jueves, 6 de febrero de 2020

El espejo del pasado


Venga a ver si éste puede ser otro candidato. Es nuevo y no muy largo.
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Miro sus ojos abiertos como platos buscando a su padre y algo en mi interior se conmueve profundamente.
La mayor de seis años dormía profundamente cuando abrió los ojos y me agarró los brazos. Lloró un poco. Estaba asustada. Es lógico. Miró a un lado y a otro de su habitación buscándote. Por supuesto no te encontró. Enrojeció morbosamente por la ira, de no tener cerca a su papi, como ella te llama. Pobre hija mía. Estira sus bracitos hacia mí y se agarra a los míos. Ambas estamos arrasadas, desoladas.
La bebé duerme. Tranquila. Le doy un besito en la frente. Se revuelve un poco, torpemente, con sus bracitos que tenía dejados caer a ambos lados de su linda cabecita. Olvidé besar a la mayor. Hmmm. Huele a limpio y a felicidad. Mueve un poco su pequeña boquita supongo que para llorar porque a los bebés no les gusta que los molesten cuando duermen. Pero nada. Ni un ruido hace. Pobrecilla. Tú no estás para verla. Se queda tan tranquila. Luego se queda quieta. La arropo un poco porque se ha destapado dando un par de pataditas.
No estás. Me dijiste que ni me acercara. Delante de las niñas. ¿En serio? ¿Después de diez años de matrimonio? No me diste ninguna explicación. Que no me aguantas me dijiste. Dormiste unos días en el sofá hasta que decidiste marcharte. Nos dejaste. Las niñas y yo, estamos solas.
Desde entonces he vagado por las calles como un alma condenada a recorrer la misma calle oscura y sucia una y otra vez sin cruzarse con nadie. Llevo a la mayor de la mano, pero ni la siento y a la pequeña durmiendo en el carrito. Mi mente no está con ellas sino contigo. Llena de recuerdos felices. Estoy en un infierno que no comprendo y que no merezco. Te adoro. Te añoro. Te adoro, te adoro y te adoro. He recibido una carta del colegio avisándome de que la mayor lleva semanas sin ir. Por las noches, cuando las niñas duermen le hablo patéticamente a la foto que conservo en el marco de plata que nos regalaron tus amigos el día de nuestra boda. Estás tan guapo. Parece que me escuches. Le suplico al marco de rodillas que vuelvas conmigo. Mis lágrimas son como estelas de vapor en un cielo despejado. Dejan su huella y se desvanecen.
Aquel día en los juzgados no pude contenerme. Ibas a divorciarte de mí. Es imposible que eso ocurra en mi mente. Es imposible, imposible, imposible. No. Me tiré de rodillas delante de ti. Agité al bebé en tus narices y se puso a llorar. Te supliqué que no me dejaras, queme dieras otra oportunidad. Que me explicaras por qué. Seguí de rodillas incluso cuando mi abogado me daba tirones en el brazo y me gritaba algo que ni recuerdo. Pero te mostraste indolente, pétreo. Me miraste con desprecio y me dejaste allí. De rodillas, humillada. A mí. A la madre de tus hijas.
He vuelto a beber. En realidad, nunca lo he dejado, pero ahora no me escondo de ti. Bueno sí. No me atrevo a beber delante de ese retrato al que suplico. No puedo evitar llorar cuando miro las fotos de nuestra boda. Qué felices se nos ve no como ahora. Ahora vago por las calles como un alma condenada a recorrer la misma calle oscura y sucia una y otra vez sin cruzarse con nadie. Pero yo no quiero estar condenada y recorro esas calles oscuras y sucias que huelen a meados buscando el abrigo de otro bar. Creo que a veces me llevo a las niñas. Empiezo por las tardes, nada más despertarme. Me meto en cualquier bar del que no me hayan tirado todavía y echo allí las horas bebiendo hasta bien entrada la noche. Ni recuerdo si pago la cuenta o no. A veces creo escuchar a la mayor protestando porque está aburrida pero no sé cómo resuelvo eso. Sí que recuerdo algunas cosas. Como aquella tarde que acabé tan harta de escuchar sus protestas que salí del bar, la metí en el coche y me la llevé al colegio. Me metí en la clase de un tipo gordo y con gafas que me miró alarmado y trató de convencerme de que aquél no era el colegio de la niña. No, no recuerdo bien aquello. Sólo recuerdo el cabreo que llevaba. Cuando me sacaron de allí dos policías intenté denunciar al tipo aquél por mentiroso y por cabrón y ellos me dijeron que le había dicho a aquél gordo, delante de la clase entera, que se la chuparía si se quedaban allí con la niña. Luego te vi en comisaría y me tranquilicé. Creía que habías venido a salvarme como tantas otras veces. Me apartaste de malas maneras y me gritaste como nunca te había escuchado gritar antes. Me dijiste cosas horribles. Estabas tan fuera de ti y me gritaste tanto que sentí pequeñas gotas de saliva impactándome en la cara. No me importó. Era tu saliva. Tu adorada, bendita saliva. Me había olvidado a la bebé en el bar. Lo siento, lo siento. Nome di cuenta. Sólo estaba muy cabreada. La bebé estaba bien. Los tipos del bar se habían ocupado de ella mientras llegaba la policía. Lo siento, lo siento.
Qué puedo hacer. Sin ti estoy descontrolada. Abandonada. Me miro al espejo y estoy surcada de arrugas prematuras, tengo ojeras perennes que cuelgan de mis ojos como murciélagos, oscuras y prominentes. Me afean, pero aún conservo mi atractivo y necesito demostrármelo a mí misma. Busco la compañía de alguien que vuelva a tratarme como tú, pero sólo encuentro cerdos. Una noche un desgraciado que olía a sobacos se levantó de nuestra cama y se fue a orinar en el árbol de Navidad. Cuando aquel mamarracho terminó, perdió el equilibrio y se agarró del árbol cayendo con él al suelo. Hizo tanto ruido que la pequeña se despertó en su cuna y empezó a berrear. La mayor asustada, salió a mirar y vio su árbol roto al tipo allí tirado inconsciente y todo mojado apestando a su propia su meada y también lloró.
A eso me veo abocada por tu marcha. Me dejaste en la estacada. Con dos niñas que el juez dice que son mías. Te jodes cabrón. Esto queme pasa es por tu culpa. Antes yo me moderaba para que no notaras que bebía. Incluso me metía alguna raya para no desvariar tanto. La coca me ayuda controla el alcohol. Pero tú no entendías nada y querías llevarme a terapia. ¡Como si estuviera loca! ¡No lo estoy! ¡Estoy bien! Bebo como todo el mundo y nunca le he hecho daño a nadie. Lo hago todo lo mejor que puedo. Respeto tus regímenes de visitas con las niñas. Te invito a entrar, aunque nunca quieres porque dices que todo está echo un asco. Todo lo que sabes expresar es desprecio hacia mí, ¿Qué tengo que hacer para que vuelvas? ¿Qué te he hecho yo?
 Y ahora quieres quitarme la custodia. ¿Quitarme a MIS HIJAS? De ninguna manera. Todo esto es por tu culpa. Si siguieras conmigo. Seríamos felices como antes. Como se nos ve en las fotos de nuestra boda. Tú quizás aún consigas ser feliz. Sé que estás con otra zorra. Una tía guay me dice la mayor. Que le hace reír mucho y le da muchos besos. Puta. No me sustituirás por otra. Cabrón, desgraciado, mamarracho. Estoy echa una mierda por ti y ¿te buscas otra? ¿Me dejaste por ella? No lo aguanto. No. Yo cada día que pasa soy más infeliz. Ni la coca me remonta ya el ánimo. Me estoy quedando sin pasta y cada vez me cuesta más levantarme. Le he dado una llave a la vecina para que dé de comer a las niñas cuando yo salgo por las noches. Me siento sucia. No consigo remontar. Quiero a mis hijas y no me las vas a quitar. Quiero que seas tan infeliz como yo. Cabrón. Estoy así por tu puta culpa. Me dejaste en caída libre, en manos del dolor de cabeza, el mal aliento y el ardor de estómago. Cuando miro a las niñas me recuerdan a ti, hecho tu colonia en la cama para que huela a ti, me miro al espejo y pienso en ti. Y ESTÁS CON OTRA. No serás feliz. No lo serás y no lo serás nunca. Mis pobres hijas vivirán en una familia rota por ti. Pobrecitas mías. ¿Qué será de ellas? He ido a su habitación para verlas dormir, si me las quitas ya no podré hacerlo.

La mayor de seis años dormía profundamente cuando le enrollé alrededor del cuello un par de vueltas del cable de tender que compré en la ferretería para que me arreglaras el que se había partido. ¿Recuerdas? Abrió los ojos y me agarró los brazos. Lloró un poco. Estaba asustada. Mucho. Es lógico. Miró a un lado y a otro de su habitación buscándote. Por supuesto no te encontró. Enrojeció morbosamente, no tenía a su papi, como ella te llamaba, cerca. Pobre hija mía. Estira sus bracitos hacia mí y se agarra a los míos. Ambas estamos arrasadas, desoladas. Unos minutos más y todo termina.
Miro sus ojos que siguen abiertos como platos buscando a su padre y algo en mi interior se conmueve profundamente.
La bebé duerme. Tranquila. Le doy un besito en la frente. Le enrollo el cable alrededor del cuello y aprieto con fuerza. Se revuelve un poco, torpemente, mueve los bracitos que tenía dejados caer a ambos lados de su linda cabecita. Olvidé besar a la mayor. Hmmm. Huele a limpio y a felicidad. Mueve un poco su pequeña boquita supongo que para llorar porque a los bebés no les gusta que los molesten cuando duermen. Pero nada. Ni un ruido hace. Pobrecilla.
Tú no estás para verla. Se queda tan tranquila. Luego se queda quieta. La arropo un poco porque se ha destapado dando un par de pataditas.
Ato el cable a la mesa del comedor y veo al álbum de fotos de nuestra boda que sigue ahí. Abierto sin que nadie le preste atención. Nadie lo hará nunca más. Es un espejo del pasado que no reflejará lo mismo desde hoy. Al mirarlo no verás felicidad. Yo ya no la veía. M ato dos vueltas de cable en el cuello. Abro la ventana y acerco una silla. Alguien grita desde enfrente. Cierro los ojos y me cuerpo. Me inclino hacia delante. Abrazo el aire que recorre veloz mi cuerpo liberándolo, soy etérea. El cable se tensa. Para ti es mi último pensamiento amor. Nunca volverás a ser feliz cabrón.
He ahogado mis penas. Soy feliz.

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