INTESTINO
I
-X. El director quiere verte en su despacho.
Entró en el despacho del director, cerró la puerta y se
sentó en la butaca. La mesa estaba llena de carpetas y sobres. Una pantalla
estaba encendida. Cruzó los brazos y frunció el ceño. Presentía lo que iba a
suceder, conocía perfectamente todo el protocolo.
-Mira X. ¿Cuánto tiempo llevas en esta oficina? ¿Seis
meses? ¿Cinco? Al principio parecía que eras una persona formal, un poco seria,
sí, pero educada. Y no tenía ninguna queja. Pero ahora todo ha cambiado.
X cruzó las piernas, balanceando ligeramente la pierna
derecha. El director continuaba hablando. Apoyaba los codos en la mesa, echando
el cuerpo sobre ella, seguro que para poner más mensaje subliminal en sus
palabras. X se fijó en su reloj en una de sus muñecas: un garmin 230 runner.
Tuvo uno igual, se lo compró para salir a correr cuando se lo recomendaron,
pero de eso hacía mucho tiempo.
- Te has vuelto irascible, te has vuelto malhumorado ¡No te
llevas bien con ningún compañero!
Ahora el balanceo de la pierna era mayor, rozaba con la
punta del zapato la pata de la mesa. El director tampoco perdía ojo a ese pie.
-¡La semana pasada empezaste a gritar a Sergio como un
desalmado!
-¡Sergio es un imbécil! ¡Me robó un cliente!- contestó X
-¡No te ha robado ningún cliente!- el director se apoyó aún
más sobre la mesa- ¡El cliente ha pedido un cambio de gestor! Lo entiendes, ¡lo
ha pedido el cliente!
-¡Eso es mentira! ¡Sergio es un ladrón, un cochino ladrón y
un mentiroso!- sobre el entrecejo de X aparecía una arruga vertical que
alcanzaba el cuero cabelludo.
-¡Mira X! Ayer volviste a discutir con otro cliente por
teléfono, ¡yo lo vi!
-El muy caradura quería que le quitará una comisión. Le
dije que no. ¡Y empezó a gritarme!
- ¿Una comisión? Vamos… ¿Quién crees que me ha llamado esta
mañana a primera hora? ¿Eh?- el director tragó saliva; aunque se aproximaba a los
sesenta y llevaba como director más de veinte años, no podía evitar ponerse
tenso en esas situaciones- Me ha llamado el cliente de ayer y se ha quejado por
el trato recibido. ¡Quería dar de baja todo lo que tenía en la oficina y
largarse! ¡Has odio bien!
X golpeaba ya la pata de la mesa
-Supongo que sabes todos los productos que tiene
contratados ese cliente… -el director tecleó rápidamente y giró la pantalla
hacia X- Ves: estos son. Me quieres decir que por una comisión esta oficina va
a perder todos estos productos…
X miró de nuevo el reloj. Pensó que si hubiera corrido esa
misma mañana ahora estaría mucho mejor.
-¡Deja ya de dar pataditas a la mesa, coño!- X descruzó las
piernas, pero no dejo de moverlas, no podía- Mira, no veo otra solución.
Tampoco nosotros pedimos a nadie para que viniera, así que he hablado con el
Departamento de Recursos Humanos. Les he pedido que te trasladen de oficina.
El corazón le golpeaba como si no hubiera un mañana. Sería
la tercera vez que lo trasladarían durante el último año. Seguramente no habría
ninguna más. Acumulaba tantos informes negativos que lo próximo era el despido.
Se puso en pie bruscamente. Sintió una punzada en el costado derecho del
abdomen y se llevó la mano al lugar, presionando fuertemente.
-Sabes que te digo- miró al director con la furia de un
perro rabioso- te puedes meter tu oficina por el culo.
Circulaba por las calles como un loco. El motor del coche
rugía en cada esquina. Estaba muy cabreado. Había salido de un portazo del
despacho del director, había recogido sus cosas y antes de marcharse se había
acercado a Sergio y, cara con cara, le había gritado que tenía suerte de que
era un caballero que si no le rompía la cara allí mismo. Los compañeros y
algunos clientes se habían quedado boquiabiertos con la escena.
El dolor del costado derecho le sacudió de nuevo. Encogió
el cuerpo hacía el lugar donde sentía el dolor a ver si lo reducía. Pero nada.
Empezó a sudar. Encendió la radio para pensar en otras cosas. Tenía que llegar
pronto a casa. Cuando paraba en un semáforo se arrimaba al coche de delante,
como un perro de caza que olfatea a su presa. Incluso antes que cambiase el
semáforo de color pitaba repetitivamente. ¡Vamos cabrones, que conducís como
abuelas!
Empezó a sonar el móvil a través de los altavoces del
coche. ¡Mi madre, coño!!Ahora no, mamá! ¡Joder ahora no! El móvil agotaba el
tono de llamada y luego volvía a sonar.
-¡Mamá! ¿Qué pasa?- decidió cogerlo. Sabía que su madre no
pararía hasta que lo cogiera, tardase lo que tardase.
-¿Qué tal, hijo? ¿Estás trabajando?
-No mamá. He salido a hacer un recado- no era el momento de
contarle lo que había ocurrido en la oficina, su madre empezaría una
interminable batería de preguntas que no estaba en condiciones de afrontar.
-Te llamo para decirte que si quieres puedes venir a casa a
comer, he preparado tu plato favorito.
-¡No, mamá! Hoy no puedo, de verdad. He quedado con unos
amigos. Otro día, ¿vale?- X lo único que quería era llegar a casa lo antes
posible, el dolor del costado se había extendido hasta el centro del abdomen.
-X, si es por lo de tu padre, que sepas que he hablado con
él y ya se le ha pasado el cabreo, sabes que no te guarda rencor, un mal día lo
tiene cualquiera- el tono de su madre había variado, era más maternal.
-¿Qué no me guarda rencor? ¿Quién él? Soy yo el que está
cabreado- no le habían gustado nada sus palabras
-¡Hijo mío! Fuiste tú quién empezó a levantar la voz,
últimamente te pones como un loco cuando hablas con tu padre.
-¿Yo? ¿Yo? Pero que mierda…- dio un volantazo al coche y se
detuvo en el carril bus de la avenida donde circulaba- Yo le estaba hablando
normal, ¡fue él quien me gritó!, ¡siempre igual!, ¡siempre se cree que lleva la
razón! Vamos hombre,…- siguió gritando. Su madre no contestaba. Cuando se calmó hubo un silencio.
-Bueno, no te preocupes X. Otro día te vienes a comer,
¿vale?
-Bien mamá- apoyó la cabeza en el volante, el dolor de la
tripa era insoportable.
-Dime, hijo, ¿qué te dijo el médico del dolor ese que tenías
en la barriga?
-Nada, mamá, me hará alguna prueba, pero no es nada- se
arrepintió de habérselo contado.
-¿Qué tipo de prueba hijo? ¿Quieres que te acompañe?
No pararía de preguntar hasta que obtuviera respuestas. Y
ahora tenía mucha prisa. Decidió cortar por lo sano.
-¡Mira mamá! Ahora no puedo hablar, que estoy conduciendo.
Luego te llamo, ¿vale?- le colgó.
Hacía un mes que había visitado a su médico de cabecera.
Tenía un dolor en el costado derecho de la barriga que no desaparecía. Al
principio era una pequeña molestia intermitente, que no le dio importancia.
Pero luego se volvió más continuo, más persistente, ¡no lo dejaba en paz!, iba
al váter de manera irregular y cada vez más espaciada. El médico le hizo un
volante para el digestivo, pero todavía faltaba una semana para la cita. Hoy llevaba
por lo menos cuatro días que no defecaba, y el dolor era más intenso que nunca.
Tenía el vientre hinchado. Hubiera ido directamente a urgencias, pero no le
apetecía, no le apetecía pasar por la ventanilla, contar lo que le pasaba,
esperar en la sala de espera con una legión de hombres enfermizos y patéticos,
y seguir dando explicaciones. Era mejor ir a casa, literalmente se estaba
cagando.
Un pitido persistente hizo temblar el coche. Era el autobús
de línea, que le acechaba por detrás. X se encolerizó más. Hubiera bajado del
coche y le hubiera reventado la cabeza contra
el bordillo a base de patadas y puñetazos, estos conductores de
autobuses de mierda que piensan que son los putos dueños de la carretera. Lo
hubiera hecho, pero no podía, no ahora. Sentía que tenía un tapón en el culo
que en cualquier momento se soltaría y provocaría una catástrofe higiénica.
El coche de X arrancó chirriando ruedas y se fue,
adelantando en forma de ese.
Metió la llave en la cerradura como pudo y salió disparado
por el pasillo, desabrochándose el botón del pantalón por el camino. Entró en
el baño y se sentó en la taza del váter. La taza estaba fría, fría como la
nieve. Se levantó la camisa para verse la barriga. Estaba hinchada como una
bola. Tenía un color amarillo, un amarillo plátano que contrastaba con el color
blanco nuclear del resto del cuerpo. Parecía que tuviera un melón dentro de la
barriga. Se asustó. Empezó a hacer fuerza, mucha fuerza, a empujar, se le marcaban
todas las venas de la frente, chorretones de sudor le bañaban la camisa.
Suspiraba como una parturienta en la sala de dilatación. Inclinó el cuerpo
sobre las rodillas. Quería abrir el culo lo máximo posible, buscar el ángulo
máximo. Era tal el dolor y la presión que experimentaba que no le hubiera
importado rajarse el ano para que pudiera salir toda la mierda que almacenaba.
Si hubiera tenido un cuchillo se lo hubiera rajado el mismo. ¡Aaaaahhhhhhh!
¡Aaaaaaaahhhhhhhh! Extendió los brazos y los apoyó, uno en la pared y el otro
en el bidet que estaba al lado del váter. Las bombillas led blancas daban un
aire fantasmal al baño, había vapor por todas partes, el espejo estaba
empañado. ¡Aaaaaaaahhhhhhhhhh! ¡Aaaaaahhhhhhh! Esto no le había pasado en su vida,
tenía algo dentro de él que no sólo podía ser mierda. ¡AaaaaaHHHHHHH!!!!! Su
ojete se dilató del tamaño de una pelota de béisbol y un chorro de heces negras
y pestilentes lo impulsó por los aires hacia delante. Salió como un cohete
espacial en el cabo cañaveral, pero en vez de que expulsara humo y fuego por la
parte de atrás, expulsó mierda, y en vez de que subiera de manera vertical hacia
los cielos camino del universo formó una pequeña parábola golpeándose contra la
pared del baño. X se quedó mareado por el golpe y, al mismo tiempo, relajado
por lo que acababa de tirar fuera de su cuerpo. Su barriga había recuperado su
tamaño natural, aunque le seguía doliendo. El baño seguía envuelto por el vaho
y no podía ver nada. Un ruido como a tubería desatascándose aumentaba en
intensidad, provenía del mismo inodoro. Un viento arremolinado se levantó como
por arte de magia. X pasó del miedo al terror en un abrir y cerrar de ojos,
pensaba que estaba dentro de una pesadilla surrealista. El vaho fue
despejándose. Se levantó apoyando la espalda en la pared, de cara al váter. Una
sombra oscura se perfilaba delante de
él. La cara de X era todo un poema. Una mole de mierda de dos metros de altura
y un metro de diámetro, con una superficie rugosa y granulada, se acercaba
hacia él. No tenía piernas ni brazos, mucho menos cabeza, sólo era una masa
informe, viscosa, parecía una jodida morcilla, repleta de cicatrices y grietas de
color verde oscuro y marrón esparcidas por toda su superficie. Avanzaba hacia
él, lentamente, dejando tras de sí un reguero de la porquería de la que estaba
compuesta. X no reaccionaba, no se movía, no respiraba, tenía el corazón en
shock. La masa informe se plantó a un centímetro de su cuerpo. No había olido
algo tan asqueroso nunca, tuvo ganas de vomitar pero no le quedaba nada en el
cuerpo para esa función. La morcilla empezó a convulsionar dentro de sí, como
si algo que estuviera vivo quisiera salir de allí, como las patadas que dan los
bebes dentro de la barriga de sus madres. Un lazo de mierda emergió de la masa
y lo envolvió por la cintura. La morcilla agrietada retrocedía, tirando de él. X
cerró los ojos y se dejó llevar. Por un momento pensó que despertaría de ese mal
sueño, pero no fue así. Esa cosa lo estaba arrastrando al váter, quería llevárselo
por aquel agujero quien sabe dónde. Cuando tenía el cuerpo cerca del váter,
cerca de la taza, intento resistirse como pudo, intento mover los brazos,
sujetarse en el mármol, resistir. Empezó a sentir unos golpes en la cabeza, en
el cuello, en el resto del cuerpo, sintió tantos golpes que poco a poco perdió
la conciencia.
II
Zeta bajo del coche patrulla. Dos coches más del cuerpo de
policía y una ambulancia estaban encima de la acera. La calle estaba cortada y
muchos vecinos se agolpaban detrás del cordón de seguridad.
-Piso quinto, mi teniente.
Siempre subía por las escaleras, no le gustaban los
espacios cerrados. De pequeño ya le pasaba, aunque últimamente tenía más
claustrofobia. Llegando al rellano sintió un olor desagradable.
Otros agentes estaban en la puerta del piso, llevaban
mascarilla. Lo saludaron y uno de ellos le acompaño dentro, al lugar de los
hechos.
-¿Qué coño ha pasado aquí?
Un varón estaba tumbado en el suelo, boca abajo, con la
cabeza sobre el borde del váter y la taza encima. Tenía los pantalones bajados
hasta las rodillas. Las paredes del baño estaban sucias y hacía un olor
nauseabundo.
-¡Pensaba que hoy no vendrías!
Era Lucas, su compañero.
-¡Esto es realmente asqueroso!- Zeta se tapaba con fuerza
la nariz, no quería respirar nada de ese olor.
-Es una puta mierda, nunca mejor dicho. La de enfrente venía
de comprar y encontró la puerta abierta. Llamó al timbre insistentemente y su
vecino no respondía. Se asustó y llamó a la policía.
-¿Ha venido el forense?
-Sí, parece que ha muerto por los golpes que ha recibido en
la cabeza, golpes contra la taza del váter- Zeta se acercó al fiambre: tenía la
cara repleta de moratones y mucha sangre- De todas formas, tiene que hacerle la
autopsia.
-¿Y toda esta mierda en las paredes?
-¡Ni puta idea!
X se quedó pensativo. Había visto muchas cosas a lo largo
de su carrera, pero esta era sin duda la más asquerosa y retrógrada.
-¿Has averiguado algo del sujeto?
-Poco. Unos cuarenta años, soltero, vivía sólo. Parece que
no tenía muchos amigos. Trabajaba en un banco. Justamente esta mañana se había
marchado de la oficina en mitad del trabajo, había discutido con su jefe.
También he hablado con su madre. Me ha dicho que tuvo una novia pero rompió con
ella hacía unos seis meses. Un tipo raro.
-¿Algún antecedente psiquiátrico?
-No, sanidad no tiene nada sobre él.
Zeta se echó la mano a un costado.
-¿Qué pasa?, ¿todavía te duele la barriga?
-Hace días que no, pero ahora que he visto esta mierda -
puso una media sonrisa.
-¡Sí! Uno ve esto y le vienen millones de retortijones-
rieron los dos.
Esa tarde Zeta, en la comisaria, repasó las fotos del suceso.
Realmente era un caso de locos. Tenía toda la pinta que el tipo había tenido un
brote psicótico, había defecado y había esparcido la mierda por todo el baño, y
luego había empezado a darse golpes con la taza del wáter. No sabía, a lo mejor
quería entrar. Pero, ¿cómo se puede llegar a ese punto? Hay que estar muy
tarado.
El teléfono fijó sonó:
-¡Cariño! ¿Aún estas en la oficina?
-Sí, he tenido trabajo hasta tarde.
-No te olvides que es el cumpleaños de Iván, tu hijo, ¿te
acuerdas?- Se había olvidado por completo, tenía que comprarle un regalo en la
tienda de juguetes cerca de casa, a estas horas ya estaría cerrada.
-Ya voy, no te preocupes, lo tengo todo preparado.
Zeta se marchó apresuradamente. Tenía que buscar un regalo
donde sea, sino su mujer le iba a echar un rapapolvo de cojones. Imaginaba su
cara de reprobación al llegar a casa. En el fondo no le apetecía nada hacer el
paripé del cumpleaños. Su hijo cumplía tres años, ¡joder!, no se iba a acordar
en su puta vida. Encima tenía que aguantar a toda su familia política esa tarde
cuando lo único que le apetecía era estar tranquilo en casa. Sintió una pequeña
punzada en el costado. ¡Joder! Al final voy a tener que ir al médico, fue lo
último que pensó antes de subir al coche.
FIN
Rafael Mercé
A mí me ha gustado la idea. Lo demás se lo dejo a Bárbara o a los demás compis. Por mi parte haría un pelín más agresivo al policía con algún compañero que lo conozca bien y que le haga un pequeño comentario como de los de "estás muy alterado ¿no?" "¿tienes alguna contrariedad?" o pensar incluso menos en el hijo y pasar más a lo bruto del regalo. Porque el relato va de una pandemia ¿no? o de algo que destruye a la humanidad el "merd-ano virus".
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