El mayor éxito
del diablo ¿es hacernos creer que es Dios?
En el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
Han pasado sólo tres
días desde mi última confesión, pero deseo solicitar Su perdón de nuevo. Perdóneme
pues, Padre, aunque NO hallo pecado.
Sé que no es la
fórmula habitual. No pretendo faltarle al respeto, no, sencillamente quiero
confesar no haber hecho ningún mal, habiéndolo hecho. ¿Qué mal se comete con un
mal acto cuando a nadie has hecho ningún mal? ¿Debe ese mal sin mal,
confesarse? ¿Acaso no permite Dios las mentiras siempre que sean estas, piadosas?
No, no quiero debatir filosóficamente con usted, Padre, solo vengo ante usted
con intención de confesarme y a pedir Su perdón por algo que me ocurrió ayer
por la tarde. En fin, será mejor que me deje de rodeos y empiece por donde debe
empezarse: por el principio.
Me gusta correr por caminos
de huerta. Cuanto más solitario el camino mejor. Cerca de mi casa hay
muchísimos. Adoro correr por caminos olvidados de la mano de Dios porque no
tengo que preocuparme por el tráfico, la gente o la contaminación y además descubro
nuevas rutas, recovecos y atajos. Es difícil de explicar, es como si buscara perderme
para variar, como si al perderme pudiera alejarme de todo incluidos los
problemas. Me relajo al ver pasar campos y campos sin ningún tipo de actividad
aparente, me atraen especialmente los que están abandonados. Tienen un toque
más salvaje, más silvestre, más natural, sin normas ni corsés, es como si
dentro de esos cuadriláteros de naturaleza encarcelada reinara un poco de caos
y libre albedrío. Eso me encanta. A veces hasta dejo el camino y me adentro en
la maleza selvática de esos campos. Imagino que voy a correr alguna aventura,
como si en medio de las hileras de naranjos fuera a parecer algún portal que pudiera
llevarme a algún lugar remoto y desconocido. Esa es la esperanza, aunque nunca
ocurra nada, hasta ayer. Ayer no hubo portal, pero sí aventura.
Lo siento Padre,
estoy divagando.
Ayer por la tarde salí
a correr temprano, a eso de las cinco más o menos. Salí equipado como siempre
con mi IPod nano y mis auriculares. Escuchar música al correr me ayuda a imaginar,
a meterme en el ambiente aventurero del que le hablaba. Recuerdo que ya estaba perdido, explorando un
estrecho camino de tierra algo siniestro rodeado por completo de campos de
naranjos en estado de abandono. Era la primera vez que pasaba por allí y estaba
embelesado observando algunos de los árboles, todavía los menos, que lucían un
color grisáceo, con muchas ramas adornadas por penachos aislados de hojas
verdes muy pequeñas entre las que sobresalían un sinfín de ramas peladas que se
quedaron sin vida formando manos fantasmagóricas de nudosos dedos retorcidos
que parecían estar deseando agarrar a cualquier incauto que se les acerque.
Eso fue alrededor
del kilómetro cinco de los diez que pensaba correr ayer. No sabría decirle
dónde me encontraba exactamente ya que corro sin móvil, ni GPS, ni nada que
pueda orientarme. En fin, estaba completamente absorbido por aquella
fantasmagórica visión de árboles provistos de manos y verdes penachos cuando algo
por el rabillo del ojo me llama la atención. Un movimiento rápido, casi imperceptible
entre las hojas de los naranjos. Una sombra, un espíritu. Me detengo. Echo mano
al brazalete de neopreno donde llevo el IPod y detengo la reproducción de música.
Al instante, escucho
un ruido de hojas secas resquebrajándose y una especie de quejido suave, como el
de alguien que está intentando dormir y no le dejan. No estoy seguro, pero me
parece un quejido femenino. Me quito los auriculares para oír mejor. Escucho
claramente dos voces masculinas susurrando, siseando como serpientes tratando de
comunicarse por encima del ruido que produce algo que se arrastra por un suelo
repleto de maleza y hojas secas. Es algo grande. Supongo que ese mismo ruido de
crujir de hojas debe haber amortiguado el sonido de mis pasos porque las
serpientes susurrantes siguen a lo suyo. No parecen haber advertido mi
presencia.
Los crujidos se
detienen, me quedo inmóvil y en absoluto silencio. Estoy algo fatigado y hago
verdaderos esfuerzos para no emitir ningún sonido al respirar. Ha cesado el ruido
de arrastre y puedo escuchar mejor los susurros. No entiendo ni papa, pero ya
los escucho con suficiente claridad como para deducir que andan cerca. No puedo
comprobarlo porque el follaje bajo de los naranjos no me deja ver nada y aunque
me agachara, la maleza está tan alta que tampoco tendría visibilidad. Un golpe
seco. Seco y suave, como si hubieran dejado caer algo al suelo. Quizá no
hubiera nada arrastrándose, quizá ellos estuvieran arrastrando algo o a
alguien. De nuevo escucho más susurros que no entiendo. Estoy intrigado. Estos
tipos ponen mucho empeño en no hacer demasiado ruido. Sea lo que sea lo que andan
tramando está claro que no desean ser molestados. Hmmm. Algo huele mal en todo esto.
Puedo sentirlo en el ambiente.
Unos pasos se alejan
de mí despacio. Entonces escucho alto y claro el tintineo característico de una
hebilla metálica desabrochándose, ropas rozándose, más crujir de hojas y babosos
chasquidos de succión seguidos del inconfundible murmullo de un vozarrón
ronroneando de placer.
Ya imagino lo que
está sucediendo. Las señales son bastante claras. Lo que escuché antes no era
un quejido femenino sino un gemido de placer. Esos tipos susurrantes y la chica
van a montarse un trío por lo menos. No puedo creerlo. ¿De verdad estoy a
escasos metros de una escena porno en vivo totalmente real? Una oportunidad
así, el Señor no nos la presenta a diario. Pienso que estaría bien acercarse lo
suficiente para ver sin ser visto. Así podría disfrutar de aquella escena grabada
en mi mente en mis muy abundantes noches de patética soledad. Lamento no haber traído
el móvil.
Esto de hacer de voyeur
es nuevo para mí. Supongo que la clave está en “acercarse sin ser visto”. Improvisar
cada paso tras el siguiente y de prisa. Si estoy en lo cierto y ya están con
los pantalones bajados, tengo pocos minutos para acercarme y ver algo interesante.
Estudio el terreno. Muy cerca de mí, justo en el borde del camino de tierra en
que me encuentro hay una acequia echa de obra por cuyo interior puedo caminar. Es
de paredes altas y está relativamente libre de hojas, ramas y arbustos por lo
que podría introducirme dentro, agacharme y desplazarme en relativo silencio sin
ser visto. Veo que un par de metros más adelante gira noventa grados a la
izquierda y recorre perpendicularmente las hileras de naranjos que ahora me
impiden ver nada. Si me introduzco dentro y me desplazo en cuclillas quedaré oculto
y podré recorrer los apenas cuatro metros necesarios para alcanzar una posición
ventajosa desde la que poder ver sin obstáculos mi espectáculo porno
particular. Al menos ese ese es el plan.
Escucho cómo empiezan
las embestidas. No es que yo cuente con mucha experiencia, Padre, de hecho, con
ninguna, pero ese sonido rítmico que acompaña a todo acto sexual resulta del
todo inconfundible para cualquiera. Ha llegado el momento de acercarse. Follar
requiere tanta concentración que merma los sentidos o al menos, eso espero. Avanzo
con tiento por el tramo de tierra que debo salvar para acceder al borde de
ladrillo de la acequia, una vez allí, apoyo ambas manos en los bordes y me dejo
caer suavemente en su interior. Me agacho. La ropa deportiva que llevo y el
almohadillado técnico de mis zapatillas de correr amortiguan el ruido. Empiezo
a desplazarme con tiento, en cuclillas, esquivando los dispersos montoncitos de
hierba seca y ramitas que puedan delatar mi posición si las piso. Estoy en
éxtasis total, exultante de nerviosismo y excitación. Con mucho está siendo la
experiencia más emocionante de mi vida.
Llego al giro de
noventa grados y observo que el ramal de la acequia principal es algo más
estrecho, pero más profundo, lo que me viene de perlas. Puedo relajar la
posición y erguirme un poco para avanzar con menos esfuerzo y tensión.
Entretanto escucho que los empujones empiezan a coger velocidad. Mal asunto. Si
estos tres resultan tener poco aguante voy a llegar tarde y encima de no ver
nada me van a pillar in fraganti. Señor qué vergüenza. Acelero el paso. Medio
agachado, medio en cuclillas, avanzo tres pasos, cuatro. Apoyo mis manos en el
borde de la acequia para que me ayuden a erguirme despacio hasta superar la
altura de la pared de ese lado. Casi aplasto con la mano un caracol que
deambulaba tranquilamente por ahí. La providencia lo salvó y menos mal, el
ruido me hubiera delatado. Asomo con extremos cuidado la parte superior de la
cabeza como el cazador furtivo de proezas sexuales en el que me he convertido y
descubro el lío monumental en el que me he metido.
Aquello no resultó
ser un trío en absoluto. Ni siquiera era una pareja haciendo el amor. Aquello
era una puñetera cosa bien distinta. La imagen visual de lo que estaba pasando
allí, me dejó congelado en la acequia.
Veo, Padre, una
mujer tumbada boca arriba. No la veo entera, sólo sus piernas desnudas y
abiertas pero flácidas, como sin vida, llevando unas zapatillas deportivas
todavía calzadas. Sobre ella un tipo enorme la embiste frenéticamente. Él lleva
puesta una camiseta sudada de color grisáceo y nada en su parte de abajo
excepto unos pantalones azules como de mono de trabajo, arrugados en sus
tobillos. Veo horrorizado su espalda que es enorme y me recuerda a esos gorilas
de lomo plateado de los documentales de la dos. Veo su asqueroso y blanco culo plano
subiendo y bajando, subiendo y bajando mientras el cuerpo de la mujer, al ritmo
de las embestidas, se agita inerte como si convulsionara. Trato de convencerme
de que no puede ser lo que parece, pero esa ausencia de respuesta emocional de la
mujer, su falta absoluta de colaboración, sus piernas inertes con los pies
relajados y abiertos hacia fuera me lo revelan. No tengo dudas. La mujer está
siendo forzada. El puto gorila de sudoroso lomo plateado, la está violando ante
mis narices.
No es un consuelo,
pero observo que posiblemente ella no se esté enterando de nada. Recé por ello
en silencio. Parece inconsciente. En ese momento pienso que la habrán golpeado
o drogado o Dios sabe qué le habrán hecho. Quizá esté medio muerta agonizando. En
esos momentos no tengo modo alguno de saberlo. Me entra un miedo terrible, repentino
e inesperado y reacciono agachándome con rapidez. Me quedo en la acequia oculto
en su interior. Mis dos manos siguen ahí, pegadas al borde de ladrillo a la
vista sin que yo me percate. Mi mente, imaginativa y emocional, está bullendo
de actividad, pero mi cuerpo, no reacciona. Por unos instantes siento que soy
incapaz de moverme hasta que, casi por instinto, me santiguo tres veces, muy
deprisa, y me encomiendo al Señor para que guíe mis pasos. ¿Qué debo hacer?
¿Debo hacer algo? ¿Puedo hacer algo?
No puedo llamar a la
policía aparte no sabría decirles dónde estoy. Además, eso sería casi un acto
de cobardía para mí. Yo que siempre he querido ser el héroe salvador. El
protagonista de una historia que por ahora sólo he sido capaz de imaginar. Sí,
Padre, en mis ratos de soledad y recogimiento rezo e imagino multitud de situaciones
imaginarias en las que yo rescato a una indefensa desconocida de las garras de
la muerte, arriesgando mi propia vida. Hay una que utilizo de forma recurrente en
la que arranco a mi damisela en apuros de los brazos de un mar embravecido. Emerjo
victorioso de las aguas caminando con dificultad por la arena de una playa
solitaria sujetando fuertemente entre mis brazos a la hermosa hembra desfallecida
y cubierta apenas por algas y escasos girones de ropa mojada hecha trizas. Caemos
ambos exhaustos en la arena donde ella, sin importarle su desnudez, se funde
conmigo en un frenético beso de ofrecimiento sincero y absoluto. Una espontánea
y excitante muestra de agradecimiento, entrega y sumisión. No me juzgue, Padre,
nunca soy el elegido y hace años que tengo edad para estar casado. Aún soy
joven y no tengo intención alguna de llevar una vida de celibato. Mi virgo busca
formas de consuelo quizá poco pías, y por ellas llevo años pidiendo perdón cada
semana aquí junto a usted. Pero al llegar de nuevo a la soledad de mi casa, no
puedo evitar volver a caer en la tentación de cerrar los ojos e imaginar esas
historias de eróticas consecuencias. Sueños que acaban estrellados contra el
muro de mi auténtica realidad. Un muro de soledad que me cae encima cada vez que
abro los ojos y me limpio.
En esos sueños no
tengo dudas, actúo sin más. Sin embargo, me veo ante la única oportunidad que la
providencia va a darme de ser un héroe real y en vez de actuar, estoy
paralizado por el miedo y las dudas.
Un sonido gutural
proveniente de la mujer me saca de mi parálisis mental y física. Despeja mis
dudas, reduce el miedo. Un sonido apagado y gutural que emitido en ese preciso
instante no puede interpretarse de otra forma: es un lamento, una petición de
auxilio. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame por Dios!
El Señor me habla a través de la mujer y me da valor.
¡Vamos! ¿No querías ser el héroe? ¿Rescatar a la chica? ¿A qué esperas?
Esta es tu jodida oportunidad. ¡Haz algo coño! ¡Rescata a la chica!
Otra vez Dios me
habla, esta vez como siempre, a través de mi mente. Ya sé, Padre, que Dios no
dice tacos, pero es Dios tamizado por el filtro de mis pensamientos. Vuelvo a
asomarme. La escena no ha cambiado nada. La chica sigue ahí, inerte, soportando
embestida tras embestida. Sigue habiendo sólo un hombre, el gorila. Juraría
haber escuchado dos voces masculinas, pero no veo ni rastro del otro cabrón. Busco
con la mirada algo con lo que atacar. Una piedra, joder una piedra. Nunca me
había fijado en lo escasas que eran las piedras en los campos de cultivo. Miro
en la acequia, busco delante de mí en la escasa zona de terreno que tengo al
alcance de la mano, también a mi espalda, nada. Ni una chinita miserable, NADA,
excepto por…
El caracol, Padre,
el casi aplasto antes con la mano, sigue ahí, deambulando. Me toca suavemente
con sus antenas, siento un frío helador cuando lo hace. Me fijo en él, se ha
detenido encima de un ladrillo que está justo al lado de mi mano derecha, la
que usé para santiguarme. El ladrillo es macizo y está partido por la mitad. Una
de sus mitades parece suelta, nada la sujeta en su posición excepto la ley de
la gravedad. ¡Joder qué fuerte! El caracol está esperando junto a la grieta en la
mitad del ladrillo que está fija al borde de la acequia, me está invitando a
que coja la otra mitad. Es otra señal de Dios que me arma y me anima a actuar.
Sin hacer ruido me
incorporo. Estoy al descubierto. Siento la adrenalina recorriendo a chorros mi
cuerpo que todavía está caliente por el ejercicio. Tengo los músculos tensos y listos
para actuar. Desencajo de su posición el medio ladrillo. Es lo último que puedo
hacer sin ruido. El caracol de Dios se queda donde estaba como sorprendido. En
cuanto salte de la acequia y camine por las hojas secas del suelo, aquel mamón violador
me descubrirá y a partir de ahí improvisación, caos y oración. Señor, en tus
manos pongo lo que está fuera de mi alcance. No es momento ya de pensar demasiado. Me
santiguo de nuevo tres veces a toda velocidad con el medio ladrillo macizo en
la mano. Casi ni me pesa. Lo que estoy a punto de hacer es una locura digna de
un superhéroe pero tengo a Dios de mi lado.
Cojo impulso y salgo
corriendo en dirección al violador de lomo plateado que. para mi sorpresa no me
hace el menor caso. Follar, efectivamente debe mermar los sentidos bastante porque
en mi carrera hago un ruido considerable. Sin detenerme, como una carga de
caballería paso a su lado balanceando el brazo derecho e impactando el medio ladrillo
en toda su cabeza. El golpetazo hizo un ruido estremecedor como el que hace un
coco al abrirse cuando lo golpeas con un martillo. CROC.
Fue un golpe certero
en toda la sien. No fue adrede, no pretendía acertar donde acerté, pero lo hice,
guiado por el señor. El tipo se desplomó a un lado, panza arriba, dejando a la
vista su miembro erecto enfundado en un preservativo. Pasaron unos segundos de
silencio absoluto que a mí se me hicieron eternos hasta que el muy imbécil empezó
a gritar y a echar salivazos por la boca. No esperaba que aquél gigante medio
descalabrado y tirado en el suelo reaccionara como lo hizo, supuse que me atacaría
con furia, pero en lugar de eso, reaccionó al tremendo testarazo gritando como
una nenaza. Escucho entonces al otro cabrón. Lo está llamando. No está muy
lejos de mí. De nuevo lo llama por su nombre. Es un nombre extranjero
pronunciado con un acento que no sé identificar. Seguro que aparecerá en pocos
segundos así que no dispongo de mucho tiempo para reaccionar.
Dirijo de nuevo mi
atención a mi primer problema: el tipo semidesnudo que tengo a mis pies. Se
comporta de forma extraña: se revuelca por el suelo sujetándose la cabeza con
las manos, como si temiera que se le fuera a desprender del cuello. De las
manos sale sangre a borbotones como si llevara debajo un cerdo degollado y parece
ser incapaz de abrir los ojos. Pongo un
pie a cada lado de su orondo cuerpo y le descargo otro tremendo ladrillado con
todas mis fuerzas en plena frente. ¿O fue en la cara? A estas alturas ni lo sé
ni me importa.
El segundo
ladrillazo silencia los gritos en seco. Suena distinto al anterior, esta vez
parece más un crujir sordo como el de un huevo que se cae al suelo y que se
quiebra pero que no termina de romperse. CROCR. Casi estoy seguro de haber
sentido ceder su cráneo ante la fuerza del golpe. Sus miembros se relajan casi
instantáneamente incluido su pene y su cabeza se inclina a un lado. Está KO
como poco. Tiene una brecha en plena frente más que considerable por la que también
empieza a sangrar. Sus ojos se quedan semicerrados y en blanco y empieza a
convulsionar. Fin del primer villano. Justo a tiempo de ocuparse del segundo.
El otro cabrón
aparece por mi espalda asomando el morro entre dos naranjos. Lo escucho, pero
no me giro a mirarlo. Estoy algo absorto mirando el barrizal de sangre que su
compañero está formando con el suelo de tierra del huerto. Más o menos, deduzco
que lo tengo apenas a un par de metros de mí. En ese instante dejo de pensar y sólo
reacciono. Me dejo llevar. Señor, en tus manos dejo lo que está fuera de mi
alcance. Le juro padre que esto que le cuento lo recuerdo detalle a detalle
como si hubiera ocurrido a cámara lenta. Alzo el brazo al cielo con el ladrillo
en la mano suplicando una bendición y giro bruscamente dando un salto para
ponerme de cara al segundo agresor. Le escucho correr. Cuando todavía estoy en
el aire y sin estar girado del todo, veo por el rabillo del ojo que no va a por
mí. Huye como la rata cobarde que es. Bajo el brazo en el que sostengo el
ladrillo y lo lanzo hacia el tipo que corre casi sin mirar. Antes de que mi
cuerpo toque de nuevo el suelo veo que el lanzamiento adquiere una trayectoria
perfecta. El ladrillo viaja por el aire zumbando a toda velocidad como si lo hubiera
lanzado el mismísimo Señor. Impacta de lleno en su nuca, casi sin ruido. Una diana
perfecta, un lanzamiento impecable, divino.
El tipo se da una
leche de película. No usa los brazos para frenar la caída por lo que se da de
bruces contra el suelo levantando una oleada de hojas secas y polvo. Su cara
rebota contra el suelo varias veces. Un éxtasis frenético invade mi cuerpo y mi
alma. El ladrillo rebotado vuelve a mis pies como un búmeran. El Señor eme lo
ha devuelto. Me agacho, lo recojo, corro con él hacia el tipo que sigue yaciente
en el suelo boca abajo, me arrodillo sobre su espalda y de regalo le atizo dos
o tres o cuatro, no lo sé, una buena ración de ladrillo en la cara, la cabeza,
la espalda y la nuca.
Rabia feroz mezclada
con miedo y regocijo por la inesperada victoria, eso es todo lo que sentía en
ese momento de descarga emocional. Hasta ese momento me había cargado como una
pila transformándome en un guerrero del Señor, pero por Su gracia y a través de
aquél bendito ladrillo de acequia, estaba recuperando mi ser apacible y natural
machacando a golpes a aquel ser infame indigno de existir.
No sé cuánto tardé
en volver en mí, pero golpe a golpe fui recuperando mi yo apacible y normal.
Sólo entonces tomé nuevamente conciencia de todo cuanto me rodeaba. Miro a mi
alrededor. No me lo puedo creer. ¿He ganado? ¿Soy el héroe? LO SOY SIN DUDA. Me
pongo en pie y relajo la expresión de mi cara. Siento que me duele la mandíbula
de tanto apretar los dientes. Me siento eufórico. La sensación de poder es
sublime. Mi victoria es TOTAL. Siento algo que no me esperaba. Estoy teniendo
una erección. No una erección total pero sí un despertar de “la fuerza” que me
amorcillona el miembro. Perdóneme, Padre los detalles, pero el perdón total
exige una confesión total.
¡La chica! Le juro
padre que en esos instantes de regocijo me olvidé de ella. Tuve un instante de
narcisismo descontrolado y en consecuencia pequé de orgullo. Inmediatamente la
busco con la mirada. Está inmóvil exactamente en el mismo sitio donde estaba y
en la misma posición. Completamente desnuda excepto por sus zapatillas de deporte.
Me acerco rápidamente a ella y caigo de rodillas a su lado. Veo que tiene los ojos
cerrados, muy cerrados, como si la luz del día la molestase, pero no parece
estar inconsciente del todo. Mueve ligeramente la cabeza y abre y cierra la
boca como si la tuviera seca. Tiene sed, pero decido moverme por prioridades.
Busco su ropa. La
localizo. Una camiseta de color amarillo “fosfi” y unas mallas negras de correr
están hechas un gurruño no muy lejos de donde me encuentro así que la alcanzo mientras
trato de hablar con ella para tranquilizarla. Trato de desenredar el suéter para
poder empezar a vestirla. El maldito suéter no se desenreda. Estoy muy nervioso,
más que en plena lucha y eso me dificulta la labor, además confieso que no
estoy prestando atención a lo que hago. Estoy embobado frente al magnífico
espectáculo de cuerpo que tengo ante mis ojos. Agito la cabeza. Recupero la
cordura. Le pregunto su nombre y me balbucea algo que no sé comprender. Algo
como “Bflafla”. Definitivamente no está inconsciente, pero tampoco está en mi
plano de consciencia, está completamente ida.
Entonces Padre sucedió
algo que cambió el rumbo de los acontecimientos de forma radical. Fue algo que
me salió casi de forma inconsciente, como por costumbre. Una frase, una simple
frase que salió de mis labios y lo cambió todo. Me cambió a mí. Pese a estar invadido
por los nervios y viendo que ella sería incapaz de obedecer, dado el estado de
semi inconsciencia en el que se hallaba, esa frase salió de mis labios con
absoluta naturalidad. No la recuerdo textualmente, sencillamente le pedí que se
incorporara para poder vestirla y sorprendentemente, ella lo hizo. Lo hizo con
movimientos torpes y lentos, manteniendo sus ojos a medio cerrar, pero se
incorporó a mi orden y sin ayuda. Entonces una fuerza irresistible que jamás
había sentido me detuvo y me quedé en un estado de parálisis total, estático
como una estatua, hipnotizado observándola con detenimiento.
Empecé a prestar
atención a algunos detalles. Tenía la cara enrojecida y la piel le sudaba un
poco. Estaba sentada, algo encorvada y tenía los brazos dejados caer entre las
piernas y relajados. Mantenía la cabeza erguida pero lo ojos seguían a medio
cerrar, en conjunto daba incluso un poco de miedo. Su respiración mantenía un
ritmo constante, no frenético. Nada en ella hacía ver que estuviera incómoda o
nerviosa por lo que acababa de pasarle o por el hecho de estar desnuda y
sentada en el suelo frente a mí. No pude evitar admirar el magnífico cuerpo de la
chica. Sus piernas largas y atléticas, sus caderas de dimensiones perfectas
luciendo un pubis perfectamente perfilado y ni demasiado velludo ni totalmente rasurado.
No vi ni un solo gramo de grasa corporal colocado en mal sitio, nada que sobrara
y nada a faltar y sobre todo me fijé en sus pechos. Cuando estaba tumbada en el
suelo no se apreciaban bien pero ahora que permanecía sentada: Señor qué tetas.
A mis ojos dos auténticas maravillas de la naturaleza. No sé cómo puede salir a
correr con ellas sin hacerse daño. Debe usar un sostén de acero que por cierto
no pude encontrar.
Los brazos de ella
no me dejan verlas bien así que le pido que se incline un poco hacia atrás y se
apoye con las palmas en el suelo. Lo hace dejando al frente esas dos
barbaridades desafiantes de la ley de la gravedad. Un suave bamboleo acompasado
se mantiene en los dos pechos cuando ella termina de moverse. De ejecutar mis
órdenes. Mis órdenes Padre. Empujo con suavidad uno de sus hombros, provocando
otro enloquecedor bamboleo pectoral y ella ni se inmuta. Ni abre los ojos, ni
habla. Nada.
En ese preciso
instante siento como todos los pensamientos impuros del mundo acuden a mí en
masa. Imagínese. Tengo una hembra bellísima desnuda a mis órdenes en medio un
huerto de naranjos en mitad de la nada. Pero mi espíritu es fuerte y Dios está
conmigo así que trato de alejarlos, no ceden sin lucha. La lucha es frenética,
pero el bien prevalece y como una mano aparta una pesada cortina, logro al fin apartar
de mi ser estos pensamientos endiablados. Fue en ese momento, Padre, en el que
creo que Dios dio por concluida mi misión y miró para otro lado.
Empecé a vestirla. Su
camiseta de color amarillo fosforescente seguía en mis manos. Se la pasé por la
cabeza y al tratar de tirar de ella para colocársela en el cuerpo rocé
accidentalmente con el codo uno de sus pechos. Me detuve inmediatamente
sobresaltado y separé las manos. La camiseta se quedó dónde estaba, cubriéndole
la cabeza por completo como el capuchón de un ahorcado. Ella no pareció
advertirlo. Podía ver cómo la camiseta se movía al ritmo de su respiración. Estaba
tranquila. Siguió tranquila cuando le rocé ligeramente un pezón con un dedo.
Siguió tranquila cuando me atreví a tocarle ambos pezones alternativamente. Siguió
tranquila cuando tiré de uno de ellos sin apretar demasiado para ver qué
pasaba. Y siguió tranquila cuando me decidí a amasarle un pecho con toda la
mano. Como si una pequeña brecha hubiese acabado por destrozar el muro de
contención de una presa, una masa descomunal de lascivia se desbordó de repente
y me inundó hasta marearme. Los pensamientos impuros acudieron a mí en estampida
sometiendo a mi razón, pero esta vez ni me di cuenta. Bueno en algo sí me di
cuenta. Sentí una dureza de tal magnitud en mis pantalones genitales que bien podría
haber partido con ellos los ladrillos de la acequia a golpes.
Jamás había sentido
nada igual. Nunca había tocado un pecho en toda mi vida ni me había descontrolado
por nada jamás. Creía que la excitación vendría en el momento adecuado con la
mujer adecuada y sin embargo ese momento se plantó ante mí en mitad de un campo
de naranjos con una completa desconocida.
Sigo haciendo
pruebas. Le pido que se ponga en pie y lo hace. Le pido que estire los brazos y
lentamente lo hace. Para mí es evidente que está a mi merced y eso me excita
aún más, tanto que creo que la entrepierna me va a explotar de un momento a
otro. Incluso me siento algo mojado. Retiro la mirada, trato de evitar la
tentación, pero entonces veo a mis rivales, y su sangre, y me excito de nuevo. Todo
me excita ya, incluso dos bestias sin rostro ni decencia tirados en el suelo.
Lo siento, pero
siento que lo que siento es imparable, Padre.
Ignoro cómo se las
han ingeniado esos dos que ahora manchan con su sangre el suelo, pero es
evidente que han conseguido que la chica caiga bajo los efectos de la burundanga.
He leído en Internet miles de historias sobre esa droga que anula la voluntad y
elimina los recuerdos. He fantaseado miles de veces con la posibilidad de
usarla y me he masturbado con esos pensamientos. Ahora sus efectos los tengo
delante y ni siquiera soy el responsable. No lo soy. No la he drogado. La he salvado
como en mis historias de fantasía y desde luego que ahora quiero recoger los
frutos. Es más, creo que en mi mente ya es una consecuencia imparable. Pero,
¿cómo? A diferencia de mis historias, en esta realidad no hay entrega, ni
agradecimiento, no hay voluntad, ni conciencia de estar siendo rescatada. Para
ella ni siquiera estoy ahí. No existo. No tengo, pues, forma de recibir nada por
agradecimiento.
Debo pensar. El
diablo no tarda ni diez segundos en iluminarme el camino. Le aseguro Padre que sus
caminos son más rápidos que los de Dios. La chica permanece en pie alzando los
brazos. Le digo que los baje mientras le espolso con la mano todas las hojas
que tenía adheridas en la espalda y en su increíble trasero respingón. Aprieto
los dientes y resoplo. No me siento caliente, ardo literalmente en la caldera
de Pedro Botero. La agarro suavemente de un brazo y le ordeno que camine justo
hasta el borde de la acequia. Vigilo
constantemente los alrededores para asegurarme de que no hay nadie observando.
No lo hay. Eligieron bien el sitio sus violadores. Coloco mis pies uno a cada
lado de la acequia. Abrazo a “Bflafla” y la paso en volandas al otro lado, al
campo contiguo. Le ordeno caminar unos pasos más. Es una experiencia
terriblemente excitante. Ella se va rozando con todo lo que encuentra a su paso
porque camina a ciegas confiando en mí, su torso desnudo recibe algún arañazo
que no parece advertir. No parece advertir nada excepto mis órdenes. Le digo
que se tumbe y se esté quieta y así lo hace.
Regreso al campo
donde había dejado a los dos tipos muertos o inconscientes tirados en el suelo.
Siguen allí. Si superan las heridas de los golpes no tienen pinta de que vayan
a recuperarse rápido. Voy directo al gigantón de los pantalones bajados. Con un
profundo asco le retiro el condón que ya casi no cubre su miembro flácido y
patético.
No puedo expresar
con palabras lo que se siente al estar en la cumbre del poder, Padre. Imagine. Tengo
a tres personas sometidas completa y totalmente a mi voluntad, puedo hacer con
ellas lo que se me antoje y nadie puede detenerme o convencerme de lo
contrario. Tengo el dominio absoluto de la situación, tengo derecho a hacer lo
que me venga en gana y nadie para controlarme o juzgarme excepto Dios que es el
que me ha puesto en esa situación. Por un instante de mi vida estoy a merced de
mí mismo en un imperio terrenal ausente de normas que no sean las mías.
Normas. Llevo toda la
vida supeditado a las normas. Creadas para sujetar con firmeza los que por nacimiento
se nos concede salvaje. Reglas que estrechan el camino, que ahogan. Normas y
directrices con las que debemos convivir, pero resultan casi imposibles de
cumplir y que como resultado me obligan a vivir en un mundo de hipocresía. Cada
domingo en misa debo soportar estar rodeado de matrimonios cargados de hijos que
fingen ser felices pero que no tienen intimidad desde que engendraron al último
de ellos. Matrimonios castos tras la procreación, algo hipócrita en sí mismo, parejas
que renunciaron al sexo conyugal para evitar tener hijos mientras predican a
los cuatro vientos que se deben tener todos los que mande Dios. Los bancos se
llenan de hombres que muestran orgullosos una imagen social de decencia, matrimonio
y fidelidad cada domingo después de haber visitado el prostíbulo cada sábado. Ramón
Sánchez de Bustaz, felizmente casado con Doña Fina y orgulloso padre de ocho
hijos se cruza miraditas con el hermano de la señora Julia, la de las carnes.
Usted, desde el púlpito nos conmina a prodigar bondades con el prójimo
priorizando a los afines, que es lo mismo que decir que seamos generosos con
todos siempre y cuando no pertenezcan a otro credo. Debemos ser tolerantes con
las ovejas descarriadas siempre y cuando acepten de buen grado someterse a
nuestra Santa voluntad. Somos una feligresía compuesta por gente que peca y peca
sin parar porque la vida no puede vivirse de otra manera y porque saben que
encontrarán la redención cada domingo en misa o gracias al alivio de la confesión
como estoy haciendo yo ahora. Perdóneme, Padre, pero usted mejor que yo sabe
que tengo razón.
Pero de repente me
encuentro allí en medio de la nada, ante los ojos de Dios y por Su voluntad, bienhallado
ante una situación insuperablemente favorable a la liberación, ahíto de excitación,
libre de dudas reclamando internamente mi derecho a ser un hipócrita también.
El mayor de ellos quizá, dejar de ser puro para integrarme entre los míos.
Dice el Señor que vivimos
por Fe y no por vista y a Fe le digo que, aunque fuera el diablo el que tomó
los mandos, fue Dios el que se lo permitió. Si Dios es capaz de abrir paso franco
al mal, ¿por qué razón no habría de poder hacerlo yo mismo? Si permite que la
hipocresía y la falsedad entren con nosotros en su casa y nos abre luego un
aliviadero que es la confesión, ¿por qué no habría de aprovechar yo ese mal hacer
para luego deshacer? Pues claro que lo hice Padre, lo hice.
Es cierto que cuando
la sangre nos inunda el pene se nos vacía de la cabeza. Yo, en ese estado de
excitación no pensaba en las consecuencias y dirigí mis pasos con el preservativo
usado en la mano de vuelta junto a la chica. Le doy la vuelta al preservativo
que acababa de retirar del gigante inconsciente y me lo coloco. Me arrodillo entre
aquellas piernas larguísimas y perfectas y la penetro sin miramientos, sin
cargos de conciencia, sin temores, sin restricciones, sin observar las normas,
liberado. Creo que es lo más sincero y puro que he hecho en mi vida. Quería
hacerlo, podía hacerlo y lo hice sintiendo que no le hacía ningún mal a nadie.
Ella ni se enteró de
mi intervención, Padre. Alteró apenas su ritmo respiratorio. En parte fue culpa
mía porque duré bien poco. Me descargué en ella tan rápido que estoy seguro de
que no le dio tiempo ni a sentirlo, tales eran mis ganas. Así que cargado de
ellas y deslumbrado por mi propio espectáculo, lo volví a hacer. Volví a
hacerle el amor porque estaba seguro de que jamás volvería a hacérselo. Me
equivocaba. Aún tuve fuerzas para hacerlo una tercera vez. En esta última me
demoré como unos treinta minutos. Me regocijé viéndome a mí mismo encima de
ella, montándola sin remordimientos. Estaba tan asombrado que no me lo podía creer
y necesitaba verlo una y otra vez. Tomaba lo que era mío. El descanso del
guerrero. La copa de la victoria, la recompensa del héroe.
Decidí no seguir
tentado la suerte y di aquel circo de violencia y sexo por terminado. Ni
siquiera sé cuánto tiempo empleé allí. No soy idiota Padre, y aunque mi mente
se descontroló por la excitación al final, antes tuve tiempo de planificar
rápidamente mis actos pensando siempre en las consecuencias. Escuche: el condón
estaba hasta los topes de mí. Era imposible seguir usándolo así que lo anudé y
me lo guardé en el bolsillo interior de mi pantalón de deporte. Si alguien
analizaba a la chica por dentro encontraría el material genético del capullo de
los pantalones bajados ya que fue con esa intención con la que le di la vuelta
al condón antes de usarlo. Voy rasurado al cien por cien, por lo que ni un solo
pelo mío acabará enredado en su vello púbico, esto es pura casualidad ya que
hace un tiempo se puso de moda y uno nunca sabe cuándo va a tener que
desnudarse delante de alguien. La cambié de sitio antes de penetrarla para
evitar que la policía siquiera detecte que ha habido “otra” violación que no
sea la que yo interrumpí. No llevo el móvil cuando salgo a correr por lo que
tampoco pueden rastrearme así. Es imposible que la chica me reconozca ya que
nunca hemos hablado y no me ha visto la cara. No la besé, no la chupé por lo
que es poco probable que encuentren restos fiables de mi ADN por ninguna parte
y aunque lo hicieran ni estoy fichado ni muy posiblemente lo esté jamás, con lo
que no pueden compararlo con nada. En cuanto a los dos desgraciados ni me han
visto ni me preocupa ya que sé que la mente que cae inconsciente por un
traumatismo olvida al menos los veinte o treinta segundos anteriores al trauma.
Eso suponiendo que recuperen la consciencia algún día. No siento nada por ellos
porque para mí no son nada, son basura. Si logran despertar y volver a hablar,
es poco probable que nadie les crea ya que todo el mundo supondrá que dirían
cualquier cosa con tal de salvarse.
Todo controlado.
Levanté de nuevo a
la chica. Haciendo lo mismo que hice a la ida, la espolsé y la devolví al lugar
donde estaba tumbada por primera vez junto al gorila descalabrado. Tuve cuidado
de dejarla exactamente en la misma posición. Verla de nuevo allí, indefensa
casi me excita de nuevo. Me fijé que ahora tenía toda la piel de gallina. Quizá
empezara a sentir los efectos de estar inmóvil y sin ropa tanto tiempo, quizá
la droga empezara a disiparse. No lo sé y no pensé demasiado en ello. Recogí el
ladrillo, luego el pantalón de la chica y lo arrugué para que me cupiera en la
mano, le amasé un seno a la chica por última vez para asegurarme que no respondía
y al ver que no ocurría nada di un tirón a la camiseta que hacía las veces de
capuchón para quitársela. Allí estaba esa cara perfecta inmutable como si nada
hubiera ocurrido. Con los ojos medio cerrados y casi en blanco, los mofletes
enrojecidos y boqueando todavía por la sed.
Me voy de allí con
su ropa y el ladrillo por donde había venido. Apoyo un pie al borde de la acequia
para saltarla y siento algo bajo el pie que cruje de forma característica.
Levanto el pie y veo el caracol que me marcó el lugar del ladrillo del Señor
convertido en un amasijo de babas, trozos de su propia concha y vísceras. Hace
un instante llevaba una vida plena y feliz y ahora no existe, sólo es un
amasijo asqueroso de sí mismo.
Perdóneme, pero
antes dígame, ¿Está el mal en el acto en sí o en sus consecuencias? Quiero
decir, ¿hay mal si no existen malas consecuencias? Si soy infiel a mi mujer y
ella nunca lo averigua y muere feliz convencida de mi fidelidad. ¿Hay mal en ese
acto que no causa daño alguno a nadie? Por lo que yo sé, esa chica nunca, jamás,
sabrá que yo la violé tres veces. A todos los efectos yo nunca he estado allí.
Todo su dolor se enfocará contra esos dos capullos que quedaron allí junto a
ella. No causé daño alguno salvándola pues esos dos merecían las pedradas que
les día y algunas más, hice bien. No causé daño alguno al tocarla o al violarla,
ella no se enteró. Para ella no existo, nunca estuve allí. Si no fuera por el
contexto, ella nunca sabría de lo ocurrido. Al despertar no recordará
absolutamente nada. Es más, si yo la hubiera rescatado y avisado a la policía
habría tenido que confesar que vi al tipo enorme violarla por lo que tendría la
certeza de haber sido agredida y tendría que soportar ese dolor, pero ahora
quizá nunca lo sepa o no esté del todo segura. Quizá piense que esos dos se
pelearon antes de violarla y que no llegaron a hacerlo. Quizá no queden rastros
detectables en ella que certifiquen una penetración. Imagine que le hubiera
ocurrido en el sofá de su casa. Ella cae inconsciente drogada, yo entro, me la
beneficio y me voy. Ella se despierta y simplemente cree haber tenido un sueño
húmedo irresistible y repentino. Nada. No hay daño.
Viéndolo ahora, creo
que en cuanto Dios se dio la vuelta y dio por concluida mi misión, el diablo
agarró los mandos y me sedujo, pero le salió el tiro por la culata.
Desde ayer, vivo
convencido de que el barco del mal no llega a puerto no es por contención, es
por falta de oportunidad y asunción de consecuencias. Si ambos fallan, el mal atraca.
El ser humano es vil por naturaleza, necesita normas para contenerse, pero esas
normas implican represión. Cuando la represión contiene al sexo, se convierte
en acicate de la depravación. Nadie con poder absoluto se convierte en ángel,
todos se convierten en bestias. Sin normas ni consecuencias somos depredadores
de nuestros semejantes. Es el diablo el que no hizo a su imagen y semejanza y
como no nos gusta, nos normalizamos. Pero ayer el diablo se fue al diablo
porque sin normas ni consecuencias caí en la depravación de mis instintos
reprimidos, sí. Cacé y depredé a mis semejantes, sí. Pero toto el mal que va a
producirse por esa situación no puede atribuirse a mi persona. Todos los
traumas que le quedan por pasar a esa víctima serán a consecuencia de dos
idiotas que la drogaron y violaron y que han empezado a recibir su merecido. Yo
pasé por allí y me introduje en medio del proceso ya iniciado y me fui de él
antes de causar consecuencias. Entonces dígame, Pater ¿podrá perdonarme el daño
al prójimo que no hice?
Cisnerius
No hay comentarios:
Publicar un comentario