FIDELIDAD
DE LOS PERROS
Tomás Sánchez Belloccio
(De su libro de relatos “Familia de
cereal”, Ed. Candaya, 2015).
Tantor apareció casi dos años después,
cuando ya lo daban por muerto. Había incluso una pequeña placa con su nombre al
fondo del jardín, donde a falta de cuerpo estaban enterradas todas sus cosas:
un plato de metal, un hueso de hule con la marca de sus dientes y un shampoo
anti pulgas.
Aquel
día, sólo sus hijos y su mujer estaban en casa. Almorzaban en la cocina frente
al televisor cuando empezaron a oír ladridos afuera. El menor lo reconoció
enseguida y aunque gritó con la boca llena, ¡es!
mamá, es te juro que es, escupiendo el arroz en todas las direcciones, ella
no los dejaba levantarse de la mesa hasta que terminaron su plato. Además, ya había
ocurrido antes con otros perros que ladraban al pasar por el frente de la casa
y no quería que se desilusionaran otra vez. Pero entonce, en medio de su
explicación sobre el alma de los animales y las fases del duelo, sonó el
timbre. Los dos chicos saltaron de sus sillas y corrieron a la puerta
llevándose un jarrón por delante.
Afuera,
tal como habían soñado en incontables noches, estaba su perro, pero en la
desesperación del abrazo, no vieron que traía un collar nuevo, que el collar
estaba atado a una corre y que la correo la llevaba un hombre que ya conocían.
—¿Quién?—
preguntó él.
—Sí,
tu amigo —dijo su mujer, cuando lo
llamó para contarle.
Antes
había llamado a la policía, pero el oficial que la atendió no le dio
importancia al asunto.
—Señora,
a ver si entendí bien: un amigo suyo le devolvió el perro. ¿Es así?
—Sí
—respondió ella, perpleja ante la simplificación.
—Entonces
no entiendo qué quiere que hagamos.
Él
tampoco entendió, pero porque estaba en medio de una reunión y no había
conseguido escuchar ni la mitad. Trató de calmarla y le prometió que volvería
pronto a casa. Al final, el día se le escurrió en pequeñas urgencias y cuando
metió el auto en el garaje ya había oscurecido. Antes de abrir la puerta, supo
que se lo recriminaría, de alguna de las formas que sólo ella conocía.
Encontró
a sus hijos jugando con el perro en el jardín. Se revolcaban por el patio,
extenuados, como si hubieran estado librando un combate a muerte desde el
mediodía. Sus movimientos eran lentos, coreográficos. Gritaban, morían y un
minuto después volvían a vivir. Cada vez que los sorprendía el agua de un
regador cerca, interrumpían el juego, se limpiaban las rodillas y se
trasladaban a un lugar seco, donde seguían como si nada.
—Todo el santo día así —dijo su mujer,
desde una reposera.
Dejó
el maletín en una silla, se desajustó el nudo de la corbata y llamó a Tantor
con voz firme. Instantáneamente, el perro se sacudió a los chicos de encima y
vino a sus pies, moviendo la cola. Era como si no hubiera pasado ni un solo día
fuera de casa. Nada había cambiado. Al menos, nada evidente en su aspecto o en
su actitud. Trató de no mostrarse demasiado afectuoso, dándole sólo dos
palmadas en el lomo y dejó que volviera al juego.
—Es
él —dijo.
Durante
la cena discutieron las nuevas reglas de la casa. Tanto tiempo sin perro,
habían perdido el hábito de convivir con uno, además ahora los chicos ya
estaban más grandes y tenerlo de vuelto llevaba consigo responsabilidades. A
nadie se le ocurrió protestar por la división de tareas y cuando terminaron el
postre, fueron a despedirse de Tantor hasta la mañana siguiente.
—No
va a volver a irse —prometió ella, cuando vio la fuerza con que lo abrazaban.
La miraron, un poco incrédulos, y subieron a su cuarto.
Una
vez solos, aprovecharon para conversar acerca de lo que había pasado al
mediodía. Ella le fue contando todo en detalla desde la cocina, mientras lavaba
los platos. Al principio, a él, que la veía de espaldas, envuelta en vapor, la
historia le parecía más impersonal así, como si le hubiera sucedido a otras
personas, en otro país, hace tiempo.
—¿Qué
otra cosa podía pensar? —dijo ella—. Que lo había encontrado en alguna parte o
que lo había rescatado, y lo traía de vuelta a casa. Es lo que esperaría de un
amigo. ¿O no? No lo pensé en realidad: lo di por sentado. Yo le decía gracias, gracias. Me saltaban lágrimas
de alegría. Hasta le di un beso. ¿Podés creer? Tuvo que decírmelo dos veces
para que entendiera.
—¿Qué
cosa?
—Nosotros lo tuvimos todo este tiempo.
Tardé una eternidad en unir las palabras, en darles un sentido. Y ahí mi cara
se transformó. Tendrías que haberme visto. Mandé a los chicos adentro y me
quedé con el perro. ¡Estúpida! Como si pudiera servirme de algo. No sabía qué
hacer. Y él seguía parado delante de mí con su cara de piedra. No vengo a disculparme, me dijo
entonces. Simplemente ya no podemos
tenerlo en casa.
Hizo
una pausa y se dio vuelta para asegurarse de que él seguía escuchándola. Con el
codo, se corrió el pelo de la cara.
—¿Te
acordás que no teníamos ni idea de adónde se iba cada noche? ¿Cómo nos
devanábamos los sesos para saber por dónde se escapaba?
Los
guantes de látex naranja chorreaban, suspendidos en el aire.
—Me
acuerdo, sí —dijo él.
Al
parecer, todas esas noches en que Tantor desparecía y no volvía, las pasaba en
casa de ellos. Se metía por el garaje, saltaba la reja y se instalaba delante
del ventanal a observarlos. Él le juró que nunca lo trataron bien ni le dieron
de comer, para que no se acostumbrara. No podía entender por qué el perro iba hasta
allá y se quedaba con ellos. Pero con el tiempo las mellizas se encariñaron con
él. Salían afuera a recibirlo, le ponían vestidos, le daban té. Ellas le pedían
de quedárselo. Que por algo Tantor las había elegido. Lloraban noches enteras,
abrazándose a las piernas de su padre, pidiendo por favor, por favor. Él les decía que no. Que no podían. Que
Tantor ya tenía dueños, una casa donde vivir. Todas las mañanas tenía que
echarlo para que se fuera. A veces, lo acompañaban hasta la esquina para
asegurase que no volvía. Se daba la vuelta rápido antes de que el perro se
arrepintiera. Pero entonces hubo un día, un día igual a cualquier otro, en que
no lo echó. No supo explicar por qué. Era una mañana lluviosa. Bajó al comedor
y se sentó a mirar a través del vidrio, esperando a ver lo que hacía el perro.
Y Tantor, aunque estuvo intranquilo varias horas, como si el cambio en la
rutina lo incomodara, no se movió de ahí, ni ese día ni al siguiente, ni los
que vinieron después.
—Lo
único que se me vino a la cabeza en ese momento —dijo ella—, fueron los
carteles con la foto del perro y nuestro teléfono y la promesa de recompensa
que pegamos en todos los árboles y postes del barrio. ¿Sabes qué fue lo último
que me dijo? Me dijo que un perro puede llegar a ser un miembro más de la
familia. Al que se le puede querer como a un hijo y su pérdida puede ocasionar
un dolor irreparable, pero que si desaparece, si un día falta, nadie llama a la
policía, no hay en verdad un crimen, no hay trámites legales ni burocracia, el
mundo sigue girando como antes, como si nada, absolutamente nada, hubiera
pasado.
Al
terminar de escuchar a su mujer, se levantó, sin decir palabra, fue hasta la
mesita del living donde estaba el teléfono y marcó el número de la casa de su
amigo. Las manos le temblaban con una furia contenida. No tenía claro qué iba a
decir, ni qué pensar. Una mujer atendió antes de que pudiera decidirse.
—Alicia
—dijo—. Quiero hablar con él…
—No
está.
—Dame
con él, por favor.
—Te
juro que no está en casa.
La
voz de la mujer sonaba aguda y misteriosa.
—¿Dónde
está?
—No
sé.
—Alicia,
son las once y media de la noche.
—Es
que no sé… No sé… Yo también estoy preocupada. Salió esta mañana de casa con… y
no supe nada más. No fue al trabajo. No está en lo de mis suegros. No me
atiende el celular. No sé qué hacer, a quién llamar… por favor…
Escuchó
cómo lentamente empezaba a llorar, primero en espasmos ahogados, discontinuos y
después con un chillido casi inaudible. Colgó. Su mujer, que había estado
escuchando la conversación, se acercó por detrás y le apoyó una mano en el
hombro. Pareció que iba a decir algo, pero al final prefirió callarse.
—¿Qué?
Decime.
—¿Por
qué un amigo haría una cosa así? —preguntó, como buscando las palabras
correctas—. ¿Por qué a vos? ¿Cuánto odio podés haber generado en él? Nunca
tuviste muchos amigos. Que yo sepa, ninguno íntimo al menos. Eso es raro. Yo,
en cambio, tenía muchas amigas. Vos lo sabés bien. Y las fui perdiendo, me fui
alejando de ellas con los años. Por vos. No porque me lo pidieras ni nada, pero
siento que me llevaste a eso. Por tu forma de ser, porque no podías vincularte.
Y a veces me pregunto por qué dejé que eso pasara.
No
supo qué responder, pero sintió que su crueldad era gratuita, desproporcionada.
Más tarde salió a fumar un cigarrillo al jardín. La noche era brillante y
calurosa. Había mosquitos por todas partes, enloquecidos por la luz de los
reflectores. Las palabras de ella seguían resonando en su cabeza. Y mientras
veía al perro olisquear los canteros, los juguetes dispersos, como reconociendo
un antiguo territorio, se puso a pensar en su amigo. Hizo un esfuerzo por
recordar todo loa que sabía acerca de él. Era como un desplegar cartas y fotos
en una mesa imaginaria. Trató de recuperar el momento exacto en que lo había
conocido y se dio cuenta de que era imposible saberlo. De algún modo, estaba
presente en su memoria desde el principio. Habían sido compañeros de escuela
primaria, habían jugado al rugby en el mismo club, en la misma división.
Mientras vivieron en aquel barrio, se cruzó decenas de veces con él y su
familia, en la calle o en auto, en la librería, en el supermercado. Tenían
amigos, conocidos y hasta un primo segundo en común, que extrañamente se
parecía más a él que sus propios hermanos. En algún lugar remoto de su casa de
la infancia, debía de haber al menos una foto en la que estuvieran los dos
juntos. Durante la secundaria, sólo se cruzaron en fiestas y reuniones, porque
su familia se había mudado al otro lado de la ciudad, y en Buenos Aires las
distancias haben mucho. Siempre daba la impresión de estar solo, como perdido o
incómodo entre la gente que lo rodeaba. En la universidad, aunque estudiaban
carreras distintas, compartieron el edificio, los pasillos. Por esa época,
frecuentaban el mismo grupo de chicas y siempre había tenido la leve sospecha
de que una ex novia suya había estado con él, pero nunca tuvo el valor de
preguntarles. Y después ya no tenía importancia. Se recibieron, se casaron con
sus respectivas novias y perdieron el contacto. Lo había conocido toda la vida
pero nunca habían sido particularmente cercanos. En el fondo, si alguien le
hubiera preguntado, hubiera dicho que no, que no le caía bien, que no tenían
nada en común. Estaba seguro de que no le había dedicado ni un solo pensamiento
en todo ese tiempo.
Volvió
a encontrárselo muchos años después en una reunión de padres en la escuela de
sus hijos. Lo saludó desde el otro extremo del aula, y cuando la directora dio
por terminado su discurso de bienvenida, ambos presentaron sus familias e intercambiaron teléfonos y
direcciones. Vivian a sólo tres cuadras. Las hijas de él irían al mismo grado
que su hijo mayor. Esa mañana, iluminado bajo la luz blanca de los tubos, le
pareció más canoso y demacrado de lo que se supone debía estar un hombre de su misma
edad. A partir de aquel día, sus mujeres empezaron a verse con frecuencia. Se
cruzaban a la salida de la escuela, en otros actos, en los cumpleaños de los
compañeros de sus hijos. Ellos dieron el primer paso. Una noche, Alicia llamó y
los invitó a cenar y al teatro. Una semana más tarde, fueron ellos los que
hicieron un asado en su casa. Entonces, recordó haber pensado que estaba bien
dejarse llevar por las coincidencias, y que las personas merecen una segunda
oportunidad, e incluso una primera. Lo cierto es que, mientras sus mujeres
establecían lazos de amistad, empezaba a ser, lo que se dice, confidentes,
ellos llegaron a compartir más de lo que le hubiera gustado admitir. Jugaban al
tenis los martes a la noche contra dos vecinos. A veces se juntaban a ver
fútbol en la casa de él, porque la pantalla de su televisor tenía doce pulgadas
más que el tuyo. Los sábados se turnaban para llevar los chicos al club.
Puso
cloro a la pileta, desconectó el regado y se acomodó las sillas de la galería.
Antes de apagar las luces y subir, le vino a la mente la última noche que
estuvieron juntos. Hacía dos semanas habían pasado a tomar un café después de
una fiesta. Estaban cansados y levemente borrachos. Ella se reían, tirando la
cabeza hacia atrás en los sillones. ¿Estaría Tantor en la casa esa noche? ¿Por
qué no había ladrado? En un momento, su amigo lo llamó aparte, fueron al
escritorio y le mostró en la computadora el auto que iba a comprarse. Alicia y
las mellizas no podían saber nada. Sería una sorpresa. Y mientras miraban las
fotos, le explicó en detalle las comodidades, las ventajas de su línea
aerodinámica y el sistema de aceleración, y aunque a él nunca le habían
interesado los autos ni le interesarían, fingió atención e hizo preguntas, dijo
que él también quería hace tiempo cambiar de auto y que iba a necesitar sus
consejos. Y varias veces durante la conversación sintió felicidad por estar
compartiendo algo íntimo, aunque fuera mentira, y tuvo la convicción de que
así, o al menos similar, debía ser la amistad entre dos hombres.
Ahora son las tres de la mañana y no puede
dormir. Está de pie, en mitad de la habitación a oscuras, contemplando su
reflejo en el espejo del baño. No tiene noción exacta de cuánto tiempo ha
estado así. Hace calor y aunque todas las ventanas de la casa están abiertas,
no corre aire: nada se mueve. Ni siquiera las ideas.
Por
culpa de las pesadillas, sus hijos se han pasado a su cama y no queda lugar
para él. Es la tercera noche esta semana. ¿Qué será aquello que los acecha en
sueños? Quisiera saber para ayudarlos a no tener miedo. Ella se ha dormido,
apoyada sobre un codo, arrullándolos. Es curioso ver cómo los tres han
dispuesto sus brazos y piernas, sin tocarse.
Al
pie de la cama, Tantor parece dormir, la cabeza apoyada en las patas delanteras.
Se pregunta cómo habrá sido su vida en la otra casa. Se pregunta si lo habrán
llamado por el mismo nombre. Si las mellizas le habrán dado de comer en secreto
por debajo de la mesa o si lo habrán dejado dormir adentro, como esta noche. Se
acuclilla frente a él y lo despierta.
—Te
toca hacerme compañía —dice.
—Se
sorprende antes sus propias palabras. Hablarle al perro es cosa de ella, no de
él.
—La
pata. Sit.
Ahora
que está despierto, el perro jadea como nunca lo ha visto jadear. Le abre el
hocico y pone su brazo dentro. Siente la saliva caliente chorrear por el
relieve de sus venas. Con la mano libre, le agarra la punta de la cola y
empieza a apretar, cada vez con más fuerza. El perro gime, tensando sus
músculos y amaga con incorporarse, pero no se defiende. Jamás ha mordido a
nadie. Es una raza de carácter dócil, son perros famosos por su fidelidad. Esa
es la razón por la cual lo compró.
—¿Por
qué respirás así, perro? —pregunta.
Parece
que no le alcanzara el aire en los pulmones. Recuerda que su padre respiraba
así antes de morir de un edema pulmonar cinco años atrás. Todavía puede evocar
la palidez azul de su rostro la última vez que lo visitó, conectado a una
máquina.
Pero
sabe que en este caso es sólo por el calor, que el perro sólo tiene calor, y de
pronto, se le ocurre algo. Es una idea. No es acerca de su amigo ni tiene que
ver con lo que ha dicho ella más temprano. Es sólo una idea. Y no tiene nada
que ver con nada. Empieza a buscar por la casa. No está en su baño y tampoco en
el cuarto de ellos. Revisa cajones, placares. Con cuidad, tratando de no hacer
ruido. Sube hasta el altillo. El sudor le baja por la frente, siguiendo la
línea de su mandíbula y las gotas tiemblan en el mentón antes de caer. Cuando
casi se ha dado por vencido, la encuentra al fondo del botiquín, debajo de una
caja de aspirinas. Sonríe, porque ya había buscado ahí.
Cada
verano, cuando empieza el calor y las cabezas de sus hijos se colman de piojos,
los rapa con esa maquinita. Es como un juego y una tradición. Prueba distintos
peinados, variando el largo del pelo, rapando zonas. Ellos piensan que es
divertido y asisten a su transformación en el espejo, hasta que sus cabezas
parecen dos enormes kiwis.
Desde
el pasillo, chista al perro y bajan juntos a la cocina. Tantor se adelanta,
enredándose entre sus piernas. Se sienta en el piso, apoyando la espalda contra
el lavarropas.
—No
debería abandonar el barco cuando se hunde —dice.
Empieza
a rapar por la nuca, sigue por el lomo, el pecho, las patas. Tantor va
perdiendo lentamente forma y volumen, mientras el pelo negro y denso se
amontona en las baldosas. Es como si estuviera descomponiéndose otro perro en
el piso. Fuera de él parece tener otra consistencia. El perro no se queja, ni
se mueve: es el zumbido de la máquina que lo tiene alucinado.
El
pelo va formando una pequeña montaña oscura. Y él piensa que podría hacer un
disfraz con ese pelo, un disfraz de hombre-lobo. Para asustar a sus hijos
cuando no lo obedezcan o para salir a corre por el barrio de noche, cuando todos
estén dormidos. Lo imagina pegado a sus brazos, creciéndole en los hombros y en
la espalda.
—¿Papá?
Uno
de sus hijos está al pie de la escalera, bañando en transpiración,
restregándose los ojos de sueño. Entonces es consciente por primera vez de lo
que está haciendo.
—Volvé
a acostarte —dice.
No
se saca nada bueno de noches como ésta.
—¿Qué
le pasó a…
—Andá, te digo. Ahora subo.
El
calor y el insomnio hacen a la mente divagar por lugares que no debería. Ya
sabe eso. Ha pasado antes. Mira a Tantor, que ahora da la impresión de estar
viejo y enfermo. Como si tuviera cáncer. O algo sin cura, irreversible. Cierra
los ojos y cuando los abre de nuevo la expresión del perro no es la misma de
hace un segundo atrás. Sus orejas se han puesto tensas y apuntan hacia arriba.
Sus ojos están fijos en la puerta. Ladra una vez.
—Shhh
—dice él, llevándose el índice a la boca—. Vas a despertar a todo el mundo.
Se
incorpora lentamente y apoya la maquinita sobre el lavarropas. No se oye nada,
más que el jadeo constante del perro. Desde don él está parado es imposible ver
si hay alguien fuera. No hay ángulo. Aunque se mueva, las ventanas son
angostas; sólo se ve un poco de calle, los jazmines y papiros que ella plantó
el verano pasado, el auto del vecino de enfrente. Si hay alguien ahí, es justo
del otro lado de la puerta. ¿Pero no debería verse la sombra en el umbral?
—¿Quién
es? —pregunta.
Tantor
aúlla bajito, y empieza a girar sobre sí mismo, como si quisiera morderle la
cola. Se acerca a la puerta, sosteniendo al perro por el collar, que hace una
fuerza descomunal por soltarse. Da una vuelta a la llave de la cerradura.
—¿Quién
es?
Espera
unos segundos y da la segunda vuelta. Abre. Sólo un poco para que el perro se
dé cuenta y asome la cabeza. Entonces, la cierra, rápido, como una guillotina.
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