Último
intento -Delia-
2-2-2020
UNA
VUELTA EN VESPA
Ella sabe que no es invisible para él. Juan, el amigo
de su padre siempre la saluda, tiene palabras amables para ella. Al despedirse,
le presiona la mejilla con los nudillos de sus dedos, a veces con las dos
manos. Es un pellizco que no le hace gracia, le hace daño. Espera que termine
pronto, aunque le parece que cada vez dura más.
Cuando se lo comenta a su padre, éste contesta que a
veces los adultos no calibran la presión de los dedos.
Juan se despide de ella con una sonrisa, le
da esperanzas al decirle:
- El próximo día, si vengo con más tiempo, te
daré una vuelta en la Vespa.
Pero ese día no llega nunca, ya han pasado muchos.
En realidad, solo le ha dado una vuelta a la manzana
y ya hace tiempo de eso. Fue toda una aventura. Se acuerda del día en que Juan
trajo la vespa por primera vez, para que la viera su padre.
-Recién sacadita del concesionario, mira, Manuel.
Todos salieron a verla, incluidos su madre y su
hermano. También ella. Tan reluciente. Incluso algunos vecinos que pasaban se
pararon a mirarla.
Aún cree escuchar el ruido de su motor, cuando Juan
hacía girar el manillar y parecía
que iba a salir disparado.
Y de repente, la miró, la alzó y allí ella estaba
sentada detrás de él en la moto. No sabía si gritar, temió caerse pero estaba
muy contenta. La había subido a la vespa sin pedírselo. Sintió que perdía el
equilibrio, que sus pies no llegaban a ningún lado y se agarró muy fuerte como
él le pedía.
Sus pequeñas manos no abarcaban su cuerpo y él las
cogió y las puso más abajo de la barriga para que ella pudiera sujetarse
mejor.
-¿Quieres que te dé una vuelta?
La niña miró a sus padres, la madre dijo No, pero el
padre dijo solo una y con mucho cuidado
-Agárrate bien, hija, no vayas a caerte, te harías
mucho daño.
Doblaron la esquina, mientras todos de pie les
miraban. Ella se sentía tan importante. El pelo largo se hizo todo hacia atrás
como en las películas cuando sopla el viento. Él tumbó la vespa un poco hacia
un lado, ella creyó que se caía y se puso muy recta. Él le dijo que se apretara
más a él, que no se enderezara porque podía perder el equilibrio, que él nunca
iba a dejar que se cayera.
Y las cuatro esquinas que rodean la calle se
convirtieron en una aventura.
Cuando aquella tarde, Juan apareció por
casa, volvió a soltar la misma frase:
- El próximo día, si vengo con más tiempo, te
daré una vuelta con la Vespa.
Su padre volvió la mirada hacia su amigo y le sonrío.
Mientras de espaldas, recogía la chaqueta para salir, Juan se acercó a la niña
y le pidió la mano. Ella se la dio, y él le puso la palma hacia arriba y la
quemó con el cigarro mientras la miraba a los ojos.
Ella gritó, sorprendida y llorando,
fue en busca de su padre.
- Papá, Juan me ha quemado en la mano
con el cigarro.
Su padre le miró la mano.
-Seguro que ha sido sin
querer.
-No, lo ha hecho aposta.
Pero
su padre insistió. Seguro que había sido ella quien había tropezado con el
cigarro encendido.
–Es que no paras, siempre gesticulando y moviendo las
manos.
Ella siguió llorando, cada vez con más fuerza,
ahora de rabia; se miraba la mano, aquel redondel que se había formado y que
tanto le escocía.
Su madre entró
en ese momento. Se acercó a ella, le tomó la mano y le sopló despacio,
dirigiendo el aire a la herida.
-¿Qué ha pasado?
La niña entre sollozos le explicó lo sucedido. La
madre primero miró a Juan, que tenía su eterna sonrisa en la boca, luego a su
marido que se encogió de hombros y que le hizo un gesto a Juan de
salir.
La niña vio a los dos hombres
alejarse en alegre conversación.
Pero antes de girar la
esquina, Juan se volvió, la miró y le sonrió de tal forma que algo le rompió
por dentro, no supo bien qué.
"Siempre
me va a creer a mí, tú eres demasiado pequeña" dijo la voz de Juan en su cabeza.
Y manteniendo la mirada fija,
se dijo:
- "Nunca subiré más en tu
Vespa, haces trampas".
La madre habla por la noche en la cama
con el padre, sobre lo que ha pasado, el padre dice que no hay que hacerle caso
a la niña, que Juan es un buen hombre, que está solo, que le gustan los niños y
que tiene predilección por la hija porque la ve siempre tímida, triste y le
gusta provocarle sonrisas. La niña los escucha, está asustada.
-Venga Emilia, vamos a dormir, no le des más vueltas a
lo que ha pasado –le dio la espalda agarró la sábana y la manta con la mano
para taparse y al poco rato su respiración se oyó con un ligero ronquido.
Emilia siguió despierta un rato, pensando que a ella
nunca le habían gustados los niños, pero los suyos, esa niña y el hermano
mayor, que es tan guapo, los tenía que sacar adelante para que fueran personas
de provecho. Además, el tal Juan no le gustaba como miraba a las mujeres,
incluida a ella, pero claro eso no podía decírselo a Manuel, con lo celoso que
era. Seguro que pensaría que ella iba provocando.
Una tarde Juan asoma la cabeza por la puerta para ver
si estaba Manuel. Emilia, le dice que ha ido a un recado pero que volverá
enseguida, le ofrece que se siente e inicia una conversación
-Juan, no quiero que te acerques a mi hija
-Oye Emilia ¿no pensarás que lo que pasó el otro día
no fue sin querer? Esa hija vuestra tiene mucha fantasía, siempre leyendo, tan
seria, la mirada perdida y observándolo todo.
-Yo ya te he avisado –se levantó, lo dejó solo en la
sala, se puso el delantal y se dirigió a la cocina.
Llegó la primavera y los dos hermanos se contagiaron
de varicela. El hermano se pasaba el día quejándose que le picaba todo, no
paraba de llorar y quería toda la atención. La niña, viendo a su madre agotada,
intentaba no quejarse, además había cogido un regustillo a rascarse, le daba
cierto placer y a veces no podía parar. La madre empezó a reñirla, las pupas se
estaban infectando, así que empezó a rascarse donde la madre no lo veía… en los
pies, en la parte de los tobillos, luego se subía los calcetines y ya está.
Todas las noches hacía el ritual, se quitaba las costras secas y se rascaba.
A los pocos días la madre la llamó, los calcetines que
había lavado tenían unas manchas como de sangre y agua sucia. Le dijo que se
los quitara y le enseñara los pies. Uno de ellos, el izquierdo tenía unas tres
o cuatro pupas y el derecho era como una pulsera llena de úlceras. Ella pensó,
que ahí nunca le había puesto Talquistina, tenía que llevarla al médico. Seguro
que el médico la iba a reñir por no haberse fijado. Esta niña con sus silencios
nunca sabía lo que pensaba, menos mal que era muy obediente y no le daba
problemas.
El médico, lejos de reñir a la madre hizo una reflexión
a la niña, poco más o menos, que si seguía rascándose le iban a cortar el pie,
con lo que la niña se acojonó. Le dio unas pautas de cura a la madre y le dijo:
-La niña está muy blanca, necesita vitamina D, debería
ir a menudo a la playa para que le de el Sol, meta los pies en el agua de mar y
así se le vayan secando las heridas de forma natural.
El padre trabajaba de repartidor principalmente por la
zona del Puerto y la playa, por lo que no fue difícil cumplir lo que les había
dicho el médico, la niña llevaba mucho mejor las pupas pero todavía no se
terminaban de curar.
Ir a la playa con su padre le hacía sentirse feliz,
nunca se metía en el agua más allá de lo que le cubría las rodillas, tenía
miedo al mar, más que miedo, pánico, formaba parte de sus pesadillas. En
cambio, estar mirándolo, le hacía soñar con barcos y con viajes.
Un día, el padre le dijo que no podía ir a por ella
para llevarla a la playa, pero que había quedado con Juan en que la recogería
con la Vespa, él los esperaría en la esquina donde venden las clóchinas y que
luego los tres irían para que ella metiera los pies en el agua.
-Te lo pasarás muy bien, haz todo lo que te diga Juan
para no caerte en el trayecto.
Llegó el día, estaba muy nerviosa. Le había empezado
el dolor de cabeza que últimamente aparecía con tanta frecuencia. A veces,
cuando ya no lo soportaba más, le daba por vomitar, eso en cierta manera la
tranquilizaba e incluso a veces llegaba a desaparecer, pero lo normal es que no
se fuera, que le molestara hasta la luz.
Así que ese día tocaba, dolor de cabeza. Mientras lo
esperaba apoyó la cabeza en la pared, en el frío del mármol. Apareció con el
ronroneo de la vespa, su camisa blanca, bigote fino y sonrisa que le
estrechaban los ojos.
-Veo, que me estás esperando. Pon la toalla aquí, que
la sujeto con esta goma
Luego la miró a los ojos, le puso las dos manos debajo
de las axilas, abarcando casi su pequeño cuerpo la alzó y sentó en el sillín
-Pon los pies apoyados donde te lleguen y sujétate muy
fuerte a mi cintura.
La madre estaba viendo la escena, salió a despedirla,
la niña notó que no estaba contenta y eso la puso aún más a la defensiva con
respecto a Juan. Recordó una conversación que tuvo con ella, respecto a los
hombres, lo que no debes dejar tocar, enseñar… fue un día que ambas estaban
sentadas en la mesa camilla de casa, comiendo un bocadillo de atún, olivas sin
hueso y mucha mayonesa (el favorito de la niña).
La niña pasó un viaje horroroso hasta la playa.
Recordaba a su madre, lo de los toqueteos. Juan no paraba de decirle en el
viaje que se agarrara fuerte, por debajo de la barriga, que dejara caer su
cuerpo sobre la espalda de él. Quería que se acabara pronto, le estaba entrando
angustia.
Pasaron los días, la niña cuando aparecía Juan se iba
a otra habitación a jugar o a leer. Él volvió a frecuentar la casa de nuevo
como si no hubiera pasado nunca nada. Incluso estaba más amable que de
costumbre con Emilia y no tenía la mirada lasciva que tanto la incomodoba
Es una tarde de verano, hace mucho calor y la puerta de la entrada está abierta, la madre se ha ido dos horas a limpiar una casa como cada viernes
Juan sabe de otras veces, que la niña va a estar sola. Entra en la casa y a ella le asusta su mirada. Él mueve las manos rápidamente cerca de la bragueta del pantalón, ha cogido algo que no acaba de ver, parece una longaniza de las que hay en el pueblo secándose colgadas cara al cierzo, como dice su abuela.
Es una tarde de verano, hace mucho calor y la puerta de la entrada está abierta, la madre se ha ido dos horas a limpiar una casa como cada viernes
Juan sabe de otras veces, que la niña va a estar sola. Entra en la casa y a ella le asusta su mirada. Él mueve las manos rápidamente cerca de la bragueta del pantalón, ha cogido algo que no acaba de ver, parece una longaniza de las que hay en el pueblo secándose colgadas cara al cierzo, como dice su abuela.
Se abalanza hacia ella abriendo la puerta de par en
par, dando un golpe en la pared, pero ella, al intentar cerrarla, no puede, lo
interrumpe un pie de él en medio.
Con todas sus fuerzas le da un pisotón y Juan
retrocede el pie. Ella aprovecha para cerrar la puerta, pero calibra mal,
empuja por la parte del cristal y se rompe en pedazos. No ha calculado bien y
en vez de empujar el marco de madera ha metido la mano, rompiéndolo. Uno de los
cristales al caer le ha hecho un corte en la muñeca, de parte a parte.
Él pensando que alguien ha podido oír el ruido, se asusta
y mira a su alrededor. Ella simplemente está con la boca abierta y los ojos
idos, el susto no la deja hablar. Se queda mirando el cristal roto, la mano de
la niña que ha empezado a sangrar, da media vuelta y corre hacia la calle
Al momento entra el padre en escena, ha oído el ruido
del cristal roto. Mira a su hija. Después la puerta por donde ha salido
corriendo Juan.
Lo ha visto correr y no ha entendido nada, tenía que
haberle parado
Le pregunta a la niña
- ¿qué ha pasado?
-Nada, que me he asustado al entrar Juan con eso en la
mano y cómo me miraba
-¿Qué llevaba?
-Una longaniza
-¿Te ha hecho algo?
Las manos del padre se dirigen al cajón de la mesa
camilla que hay en medio de la habitación. Allí se guardan los cubiertos.
Rebusca un poco entre ellos y saca un cuchillo enorme
Se pone a gritar fuerte
La niña se asusta al ver a su padre así
-Papá no ha pasado nada, no me ha tocada, de verdad
El padre sale detrás de Juan con el cuchillo en la
mano
-Te voy a matar, esto a mí no se me hace.
-¡Hijo de puta! Yo confiaba en ti
-¿Por qué lo has hecho?
La niña sale detrás de él, diciendo
-¡Vuelve!
-No vayas detrás de él.
Teme que se enzarcen en una pelea y salga perjudicado
su padre. Lo ha visto en algunas películas que el cuchillo en la pelea se
vuelve contra el bueno a veces. No los alcanza
Le cuesta respirar
Rompe a llorar de impotencia y vuelve hacia la casa,
aunque solo llega al portal, hay un goteo de sangre que se escurre por su dedo
corazón a lo largo de la calle
La niña se va desangrando poco a poco, susurra, sin
que nadie la oiga, que el padre vuelva y que no se pegue con Juan, porque Juan
no la ha llegado a tocar.
Ya en la puerta de casa se queda de pie
-Papá, ven me estoy mareando.
Arrima a la pared su espalda y poco a poco sus piernas
flaquean y el cuerpo se va escurriendo. Se queda sentada en el suelo
Mira la sangre que sale de su muñeca, hace un intento
de chupársela como tantas veces ha hecho al golpearse o hacerse un corte. Al
final lo consigue, es un sabor distinto a otros, tibio, conocido, le sangra la
nariz muchas veces.
La mano resbala hasta el suelo y la sangre va
fluyendo, manchando las losas de la acera, abriéndose camino.
-¡Mamá!... ¡Mamá!
-¿dónde estás?
-Ven… ¡Aúpame!, dile al papá que…
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