miércoles, 12 de febrero de 2020

Shpresa

primer relato con correcciones y mismo final, veremos..


                                   SHPRESA

 

El ruido de las escobillas giratorias lo despertó. Todavía era de noche, aunque la ciudad llevaba un rato despierta. Estiró el brazo palpando el suelo acartonado hasta que encontró lo que andaba buscando. Se incorporó, apartando la pestilente manta que cubría su cuerpo, y apuró el poco vino que le había sobrado del día anterior. Hizo una mueca de asco, lanzó el cartón de vino y eructó. Apenas podía abrir los ojos. Tenía los párpados bañados en legañas y cosidos a la piel. Al ruido de las escobillas le acompañaba unos pitidos agudos que sonaban a intervalos. Se limpió los ojos con los dedos sucios y a través de las ramas del seto, pudo distinguir una figura que se dirigía hacia él. Llevaba unas grandes gafas que ocultaban su rostro, y también un mono abombado, desde el cuello a las rodillas, que rozaba con el tiro alto de unas botas impermeables. Agarraba con las manos un tubo flexible de color negro que emergía por detrás de su espalda. La boca del tubo olisqueaba en zigzag el imperturbable suelo provocando la estampida de lo que encontraba por delante. Cerca del seto, la figura se dio la vuelta y siguió su camino. Una nube de polvo y hojas lo envolvió todo. En un acto reflejo metió la cabeza entre las piernas, aguantando la respiración, y se apretó con fuerza a sí mismo. En un primer momento sólo había negrura y mucho ruido. Pero luego empezaron a aparecer por su cabeza aquellas imágenes, imágenes de paredes desconchadas, de coches carbonizados, de uniformes repletos de botones, gente despavorida corriendo por calles… y luego aquella niña, una niña en medio de todo, con el pelo enmarañado, que lo miraba directamente a los ojos, directamente. Shpresa empezó a sentir como retumbaban con fuerza los latidos del corazón entre las dos clavículas, con fuerza y ganado velocidad. Levantó súbito la cabeza y volvió al lugar tétrico donde había mal dormido esa noche: entre la sombra de una pared y un seto descuidado. A cuatro patas atravesó las ramas enrevesadas del seto y alcanzó el pavimento. A lo lejos, el diminuto coche de la limpieza, con su luz amarilla en el techo y envuelto por una cuadrilla de limpiadores, avanzaba lentamente, dejando tras de sí un suelo mojado y aparentemente limpio.

La avenida Blasco Ibáñez estaba prácticamente vacía. Las farolas todavía escupían luz y esporádicos coches circulaban por el asfalto. Apenas se veían transeúntes. En las últimas semanas, Shpresa dormía, junto a otros mendigos, en la zona de facultades, cerca del Hospital Clínico. Sabía que, en menos de una hora, aquel silencio y aquella paz se iban a convertir en un vaivén de vehículos y estudiantes apresurados colapsando la avenida. Cruzó los carriles hasta alcanzar la zona ajardinada, que se extendía entre las calzadas de circulación, y se dejó caer en un banco de piedra, debajo de una arboleda.

Sentía como si unas tenazas le constriñeran las sienes, y una lengua más áspera que la suela de sus agujereadas zapatillas. Ayer se volvió a exceder con el vino, como iba siendo costumbre. Un desconsolado vacío retumbó en su estómago. Llevaba sin comer no sabía cuánto tiempo y no le quedaban monedas con las que comprarse algo con que matar el hambre, las últimas las había derrochado en un vino de mesa asqueroso. Los supermercados aún no estaban abiertos y no podía acurrucarse delante de sus puertas automáticas y tantear la suerte. No le gustaba en absoluto pedir limosna, pero sus opciones se agotaban. El único día fácil fue ayer, se decía antes de acomodar su maltrecho cuerpo en las puertas de los supermercados.

Podía buscar una calle y sacar unas monedas como gorrilla, pero no estaba para eso. Además, la última experiencia le había costado la fractura del tabique nasal. Durante un tiempo compartió una con un senegalés. Se la repartieron por mitades, a la altura de un garaje. Movía el brazo de arriba abajo durante todo el día, como si fuera el péndulo de un clásico reloj de pared. Cada uno ganaba lo que recibía en su tramo. El acuerdo funcionó bien hasta que el senegalés quiso cambiar, decía que se ganaba más dinero en su lado. Y como fue el primero en trabajar en toda la calle, Shpresa pensó que tenía derecho a pedir un cambio. Realmente el negro llegó primero a la calle y dejó que trabajara con él. Era justo. Además, hasta entonces, se habían entendido bien. Pero luego también quiso modificar el punto que dividía la calle, decía que no eran iguales, y Shpresa ahora no podía aceptar. Sabía cómo funcionaba aquello. Si continuaba cediendo pronto querría una parte de su recaudación. Vivir en la calle tenía sus propias reglas o ninguna, depende de con quién te toparas. En plena discusión, el senegalés se volvió violento y al final tuvo que sacudirle. Aunque se alimentaba peor que una rata y tenía la sangre macerada en alcohol, Shpresa conservaba la fuerza que la naturaleza le había obsequiado, la misma fuerza que en la guerra resultó letal en el cuerpo a cuerpo. Al día siguiente el negro volvió con cuatro más y no pudo defenderse. Recibió una buena tunda, y si no fuese por la intervención de la policía quizá no lo hubiera contado. Alguna vez todavía le dolía el hueso roto de la nariz.

Se acordó de un lugar, no lejos de allí, donde seguro que iba a recibir un café caliente y un par de madalenas.

La oscuridad final de la noche se quebraba con cada paso y la luz amarillenta de las farolas se apagó. Se acercaba el invierno y la mañana picaba por el frio. Shpresa caminaba despacio. Rondaba los cuarenta y sus huesos empezaban a protestar diariamente. Llegó al parque de Viveros. El sonido de los motores y el claxon de los coches se fueron apaciguando a medida que se adentraba en ese bosque urbano. Lo que rugía ahora eran los árboles y las pisadas en el camino polvoriento. Pasó por delante de la pajarería sin apenas doblar la mirada. Todavía sentía las tenazas en su cabeza y no hubiera tolerado el piar estridente de las aves enjauladas. Otras veces se habría detenido a curiosear las cotorras, los canarios de colores, los aratingas. Le gustaban. Pero hoy no era el día.

Un tipo alto y delgado, de piel morena, colocaba unas mesas y sillas de plástico en frente de la pared del museo de ciencias naturales. Se desplazaba con movimientos rápidos y, a pesar de la temperatura, vestía una camiseta de manga corta por debajo del delantal.  

-Siéntate, anda, que te preparo un café caliente.

Shpresa miraba a su viejo amigo, cómo iba y venía, lo preparaba todo: montaba las mesas y las sillas de la terraza del kiosco-bar, colocaba los paneles informativos de precios, barría las hojas sueltas del suelo. Siempre muy eficiente. Se conocían desde hacía muchos años. Coincidieron como peones en una empresa de construcción. Conectaron en seguida y compartieron un pequeño apartamento en las afueras de la ciudad. Nico era argentino, fue uno de los afectados por la crisis económica en su país y tuvo que emigrar buscando mejor fortuna. El tiempo de convivencia los unió mucho, se llegaron a sentir como hermanos. Luego el argentino se enamoró de María y se marchó a vivir con ella. Cuando la empresa de construcción se fue al garete, Nico pudo capear mejor el temporal. María fue como la luz del faro en las noches de tormenta y una luz como aquella le hubiera venido muy bien entonces.   

-No tienes buena cara, tío- Nico puso sobre la mesa una taza de café y unas madalenas, se sentó- Hace tiempo que no vienes por aquí. Sabes que siempre que pueda aquí no te faltará comida.

Nico lo miraba con cara de preocupación. Shpresa sentía sus ojos clavados en él y agachaba la cabeza, evitaba mirarlo.

-Oye, de verdad,… sabes que si pudiera… podrías venir a mi casa… pero no puedo… No puedo arriesgarme… no desde la última vez.

Shpresa sabía que su amigo era sincero.  

-Lo sé. Fue otra cagada más.   

-Vamos, tío. Tú eres un luchador, un gregario, ¡un soldado! En peores situaciones has estado. Sólo tienes que tener fe en ti mismo. Algo de camarero podría salirte. Podría hablar con mi jefe, que tiene varios bares y, a lo mejor, cuando haya un hueco, podrías trabajar en alguno. Pero… para eso tendrías que dejarlo. Tienes que dejarlo de verdad… Y asearte un poco- sonrió

Sabía perfectamente a que se refería. Tenía que dejar de beber. Lo había intentado muchas veces, pero no podía.

-Nico –sorbió el café despacio; Shpresa estuvo a punto de contarle que las últimas semanas había estado perdido más de la cuenta, que no había dejado de beber ni un solo día, que las pesadillas habían vuelto con más insistencia y que no albergaba ninguna esperanza acerca del futuro, pero no le contó nada, quizás ya lo imaginaba- ¿cómo está tu hijo?

- Está bien. Estos mocosos crecen muy rápido… Sabes,…

 

Shpresa deambulada perezoso por los jardines. Los primeros rayos del día se filtraban sinuosos por las hojas de los árboles y pintaban el suelo arenoso de motas de colores. Las aguas de la fuente de la rosaleda bailaban al compás de una música de charanga y grupos de escolares caminaban apiñados, deteniéndose y arrancando, siguiendo las explicaciones de sus maestros. Las madalenas y el café le habían sentado bien, se encontraba un poco más lúcido.

Nico, y su mujer, lo acogieron en su casa. Fue un gesto que no olvidaría nunca. No encontraba trabajo y cuando agotó todas las prestaciones sociales no pudo asumir el alquiler del piso. Nico tenía una familia, había tenido un hijo, y aun así no se desentendió de él. Tenía suerte de contar con María. Las mujeres que se habían cruzado por su vida las podía contar con los dedos de la mano. Nada serio y poco duradero. Ya no recordaba la calidez de un abrazo, ni el olor de un perfume de lavanda, de vainilla, o unas curvas sudorosas restregándose sobre él. Bajó la hospitalidad de su amigo, revivió lo que significaba tener una familia, el calor de un hogar. Al principio, funcionó. Pero el tiempo fue transcurriendo, se empezó a sentir un extraño, no encontraba trabajo, las pesadillas volvieron, la bebida,… Se marchó, por voluntad propia o por sugerencia velada de su amigo, y así, sin más, dio con las narices en la calle.

 El único día fácil fue ayer, se dijo el primer día que tuvo que dormir en la calle. Era la frase que utilizaba en los momentos duros, la que grabó en su memoria en los años de guerra. Uno de los capitanes bajo cuyas órdenes sirvió la repetía constantemente a sus soldados en los momentos más difíciles, en aquellos que suponían un salto al vacío y la decisión tomada significaba que la muerte acechaba alrededor, siendo el combate inevitable.

A veces pensaba que estaba viviendo un mal sueño y que, en cualquier momento, se despertaría, otra vez, siendo un niño, en el estrecho piso de su natal Pristina. El pequeño de cuatro hermanos, todos chicos. Tenía recuerdos muy frescos de su infancia, una infancia feliz y despreocupada, alegre, como la mayoría de los niños. Hasta que estalló la guerra y todo cambió, la burbuja explotó. Los Balcanes se convirtieron en un polvorín. Primero fueron sus hermanos y luego le tocó su turno. Pasó de ser un adolescente con acné a un soldado de la guerra, un instrumento por y para la destrucción. Recuerda a su madre llorando en la puerta de casa antes de enrolarse en el ejército. Ella intuía que iba a perder a su último hijo, y acertó.

“Amigo relaja, amigo”, oyó una voz. Se había quedado dormido, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared del supermercado. En frente, en una silla plegable, bajo un naranjo ornamental, estaba la mujer gitana, con su pañuelo en la cabeza. “Seguro que has tenío una pesadilla u argo así”. Shpresa se llevó la mano al pecho: el corazón estaba desbocado. Respiró hondamente para calmarse. La mujer gitana lo miraba tranquila. Era una mujer lista, intentando sobrevivir como todos. Seleccionaba con buen tino los clientes. Cuando iban a entrar, endulzaba la cara y les pedía algo para comer y algo recibía. Shpresa la conocía de otras veces. Con lo que recogía estaba seguro que nutría a más de una familia, o la vendía, quien sabe. Normalmente le daba comida. Le decía: “Búlgaro, estás mu flaco. Me tienes que comer ma.” Alguna vez le había dicho que no era búlgaro, que era serbio, pero sabía que ella no distinguía una cosa de la otra, y al final daba lo mismo.

Las pesadillas no lo dejaban descansar. Pocas veces le daban alguna tregua. Aparecieron después de la guerra, unos años más tarde, cuando todo se complicó y al final tuvo que marcharse. La convivencia en su país, o lo que había quedado de él, era imposible. Se habían firmado los tratados de paz, pero no había paz, ni perdón, ni mucho menos reconciliación en la gente. Mucho odio y mucho rencor. Apenas le quedaba familia: unos estaban muertos, otros no se hablaban. Fue incluso su madre la que sugirió que tenía que empezar en otra parte. Cuando llegó a España las cosas fueron saliendo poco a poco. Pero llegó la crisis y con ella todo lo demás.

La cara de la niña era lo que más lo atormentaba. La tenía grabada a fuego. Siempre aparecía en sus sueños y lo miraba con esos ojos que lo hacían palidecer. Durante la guerra había golpeado, matado, había presenciado escenas terroríficas, pero ella era la que le infundía auténtico pavor. Recuerda bien aquel día, a pesar de que habían pasado casi veinte años. Las órdenes eran reunir a todos en la plaza del pueblo. Persiguió a unos desalmados por los bosques y los llevó a empujones. Una vez reunidos empezaron a dividirlos. Por un lado, los hombres. Por otro, las mujeres, los niños y los ancianos. Vio una niña que seguía en los brazos de su padre. Quiso separarlos, pero el padre se resistió. Lo golpeó con la culata en la boca y el hombre se quedó tirado en el suelo, con la sangre saliéndole a borbotones. Llevó a la niña al autobús que, sorprendentemente, dejó de llorar. La niña lo miraba, lo miraba fijamente. Debía de saber que nunca más volvería a ver a su padre. Shpresa nunca hubiera adivinado que esa mirada le iba a acompañar durante el resto de su vida.

La gente entraba y salía por las puertas automáticas. Unos lo miraban de reojo. Otros ni eso. Algún niño, movido por la curiosidad, se aproximaba más de lo debido, pero era interceptado a tiempo por sus progenitores. El vaso de plástico ya tenía algunas monedas: unos cuatro euros. Caía la tarde y la temperatura había descendido unos grados. Suficiente, pensó. Se despidió de la gitana y se marchó.

Siguiendo la calle había otro supermercado. Compró dos cartones de vino. No le gustaba comprar la bebida donde había mendigado. Manías. Aunque, de todas formas, podía oler lo que pensaban los demás: que era un mísero borracho. Pero le daba igual, todo le importaba un bledo.

Llegó a Pont de Fusta. Cruzó las vías del tranvía y se plantó en las pistas de baloncesto. Las canchas estaban llenas de chavales. Abrió uno de los cartones y empezó a beber. El vino era asqueroso, aunque estaba acostumbrado. La gitana le había dado unos panecillos y un envase de mortadela, y se preparó unos bocatas mientras observaba como los muchachos jugaban en las canastas. Tres contra tres. Los que perdían, salían, y entraban otros tres. Shpresa jugaba al baloncesto en el colegio. A pesar de su altura tenía buen movimiento de piernas y buen lanzamiento. Solía ser de los máximos anotadores. Se terminó un cartón y empezó el otro. Sentía calores por el cuerpo y una falsa sensación de seguridad. Estaba mareado. Miraba inquieto el juego. Bote, bote, pase, lanzamiento. Otra vez bote, bote. Choque de cuerpos y, uno de ellos, al suelo. Estaba disfrutando con el juego. Excitado. Empezó a radiar los partidos. En voz alta. ¡Canasta! ¡Cubre, cubre! Algún chaval lo miraba extrañado. Shpresa se acercó más y más, entrando en la pista mientras seguía dando alaridos. Estaba fuera de sí. Por un momento imaginó que tenía quince años y estaba en el patio de su colegio, jugando un partido de liga. Un chaval intentó una canasta de tres puntos y el balón no tocó el aro. Gritó desaforado. Los chavales se quedaron inmóviles, deteniéndose el juego. El serbio fue tambaleándose hacia la bola mientras hablaba de manera ininteligible. No conseguía vocalizar. La agarró y fue a la línea de tres, donde había errado el muchacho. Dijo otras palabras, que tampoco se entendieron, y con mucho esfuerzo lanzó un tiro. Tampoco tocó el aro. La bola botaba y botaba en el suelo, y no sabía si había una o más. Se acercó como pudo a por ella y volvió a la línea de tres. Quiso intentarlo, lanzar la maldita bola otra vez, pero estaba tan borracho que fue imposible.

El resto del día vagabundeó por las vías del tranvía, por las callejas, los parques. No le quedaba más vino que echarse en el cuerpo. Cuando resonaban en su cabeza las risas de los chavales de las pistas intentaba aplacarlas entonando antiguas canciones serbias que aún recordaba. A veces se paraba, balanceándose como una peonza, no sabiendo por dónde tirar. El suelo se movía, los edificios se movían, la ciudad era una puta noria. No se encontraba en condiciones de volver a donde estaba durmiendo las últimas semanas. Al final, se tumbó en un parque infantil, boca arriba en un banco y, mientras el cielo giraba como el tambor de una lavadora, se durmió.

Vomitó. Las planchas de goma, que amortiguan las caídas de los pequeños, se convirtieron en una laguna de bilis y trozos de mortadela y pan. A su alrededor todo seguía en movimiento. Era de madrugada. Empezó a caminar para ver si se despejaba. No había ni un alma por la calle. Después de un corto paseo, se metió en una calle oscura. Al pasar por la boca de la entrada de un garaje oyó unos ruidos. Ruidos sordos, amortiguados. Sintió curiosidad y se asomó en la oscuridad. Al fondo pudo distinguir unas sombras que se movían. Se adentró más. Había unos individuos. Uno de ellos, de pie, se giró y le susurró alterado que se fuera. Puto vagabundo, lárgate de aquí, decía. Shpresa, a pesar de su estado deplorable, se percató de lo que estaba ocurriendo. Penetró más en las sombras. Otro tenía los pantalones por los tobillos y estaba tumbado encima de una joven. Podía ver como rebotaba la raja de su culo gordo contra la cintura flácida de la víctima. Fuera cabrón, que te rajo, siguió diciendo el primero. El serbio hizo ademán de retirarse, pero no pudo. Algo se revolvía en su interior. Quería verle la cara, no sabía por qué, pero quería verla. Un poco más cerca. La joven tenía los ojos cerrados, el rostro tensó. La mano del gordo le tapaba la boca. Los mechones de pelo se movían por el suelo hacia arriba, hacia abajo, como la corriente del mar en la orilla de una playa. Que pasa, quieres mirar, eres un pervertido, ¡ehhh cabrón! Se quedó inmóvil, viendo al gordo sobre ella, jadeando como un cerdo en celo. El primero seguía increpándolo. El gordo se levantó con una sonrisa de oreja a oreja y el otro tipo se empezó a bajar los pantalones. La chica se quedó planchada en el suelo, con las piernas abiertas. Parecía que estaba más en el otro mundo que en este. Shpresa se hubiera marchado si no es porque en ese momento la chica abrió los ojos y cruzaron la mirada. Quedó petrificado. Esos ojos los había visto en alguna parte, eran muy familiares. El corazón le iba a salir por la boca, no podía creerlo. ¡Sí, eran los ojos de la niña del autobús, la niña que arrancó de los brazos de su padre y la metió en aquel puto autobús! Él sólo cumplía órdenes, no hacía nada malo. El serbio pensó que ella tendría que saberlo.

El único día fácil fue ayer, dijo sin importar que aquellos energúmenos lo escucharan.

                                                     FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA CLASE 20 de junio 2020

16 al 20 de junio de 2020 LA CLASE Lunes Su aspecto todo él era cuadrado. Incluso por partes era cuadrado, tirando a o...