martes, 4 de febrero de 2020

Creo que los consejos que me dio Juan el otro día funcionan porque al final he podido escribir otro relato. O al menos lo he intentado. Bueno, ahí va.


Estaba sentada en la sala de profesores, aunque ya empezaba a hacer frío llevaba la minifalda blanca que Marisol me había regalado unos meses atrás. Me preocupaba estar manchando la silla. Los chicos de clase decían que me había cagado encima. Incluso yo lo pensé hasta que la señorita Carmen me dijo que me había bajado la regla. Mamá me había hablado mucho sobre ella, y también me había dicho que me crecerían las tetas pero yo me inspeccionaba cada mañana en el espejo y no había percibido ningún cambio. Además a Marisol le crecieron durante el verano y todavía no la tenía. Palpé por encima del jersey, ahora que la señorita Carmen lo había dicho sí que notaba algo. La sangre se había deslizado lentamente hacia mis rodillas y se había instalado en mis muslos dejándome un rodal. Lo rasqué con la uña y me acordé de aquella vez que me llevaron al despacho del director en el colegio por darle una pedrada a Raúl, que era gordo y muy malo. Y de cómo la sangre empezó a brotar desde su frente y le manchó los dientes, y de cómo se le mezclaba con los mocos y las babas de tanto llorar. Había pasado más de una hora desde que estaba allí, mamá no iba a venir. Así que recurrí al elaborado plan de saltar la valla que Marisol me había enseñado el curso pasado.

En la parada del bus me di cuenta de que un tío me estaba mirando las piernas y relamiéndose como un gato. Me hacía gracia cuando los hombres me miraban, era asqueroso. Le miré a los ojos y descrucé las piernas dejándole ver el interior de mis muslos sanguinolentos. Él apartó la vista con una mueca, yo le lancé un beso y se cambió de asiento.

—A los chicos les encanta que les escuches y no les importa demasiado lo que tú tengas que decir —me dijo Marisol una vez. Pero no entendía muy bien qué era lo que había que escuchar, hasta donde sabía yo los chicos hacían poco más que gruñir. Una vez Pablo me puso una mano en la pierna en clase de química, así que le clavé un lápiz y ahora cuando le daba la luz podías ver brillar la mina en el dorso.

Saqué las llaves de casa pero no entré. La semana pasada a mamá se le murió el limonero que plantó en la terraza y sufrió un aborto. Ella decía que era el otoño, y también que por eso se me caía tanto el pelo. El final del verano siempre me ponía triste pero este año estaba resultando más duro porque Marisol se mudó a un pueblo a finales del curso pasado y le habían cambiado de instituto. Durante las vacaciones fui a visitarla todas las semanas y mamá me dejó quedarme a dormir allí algunas noches. Por las mañanas temprano cogíamos las biciletas y nos íbamos pedaleando hasta la playa, y después a la vuelta pasábamos por la huerta y nos hacíamos con unas cuantas naranjas para almorzar.

—¿Mar o montaña? —me preguntó Marisol un día, rebozada en arena y sal. Me acordé de cuando vivía con papá en la sierra, de los paseos por el bosque, la humedad del pantano y las siestas al sol sobre la piedra caliente. Pero se me hizo difícil imaginarme lejos de la espuma blanca y el romper de las olas contra el espigón.

Me dirigí al puerto, al mismo sitio donde me sentaba con Marisol siempre que nos pelábamos las clases y al mismo sitio donde tiramos las cenizas de la abuela, que odiaba el mar. A Marisol no le daba asco meter los pies en el agua del muelle, siempre llevaba un discman con un cd de ABBA a todas partes y se le daba genial robar. Ella era distinta a los demás, por eso me gustaba tanto. Fue la primera amiga que hice desde que vinimos a la ciudad. Cuando llegamos aquí yo sabía un montón de cosas importantes que me había enseñado papá, como que no se debían de levantar las piedras grandes de la montaña por si debajo habían alacranes, o que para arrancar una ortiga había que aguantar la respiración. Pero nadie me había enseñado a tener cuidado con los otros niños, que también podían hacerte daño. A Marisol no le importaban mucho los otros niños. Me tumbé en el embarcadero en busca de los últimos vestigios de calor. El final del verano siempre me ponía triste porque suponía un final más allá. La sombra me fue alcanzando con el paso de las horas y se me erizaron los pelitos de los brazos. Me incorporé, me había clavado una astilla en la palma de la mano y al sacarla empecé a sangrar. En el agua había un pez muerto flotando y las gaviotas descendían a turnos para picotearlo. El mar tiene el único propósito de traernos de vuelta a casa, pensé.

Cuando volví mamá estaba durmiendo en el sofá con una botella de vino a medias sobre la mesa, cerré la puerta tras de mí despacito para no hacer ruido. Me deslicé hacia el cuarto de baño y froté la sangre seca de la minifalda blanca que Marisol me había regalado unos meses atrás. Mamá había tirado todas las compresas cuando se enteró de que estaba embarazada, cogí unas cuantas capas de papel higiénico y las puse una a una sobre las braguitas limpias antes de meterme en la cama. Por la ventana de mi habitación entraba la sombra alargada del limonero mustio que mamá había plantado en la terraza. Qué extraña manera tenía de llegar siempre el invierno.


Hada

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