martes, 10 de marzo de 2020

Con la punta de los dedos

hola, people

aquí os dejo un relato corto para sobrellevar mejor estos momento de pánico colectivo
ya me decís...


                                         

                                                 Con la punta de los dedos



Recuerdo que estaba en la cocina, preparando uno de mis platos favoritos. La cazuela reposaba sobre el fuego, sofriendo el pollo, y yo andaba cortando las verduras: la cebolla, los puerros, pimientos, los tomates, el apio,… La televisión estaba encendida en el salón, pero no prestaba atención. Cuando me enredaba en la cocina era como si el resto del mundo desapareciese. De repente, Gregoire apareció por la puerta.

- ¿Te has enterado? - su cara presentaba tal palidez que parecía un hombre blanco.

-Parece que no te hayas criado en un colegio de pago. ¿Qué pasa con un “hola, que tal” o “buenas”?

-De verdad, esto es muy serio.

Antes de acabar la frase ya se había dado la vuelta en dirección al salón. Solté el cuchillo en la encimera y me lavé las manos. Seguro que sería otra de sus exageraciones, aunque esta vez la expresión de su cara me inquietó.

Todavía secándome las manos entré en el salón. Mi compañero de piso estaba sentado en una silla mirando la televisión, con la cabeza apoyada en las manos.

En la televisión había imágenes del aeropuerto de la ciudad, camiones de bomberos por todos los lados, coches de policía, ambulancias. Un avión que iba a aterrizar había explotado en el aire y había caído. No había ningún superviviente.

- ¿Sabes quién iba en ese avión? - Moví la cabeza negativamente- ¡Habyarimana!

El trapo que secaba mis manos cayó al suelo. No podía creerlo. Había muerto el presidente del gobierno.

Esa noche cenamos mirando la televisión. El avión gubernamental había explotado en el aire y no estaba claro cuál había sido la razón. Se empezaba a barajar que había sido un atentado, algunos testigos habían visto como una llamarada en los alrededores del aeropuerto. Se hablaba de un misil. Además del presidente del gobierno, habían muerto el Presidente de Gobierno de Burundi, ministros de ambos países y otros acompañantes. Realmente era una noticia muy grave y podía desencadenar reacciones muy poco deseables.

-Esto puede ser muy peligroso, Totò- empezó a decirme- Tiene toda la pinta de ser un atentado y si lo confirman podemos estar en peligro.

- ¡Para, para! No te precipites, que podría ser cualquier cosa- realmente no me creía mis propias palabras, pero tenía que tranquilizar a Gregoire, que siempre había sido muy agorero respecto al tratado de paz alcanzado- Y si fuera un atentado buscarán a los culpables y los juzgarán. No tiene que cambiar nada.

- ¿Me estás hablando en serio? -Replicó incrédulo- Si resulta que no ha sido un accidente y es un atentado, que es lo más probable, ¿a quién crees que van a culpar?

Gregoire tenía toda la razón. Si se confirmase que había sido un atentado podríamos estar en grave peligro. El Gobierno y, sobre todo, sus aliados más extremistas culparían al Frente Patriótico Ruandés, fundado por un grupo de rebeldes tutsis exiliados del país, de estar detrás del atentado y el nivel de tensión de la población aumentaría exponencialmente. El odio entre las diferentes etnias se acrecentaría, la relativa paz alcanzada pendería sobre un hilo y nosotros, que pertenecíamos a la etnia tutsi, seríamos los más perjudicados.

El teléfono sonó. Era el secretario del Club: el entrenamiento de mañana quedaba suspendido hasta que se aclarase la explosión del avión. No querían correr ningún riesgo, que hubiera incidentes. En el equipo jugaban tanto hutus como tutsis y, en principio, había compañerismo. Pero la sociedad estaba muy envenenada desde hacía mucho tiempo y eso también afectaba el ambiente del vestuario. Además, los hinchas de los equipos eran lo más peligroso e impredecible. El último partido de liga se complicó en el último minuto. El árbitro pitó un penalti en contra del equipo local y un par de exaltados saltaron desde la grada. Tuvo que intervenir la policía. Naturalmente lo más sensato era suspender los entrenamientos a la espera de noticias.

-Totò, creo que es mejor que nos marchemos esta noche. Hagamos las maletas y larguémonos. Mañana puede ser tarde.

Esa noche me costó dormir. Había discutido con Gregorie, quería irse. Tuve que convencerlo para que se quedase, estaba temeroso sobre lo que pudiera pasar. En el fondo, yo no quería quedarme sólo, también estaba muerto de miedo.

Por la mañana nos despertamos con noticias más desalentadoras. Se confirmaba que el avión del Presidente había sido derribado por un misil disparado desde las inmediaciones del aeropuerto, había sido un atentado. Además, en horas posteriores al derribo habían violado y asesinado a la primera ministra y los acompañantes que la custodiaban. Nos invadió el pánico. Gregorie sacó las maletas y empezó a guardar sus cosas: ropa, álbumes, libros. En eso se oyeron unos golpes fuertes en la puerta.

- ¡Abran la puerta! Somos soldados del ejército del Gobierno. ¡Abran!

En un primer momento nos quedamos quietos, sin respirar. Gregorie cerró la maleta y la escondió debajo de la cama. Me sudaban las manos y sentía los latidos del corazón en la garganta.

- ¡Vamos, abran! Sabemos que hay alguien dentro. ¡Si no, tiraremos la puerta abajo!

Abrí la puerta y había cuatro individuos vestidos de militares. Todavía hoy no podría asegurar si aquellos individuos pertenecían realmente al ejército gubernamental o quizás era un grupo de exaltados de la milicia Interahamwe, un grupo paramilitar integrado por miembros de la etnia hutu formado hacia unos años.

- ¡Manos arriba! - gritó al tiempo que entraron en la casa y, a empujones, me pusieron en medio del salón, junto a Gregorie- ¡Quiero ver en todo momento las manos por encima de la cabeza!

El que parecía más joven de todos se quedó custodiando la puerta. Otro, que llevaba unos cinturones de balas cruzados por el pecho y un fúsil en las manos, se quedó a dos metros de nosotros. Los otros, ambos con un machete, empezaron a registrar el pequeño apartamento.

-Somos soldados del ejército y estamos buscando a los autores de los últimos atentados del país.

Hizo una pausa, mirando en torno suyo.

-Veamos- apoyó el fusil en el suelo, descansando la postura rígida del principio-  quiero ver las tarjetas de identificación racial. ¡Vamos!

Las tarjetas de identificación racial eran unas tarjetas que se introdujeron en el año 1931 en Ruanda y en ellas, entre otros datos, se clasificaban a las personas en función de su etnia. A pesar de que estábamos en abril de 1994 todavía seguían en vigor.

-Están en el cajón del mueble- señalé con la cabeza.

Desde que empezamos a vivir en aquel apartamento que nos pagaba el Club las habíamos guardado allí. Nunca pensé que tuviera que utilizarlas firmado el tratado de paz entre el gobierno y la oposición tutsi del Frente Patriótico Ruandés.

Uno de los soldados las cogió y se las entregó al joven de la puerta, que las leyó en voz alta.

-De la etnia tutsi. ¡Vaya! Interesante…- exclamó el de las cartucheras.

- ¡Lo sabía! ¡Sabía que estos eran tutsis! - dijo el que había cogido las tarjetas y se acercó a Gregorie, pegando su abollada nariz a su mejilla- ¡Ya me había dado cuenta que aquí olía a cucaracha!

-Bien, bien- continuó el de las cartucheras, que obviamente era el de más rango- y ¿qué hace una parejita de tutsis solos en este apartamento, ¿eh?

Me di cuenta que me miraba con sesgo de extrañeza. Cuando iba a responder salió un soldado de la habitación de Gregorie con la maleta que había escondido debajo de la cama y la tiró a los pies del cabecilla, empezando a hurgar entre sus cosas.

- ¡Mira jefe! ¡Estaban haciendo las maletas! Querían huir…

-Parece que teníais mucha prisa, ¡eh! - su rostro se oscureció siniestramente- Me parece que tendréis que acompañarnos al cuartel para contestar algunas preguntas.

Ese fue uno de los primeros momentos más tensos que viví en aquellos meses de locura colectiva. Pensé que era el fin, que nada se podía hacer, que ni incluso la verdad les hubiera convencido. Para ellos estaba todo muy claro: un atentado contra el Presidente hutu y un par de tutsis que tienen mucha prisa en largarse inmediatamente después.

Tenía el machete en la espalda empujándome hacia la puerta cuando el que hurgaba en la maleta se encontró con un álbum de fotos.

- ¡Jefe! ¡Mira esto!

El jefe empezó a pasar las hojas mirando cada foto, al mismo tiempo que nos echaba un vistazo a Gregorie y a mí.

- ¡Maldita sea! ¿Qué coño es esto? - empezó a mirarnos con más detenimiento- ¿Quiénes sois?

-Somos jugadores del Rayon Sports- respondí con timidez.

- ¿Tú eres Totò, el portero? Por eso me sonabas… - la expresión de su cara ya no tenía nada que ver con la de hacía unos instantes.

- ¡Ostia! ¡Es Totó!- ahora era el chaval de la puerta, que había dado un grito.

La cara del jefe era todo un poema, el de la puerta tenía los ojos brillantes y los otros dos nos miraban con extrañeza, como si en un abrir y cerrar de ojos ya no fuésemos las pestilentes cucarachas de antes y nos hubiésemos convertido en otro insecto o animal, supongo que con mucho más caché.

Después de unos segundos de desconcierto el jefe ordenó a los del machete que salieran del apartamento y esperaran fuera.

Luego nos hizo sentarnos en unas sillas y comenzó una de las conversaciones más surrealistas de mi vida, sobre todo por las circunstancias en que sucedieron.

- ¡Menudo partido el de la semana pasada! ¡Cómo les dimos por el culo a esos sudaneses, que siempre se han creído superiores!

El domingo pasado ganamos por un gol a “Al Hilal”, un equipo de Sudan, en la Copa Africana de Clubes, algo parecido a las ligas por equipos en Europa. Fue un partido vibrante.

- ¡Qué golazo metió Thierry! ¡Como saltó de cabeza por encima de sus defensas y la clavó por la escuadra!

Estuvimos hablando más de diez minutos, que a Gregorie y a mi nos parecieron eternos. Hablamos del partido, nos preguntó por otros jugadores del equipo, por el entrenador que le gustaba mucho, la racha de victorias que llevábamos en la liga nacional, que con todo esto iba a quedar interrumpida. Me dijo que su padre era un forofo del Rayon y desde pequeño había mamado el fútbol, que le hubiera gustado ser jugador de fútbol, pero una lesión de rodilla se lo fastidió todo, y que el Rayon era su vida, bueno, casi, primero estaban sus hijos, claro.

Después, cuando estaba en la puerta a punto de marcharse y nosotros nos mantuvimos sentados sin mover ni un sólo músculo, se volvió y me dijo:

-Por cierto, menuda parada hiciste al final del partido, cuando aquel cabrón pegó aquel pepinazo desde fuera del área. ¡Volaste como un pájaro!

-La verdad es que casi no llego, fue por los pelos… lo salvé con la punta de los dedos- fue lo primero que se me ocurrió- Tuve mucha suerte.

-Sí, mucha suerte- hizo una pausa para mirarse los dedos de la mano que no sostenía el fusil- Pero la suerte también cuenta, ¿no Totò?

Y salió dando un portazo, dejándonos a Gregorie y a mí allí dentro, con cara de circunstancias, y yo también mirándome la punta de los dedos. Sí, también cuenta.



                                                                  

                                                 

                                                         

                                                           FIN









Eric Eugène “Toto” Murangwa, portero del equipo de fútbol Rayon Sport en Kigali sobrevivió al genocidio de Ruanda que se perpetró desde el 7 de abril hasta el 15 de julio de 1994.

Se calcula que fueron asesinadas unas 800.000 personas, entre el 20% y 40% de la población total.


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