sábado, 14 de diciembre de 2019

Mi nombre es Alberto y escribo esto desde la cárcel. Recibo tratamiento psicológico y psiquiátrico por decisión de un juez. Esta carta es parte de mi rehabilitación. Mi psicólogo dice que necesito "liberarme". Dudo que salga de aquí vivo, así que supongo que esta es mi única opción.

Mi psicólogo dice que estoy avanzando mucho en mi terapia. Mi psiquiatra en cambio, me ha subido la medicación. Creo que quieren tenerme controlado, y lo entiendo, de alguna manera, yo hago del mundo un lugar mejor.

Desde hace aproximadamente un mes, duermo del tirón por primera vez en años. No estoy loco. Ahora que duermo a pierna suelta, ¿Será que estoy empezando a ser como los demás?

En el colegio, cuando los otros niños jugaban entre ellos, yo siempre me quedaba a un lado. Mientras tanto, ellos se metían conmigo a todas horas. Nadie teme a lo que no vale nada.
Yo solía pegarme con todos ellos sin pestañear. Disfrutaba dejando algún ojo morado o saltando algún diente. Nadie iba a conseguir doblegarme. Además, nada de lo que esos enanos bastardos pudieran hacerme iba a ser peor que lo que me esperaba en casa.

Nunca me he sentido parte de nada. En cambio ahora, aquí, escribiendo esto, me siento parte de todo. Por fin me han reconocido como lo que soy. Poderoso. Inmenso. Eterno.

A veces creo que no soy más que una víctima de esta sociedad. Víctima de gentuza como mi psicólogo, los niños de mi colegio, mis padres, mi jefe, mis novias. Víctima de esa gente que va por la vida con la cabeza bien alta esparciendo sus mierdas morales allá donde van. Creyéndose mejores que tú. Más listos que tú. Más guapos que tú. Como si lo suyo valiera más.

Otras veces me siento un Salvador. Soy su redención. Se sienten mejores personas gracias a mí.

Me gusta leer, el buen vino, la carne poco hecha. Las conversaciones incómodas. La oscuridad, el sexo duro, y la sangre. Me gusta la soledad. Mi problema siempre son los demás. Los demás y su dedo acusador.

Mi psicólogo dice que debo controlar mi ira. Que no siempre puedo salirme con la mía. Salirme con la mía dice, el muy cabrón. Como si yo fuera un niño caprichoso y consentido. Llevo cabeceando y controlando mi ira desde que era pequeño. Mi padre me enseñó mucho sobre eso. Me pegaba unas palizas brutales cada vez que llegaba a casa borracho. No tengo hermanos, y no tenía mucho donde elegir. Cuando cambia el tiempo, aún puedo sentir el dolor de las cicatrices que me dejaron sus palizas. Empiezan a picar como mosquitos en verano. A veces no soporto el picor. Me rasco y me rasco y la sangre vuelve. Cicatriz sobre cicatriz. La historia de mi vida.

Cuando cumplí los 12 años se acabaron las palizas. A mi padre le dio un ictus y se quedó en silla de ruedas. Vi una oportunidad para vengarme de él. Cada día le repetía lo mismo "te vas a morir cabrón, pero todavía no". Una vez leí en internet que si golpeas a alguien con una toalla mojada no dejas marcas. Es cierto. Lo probé por primera vez con el hijo de puta de mi padre. Los puñetazos en las costillas también funcionan. Pero no los recomiendo en alguien que tiene dificultades para respirar. Aquel día me tocó llamar a urgencias. Temí que muriera, aún me quedaba mucho camino por hacer, así que nunca volví a golpearle en las costillas. También se puede usar un libro grueso tipo listín telefónico. Las quemaduras de cigarros, aunque dejan marca, si las haces en la lengua de alguien que no puede hablar, son dolorosas e invisibles. Sobre todo cuando hay que darle de comer. Yo me ofrecía a darle de comer a menudo, y siempre solía mearle antes en la sopa. Cuando ya empecé a cansarme de todo aquello, volqué su silla de ruedas escaleras abajo. Rodó como un dummie y cayó de bruces contra el suelo. Yo empecé a gritar pidiendo ayuda, y los vecinos salieron corriendo a ayudarme. La ambulancia apareció en cuestión de minutos. No murió, pero se fracturó un par de huesos. Bienvenido a mi mundo papá. Me jodió que no la palmara, no iba a poder repetir la misma jugada dos veces, habría sido sospechoso. Tendría que dejar que el tiempo hiciera su trabajo. Mientras tanto, seguí torturándole cada vez menos. Mi madre nunca preguntaba pero creo que tenía ligeras sospechas. Contrató a una mujer que cuidaba de él entre semana y no solía dejarnos a solas. No me importó demasiado. Ese cabrón recibió lo suyo durante unos cuantos años. Me habría gustado estrangularlo, pero no me lo pude permitir.

Cuando cumplí los 15 años mi padre murió. Ya era hora hijo de puta. Nos quedamos mi madre y yo solos. Estupendo. Ella era una don nadie y mientras tanto yo hacía lo que me daba la gana.

La primera vez que me fui de putas con 16 años fue una experiencia absolutamente reveladora. Yo había tenido alguna amiga antes de aquello, pero nunca había conseguido pasar de tocar una teta. Aquel día, con aquella puta, tuve la experiencia sexual más satisfactoria de mi vida hasta entonces. Yo fantaseaba con perder la virginidad, y ella cumplió con mis expectativas sobradamente. Aunque jamás antes habría pensado en pagar por tener sexo, el hecho de que esa mujer hiciera absolutamente todo lo que yo le pedía me excitó sobremanera.


 Esto es lo que tengo hasta ahora. Sinceramente, me parece una auténtica mierda. Pero sé que me queréis igual. Jaja. Gracias por leerme. 

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