lunes, 4 de noviembre de 2019

Cinco minutos en mi barrio


Cuando cumplí quince años perdí mi poder. Se desvaneció igual que había aparecido al cumplir los siete. Podía parar el mundo durante 5 minutos. Yo vivía en un barrio popular, en el que todo el mundo se conocía. Era como un pueblo en miniatura, con su iglesia, su mercado y su Casa de Socorro. Al principio no fui muy consciente de las posibilidades que se abrían ante mí, sucedía de repente. Yo era una cría y aprovechaba esos minutos para llenarme los bolsillos de dulces en la confitería o para robar tebeos. Pero pronto me di cuenta de que podía disponer a voluntad el momento exacto en que sucediera. Eso me permitió organizarme e ir cambiando de sitio cada día. Decía mentalmente “ahora” y Carmen permanecía con el gesto de la mano congelado explicando algo a una vecina, Mari-Sara se quedaba con el codo empinado dándole un trago a la botella de vino que llevaba a casa para la comida y Pura posaba con el dinero que le había dado una clienta en una mano y en la otra la bolsa de manzanas. Observar ese mundo en suspenso era apasionante. Daba vueltas alrededor de la gente, me acercaba a ellos para mirarlos de cerca, los tocaba sin que reaccionaran, pero hacer siempre lo mismo terminó cansándome, así que decidí divertirme un poco. Empecé a cambiar cosas de sitio. En el mostrador del carnicero puse barras de pan y al día siguiente grandes trozos de carne aparecían en el mostrador de la papelería. El monedero de Concha se intercambiaba con el de Tino. Las llaves no funcionaban y nadie podía entrar en sus casas. Y las cartas se mezclaban en todos los buzones del barrio. La gente estaba irritada, desorientada, reñían unos con otros y nadie era capaz de aclarar lo que pasaba. Yo acabé por arrepentirme, lo que hacía no estaba bien. Por eso, desde ese momento, durante esos cinco minutos, año tras año, me dediqué a ser la justiciera del barrio. Entraba en la carnicería, en la droguería, en el bar y cogía dinero de la caja, o bien robaba el monedero de los más ricos y todo lo que conseguía lo metía en los bolsillos de la gente con más dificultades. Como sólo tenía cinco minutos lo iba haciendo poco a poco, así se notaba menos. En Navidades dejaba en las puertas de algunos niños juguetes y libros de cuentos, en plan Papá Noel. Me sentía orgullosa de lo que hacía, como si fuera un trabajo. Pero tengo que confesar que algunas veces caí en la tentación de fastidiar a algunas personas. Porque es que hay gente odiosa que no se merece lo que tiene.  Por ejemplo, la señora Rita nunca fue capaz de encontrar sus joyas, que enterré en una maceta de su jardín. Y los padres de Rosita y María nunca se pudieron explicar por qué las trenzas de sus hijas aparecían cortadas sistemáticamente en cuanto les crecían. Bueno, también hubo otras cosillas que no voy a contar ahora, nada grave.

1 comentario:

  1. Yo diría "Ostras Pedrín", acabo de leer tu relato y cuantas coincidencias 7 años, tebeos, Iglesia... me ha gustado

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