13 de abril de 2020
UNA VUELTA EN VESPA
Ella sabe que no es invisible para él.
Juan, el amigo de su padre siempre la saluda, tiene palabras amables para ella.
Al despedirse, le presiona la mejilla con los nudillos de sus dedos, a veces
con las dos manos. Es un pellizco que no le hace gracia, le hace daño. Espera
que termine pronto, aunque le parece que cada vez dura más.
Cuando se lo comenta a su padre, éste
contesta que a veces los adultos no calibran la presión de los dedos.
Juan se despide de ella con una sonrisa,
le da esperanzas al decirle:
- El próximo día, si vengo con más
tiempo, te daré una vuelta en la Vespa.
Pero ese día no llega nunca, ya han
pasado muchos.
En realidad, solo le ha dado una vuelta
a la manzana y ya hace tiempo de eso. Fue toda una aventura. Se acuerda del día
en que Juan trajo la vespa por primera vez, para que la viera su padre.
-Recién sacadita del concesionario,
mira, Manuel.
Todos salieron a verla, incluidos su
madre y su hermano.
También ella. Tan reluciente. Incluso
algunos vecinos que pasaban se pararon a mirarla.
Aún cree escuchar el ruido de su motor,
cuando Juan hacía girar el manillar y parecía que iba a salir disparado.
Y de repente, la miró, la alzó y allí
ella estaba sentada detrás de él en la moto. No sabía si gritar, temió caerse
pero estaba muy contenta. La había subido a la vespa sin pedírselo.
Sintió que perdía el equilibrio, que sus
pies no llegaban a ningún lado y se agarró muy fuerte como él le pedía.
Sus pequeñas manos no abarcaban su
cuerpo y él las cogió y las puso más abajo de la barriga para que ella pudiera
sujetarse mejor.
-¿Quieres que te dé una vuelta?
La niña miró a sus padres, la madre dijo
No, pero el padre dijo solo una y con mucho cuidado
-Agárrate bien, hija, no vayas a caerte,
te harías mucho daño.
Doblaron la esquina, mientras todos de
pie les miraban.
Ella se sentía tan importante. El pelo
largo se hizo todo hacia atrás como en las películas cuando sopla el viento. Él
tumbó la vespa un poco hacia un lado, ella creyó que se caía y se puso muy
recta. Él le dijo que se apretara más a él, que no se enderezara porque podía
perder el equilibrio, que él nunca iba a dejar que se cayera.
Y las cuatro esquinas que rodean la
calle se convirtieron en una aventura.
Cuando aquella tarde, Juan apareció por
casa, volvió a soltar la misma frase.
-
El próximo día, si vengo con más tiempo, te daré una vuelta con la Vespa.
Su padre volvió la mirada hacia su amigo
y le sonrío.
Mientras de espaldas, recogía la
chaqueta para salir, Juan se acercó a la niña y le pidió la mano. Ella se la
dio, y él le puso la palma hacia arriba y la quemó con el cigarro mientras la
miraba a los ojos.
Ella gritó, sorprendida y llorando, fue
en busca de su padre.
- Papá, Juan me ha quemado en la mano
con el cigarro.
Su padre le miró la mano.
-Seguro que ha sido sin querer.
-No, lo ha hecho aposta.
Pero su padre insistió. Seguro que había
sido ella quien había tropezado con el cigarro encendido.
–Es que no paras, siempre gesticulando y
moviendo las manos.
Ella siguió llorando, cada vez con
más fuerza, ahora de rabia; se miraba la mano, aquel redondel que se había
formado y que tanto le escocía.
Su madre entró en ese momento. Se acercó
a ella, le tomó la mano y le sopló despacio, dirigiendo el aire a la herida.
-¿Qué ha pasado?
La niña entre sollozos le explicó lo
sucedido. La madre primero miró a Juan, que tenía su eterna sonrisa en la boca,
luego a su marido que se encogió de hombros y que le hizo un gesto a Juan de
salir.
La niña vio a los dos hombres alejarse
en alegre conversación.
Pero antes de girar la esquina, Juan se
volvió, la miró y le sonrió de tal forma que algo le rompió por dentro, no supo
bien qué.
“Siempre me va a creer a mí, tú eres demasiado
pequeña”; dijo la voz de Juan dentro de su cabeza.
Y manteniéndole la mirada, se dijo,
“Nunca subiré más en tu Vespa, haces trampas”.
La madre habla por la noche en la cama
con el padre, sobre lo que ha pasado, el padre dice que no hay que hacerle caso
a la niña, que Juan es un buen hombre, que está solo, que le gustan los niños y
que tiene predilección por la hija porque la ve siempre tímida, triste y le
gusta provocarle sonrisas. La niña los escucha, está asustada.
-Venga Emilia, vamos a dormir, no le des
más vueltas a lo que ha pasado –le dio la espalda agarró la sábana y la manta
con la mano para taparse y al poco rato su respiración se oyó con un ligero
ronquido.
Al día siguiente cuando el padre volvió
del trabajo, la niña como cada día, se subió a las rodillas de su padre.
El padre la miró, se
puso en pie y bruscamente, a la vez que la dejaba en el suelo, le dijo:
-Bájate, rápido, bájate.
-¿Por qué? –dijo la niña.
-Ya eres mayor para hacer eso. Ya has
tomado la comunión.
La niña se puso a llorar, no se atrevía
a mirar a su padre, estaba enfadada. Se acercó a su madre buscando consuelo.
Pero ella, mirando a su hija que se había abrazado a sus piernas y con las
manos puestas en jarras, solo dijo:
-Recoge los deberes de la mesa, que
vamos a cenar.
Una tarde Juan asomó la cabeza por la
puerta para ver si estaba Manuel. Emilia le dijo que había ido a un recado pero
que volvería enseguida, le ofrece que se siente e inicia una conversación.
-Juan, no quiero que te acerques a mi
hija
-Oye Emilia ¿no pensarás que lo que pasó
el otro día no fue sin querer? Esa hija vuestra tiene mucha fantasía, siempre
leyendo, tan seria, la mirada perdida y observándolo todo.
-Yo ya te he avisado –se levantó, lo
dejó solo en la sala, se puso el delantal y se dirigió a la cocina.
Al poco rato el padre entró con su hija
de la mano, la niña al verlo se soltó y fue a donde estaba su madre. Manuel
saludó a Juan y juntos salieron a la calle.
Emilia no se había percatado que estaba
allí. La niña se quedó mirándola, le llamaba la atención cuando la veía hablar
fregando los platos dirigiéndose a esa pequeña ventana cuadrada que estaba a la
altura de su cara.
-No lo soporto, con su bigotito, su
sonrisa, quien le puso Juan sabía lo que hacía.
-¿Y yo?, no puedo tener amigas, no me
fio de nadie y con el tonto este de Manuel, que solo vive para ir con los
amigachos al bar.
-Ahí sí que está de buen genio, todo
son bromas, fanfarrias, gastar dinero y arreglar el mundo desde la barra.
-La
noche ayer se me hizo muy larga, ésta no para –se tocó la cabeza-
-Lo
sé, nunca me han gustado los niños, pero estos son míos, carne de mi carne, esa
niña… y mi hijo el mayor, que es tan guapo.
-Nada,
nada, los tengo que sacar adelante, tienen que ser unas personas de provecho
-Además
no me gusta Juan y menos como me mira, pero claro como para decírselo a Manuel,
con lo celoso que es.
-Es
capaz de pensar que soy yo la que lo provoco.
La niña hizo ruido con la silla, la
madre volvió la cabeza hacia ella, secó sus manos y se fue al cuarto de baño
sin casi mirarla.
Sin pensarlo, cogió la silla en la que
estaba sentada, la acercó a la pila, se subió, pero no llegaba a la ventana.
Tuvo que encaramarse a la pila, guardar el equilibrio y se asomó.
-¡Anda! no es una ventana, es un
espejo.
Se quedó callada con su descubrimiento,
no entendió nada.
Llegó la primavera y los dos niños se
contagiaron de varicela. El hermano se pasaba el día quejándose que le picaba
todo, no paraba de llorar y reclamaba toda la atención. La niña, viendo a su
madre agotada, intentaba no quejarse, además había cogido un regustillo a
rascarse, le daba cierto placer y a veces no podía parar. La madre empezó a
reñirla, las pupas se estaban infectando, así que la niña se rascaba allí donde
la vista de la madre no alcanzaba: en los pies, en la parte interna de los
tobillos. Luego se subía los calcetines y ya está. Todas las noches seguía el ritual,
se quitaba las costras secas y se rascaba.
A los pocos días, la madre la llamó, los
calcetines que había lavado tenían unas manchas como de sangre y agua sucia. Le
dijo que se los quitara y le enseñara los pies. Uno de ellos, el izquierdo
tenía tres o cuatro pupas, el derecho era como una pulsera llena de úlceras. La
llevó al médico que lejos de reñir a la madre, le hizo una advertencia a la
niña: si seguía rascándose, tendrían que cortarle el pie. La niña se asustó.
Luego le dio unas pautas de cura a la
madre:
-La niña está muy blanca, necesita
vitamina D, debería ir a menudo a la playa para que le dé el sol, meta los pies
en el agua de mar y así se le vayan secando las heridas de forma natural.
El padre trabajaba de repartidor
principalmente por la zona del Puerto, por lo que no fue difícil cumplir lo que
les había dicho el médico.
La niña llevaba mucho mejor las pupas
pero todavía no se terminaban de curar. Ir a la playa con su padre la hacía
sentirse feliz, nunca se metía en el agua más allá de las rodillas, le tenía
miedo al mar, más que miedo, pánico, formaba parte de sus pesadillas. En
cambio, le encantaba mirarlo, soñar con barcos y viajes.
Un día, su padre le dijo que no podía
pasar y llevarla a la playa, pero que había quedado con Juan que la recogería
con la Vespa. Él los esperaría en la esquina donde venden las clóchinas y que
luego los tres irían a la orilla para que ella metiera los pies en el agua.
-Haz todo lo que te diga Juan para no
caerte en el trayecto.
Ese día, ella estaba muy nerviosa. Le
había empezado el dolor de cabeza que últimamente aparecía con frecuencia. A
veces, cuando ya no lo soportaba más, le daba por vomitar, eso en cierta manera
la tranquilizaba, a veces incluso lo hacía desaparecer, pero lo normal es que
no se fuera, que hasta la luz la molestara.
Mientras lo esperaba apoyó la cabeza en
la pared, en el frío del mármol. Juan apareció con el ronroneo de su vespa, su
camisa blanca, su bigote fino y una sonrisa que le estrechaba los ojos.
-Veo que me estás esperando. Pon la
toalla aquí, que la sujeto con esta goma
Luego la miró a los ojos, le puso las
dos manos debajo de las axilas, abarcando casi su pequeño cuerpo, la alzó y la
sentó en el sillín.
- Apoya los pies donde puedas, y
sujétate muy fuerte a mi cintura.
La madre salió a despedirla, y la niña
notó que no estaba contenta, lo que la puso aún más a la defensiva. Recordó la
conversación que tuvo con ella un día, sentadas las dos alrededor de la mesa
camilla de casa, comiendo un bocadillo de atún, olivas sin hueso y mucha
mayonesa, el favorito de la niña. Sus palabras respecto a los hombres, que no
te dejes tocar, que no enseñes…
El viaje hasta la playa fue horroroso.
La niña recordaba a su madre, y lo de los toqueteos mientras Juan no paraba de
decirle que se agarrara fuerte, por debajo de la barriga, que dejara caer su
cuerpo sobre la espalda de él. Quería que acabara pronto, que llegaran cuanto
antes.
Pasaron los días. Juan volvió a
frecuentar la casa de nuevo, como si nunca hubiera pasado nada. Cada vez que
aparecía por casa, la niña se iba a otra habitación a jugar o a leer. Y eso que
estaba más amable que de costumbre con Emilia, ya no tenía la mirada lasciva
que tanto la incomodaba.
Aquella tarde de verano, hacía mucho
calor y la puerta de la entrada está abierta. La madre se había ido dos horas a
limpiar una casa como cada viernes.
Juan sabía que la niña iba a estar sola,
como tantas otras veces. Entró en su casa y a la niña le asustó su mirada.
Movió las manos rápidamente cerca de la bragueta del pantalón, y cogió algo que
la niña no alcanzó a ver. Parecía una longaniza de las que hay en el pueblo
secándose colgadas cara al cierzo, como decía su abuela.
Se abalanza hacia ella abriendo la
puerta de par en par, dando un golpe en la pared, pero ella, al intentar
cerrarla, no puede, lo interrumpe un pie de él en medio.
La niña le dio un pisotón con todas sus
fuerzas y Juan retrocedió. Ella aprovechó para cerrar la puerta, pero calibró
mal, y en lugar de por el marco de madera, empujó por la parte del cristal, que
se rompió en pedazos. No había calculado, había metido la mano, rompiéndolo.
Uno de los cristales al caer le había hecho un corte en la muñeca, de parte a
parte.
La niña se quedó con la boca abierta, el
susto no la dejaba hablar. Juan miró el cristal roto, la mano empezando a
sangrar, dio media vuelta y corrió hacia la calle
Al momento entró el padre, había oído el
ruido del cristal roto. Miró a su hija y luego a la puerta por donde había
salido huyendo su amigo.
Lo había visto correr pero no entendió
nada. Pensó que tenía que haberlo parado.
Le preguntó a la niña
- ¿qué ha pasado?
-Me he asustado cuando ha entrado Juan
con eso en la mano y cómo me miraba
-¿Qué llevaba?
-Una longaniza
-¿Pero te ha hecho algo?
Las manos del padre se dirigieron al
cajón de la mesa camilla que había en el centro de la habitación, donde se
guardaban los cubiertos.
Rebuscó un poco entre ellos y sacó un
enorme cuchillo mientras gritaba.
La niña se asustó al ver a su padre así.
-Papá, no ha pasado nada, no me ha
tocada, de verdad
El
padre ni siquiera giró la cabeza, había salido detrás de Juan, con el
cuchillo en la mano.
-Te voy a matar, esto a mí no se me
hace. Hijo de puta, yo confiaba en ti.
La niña salió detrás de él, le gritó:
-¡Vuelve, vuelve!
Temió que se enzarzaran en una pelea y
fuera su padre quien saliera perjudicado. Lo había visto en algunas películas,
el cuchillo en la pelea a veces podía volverse contra el bueno.
No los alcanzó.
Ya
habían girado la esquina
Le costaba respirar.
Rompió a llorar de impotencia y volvió
hacia la casa, aunque solo llegó al portal. Iba dejando, a lo largo de la
calle, un goteo de sangre que se escurría por su dedo corazón.
La niña se fue desangrando poco a poco,
mientras suplicaba, sin que nadie la oyera, que su padre volviera, que no se
pegara con Juan, porque no la había llegado a tocar.
Ya en la puerta de casa se quedó de pie.
-Papá, ven me estoy mareando.
Arrimó su espalda a la pared, poco a
poco sus piernas flaquearon y su cuerpo se fue escurriendo, hasta quedarse
sentada en el suelo.
Miró la sangre que salía de su muñeca, hizo
un intento por chupársela como tantas veces había hecho al golpearse o hacerse un corte. El sabor era distinto a
otras veces, igual de tibio, pero desconocido.
La mano resbaló hasta el suelo, la
sangre iba fluyendo, manchando las losas de la acera, abriéndose camino.
-Mamá, mamá.
La
calle estaba desierta, hacía mucho calor, hora de la siesta
-¿dónde estás?
El
Sol caía sobre el cuerpo de la niña
-Ven… ¡Aúpame!, dile al papá que…
El
silencio de la calle no ayudaba, nadie se asomaba a la ventana
-Tengo sed, mucha sed...
La
niña intentó subir el brazo
-La mano, siento que se duerme.
Miró
a su alrededor lentamente girando la cabeza
-¿Qué hago en el suelo?
A la niña se le cerraron los ojos,
inclinó la cabeza, hasta que la barbilla tocó su pecho, su cuerpo adoptó una
postura relajada.
-Espero aquí, venid a por mí, no me
moveré
Delia
Izquierdo
13
de abril de 2020
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