CINCO MINUTOS DAN MUCHO JUEGO CON LOS TIEMPOS QUE CORREN
Estoy en la sala del dentista. Lo que me gusta de esta clínica es su puntualidad, faltan cuatro minutos para que sean las tres y no he comido. Bueno no pasa nada, merendaré. En la recepción tienen una figura de Tintín de cartón piedra medirá unos setenta centímetros, le da un aspecto jovial a sus paredes color gris piedra. ¡Oh no! se acerca hacia mí él, con un historial en la mano, su mirada me pone nerviosa. ¡Mecachis!, siempre me suele tratar Ángela, Ester… pero él me altera. No sé cómo se llama, pero es guapo el condenado. Una hora, una hora es lo que dura toda la visita y claro lo tienes a un palmo de tu cara y tú con la boca abierta y mirando sus ojos casi verdes, las cejas, sus labios… ¡Uf! Sé que lo sabe, noto cierto juego en su mirada. Ya ha pasado una media hora, miro el reloj enooorme que hay en la consulta enfrente de mí. Lo voy a hacer, lo voy a hacer, no me puedo resistir. Lo he hecho. He parado todo lo que tiene vida y me rodea. Lo beso, lo vuelvo a hacer, sus labios no se mueven, están inertes, guardan el calor, pero no hay movimiento. Le paso la mano por la cara, noto en el tacto esa media barba, casi rasurada que sombrea la cara en su punto justo. Vuelvo a mi posición primitiva y me quedo a la espera ¡qué cinco minutos más largos se me han hecho! No ha habido emoción. Al momento todo continúa como si nada, el reloj inicia el movimiento de su segundero, tac, tac... él sigue con sus utensilios y yo con la boca abierta me pierdo retrocediendo en el tiempo.
Pienso la primera vez que me ocurrió o que fui consciente de lo que puedo hacer. Porque puedo parar el tiempo durante cinco minutos, solo una vez cada día. También no hacerlo en temporadas. Pero no puedo repetirlo más de una vez en esas veinticuatro horas. No sé describir del todo como lo hago, es como cuando ves una estrella fugaz por la noche y pides un deseo, pues eso.
Tenía siete años, estaba en la Iglesia. Siempre que estaba en la Iglesia me entraba jaqueca, el olor a incienso, la falta de oxígeno con tanta gente, no sé. Yo sufría esos achaques continuamente, formaban parte de mí. Pero ese día se estaba pasando de rosca, tenía ganas de vomitar.
Voy a vomitar. Deseo que se pare el tiempo y que no me vea nadie hacer algo tan desagradable, me moriría de vergüenza. Y de repente todo el mundo deja de moverse, hasta la luz de las velas del altar no hacen movimiento alguno. Y corro hacia un rincón y de mi boca sale una bocanada de fluido desagradable y maloliente. La cabeza me pincha en las sienes y cuando parece que algo va a explotar en su interior empieza a ceder el dolor.
Volví a mi asiento y todo el mundo empezó a actuar natural. Yo no entendí nada. Hasta que formó parte de mí y con el tiempo me aproveché de ello. Me gustaban los tebeos, era una obsesión leer y tener aventuras en mi interior, fuera con la gente, no entendía muchas cosas, no me divertía. Leía tan rápido que se me agotaba la lectura enseguida, entonces iba a un quiosco pequeño que había en la esquina, donde se podían comprar y cambiar tebeos. Allí estaba la dueña, gorda, con un moño enrollado en la nuca en espiral, pelo grasiento, controlándolo todo, para que no cogieras nada. Tenía varios montones de tebeos para cambiar. Los montones se dividían de más nuevos a más usados, con distintos precios, de más a menos. Yo no llevaba normalmente dinero, así que paraba todo lo que me rodeaba durante los cinco minutos y me cambiaba yo misma mis tebeos. No me decidía. Hoy cojo el del Capitán Trueno, parece ser que ya es de noche y junto a Crispín y Goliath van a dormir los tres en una tienda de campaña, la Reina Sigrid reina de la Isla de Thula dormirá en otra sola. Claro, no pueden dormir juntos todos, ninguno está casado con ella. También cogeré a Roberto Alcázar y Pedrín, viajan mucho y mientras investigan ven ciudades maravillosas por todo el mundo.
Delia
6 de noviembre de 2019, bueno ya es la 1h es día 7
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