Estaba sentada en la
sala de profesores. Aunque ya empezaba a hacer frío, llevaba la minifalda
blanca que Marisol me había regalado unos meses atrás. Me preocupaba estar
manchando la silla. Los chicos de clase decían que me había cagado encima.
Incluso yo lo pensé hasta que la señorita Carmen me dijo que me había bajado la
regla. Mamá me había hablado mucho sobre ella, y también me había dicho que me
crecerían las tetas pero yo me inspeccionaba cada mañana en el espejo y no
había percibido ningún cambio. Además a Marisol le crecieron durante el verano
y todavía no la tenía. Palpé por encima del jersey. Ahora que la señorita
Carmen lo había dicho sí que notaba algo. La sangre se había deslizado
lentamente hacia mis rodillas y se había secado en mis muslos dejándome un
rodal. Empecé a rascarlo con la uña. Una náusea me recorrió el cuerpo, y me
acordé de aquella vez que me llevaron al despacho del director en el colegio
por darle una pedrada a Raúl, que era gordo y muy malo. Y de cómo la sangre
empezó a brotar desde su frente y le manchó los dientes, y de cómo se le
mezclaba con los mocos y las babas de tanto llorar. Y de como yo, acto seguido,
vomité y me desmayé. Había pasado más de una hora desde que me habían traído a
la sala de profesores, mamá no iba a venir. Así que recurrí a la técnica de
saltar la valla que Marisol me había enseñado el curso pasado.
De camino a casa en el
bus me di cuenta de que un tío me estaba mirando las piernas mientras se
relamía como un gato. Me hacía gracia cuando los hombres me miraban, era
asqueroso. Le miré a los ojos y descrucé las piernas dejándole ver el interior
de mis muslos sanguinolentos. Él apartó la vista con una mueca, yo le lancé un
beso y se cambió de asiento.
—A los chicos les encanta que los escuches y no les importa demasiado lo que
tú tengas que decir —me dijo Marisol una vez. Pero no entendía muy bien qué era lo que había que
escuchar, hasta donde yo sabía los chicos hacían poco más que gruñir. Una vez
Pablo me tocó la pierna en clase de química, así que le clavé un lápiz y ahora
cuando le daba la luz podías ver brillar la mina en el dorso de su mano.
Saqué las llaves de casa
pero no entré. La semana pasada a mamá se le murió el limonero que plantó en la
terraza y además sufrió un aborto. Ella decía que era el otoño, y también que
por eso se me caía tanto el pelo. El final del verano siempre me ponía triste
pero este año estaba resultando más duro porque Marisol se había mudado a un
pueblo a finales del curso pasado y la habían cambiado de instituto. Durante las
vacaciones fui a visitarla todas las semanas y mamá me dejó quedarme a dormir
allí algunas noches. Por las mañanas temprano cogíamos las bicicletas y nos
íbamos pedaleando hasta la playa. Después a la vuelta pasábamos entre los
naranjos y nos hacíamos con algo de fruta para almorzar.
—¿Mar o montaña? —me preguntó Marisol un día, rebozada
en arena y sal. Dudé unos instantes. Me acordé de cuando vivía con papá en la
sierra, de los paseos por el bosque, la humedad del pantano y las siestas al
sol sobre la piedra caliente. Pero entonces la miré y se me hizo difícil
imaginarme lejos de la espuma blanca y el romper de las olas contra el espigón.
Volví a guardar las llaves de casa y me dirigí al
puerto. Al mismo sitio donde me sentaba con Marisol siempre que nos pelábamos
las clases y al mismo sitio donde tiramos las cenizas de la abuela, que odiaba
el mar. A Marisol no le daba asco meter los pies en el agua del muelle, llevaba
un discman con un cd de ABBA a todas partes y se le daba genial robar. Ella era
distinta a los demás, por eso me gustaba tanto. Fue la primera amiga que hice
desde que vinimos a la ciudad. Cuando llegamos aquí yo sabía un montón de cosas
importantes que me había enseñado papá, como que no se debían de levantar las
piedras grandes de la montaña por si debajo había alacranes, o que para
arrancar una ortiga había que aguantar la respiración. Pero nadie me había
enseñado a tener cuidado con los otros niños. A Marisol no le importaban demasiado los otros niños. Me tumbé en el embarcadero en busca de los últimos vestigios
de calor. El final del verano siempre me ponía triste porque suponía un final
más allá. El año que viene limpiaríamos nuestros cabellos de arena y sal y sería otra. La sombra me fue alcanzando con el paso de las horas y se me erizaron los
pelitos de los brazos. En el agua había un pez muerto flotando y las gaviotas
descendían a turnos para picotearlo. El mar tiene el único propósito de
traernos de vuelta a casa, pensé.
Cuando volví mamá estaba durmiendo en el sofá y había
una botella de vino a medias sobre la mesa. Cerré la puerta tras de mí
despacito para no hacer ruido. Me deslicé hacia el cuarto de baño, mojé una
toalla en agua tibia y me limpié la sangre seca de entre mis muslos. Recordé
cuando papá calentaba agua al fuego y me frotaba las rodillas llenas de barro
en una tina de plástico, como las que se usan para poner la ropa limpia. Me
quité las bragas y observé por primera vez el coágulo negruzco y espeso que se
había formado sobre ellas. Estuve esperando la náusea pero, para
mi sorpresa, nunca llegó. Esta no era una sangre violenta. Tan solo era
ausencia de vida y eso, de momento, estaba bien. Mamá estaba tan contenta
cuando se enteró de su embarazo que tiró todas las compresas de la casa, así
que cogí unas cuantas capas de papel higiénico y las puse una a una sobre las
braguitas limpias. Pensé en la clase de hoy y en la paradoja de Schrödinger. El
gato está vivo y está muerto a la vez. Me metí en la cama y, entonces, me
alcanzó el dolor. Empezó pequeñito en el vientre pero se deslizó por cada
rincón de mi cuerpo hasta hacerme temblar. Por la ventana de mi habitación
entraba la sombra alargada del limonero mustio que mamá había plantado en la
terraza. Todas compartimos el dolor. Bajé la persiana, recogí mis piernas haciéndome un ovillo y cerré los ojos. Qué
extraña manera tenía de llegar siempre el otoño.
Hada
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