Cuelgo aquí hasta donde tengo escrito. Me faltan aún algunas cosillas antes de llegar al final, que es el trocito que os leí el otro día, pero es que me está costando un montón. Está sin corregir ni nada, estará fatal.
*
Está oscuro y hace mucho frío, estoy recorriendo un pasillo. Puedo ver el final pero no sé dónde empieza. Estoy en una casa que me resulta familiar pero como si hubieran movido todas las habitaciones de su sitio. Es de día y aunque las ventanas son bastante grandes apenas entra la luz. Se escucha “Kooks” de David Bowie, el sonido llega desde una de las habitaciones y rebota entre las paredes vacías de este lugar hasta perderse en el pasillo oscuro del que vengo. Will you stay in our lover’s story?. “Hunky Dory” es el disco favorito de Miguel. Se escucha una risa, es él pero hay alguien más. De repente, por primera vez desde que he entrado aquí, siento miedo y se me doblan las rodillas. Echo a correr buscando la estancia de la que provienen las risas y me doy cuenta de que en toda esta casa, que parece infinita, no hay un solo espejo. Escucho una luz tenue y veo ruido. Cuando llego allí me encuentro a Miguel, está con una mujer que me da la espalda. Will you stay in our lover’s story?. If you stay you won’t be sorry.
Abro los ojos. Fuera llueve y hace tanto viento que la ventana de la habitación se ha abierto de golpe. Tardo unos segundos en darme cuenta de dónde estoy. Miguel está a mi izquierda, tan profundamente dormido que ni se ha dado cuenta. Está entrando el agua dentro y me levanto a cerrar la ventana que es vieja y de madera. Tan solo han pasado dos días desde que estamos aquí. Las mudanzas siempre me ponen triste. Se suele decir que la gente que se traslada a menudo tiene dificultades para echar raíces pero yo ya le digo a la gente que en mi barrio hay una cantidad increíble de fruterías, los vecinos son estupendos y en la cafetería de enfrente hacen un café buenísimo.
—¿Qué haces ahí de pie?
—El viento ha abierto la ventana. Habrá que cambiarlas, son viejísimas ¿te he despertado?
Pero Miguel ya está roncando de nuevo. Me meto en la cama y enrosco mis pies fríos entre los suyos. No puedo dormir con los pies fríos o el estómago lleno, tengo pesadillas.
Suena el despertador de Miguel, es muy temprano. Yo todavía podría dormir un par de horas más pero me levanto todos los días con él para desayunar y antes de irse se despide con un beso en la frente. Hace un par de meses decidí dejar mi trabajo para dedicarme a escribir. Ahora tengo mucho tiempo para ello, un pequeño estudio y una fecha límite para entregar el manuscrito. No he conseguido escribir una sola palabra desde que llegamos aquí. Me siento en el suelo de mi estudio, de mi habitación propia. Como escritora milenial no escribo desde una buhardilla con una máquina vieja y la tuberculosis pero esta habitación está vacía y a medio pintar , mi ordenador es ya del dosmiltrece y creo que estoy incubando una gripe. Nada, ni una palabra. Me paseo un rato por la casa, la recorro entera de principio a fin. Mi parte favorita es el recibidor porque es grande y luminoso y tiene un enorme espejo justo en la puerta. Mi madre siempre decía que era el lugar perfecto para tener un espejo porque hace que las malas energías reboten hacia fuera. Caminar con los pies descalzos me provoca ganas de mear, voy al baño y cuando acabo me quedo allí, sentada en la fría taza observando los azulejos. Los azulejos de los baños son como las nubes, si te fijas y le echas imaginación puedes encontrar rostros. En el azulejo que tengo justo enfrente las manchas forman un rostro triste y grotesco y ese patrón se repite en todos y cada uno. Cuando salgo un poco de mi ensoñación me doy cuenta de que bizqueo y se escucha una canción, al principio es imperceptible pero pasado un rato oigo con claridad y logro reconocerla. Es “Girl, you’ll be a woman soon” de Urge Overkill, la conozco porque forma parte de la banda sonora de Pulp fiction, mi película favorita y también la de Miguel. Parece que proviene del piso de arriba, me quedo allí hasta que la escucho terminar.
Hace frío, otra vez el pasillo oscuro, veo el final pero no el principio. La casa sin espejos, “Kooks” de David Bowie, Miguel y esa mujer cuyo rostro no veo. Tienen el tocadiscos en marcha. Una náusea me recorre el cuerpo. Empieza en la punta de los dedos de mis pies descalzos y termina en mi esófago. Quiero gritar pero cuando abro la boca no emite ningún sonido. Miguel me ha visto, veo terror en sus ojos pero ni rastro de culpa. La mujer se gira hacia mí, le miro a los ojos, está ahí pero no puede ser. Cuando abro los ojos sobresaltada Miguel ya no está, el reloj marca las doce del mediodía, he perdido toda la mañana. Entro al baño a mear y me quedo allí un rato. Todavía estoy adormecida, las caras largas de los azulejos me dan los buenos días. Me miro al espejo, tengo un aspecto horrible. Arriba sin embargo parecen haberse levantado con buen pie porque se escuchan risas y acto seguido el agua corriendo en la ducha. Estoy apunto de cruzar la puerta cuando oigo un gemido y aunque quiero quedarme a escuchar me marcho. Fuera de ahí ya no se oye nada, como si mi cuarto de baño perteneciera a otro espacio-tiempo. En el resto de la casa el silencio es denso, casi tangible. Me siento en el suelo frío de mi estudio, me estoy ganando una infección. Pero el silencio pesa tanto que no me puedo concentrar y mi ordenador del dosmiltrece todavía tardará un rato en encenderse. Voy a la cocina, cojo un vaso de cristal y vuelvo al cuarto de baño. Pego el vaso a los azulejos y mi oído al vaso. Me reconozco, sorprendida, en el gesto de una niña que espia a sus padres a través de las paredes. Cierran el grifo, la función ha terminado.
Abro las cajas de los libros, entre Miguel y yo sumamos seis cajas. Hemos comprado unas estanterías de IKEA para colocarlos en nuestro largo pasillo a modo de pequeña biblioteca. Quisiera llenar la casa de espejos y flores y libros, pero siempre olvido regarlas y se me mueren. Miguel tiene la manía de comprar libros por Amazon para después no leerlos. Siempre que va a comprarse uno nuevo le digo que se lea primero alguno de los que ya tiene pero no escucha. Para cuando termino de colocar los libros ya ha anochecido lo que quiere decir que no tardaré en oír el tintineo de las llaves de Miguel abriendo la puerta. Entro en mi estudio y apago el ordenador.
El frío, el pasillo, la casa sin espejos, “Kooks” de David Bowie, Miguel y la mujer del rostro aterrador. Suena el despertador, Miguel se levanta intentando no hacer ruido pero siempre anda dándose golpes con todo. Yo me levanto unos minutos después y me siento en la mesa de la cocina mientras Miguel sirve el café.
—Ponte calcetines, siempre andas por ahí descalza y en esta casa hace mucho frío.
—Son las ventanas, son muy viejas y filtran toda la humedad. Hay que cambiarlas.
—Esto es Valencia, la humedad no se filtra, está en todas partes. Ponte calcetines, después tienes pesadillas.
—Sí, últimamente sueño mucho con una casa que no tiene luz, ni espejos, ni muebles y suena esa canción... —pero en realidad no quiero hablar de ello así que empiezo beberme el café.
—Deberías escribirlo —Miguel da un último sorbo rápido de su taza, se pone el abrigo y me da el beso en la frente de las mañanas— Ponte calcetines, te vas a resfriar.
Me dirijo a mi estudio pero me paro en la puerta, no quiero entrar ahí dentro donde me espera mi portátil del dosmiltrece que cada vez funciona peor de no usarlo. Por el rabillo del ojo veo la puerta del cuarto de baño que está ligeramente cerrada y me pregunto qué estarán haciendo mis vecinos de arriba. Entro y el vaso de cristal que cogí ayer sigue ahí puesto bocabajo en la orilla de la bañera. Pego el vaso a los azulejos y el vaso a mi oído. Puedo escuchar una cafetera que burbujea, jazz y el golpear de un zapato al ritmo de la música. Ella, porque tiene que ser ella, está sola hoy. Parece que todos los días se levante de buen humor. Me miro de soslayo en el espejo, yo siempre tengo muy mal aspecto por las mañanas. Pienso en ella, en el grosor de sus cejas, el tamaño de sus manos y en la talla de sus zapatos. En cómo será su cara cuando le da el sol en los ojos, le pegan un empujón o alguien se le cuela en la caja del supermercado. Dejo el vaso de cristal y como envuelta en un trance cojo mi ordenador y me meto a escribir en la bañera.
miércoles, 11 de diciembre de 2019
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