevábamos en la
liga nacional, que con todo esto iba a quedar interrumpida. Me dijo que su
padre era un forofo del Rayon y desde pequeño había mamado el fútbol, que le
hubiera gustado ser jugador de fútbol, pero una lesión de rodilla se lo
fastidió todo, y que el Rayon era su vida, bueno, casi, primero estaban sus
hijos, claro.
Después,
cuando estaba en la puerta a punto de marcharse y nosotros nos mantuvimos
sentados sin mover ni un sólo músculo, se volvió y me dijo:
-Por
cierto, menuda parada hiciste al final del partido, cuando aquel cabrón pegó
aquel pepinazo desde fuera del área. ¡Volaste como un pájaro!
-La
verdad es que casi no llego, fue por los pelos… lo salvé con la punta de los
dedos- fue lo primero que se me ocurrió- Tuve mucha suerte.
-Sí,
mucha suerte- hizo una pausa para mirarse los dedos de la mano que no sostenía
el fusil- Pero la suerte también cuenta, ¿no Totò?
Y
salió dando un portazo, dejándonos a Gregorie y a mí allí dentro, con cara de
circunstancias, y yo también mirándome la punta de los dedos. Sí, también
cuenta.
FIN
Eric
Eugène “Toto” Murangwa, portero del equipo de fútbol Rayon Sport en Kigali
sobrevivió al genocidio de Ruanda que se perpetró desde el 7 de abril hasta el
15 de julio de 1994.
Se
calcula que fueron asesinadas unas 800.000 personas, entre el 20% y 40% de la
población total.
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