Le cambiaré el título porque ese ya no cuadra. He eliminado las
referencias y reflexiones religiosas del personaje así que el título pierde
sentido. En lugar de ese pondré algo así como:
Y de repente, YO.
Y de pronto, cavernícolas.
Mi amigo el neandertal
Predador por sorpresa
Mi caverna está ocupada.
Un depredador sin presas se
depreda a sí mismo
En fin, ahí estoy
Estoy
cortando a trozos un montón de tela que no me pertenece. No eran mis planes
para esta tarde desde luego, pero nada de lo que he planificado para esta tarde
se ha producido según ningún plan que yo fuera capaz de imaginar. Cortar tela
en trozos pequeños es tremendamente costoso y aburrido, la concatenación de
extraños acontecimientos que me han traído hasta este momento no puede ser más
estrambótica.
Soy un tipo
más bien taciturno, parco en palabras, regordete y por si fuera poco técnico
informático. Si tuviera que comparar mi relación habitual con los demás como
una pirámide trófica diría que normalmente estoy en la parte inferior de la
cadena alimenticia, con los pringados. Si hay que comer o ser comido sin duda
alguna yo era de la peor clase, los que se dejan comer. Pero hoy he sufrido una
transformación, he salido de casa a correr y he regresado como depredador de pleno
derecho. Soy una oruga que ha roto su crisálida para salir transformada en tiranosaurio
rex. Eso me hace pensar en cómo pueden cambiar las cosas en menos de lo que nos
pensamos.
Yo no soy
corredor, sólo salgo a trotar en tardes alternas para ver si de una vez consigo
bajar de peso. De momento no me está dando resultado porque correr me da hambre
y suplo la quema de calorías con un exceso de consumo. Esta tarde, como tantas
otras, me he equipado con mis auriculares, mi música y mis deportivas y he
salido a disfrutar de un momento de ocio deportivo.
Me gusta
correr por los caminos de la huerta, cuanto más solitarios, mejor. Adoro salir por
esos senderos olvidados de la mano de Dios, donde me despreocupo del tráfico, de
la gente, de la contaminación e improviso rutas, rodeos, atajos. Es difícil de
explicar, pero busco perderme, sentirme perdido por fin para alejarme de todo, de
los problemas incluidos. Me relaja ver pasar campos y campos solitarios, me
atraen especialmente los que están abandonados. Tienen un toque salvaje, silvestre,
sin normas, como si dentro de esos cuadriláteros de naturaleza encarcelada
reinara el caos, el libre albedrío. Me encanta. A veces abandono el camino y me
adentro en la maleza selvática donde imagino que voy a correr alguna aventura, que
en mitad de las hileras de naranjos va a parecer un portal que me conduzca a un
lugar remoto, desconocido. Nunca ocurre nada de eso, claro, hasta esta tarde. Esta
tarde no ha habido portal, pero sí aventura.
Hoy he
salido a correr temprano, a eso de las diecisiete cero, cero más o menos. Iba
equipado como siempre, con mi IPod nano y mis auriculares. Recuerdo que ya
estaba perdido, explorando un estrecho camino de tierra algo siniestro, rodeado
por completo de campos de naranjos en estado de abandono. Era la primera vez
que pasaba por allí y estaba embelesado observando los árboles, de color
grisáceo con un sinfín de ramas peladas, sin vida, como manos fantasmagóricas
de nudosos dedos retorcidos que parecían deseosas de agarrar al primer incauto
que se acercara.
Eso fue alrededor
del kilómetro cinco de los diez que pensaba recorrer. No sabría decir dónde me
encontraba exactamente ya que corro sin móvil, ni GPS, ni nada que pueda
orientarme. Estaba en ese estado de catarsis semi hipnótica que produce la monótona
cadencia de los pasos acompasados con el pulso musical proveniente de mis
auriculares cuando algo por el rabillo del ojo me llama la atención. Un
movimiento rápido, casi imperceptible entre las hojas de los naranjos. Una
sombra, un espíritu. Me detengo. Echo mano al brazalete de neopreno donde llevo
el IPod y detengo la reproducción de música.
Al instante,
escucho un ruido de hojas secas resquebrajándose y una especie de quejido
suave, como el de alguien que está intentando dormir y no le dejan. No estoy
seguro, pero me parece un quejido femenino. Me quito los auriculares para oír
mejor. Escucho claramente dos voces masculinas susurrando, siseando como
serpientes tratando de comunicarse por encima del ruido que produce algo que se
arrastra por un suelo con de maleza y hojas secas. Es algo grande.
Los crujidos
se detienen, me quedo inmóvil, en absoluto silencio. Estoy algo fatigado y hago
verdaderos esfuerzos para no emitir ningún sonido al respirar. Ha cesado el
ruido de arrastre y puedo escuchar mejor los susurros. No entiendo ni papa,
pero los escucho con suficiente claridad como para deducir que andan cerca. No
puedo comprobarlo porque el follaje bajo de los naranjos no me deja ver nada.
Un golpe seco, seco y suave, como si
hubieran dejado caer algo al suelo. Y de nuevo más susurros, palabras que no
entiendo. Estos tipos ponen mucho empeño en no hacer demasiado ruido.
Y entonces
sí, escucho alto y claro el tintineo característico de una hebilla metálica
desabrochándose, ropas rozándose, más crujir de hojas y babosos chasquidos de
succión seguidos del inconfundible murmullo de un vozarrón ronroneando de
placer.
Ya imagino
lo que está sucediendo ¿De verdad estoy a escasos metros de una escena porno en
forma de trío en vivo totalmente real? Estaría bien acercarse lo suficiente
para ver sin ser visto.
Hacer de
voyeur es algo completamente desconocido para mí. Supongo que la clave está en
“acercarse sin ser visto”. Si ya están con los pantalones bajados, tengo pocos
minutos para acercarme y ver algo. Estudio el terreno. Muy cerca de mí, justo
en el borde del camino de tierra en el que me encuentro, hay una acequia de
obra por cuyo interior puedo caminar. Es de paredes altas y está relativamente
libre de hojas por lo que podría introducirme dentro y desplazarme con relativo
silencio, sin ser visto.
Escucho las primeras
embestidas. Ese sonido rítmico que acompaña a todo acto sexual resulta del todo
inconfundible. Decido intentar acercarme. Confío en el hecho de que follar
requiere tanta concentración que merma el resto de sentidos, o eso espero que
ocurre en esta ocasión al menos. Avanzo con tiento por el tramo de tierra que
debo salvar para acceder al borde de ladrillo de la acequia, y una vez allí,
apoyo ambas manos en los bordes y me dejo caer suavemente en su interior. Me
agacho. La ropa deportiva que llevo y el almohadillado técnico de mis
zapatillas amortiguan el ruido. Avanzo. Estoy en éxtasis total, exultante de
nerviosismo y excitación.
Llego a un
giro de noventa grados y observo que el ramal de la acequia principal es algo
más estrecho, pero más profundo, lo que me viene de perlas. Puedo relajar la
posición y erguirme un poco para avanzar con menos esfuerzo. escucho que los
empujones empiezan a coger velocidad. Mal asunto. Si estos tres resultan tener
poco aguante voy a perdérmelo todo.
Acelero el
paso. Medio agachado, avanzo tres pasos, cuatro. Apoyo mis manos en el borde de
la acequia para que me ayuden a erguirme despacio hasta superar la altura de la
pared de ese lado. Casi aplasto con la mano un caracol que deambulaba
tranquilamente por ahí. El caracol se salva y yo de ser descubierto también porque
seguramente el ruido de su concha resquebrajándose me hubiera delatado. Asomo
con extremo cuidado la parte superior de la cabeza como un cazador furtivo de
proezas sexuales. Quiero pillarlos in fraganti, quiero descubrir lo que hace la
gente cuando se excitan y creen que nadie les ve, quiero ver el desenfreno de
que son capaces estas personas que se montan tríos, tan liberales, tan
atrevidos, tan suertudos, quiero ver muchas cosas que me exciten, imágenes que nunca
he visto en gente corriente pero lo que descubro en realidad cuando al fin cojo
ángulo de visión, es el lío monumental en el que me he metido.
Aquello no
resultó ser un trío en absoluto. Ni siquiera era una pareja haciendo el amor.
Aquello era una puñetera cosa bien distinta. ¿Quería imágenes que nunca hubiera
visto? Pues aquella me dejó congelado en la acequia.
Veo a una
mujer tumbada boca arriba. No la veo entera, sólo sus piernas desnudas y
abiertas pero como sin vida, totalmente flácidas, veo sus pies todavía calzados
con unas zapatillas deportivas. Veo un tipo enorme que la embiste
frenéticamente. Él lleva una camiseta sudada de color gris y unos pantalones
azules como de mono de trabajo, arrugados en los tobillos. Veo horrorizado su enrome
espalda y me recuerda a esos gorilas de lomo plateado de los documentales de la
dos. Veo su asqueroso y blanco culo plano subiendo y bajando, subiendo y
bajando, mientras el cuerpo de la mujer se agita inerte bajo su peso como si
convulsionara, al ritmo de las embestidas. Trato de convencerme de que no puede
ser lo que parece, pero la ausencia de respuesta de la mujer, su falta absoluta
de colaboración, sus piernas inertes con los pies abiertos hacia fuera me revelan
la terrible realidad de lo que estoy mirando. Es una puñetera violación. El
puto gorila sudoroso de lomo plateado la está forzando ante mis narices.
No es un
consuelo, pero observo que posiblemente ella no se esté enterando de nada. Pensé
ello en silencio. Parece inconsciente. La habrán golpeado o drogado o Dios sabe
qué. Quizá esté medio muerta, agonizando. En esos momentos no tengo modo de
saberlo. Me entra un miedo terrible, repentino e inesperado y reacciono
agachándome con rapidez. Me quedo en la acequia, oculto en su interior. Mis dos
manos siguen ahí, pegadas al borde del ladrillo, a la vista. Mi mente bulle de
actividad, pero mi cuerpo no reacciona. Siento que estoy paralizado, que no voy
a ser capaz de moverme, que voy a quedarme ahí sin hacer nada esperando que
todo pase y que no reparen en mí. De repente como si una ráfaga de viento
huracanado desviara de sus rumbo a una gaviota que trata de llegar al mar, mis
pensamientos vuelan hacia una dirección completamente inesperada, de forma
involuntaria pienso en mi admirado Bruce Lee. ¿Qué haría él? Saltar sobre ellos
con un grito agudo de garganta y a base de puñetazos mortíferos y ágiles
patadas, salvaría a la chica para luego, herido pero victorioso, casarse con
ella o bueno como poco llevársela al huerto, a uno como en el que me encuentro.
Me sorprendo a mí mismo. Cómo puedo hacer humor de una situación así. Soy un friqui
y un lerdo.
Agito la
cabeza, expulso de ella mis fantasías de artes marciales que nunca he
practicado y me centro de nuevo en la realidad. Evalúo mis posibilidades. No
puedo llamar a la policía, no sabría decirles dónde estoy. Y además llegarían
tarde, poniendo en evidencia mi cobardía. Yo, que siempre he querido ser un
héroe salvador al estilo Bruce. El protagonista de una historia de heroísmo.
Sí, rescatar a una indefensa desconocida de las garras de la muerte,
arriesgando mi propia vida. Es mi fantasía recurrente, arrancar in extremis a una
damisela en apuros de los brazos de un malhechor poderoso. Salir victorioso de
una batalla épica, malherido, caminando con dificultad pero sujetando firmemente
entre mis brazos a la hermosa hembra desfallecida, cubierta apenas por algas y
escasos girones de ropa que su frustrado violador no consiguió arrancar. Caemos
exhaustos al suelo donde ella, sin importarle su desnudez, se funde conmigo en
un frenético beso de ofrecimiento sincero y absoluto. Una espontánea y
excitante muestra de agradecimiento, entrega y sumisión. Yo, el héroe, tomo
mi recompensa.
Joder, soy
un puto pringado inmaduro. Tengo edad para estar casado, pero nunca soy el
elegido. Soy joven todavía y no pienso pasarme la vida gastándome el dinero en putas
y Apps de citas que cada vez me gustan menos. Estoy solo, es así. No puedo
evitar caer en la tentación de cerrar los ojos e imaginar historias de eróticas
consecuencias. La realidad no me gusta. Sueño para escapar, pero mis sueños llevan
a los mandos a un mal piloto, a mí y siempre acaban estrellándose contra el
muro de mi jodida realidad solitaria. Un muro de soledad que me cae encima cada
vez que termino, abro los ojos y me limpio.
En esos
sueños no tengo dudas, actúo sin más. Sin embargo, ante la única oportunidad
que el destino va a darme de ser un héroe real, en vez de actuar, me quedo
paralizado por el miedo y las dudas. ¿En serio?
Un sonido
gutural emitido por la mujer me saca de mi parálisis. Un sonido apagado que emitido
en ese preciso instante no puede interpretarse de otra forma: es un lamento,
una petición de auxilio. ¡Ayúdame!
¡Ayúdame! ¡Haz algo por favor! Bruce me habla a través de la mujer y me infunde
valor.
Vuelvo a
asomarme. La escena no ha cambiado nada. La chica sigue ahí, inerte, soportando
embestida tras embestida. Sigue habiendo sólo un hombre, el gorila. Juraría
haber escuchado dos voces masculinas, pero no veo ni rastro del otro cabrón.
Busco con la mirada algo con lo que atacar. Una piedra, joder una piedra. Nunca
me había fijado en lo escasas que son las piedras en los campos de cultivo.
Miro en la acequia, busco delante de mí en la escasa zona de terreno que tengo
al alcance de la mano, también a mi espalda, nada. Ni un guijarro miserable.
El caracol,
el que casi aplasto antes con la mano, sigue ahí, deambulando. Me toca
suavemente con sus antenas y siento un frío helador cuando lo hace. Se ha
detenido encima de un ladrillo que está justo al lado de mi mano derecha. El
ladrillo es macizo y está partido por la mitad. Una de sus mitades parece
suelta, nada la sujeta en su posición excepto la ley de la gravedad. ¡Joder qué
fuerte! El caracol está esperando junto a la grieta en la mitad del ladrillo que
está fija al borde de la acequia, me está invitando a que coja la otra mitad.
Es otra señal. ¿Puede ser que uno de los tipos más rápidos de todos los tiempos
se manifieste a través de uno de los seres más lentos?
No me
importa, ni pienso en ello, sólo pienso en la piedra, en la chica y en actuar.
Siento que algo en mí se ha despertado, algo que ni sabía que tenía, creo que
es la determinación, el valor. Todos sentimos miedo de las mismas cosas y con
la misma intensidad, lo que diferencia a los valientes de los demás sólo es la
reacción que tienen cuando lo sienten. Estoy acojonado y sin embargo, contra
toda prudencia, me incorporo sin hacer ruido. Estoy al descubierto. Siento la
adrenalina recorriendo a chorros mi cuerpo todavía caliente por el ejercicio.
Tengo los músculos tensos, listos para actuar. Desencajo de su posición el
medio ladrillo. Es lo último que puedo hacer sin ruido. Bruce, el caracol, se
queda donde estaba, como sorprendido o expectante, quizá satisfecho. ¿Quién
sabe? Sé que en cuanto salte de la acequia y camine por las hojas secas del
suelo, aquel mamón violador me descubrirá y a partir de ahí; improvisación,
caos y acción, mucha acción. No es momento ya de pensar demasiado. Cojo impulso
y con el medio ladrillo en la mano salgo corriendo en dirección al violador de
lomo plateado que, para mi sorpresa no me hace el menor caso. Follar,
efectivamente, ha mermado sus sentidos porque en mi carrera hago un ruido
considerable.
El ladrillazo
en su cabeza hizo un ruido estremecedor como el de un coco al abrirse con un
martillo. CROC.
Le atizo un
buen golpe. Un golpe certero en toda la sien. No pretendía ser tan certero,
pero lo fui, seguramente Bruce Lee vigila mis movimientos, me da instrucciones
que no puedo escuchar. Su espíritu es mi maestro. El tipo se desploma a un
lado, panza arriba, dejando a la vista su miembro erecto enfundado en un
preservativo. Pasan unos segundos de silencio absoluto que a mí se me hacen
eternos hasta que el muy imbécil empieza a gritar y a echar salivazos por la
boca. No esperaba que aquel gigante medio descalabrado reaccionara así, supuse
que me atacaría con furia, y en lugar de eso, se pone a gritar como una nenaza.
Escucho
entonces al otro cabrón. Lo está llamando. Pregunta por él. No está muy lejos
de mí. Lo llama de nuevo por un nombre extranjero, pronunciado con un acento
que no sé identificar. Seguro que aparecerá en pocos segundos así que no
dispongo de mucho tiempo para reaccionar.
Dirijo de
nuevo la atención a mi primer problema: el tipo semidesnudo que tengo a mis
pies, que ahora se revuelca por el suelo sujetándose la cabeza con las manos,
como si temiera que se le fuera a desprender del cuello. De las manos le sale
sangre a borbotones como si llevara debajo un cerdo degollado. Parece incapaz
de abrir los ojos. Pongo un pie a cada lado de su
orondo cuerpo y le descargo otro tremendo ladrillado con todas mis fuerzas en
plena frente. Golpeo como si mi brazo fuese la cola del Dragón. ¿O le di en la
cara? Ahora mismo, ni lo sé ni me importa.
El segundo
ladrillazo silencia los gritos en seco. El Dragón acaba con su presa. El
crujido por el impacto suena distinto al anterior, esta vez parece más como huevo
que cayendo al suelo. Plaf. Casi
estoy seguro de haber sentido ceder su cráneo ante la fuerza de topetazo. Veo
sus miembros relajarse casi instantáneamente, incluido su pene. Su cabeza se
inclina a un lado. Está KO como poco. Sus ojos se quedan en blanco y empieza a
convulsionar. Fin del primer villano. Aún queda el segundo. Estoy alerta, como
un tigre acechando a su presa.
El otro
cabrón aparece por mi espalda asomando el morro entre dos naranjos. Lo escucho,
pero no me giro a mirarlo. Estoy absorto mirando el barrizal de sangre que su
compañero está formando en la tierra del huerto. De oído deduzco que lo tengo
apenas a un par de metros de mí. En ese instante dejo de pensar y reacciono. Me
dejo llevar. Bruce, guíame una vez más. Es curioso, pero del golpe anterior
tengo lagunas ahora mismo, sin embargo, lo que ocurrió con el segundo tipo sí lo
recuerdo detalle a detalle. Como si hubiera sucedido a cámara lenta. Alzo el
brazo al cielo con el ladrillo en la mano y giro bruscamente dando un salto
para ponerme de cara al segundo agresor. Y entonces lo veo correr, huye como la
rata cobarde que es.
Pero yo soy
una mantis atrapando a su presa para arrancarle la cabeza y devorarla. Muevo el
brazo con precisión y lanzo el ladrillo casi sin mirar hacia el tipo que corre.
Joder, siento mis sentidos completamente aumentados como si me hubiera picado
la araña de Spiderman. Es increíble, antes de que mi cuerpo complete el giro, ya
sé que el lanzamiento dibuja una trayectoria perfecta. Viaja por el aire
zumbando a toda velocidad como un suriken lanzado por el mismísimo Bruce Lee. Impacta
de lleno en su nuca, con apenas ruido. He dado en zona blanda. Es una diana
perfecta, un lanzamiento impecable.
La precisión
del golpe da sus frutos. El tipo se da una leche de película. No usa los brazos
para frenar la caída por lo que se da de bruces contra el suelo, levantando una
oleada de hojas secas y polvo. Su cara rebota contra el suelo varias veces. El
ladrillo sale despedido por los aires cayendo a mis pies, ha vuelto como si
fuera un búmeran. Estoy más que alucinado. Me acerco hacia el tipo que yace boca
abajo y de regalo le atizo dos o tres o cuatro veces, no lo sé, una buena
ración de ladrillo. Siento que renazco transformado en otro. Como si, alguien
hubiera tomado los mandos de mi cuerpo. El tipo beligerante que está machando a
golpes una cabeza humana no soy yo.
No sé cuánto
tardé en volver en mí, en tomar realmente conciencia de todo cuanto me rodeaba.
De hecho, soy mucho más consciente de todo cuanto me rodea que hace apenas unos
minutos, cuando estaba agazapado en la acequia. Miro a mi alrededor. No me lo
puedo creer. Soy como Leónidas en las Termópilas. Contra todo pronóstico. ¿Soy
el héroe? Lo soy, sin duda. Relajo la cara, me duele la mandíbula de tanto
apretar los dientes. Pero estoy eufórico. ¡He vencido! ¡¡Sin un rasguño!! La
sensación de poder es sublime, me embriaga. Jamás había sentido nada igual. Mi
victoria es total.
¡La chica! Me
olvidé de ella. La busco con la mirada. Está inmóvil, exactamente en el mismo
sitio y en la misma posición, completamente desnuda, excepto por las zapatillas
de deporte. Me acerco rápidamente y caigo de rodillas a su lado. Veo que tiene
los ojos cerrados, muy cerrados, como si la luz del día la molestase, pero no
parece estar inconsciente del todo. Mueve ligeramente la cabeza, y abre y
cierra la boca como si la tuviera seca.
Busco su
ropa. Localizo una camiseta de color amarillo “fosfi” y unas mallas negras de
correr hechas un gurruño, no muy lejos. Trato de desenredar el suéter para
poder empezar a vestirla mientras le hablo para tranquilizarla. El maldito
suéter se rebela. Estoy muy nervioso, y eso dificulta la labor.
No puedo
prestar atención a lo que hago: el magnífico espectáculo del cuerpo que tengo
ante mis ojos lo impide. Agito la cabeza, trato de recuperar la cordura. Le
pregunto su nombre y balbucea algo como “Bflafla”. Definitivamente no está
inconsciente, pero es evidente que tampoco está consciente del todo.
Entonces, sucede
algo que cambia el rumbo de los acontecimientos de forma radical. Una frase,
una simple frase que escapa de mis labios y lo cambia todo. Me cambia a mí. No la
recuerdo textualmente, sencillamente le pedí que se incorporara para poder
vestirla y, sorprendentemente, ella lo hizo. Obedeció con movimientos torpes y
lentos, manteniendo sus ojos a medio cerrar, pero se incorporó a mi orden y sin
ayuda. Me quedé como una estatua, hipnotizado, observándola con detenimiento.
Tenía la
cara enrojecida y la piel le sudaba un poco. Estaba sentada en el suelo algo
encorvada y tenía los brazos dejados caer entre las piernas, relajados.
Mantenía la cabeza erguida pero los ojos seguían a medio cerrar. El conjunto
daba incluso un poco de miedo. Su respiración mantenía un ritmo constante, no
frenético. Nada en ella denotaba que estuviera incómoda o nerviosa por lo que
acababa de pasarle o por el hecho de estar desnuda y sentada en el suelo frente
a mí.
No pude
evitar admirar su magnífico cuerpo. Unas piernas largas, pálidas y atléticas, unas
caderas perfectas luciendo un pubis perfectamente perfilado, ni demasiado
velludo ni totalmente rasurado. No vi ni un solo gramo de grasa corporal
colocado en un mal lugar, nada que sobrara ni que faltara.
Casi por
instinto me fijé en sus pechos. Cuando estaba tumbada en el suelo, no se
apreciaban bien pero ahora que permanecía sentada, Señor, qué tetas. A mis ojos
dos auténticas maravillas de la naturaleza. No sé cómo podía salir a correr con
ellas sin hacerse daño. Debía de usar un sostén de acero porque esas dos inmensidades
carnosas no se quedarían en su sitio fácilmente durante una carrera. Un sostén
que por cierto no pude encontrar.
Me deleito la
vista un poco más. Allí no hay nadie más, puedo tomarme todo el tiempo que
quiera admirando a mi antojo lo que quiera. Sus brazos me impiden verlas bien
así que le pido que se incline un poco hacia atrás y se apoye con las palmas en
el suelo. Lo hace dejando al frente esas dos barbaridades de aureolas sonrosadas
desafiando de la ley de la gravedad. El movimiento provoca en sus pechos un suave
bamboleo acompasado que se mantiene unos segundos cuando ella termina de
moverse. Cuando ella termina de obedecer. De obedecer mis órdenes. Mis órdenes.
Me pongo a salivar sólo de pensarlo. Empujo con suavidad uno de sus hombros,
provocando otro enloquecedor bamboleo pectoral y ella ni se inmuta. Ni abre los
ojos, ni habla. Nada.
Todos los
pensamientos impuros del mundo acuden a mí en masa. Mi entrepierna que estaba
dormida, se despierta como un oso tras una larga hibernación, con mucha hambre.
Estoy ante una hembra físicamente espectacular, desnuda, que obedece mis
órdenes sin rechistar, en medio un huerto de naranjos, en mitad de la nada. Joder,
¿no empecé esto para ver una película porno en vivo? Pues esto es mejor
todavía, ¡estoy dentro de ella y soy el protagonista! Pero, pero, pero, ¿qué me
pasa? ¿Estoy volviéndome loco a qué? Yo no soy así, joder. La tía ha sido
violada está sola, desamparada. ¿Qué coño estoy haciendo? Algo en mí se ha
vuelto a despertar, como antes cuando me decidí a pelear. Pero este ser que
despierta ahora es diferente al anterior, este no es un héroe bueno y
desinteresado dispuesto a jugarse la vida sin más tan sólo por hacer el bien.
No es Bruce. Este es más caótico, oscuro y salvaje. Siento que se me enrojecen
las sienes y que la cabeza me va a estallar. Tengo un dolor terrible en los
testículos. De nuevo estoy paralizado pero esta vez no es de miedo, es de
indecisión. Creo que en ese momento el neandertal que todos llevamos dentro,
musculoso, resistente, fiero y casi indestructible salió de la cueva en la que había estado
durmiendo dispuesto a pelear por una extensa parcela de mi personalidad.
Agité
otra vez la cabeza. Una cabeza que se me estaba yendo de las manos. Sujetar al
neandertal resultó ser igual de difícil que tratar de sujetar con las manos
desnudas a un gato envuelto en llamas. Sin embargo, el homo sapiens es el que debe
llevar las riendas, convencer al neandertal de que vuelva a la cueva. Su misión
ha concluido. Retomo con gran dificultad el control sobre mí mismo. Todo
controlado.
Justo en ese
momento, creo que el neandertal apareció a mis espaldas y dejó seco de un garrotazo
al homo sapiens que era el que sujetaba los mandos.
Empecé a
vestirla. Le pasé la camiseta amarilla por la cabeza y al tratar de tirar de
ella para colocársela, rocé accidentalmente uno de sus pechos.
Bum. Mi
estómago da un pálpito. Mis arcos supraorbitarios se resaltan.
Me detuve
sobresaltado. La camiseta se quedó donde estaba, cubriéndole la cabeza por
completo, como el capuchón de un ahorcado. Ella no se inmutó. La camiseta se
movía al ritmo de su respiración. Estaba tranquila. Y siguió tranquila cuando
le rocé ligeramente un pezón con un dedo. Y cuando me atreví a tocarle ambos
pezones alternativamente.
Bum. Bum. Mi
frente se estrecha, ms extremidades se acortan, mi esqueleto se robustece.
Siguió
tranquila cuando tiré de uno de ellos sin apretar demasiado para ver qué
pasaba. Y también cuando me decidí a amasarle un pecho con toda la mano.
Bum, bum,
bum. Mi mentón desaparece, mi tórax ensancha. No queda en mí ni rastro del homo
sapiens. Ahora soy un neandertal.
Como si una
pequeña brecha se hubiese abierto en el muro de contención de una presa, una
masa descomunal de lascivia se desbordó, inundándome. Sentí una dureza de tal
magnitud en mis genitales que bien podría haber partido con ellos los ladrillos
de la acequia a golpes.
Jamás me había
visto en una igual así que continúo haciendo pruebas. Le pido que se ponga en
pie y lo hace. Le pido que estire los brazos y lentamente lo hace. Es evidente
que está a mi merced y eso me excita aún más, creo que la entrepierna me va a
explotar. Incluso me siento algo mojado. Retiro la mirada, trato de evitar la
tentación, pero entonces veo a mis rivales, y su sangre, y me excito aún más.
Todo me excita ya.
Estoy
perdido.
Ignoro cómo
se las han ingeniado esos dos que ahora manchan con su sangre el suelo, pero es
evidente que han conseguido que la chica caiga bajo los efectos de la
burundanga. He leído en Internet miles de historias sobre esa droga que anula
la voluntad y elimina los recuerdos. Ahora tengo sus efectos justo delante y ni
siquiera soy el responsable. No lo soy. No la he drogado yo. La he salvado como
en mis historias de fantasía y ahora quiero recoger los frutos, en mi mente son
ya una consecuencia inevitable. Pero a diferencia de lo que ocurre en mis
aventuras imaginarias aquí la chica no se entrega, ni agradece nada, no tiene
voluntad, ni conciencia de estar siendo rescatada. Para ella ni siquiera estoy
ahí. No existo.
Estoy tan
salido que siento que soy un neandertal con el cerebro de un mono.
Un
neandertal sin sesera que agarra con brusquedad las riendas y no tarda ni diez
segundos en iluminarme el camino. La chica permanece en pie, los brazos alzados.
Le digo que los baje mientras le retiro con la mano todas las hojas que tiene
adheridas en la espalda y en el increíble trasero respingón. Aprieto los
dientes y resoplo. No es que esté caliente, es que ardo literalmente en la
caldera de Pedro Botero. La agarro suavemente de un brazo y le ordeno que
camine justo hasta el borde de la acequia.
Vigilo constantemente los alrededores para asegurarme de que no hay
nadie observando. No lo hay. Eligieron bien el sitio estos dos cabrones descalabrados.
Coloco mis pies uno a cada lado de la acequia. Abrazo a “Bflafla” y la paso en
volandas al otro lado, al campo contiguo. Le ordeno caminar unos pasos más. Es
una experiencia terriblemente excitante. Ella va rozándose con todo lo que
encuentra a su paso, sigue llevando el suéter a modo de capuchón y no puede ver
por dónde va, camina a ciegas confiando en mí, recibe algún arañazo en el torso
desnudo que no parece advertir. No parece advertir nada excepto mis órdenes. Nos
adentramos unos pasos en el campo contiguo. Le digo que se tumbe y se esté
quieta y así lo hace.
Regreso al
campo donde he dejado a los dos tipos muertos o inconscientes tirados en el
suelo. Siguen allí. No tienen pinta de que vayan a recuperarse rápido. Voy
directo al gigantón de los pantalones bajados y con profundo, asco le retiro el
condón que ya casi no cubre su miembro flácido y patético.
No puedo
expresar con palabras lo que se siente al estar en la cumbre del poder, sin más
normas que las mías.
Me encuentro
allí, en medio de la nada, ahíto de excitación, ardiendo por dentro y con una
sobrecogedora sensación de poder absoluto. No es como sentirse por encima del
bien y del mal, no. Es sencillamente dejar que mal se revuelque en ti como un
cerdo en un charco abriéndose su propio paso franco hacia tu espíritu.
Le doy la
vuelta al preservativo que acababa de retirar del gigante inconsciente y me lo
coloco. Me arrodillo entre aquellas piernas larguísimas, pálidas y perfectas y
la penetro sin miramientos, sin cargos de conciencia, sin temores. Creo que es el
acto más sincero y puro que he hecho en mi vida.
Ella ni se
enteró, Apenas alteró su ritmo respiratorio. En parte fue culpa mía porque duré
bien poco. Me descargué tan rápido que estoy seguro de que no le dio tiempo ni
a sentirme, tales eran mis ganas. Así que cargado de ellas y deslumbrado por mi
propio espectáculo, lo volví a hacer. Le hice el amor de nuevo porque estaba
seguro de que jamás volvería a hacérselo. Me equivocaba. Aún tuve fuerzas para
hacerlo una tercera vez. En esta última me demoré como unos treinta minutos. Me
regocijé viéndome a mí mismo encima de ella, montándola sin miramientos ni remordimientos.
Estaba tan asombrado que no me lo podía creer, necesitaba verme una y otra vez,
entrando y saliendo, entrando y saliendo. Tomaba lo que era mío, el descanso
del guerrero, la copa de la victoria, la recompensa del héroe.
Decidí no
seguir tentado la suerte y di aquel circo de violencia y sexo por terminado. Ni
siquiera sé cuánto tiempo empleé allí. Lo que sí sabía era que no se debe
tentar la suerte y menos cuando tú mismo has sido la fatalidad de otros que decidieron tentarla y perdieron. Es cierto que
tenía la mente nublada por los nervios de la pelea y por una extraordinaria excitación
sexual, sin embargo, nada de lo que hice fue improvisado. No soy para nada idiota
así que, pese a lo rocambolesco de todo aquello dediqué parte de mi cerebro a planificar
rápidamente cada paso que iba a dar pensando en las consecuencias.
Cuando acabé
con la chica, el condón estaba hasta los topes de mí. Lo anudé y me lo guardé
en el bolsillo de mi pantalón de deporte. Si alguien analizaba a la chica por
dentro encontraría el material genético del capullo de los pantalones bajados. Por
eso y por el asco que me daba me lo puse del revés. Voy rasurado al cien por
cien, por lo que ni un solo pelo mío acabará enredado en el vello púbico de
aquella desconocida. La cambié de sitio, al campo contiguo, antes de penetrarla
para evitar que la policía detectara “otra” violación que no fuera la que yo
interrumpí. No llevo el móvil cuando salgo a correr por lo que tampoco pueden
rastrearme. Es imposible que la chica me reconozca ya que no nos conocemos y gracias
al suéter que tenía siempre en la cabeza, no ha podido verme la cara. No la
besé, no la chupé, por lo que es poco probable que encuentren restos fiables de
mi ADN y aunque lo hicieran, ni estoy fichado ni muy posiblemente lo esté
jamás, con lo que no pueden compararlo con nada.
En cuanto a
los dos desgraciados, ni me han visto ni me preocupa. La mente que queda
inconsciente por un traumatismo olvida al menos los veinte o treinta segundos
anteriores al trauma. Eso suponiendo que recuperen la consciencia algún día. No
siento nada por ellos porque para mí no son nada, solo basura.
Todo controlado.
Ordené de
nuevo a la chica que se levantara. La devolví al lugar donde yo la encontré por
primera vez junto al gorila descalabrado. Tuve cuidado de dejarla exactamente
en la misma posición. Verla de nuevo allí, indefensa, me excitó de nuevo pero
en ese momento ya solo pensaba en marcharme. Me fijé en que ahora tenía la piel
de gallina. Quizá empezara a sentir los efectos de estar inmóvil y sin ropa
tanto tiempo, quizá la droga empezaba a disiparse. No lo sé y no pensé
demasiado en ello. Recogí el ladrillo, luego el pantalón de la chica y lo
arrugué para que me cupiera en la mano, le amasé un seno a la chica por última
vez para asegurarme que seguía semi inconsciente y al ver que no daba muestras
físicas de sentir nada di un tirón a la camiseta que hacía las veces de
capuchón para quitársela. Allí se quedó, con esa cara perfecta inmutable como
si nada hubiera ocurrido. Con los ojos medio cerrados, casi en blanco, los
mofletes enrojecidos y boqueando todavía por la sed.
Me voy de
allí con su ropa y el ladrillo, por donde había venido. Apoyo un pie al borde
de la acequia para saltarla y algo cruje bajo mi pie. He matado a Bruce. El
caracol que me marcó el lugar del ladrillo estaba convertido en un amasijo de
babas, trozos de su propia concha y vísceras. Qué injusto final para el héroe.
Estoy en el
salón de mi casa cortando en pequeños trozos de tela el suéter que la chica
llevaba en la cabeza apenas hace unos minutos y me pregunto: ¿Reside el mal en
el acto en sí o en sus consecuencias? Si le soy infiel a mi mujer por ejemplo y
ella nunca lo averigua y muere feliz, convencida de mi fidelidad, ¿hay mal en
ese acto que no le causa daño a nadie? Esa chica quizá siga ahí tirada en el huerto,
enfriándose, quizá haya despertado y esté rodeada de policías tratando de
recordar lo sucedido, pero en cualquier caso nunca sabrá que yo la violé tres
veces. A todos los efectos nunca he estado allí. Todo su dolor se enfocará
contra esos dos capullos que quedaron allí junto a ella. No le causé daño al
tocarla, al violarla, porque ella no se enteró. Al despertar no recordará
absolutamente nada. Tampoco causé daño alguno salvándola pues esos dos miserables
merecían las pedradas que les di y algunas más. El mundo es mejor con esos dos fuera
de él.
Pienso en las
consecuencias de esa misma situación, pero cambiando un poco el resultado. Si yo
la hubiera rescatado y avisado a la policía, habría tenido que confesar que vi
al tipo enorme violarla por lo que ella tendría la certeza de haber sido
agredida. Ahora quizá nunca lo sepa o no esté del todo segura. Quizá piense que
esos dos se pelearon antes entre ellos, se mataron y nunca llegaron a violarla.
Quizá no queden rastros detectables en ella que certifiquen una penetración.
Creo que en
cuanto Bruce, el héroe, se dio la vuelta y dio por concluida mi misión, el neandertal
tomó el timón y me sedujo.
Desde ayer,
vivo convencido de que el barco del mal no llega más a menudo a puerto por
falta de oportunidad y por temor a las consecuencias. Si hay oportunidad sin
consecuencias, el mal puede atracar en el puerto de cualquiera. El ser humano
es vil por naturaleza, nadie en el mundo con poder absoluto se convierte en
ángel sino en bestia. Es el diablo el que nos hizo a su imagen y semejanza, y
no nos gusta, por eso creamos las normas.
Esta tarde, cacé
y depredé a mis semejantes, sí, pero los daños causados nunca podrán ser
atribuidos a mi persona, los traumas de la víctima serán consecuencia de dos
idiotas que la drogaron y violaron y que ya han recibido su merecido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario