domingo, 19 de abril de 2020

Matacanes definitivo


Sintió que alguien le tocaba los pies por encima de las mantas. Entre sueños creyó escuchar una fuerte respiración, pero no acabó de despertarse. Su mente permanecía pastosa como un barrizal, se mantenía en un estado intermedio entre el sueño y la realidad hasta que una mano le agarró con fuerza un tobillo. Entonces sí despertó. Agitó las piernas, se revolvió con fuerza y se incorporó. Aún era de noche. La mano seguía aferrándole.
Mezclada con las sombras que poblaban la habitación, una silueta en forma de esqueleto se alzaba a los pies de su cama. No hacía nada. Permanecía erguida, mirándole en silencio. Despedía un olor nauseabundo como salido de un vertedero. Desbordado por los nervios acertó a dar un manotazo a su teléfono móvil. La pantalla se encendió e iluminó tenuemente la habitación permitiéndole distinguir de aquella figura esperpéntica unos enormes ojos saltones que le miraban fijamente sin parpadear. Izan empezó a chillar. La figura estiró el cuello hacia él sacando su rostro de las sombras y mostrándolo por completo a la luz. Abrió una boca con algunos dientes esparcidos al azar y emitió un grito ronco, cascado y viejo que parecía generar su propio eco. Y ese hedor.
Al fin el velo de la somnolencia se retiró y aunque la reconoció al instante, no pudo evitar mantener el grito hasta que casi se le acaba el aliento.
        Mamá, me cago en la puta, ¡qué susto! ¿Cómo coño has conseguido…?
No quiso acabar la frase. Sabía que no obtendría respuesta alguna. De su madre sólo quedaba un envoltorio sin nada dentro, una cáscara de nuez sin semilla que de alguna manera se las había arreglado para plantarse a los pies de su cama y darle un susto de muerte. Izan suspiró y se inclinó hacia su mesita de noche para encender la lamparita. La anciana dejó de gritar. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos mirando a la nada mientras un hilillo de baba se le escapaba por la comisura de los labios, empapándole la pechera de su vestido negro.
Con un gruñido de fastidio, Izan se levantó. Estaba enfadado y a consecuencia del sobresalto todavía tenía el corazón llenándole de golpes el pecho. Tardaría en calmarse. Cómo diantres se las había apañado su madre para salir de la jaula y entrar en la casa. Miró la hora en su teléfono, eran las cinco de la mañana. Joder. Aquello le cabreaba en serio así que la emprendió a empujones con su madre. La obligó a caminar deprisa y trastabillando, casi haciéndola caer un par de veces. La anciana se dejó hacer sin protestar. En pocos minutos ambos alcanzaron una construcción contigua a la casa de campo, levantada toscamente con bloques de hormigón y cemento.
Aún era de noche así que Izan tuvo que alumbrarse encendiendo la linterna de su teléfono. En ese edificio de techos bajos no había luz eléctrica ya que era el lugar donde Izan guardaba en jaulas de tela metálica a sus perros de caza y también a su madre.
Había decidido que la anciana pasara allí las frías noches de ese invierno equipada tan solo con una silla de enea y una manta vieja. Si todo iba bien, la dejaría allí el resto del año. No estaba sola, compartía celda con tres de los animales. Izan, no especialmente dotado de muchas luces, consideraba que ese encierro cumplía una doble función beneficiosa para todos: por un lado, la jaula evitaba que la vieja demente se dañara y anduviera por ahí molestándole y por otro, Izan pensaba que los perros entretenían y cuidaban a su madre, su única fuente de ingresos.
Entraron en aquella especie de bunker gris lleno de humedades. Los perros estaban todos sentados y los observaban acercarse manteniéndose en silencio. Eso era algo siniestro y raro de cojones. Los alumbró con la luz fría del móvil para ver si les ocurría algo y vio que sus ojos refulgentes no le miraban a él. Se estremeció. Todos prestaban atención a un mismo punto que parecía situarse justo a su espalda. En ese lugar inconcreto tras él, escuchó una exhalación y casi al mismo tiempo, un aliento cálido directamente en la nuca.
 Se giró con brusquedad. Alumbró la zona, pero la fría luz de su teléfono sólo sirvió para constatar lo que ya sabía. Allí no había nada, nadie. Uno de los perros aislado en una jaula era el único que le miraba fijamente. Izan empezó a ponerse nervioso.  
Propinó un último empujón a su madre y la metió en su celda compartida con los animales, la obligó a sentarse en la silla y le puso la sucia manta por los hombros. Cogió un viejo candado que usaba para encerrar a los perros por la noche y trabó con él el pestillo metálico. Entonces reparó en que su madre también tenía la vista fija en algo que estaba a su espalda. Como los perros. Se giró otra vez y volvió a alumbrar. Nada. Sintió un fuerte hormigueo en la nuca y unas ganas incontrolables de salir de allí.
Salió a paso ligero. Echó un nuevo vistazo al móvil. Las cinco y veintitrés minutos. Ya no volvería a acostarse. Quería darse una vuelta con el perro que mantenía aislado. Decidió que se vestiría y saldrían ya. En pocos minutos, estaba sacando a Braco 19 de su jaula y metiéndolo en el maletero de su todoterreno. Luego se alejó de la casa de campo por un angosto camino de tierra que atravesaba un pequeño pinar. Cuando lo dejó atrás encaró una ruta campo a través que, de tanto que la había recorrido, se sabía de memoria. Tras una breve conducción soportando insufribles vaivenes y traqueteos alcanzó su destino, la plana y redonda cima de “La Galocha”, una colina de tierra en forma de volcán en miniatura bastante aislada.
Consiguió salir del coche con lentitud y pesadez por culpa de su sobrepeso. Fue directo a la parte trasera del coche y abrió el portón para soltar a Braco19 que salió disparado de su encierro. Luego sacó su escopeta de una manta gris, comprobó que estaba cargada y se la colocó en equilibrio apoyada entre la axila y el antebrazo. De uno de los bolsillos de su chaqueta de camuflaje sacó una bolsa de plástico que llevaba un trozo requemado de pollo que lanzó al suelo a escasos metros de distancia. La reacción de Braco19 fue instantánea. El animal se aproximó al trozo de carne moviendo la cola de lado a lado a modo de látigo.
Izan lo observaba sin inmutarse. La verdad es que era un animal precioso. Un ejemplar joven de braco alemán de pelo corto blanco moteado en canela. Una pena que no resultara ser un buen rastreador. Todo, también los perros tenían una vida útil y cuando esa vida útil acababa, el resto era vida inútil. Exactamente igual que la de su madre.
Por eso no les ponía nombre a sus perros. Al nombre de la raza añadía el número de orden según su llegada a la jauría. Aunque siempre acababa llamándolos sólo por el número. Braco 19 estaba resultando un fiasco.
La calma reinante en aquella cima plana era total. No se escuchaba ni el trinar de un pájaro. No era lo habitual en pleno monte a esas horas tan tempranas. En medio de aquel silencio el masticar de Braco 19 dando buena cuenta del pollo se escuchaba perfectamente. El primer rayo de sol asomó tras las colinas iluminando la cima de la Galocha y proyectando sombras definidas y alargadas sobre su suelo reseco y plagado de piedrecitas y arbustos. La luz impactaba directamente sobre la esbelta figura de Braco 19 haciendo que parecíera pintada sobre un lienzo. Izan cambió de posición su escopeta apoyando la culata en el hombro derecho, guiñó un ojo para apuntar al costado del perro, aguantó la respiración un instante y apretó el gatillo sin pestañear.
El percutor salió impulsado hacia adelante hasta impactar violentamente contra el pistón del cartucho y lo incendió haciendo estallar la pólvora que, a su vez, impulsó fuera del cañón un enjambre mortal de perdigones de posta creando una gran humareda. Izan recibió un golpe seco pero soportable en el hombro por el retroceso.
Tras la explosión, volvió el espeso y persistente silencio. Izan notó un repentino golpe de calor que le abrasaba una de las mejillas como si se hubiera ruborizado súbitamente por algo. No le dio más importancia, quería observar el macabro resultado del impacto de las postas sobre el costado de Braco19. El perro yacía exangüe con la boca abierta, la lengua colgando y una expresión como de susto en la cara. Por casualidad había quedado tendido justo encima del montón de los blancos y quebradizos huesos de sus predecesores. El agujero de su costado certificaba que su final había sido rápido, casi instantáneo. No como el de Braco 3.
Hacía años de eso, pero Izan lo recordaba bien. Intentó acabar con el tercero de sus bracos atropellándolo con el coche para ahorrarse el cartucho, pero el pobre animal no tuvo suerte y no murió a la primera. Soportó varias pasadas antes de morirse entre quejidos mientras intentaba en vano huir arrastrándose con las patas rotas. Para Izan fue una experiencia horrible. No tuvo en cuenta que, aparte de los chillidos de miedo y dolor del animal, tendría que soportar la desagradable sensación de un cuerpo crujiendo y destrozándose bajo las ruedas del coche. Izan tuvo pesadillas varias noches seguidas recordándolo. Después de aquello decidió volver a los cartuchos. Eran más caros, pero mucho más rápidos y “asépticos”.
Estaba absorto pensando en Braco 3 cuando escuchó algo que le dio un vuelco al estómago. Era el sonido de las mandíbulas de Braco19. Podía oírse con claridad masticando el pollo. Izan dirigió su mirada al lugar de donde provenía el sonido. Justo donde había estado su perro en el momento del disparo pudo ver cómo su sombra, separada de su cuerpo inerte, agitaba la cola alegremente y daba buena cuenta de otra sombra, la del trozo de carne.
Cerró los ojos un instante y agitó la cabeza. Intentaba dar crédito, encontrar una explicación lógica a lo que ocurría ante sus narices. Intentó tranquilizarse. Tomó aire, se ahogaba, el nivel de oxígeno parecía haber disminuido de repente. Un aliento cálido que le resultó familiar impactó directamente en su nuca acompañado de una voz cavernosa como salida de las profundidades de un pozo.
                    ¡Buenas tardes, señor! ¿Ha llamado usted a MI puerta?
Izan se volvió lo más rápido que pudo para advertir que allí no había nadie. ¿Estaba volviéndose loco o “algo” le había hablado desde sus mismas espaldas, tan cerca que había notado su aliento? ¡Joder! Estaba solo. La voz no tenía DUEÑO y eso era raro de cojones, como casi todo en ese maldito día. El terror le petrificó los músculos y le encogió el estómago. No sabía qué hacer y se quedó inmóvil, quieto como un perro marcando una presa, buscando frenéticamente el origen de aquella voz.
-                     ¡Estoy aquí, señor!
Se giró de nuevo sobre sus talones con rapidez. Apenas a un par de pasos tenía a un hombre alto muy delgado, con los hombros muy juntos y un tórax abultado y estrecho por los extremos. Le observaba a través de unos ojos redondos y oscuros, inexpresivos como los de un tiburón.
Izan estaba seguro de que no estaba ahí hacía un momento. Había aparecido como por ensalmo. Aquel tipo de extrañas facciones parecía un mayordomo con aires de superioridad, erguido con las manos echadas a la espalda y observándole con indiferencia. Izan también le observaba, pero con una expresión en la cara muy diferente. Ambos permanecían quietos como posando para una foto.
Tras unos segundos de cruce de miradas, aquella aparición, rompió el silencio.
                    ¿Señor? – preguntó –. Estoy seguro de que ha sido usted el que ha llamado a MI puerta. No es lo habitual. Lo normal es que entren o “caigan” directamente.
Izan se enfrió de repente, sentía hielo en la espalda y un dolor de piedras puntiagudas clavándosele en la piel. Sin embargo, la cara le ardía como cuando se acercaba demasiado a un fuego. No hizo caso de sus dolores, en verdad, no sabía qué hacer ni qué decir. Estaban sucediendo demasiadas cosas raras de cojones en muy poco tiempo. El fulano ese, ¿de dónde coño había salido? ¿Qué diantre de puerta? ¿Por qué no parecía importarle que la inquietante sombra de su perro muerto estuviese moviéndose alegremente sin su ejemplar vivo adherido a ella?
-          ¡Oh! – dijo poniendo algo parecido a una mueca de sorpresa – ¡Disculpe que no me haya presentado! Normalmente soy más educado. Me llamo “Garm” – y extendió una mano enorme y peluda hacia Izan – aunque aquí me conocen como...
-          Yo… me llamo Izan – le interrumpió mientras le chocaba una mano que sintió enorme, áspera y con el dorso lleno de pelos muy compactos.
-          Encantado, Izan. – dijo Garm inclinándose un poco hacia él – No te importa que te tutee. ¿No?
-          No, claro.
-           Dime: ¿Te encuentras bien? Estás pálido, parece que acabes de ver levantarse a un muerto.
-          Yo, yo – y señalando al suelo Izan pudo ver con asombro que la sombra de su perro se dirigía directamente hacia Garm.
Éste alargó una mano al vacío y con la palma abierta hacia el suelo, la balanceó con suavidad acariciando algo que no estaba. Bajo esa mano sólo había aire y nada más que aire. Un aire que Garm acariciaba con la misma precisión con la que un mimo simula la presencia de un cristal. No solo daba la impresión de estar apoyado sobre algo sólido, Izan podía escuchar el roce de aquella mano con el vacío. Entonces observó con detenimiento la sombra de aquel tipo y la de Braco 19. Ambas siluetas proyectadas contra el suelo interactuaban entre sí de forma coherente. La sombra de Garm acariciaba el lomo de la del perro con absoluta normalidad. La alegre sombra de Braco 19 plantó sus patas delanteras sobre el pecho abultado de Garm que pareció alegrarse ante esa inesperada muestra de cariño.
-          Bueno, bueno – le dijo amistosamente mientras continuaba acariciando aquel lomo invisible y apartaba la cara tratando de evitar los lametazos de una lengua fantasmal –. Tranquilo, chico, tranquilo. Pronto iremos a casa.
Garm susurró algo en un idioma que Izan no pudo entender y la silueta fantasmagórica de Braco19 reaccionó al instante sentándose a sus pies.
La incomprensión de Izan iba en aumento. Empezaba a perder el control de sí mismo. No se encontraba bien. Sentía una empalagosa desazón por tantos hechos extraños ocurridos ante sus ojos y al mismo tiempo entendía que respondían a una lógica ancestral incontestable. No era lógico, nada de aquello lo era y, sin embargo, algo dentro de sí le impelía a asumirlo con… con… ¿resignación?
Volvió a sentir mucho frío y esa especie de molestia en la espalda como si estuviera tumbado sobre grava.
-          ¿Te duele la espalda Izan? – inquirió Garm –. Eso es porque, aunque tú crees que estás de pie, hace rato que estás tumbado.
-          ¿Cómo que estoy tumbado? – Izan bajó la mirada y separó los brazos para explorarse y constatar que seguía en pie – ¿Y cómo sabes que me duele la?
No pudo acabar la frase. Garm, se plantó a menos de un palmo de su cara. Al verlo aparecer tan cerca sin transición, Izan se sobresaltó y retrocedió sin mirar dónde ponía los pies, tropezó y cayó al suelo de espaldas cuan largo era. A su lado detectó otra figura tumbada en el suelo. Otra aparición inesperada. Izan se giró para ver quién era. La visión le hizo chillar como una hiena histérica.
Se apartó con rapidez como pudo de aquella figura idéntica a él que yacía a su lado en el suelo.
-          No te asustes – se burló Garm –, a fin de cuentas, eso de ahí eres tú. Un poco maltrecho, eso sí, pero eres tú.
El tono socarrón de Garm no le molestó. Sintió otra vez esa comezón que le imponía tomar como normales aquellos hechos extraordinarios.
Lo del suelo no era un maniquí ni un muñeco, era él, de alguna manera lo sabía, sentía que se había desdoblado y que podía estar en dos sitios a la vez. En uno estaba su conciencia y en el otro carne, sangre y huesos. Eso era raro, raro de cojones. Incrédulo, se puso en pie casi sin darse cuenta y centró su atención en su cara o en lo que quedaba de ella.
Le costó reconocerse. Su cara se había transformado en una esperpéntica representación del barón Ashler solo que, en lugar de tener media cara de hombre y media de mujer separadas por un eje transversal, tenía una mitad de la cara intacta y la otra ensangrentada y hecha girones. El ojo y el párpado derechos ya no estaban, en su lugar, un puré pastoso palpitaba en el interior de una cuenca vacía de la que caían pequeños regueros de sangre. La oreja de ese lado colgaba apenas por un hilo de carne sonrosada. Parte de la mandíbula había quedado al descubierto y un poco desplazada, dejando los incisivos al aire al modo de los de un perro pequinés.
La otra mitad de su cara parecía intacta, pero con una palidez ósea. No tenía expresión, mantenía un rictus fantasmal como el de una figura de cera sin acabar, con el párpado medio cerrado mostrando la esclerótica de un ojo girado hacia arriba como buscando algo. El pómulo, muy marcado, sobresalía de la mejilla como una colina solitaria en medio de una explanada. Respirar le costaba un gran esfuerzo y de vez en cuando emitía un ronquido agudo, parecía que algo obstruido en la garganta le estuviera dificultando el paso de aire.
Sobre una pierna reposaba el arma homicida que había acabado con Braco 19 y con tantos otros como él. El cañón estaba abierto en dos mitades retorcidas hacia atrás como la piel de un plátano metálico. Estaba claro que, al dispararla, le había estallado en plena cara. Lo cierto era que ni recordaba la última vez que había dedicado unos minutos a la limpieza de su arma.
Asumió que estaba viviendo una experiencia extracorpórea, había leído innumerables testimonios en Internet acerca de experiencias cercanas a la muerte, pero nunca imaginó acabar siendo el protagonista de una de ellas. Igual que en esas historias, él podía ver su cuerpo desde fuera, pero en ninguna de ellas se mencionaba que un tipo siniestro llamado Garm apareciera preguntando si alguien había llamado a su puerta.
De pronto Izan sintió que el suelo cedía bajo sus pies como arenas movedizas. Se quedó inmóvil como una estatua y bajó la vista. No tenía pies. No es que se hubieran hundido, es que habían desaparecido literalmente. Se apoyaba en el suelo directamente sobre sus tibias y las sombras de sus pies se enganchaban a ellas como dos calcetines vacíos tirados al suelo. Movió los dedos para comprobar que los sentía y así era.
Entonces escuchó a Garm en un tono que hacía ver que todo aquello le parecía divertido.
-          ¡Ups! – exclamó – Ya has empezado a…
-          ¿¡Qué!?  - Izan no podía contener los nervios, no quitaba ojo al suelo buscándose los pies – Que ya he empezado ¿a qué?
-          Ya has empezado a morirte.
-          ¿A morirme?
-          A morirte sí, bueno tú exactamente no, tu cuerpo, el que está tirado ahí. No aguantará mucho más. Fíjate, ya ni siquiera tienes sombra.
Izan miró hacia atrás, no estaba. Buscó y buscó por el suelo, en todas direcciones, desesperado como si hubiera perdido un resguardo premiado de la lotería.
-          No la busques, no está. No tienes sombra porque en realidad, la sombra, eres tú.
Izan agitaba la cabeza sin dejar de parpadear. Garm, haciendo ver que comprendía todo cuanto lo que sucedía, continuó hablando.
-          Tu cuerpo agoniza. Y conforme vaya muriendo irás transformándote en una simple sombra. Uno de los perdigones que te ha entrado por esa sopa que antes era un ojo, te está licuando la sesera. Ahora estás en tu limbo particular, un coma que no durará mucho. Conforme te vayas apagando las leyes que conoces dejarán de funcionar, verás la puerta a la que has llamado sin saberlo y serás obligado a entrar. Vendrás conmigo hasta el fin del mundo.
-          Pero ¿Quién eres tú? – inquirió Izan.
-          Soy muchas cosas; el guardián de la puerta, el que indica el camino, soy como un guía turístico a perpetuidad – una risa a mitad entre una tos y un eructo se le escapó de pronto –. Desde hace siglos, en el norte me llaman Garm, el perro sangrante, el pastor de ánimas, pero aquí me conocéis como: cancerbero.
Mientras hablaba, una masa oscura y densa emergió bajo sus pies extendiéndose en todas direcciones como una mancha de aceite derramado. Izan vio que tenía profundidad, no era una simple mancha, era un abismo que salido de la nada, se abría paso en su dirección. El paisaje palideció, perdía el color quedando reducido a una gama de contrastes grises y negros. Estaba presenciando la apertura de “la puerta”.
Acosado por el abismo, Izan tuvo que retirarse para evitar caerse dentro. La sima fantasmal siguió creciendo y extendiéndose hasta que alcanzó el cadáver de Braco 19. Se tragó el cuerpo exánime del perro junto con el osario al completo de sus compañeros de jauría.
Garm se transformó ante sus ojos, se hizo más grande, más animal. Se encogió para apoyarse sobre cuatro patas musculosas y largas, como las de un podenco. Sus facciones se afilaron y le creció un hocico. Detrás de sus hombros emergió una chepa enorme y velluda por la que asomaron dos prominencias amorfas que se hincharon primero y se desgarraron después por la mitad, para formar dos mandíbulas que quedaron situadas a ambos lados de aquel bulto prominente. Una de ellas lanzó una dentellada a la otra y falló. La otra no se amilanó. Garm permanecía impasible mientras que una extrema delgadez se apoderaba de su cintura. Ahora era un perro enorme con tres bocas que gruñían y levantaban los belfos para mostrar sus gigantescos colmillos. De improviso las dos fauces de la joroba empezaron a aullar.
Izan escuchó la voz de Garm, le hablaba sin separar los dientes.
-          Van a salir. Yo que tú empezaría a correr.
Los espectros de la difunta jauría de Izan resurgieron del abismo. Las sombras de sus esqueletos reanimados emergieron del agujero gruñendo y ladrando e inmediatamente centraron su atención en Izan. Se acercaban despacio, husmeaban y se retiraban de nuevo para dar vueltas a su alrededor. Estaban acechándole. Garm, con la cabeza torcida y las orejas hacia delante, observaba la escena como un cachorro que no comprende las órdenes de su amo. Izan no reaccionaba.
Estaba atónito, todo aquello le parecía la introducción animada de un videojuego macabro que no iba con él. Entonces vio a su madre como si la tuviera ante sus ojos, puesta en pie y agarrada a la tela metálica de su jaula con una expresión de miedo desencajándole el rostro y chillando.
-          ¡Corre hijo! ¡¡Corre!!
Y entonces corrió.
La voz de Garm le perseguía. Por más que se alejara no se la quitaba de encima.
-          Es inútil, Izan, ellos corren más que tú y cazan mejor que tú.
A su espalda podía escuchar, los ladridos de la jauría de la muerte.
-          Cuando te alcancen, te arrastrarán a su rincón, te desgajarán como a una naranja, te recompondrás y volverán a desgajarte.
Daba grandes zancadas desesperadas, huyendo por un paisaje que se apagaba al tiempo que la vida se apagaba en su cuerpo.
-          Tus víctimas serán tus verdugos.
Cada vez se sentía más liviano, etéreo como una sombra.
-          Huyes hacia mí sin remedio y cuando llegues, te dejaré mudo para que no puedas desahogarte y ciego para que no puedas defenderte.
Atenazado por el miedo, como un crío, Izan quiso llorar, pero no pudo. Perdía esa facultad tan humana.
-          Luego me olvidaré de ti, quedarás a merced de tus criaturas que te despedazarán sin descanso hasta el fin del mundo. Tú sentenciaste su destino. Ahora ellos se ocuparán del tuyo.
Escuchar su condena imprimió más velocidad a sus piernas ya dibujadas en sombras. Se alejó todo lo que pudo, no se cansaba, alcanzó tal velocidad que tuvo la sensación de que volaba, incluso albergó alguna esperanza de escapar hasta que sintió un dolor terrible. La primera dentellada.
Tras la ella vinieron más, muchas más, en los brazos, las piernas, los dedos, la cabeza y el cuello. En un instante Izan se vio envuelto en mordiscos, rodeado de sombríos esqueletos estirándole de tantas partes que no podía ni moverse. Braco 3, le desgarró el vientre de una dentellada y se cebó con sus entrañas.
Fue arrastrado con violencia hacia la puerta, hacia el abismo.  Había corrido un buen rato, pero apenas se había alejado unos pasos. Gritaba, aunque no sirviera de nada. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Jamás se detendrían, nunca se apiadarían de él. Pero mientras conservara la voz, usarla le proporcionaba cierto alivio.
Todo a su alrededor se tornaba monocromo, gris, sombrío. Todo excepto una de sus manos. Eso sólo podía significar una cosa, había esperanza, su cuerpo aún aguantaba, sujeto por un hilo a la vida quizá finalmente lograra resistir. Vislumbró una nota de color en el paisaje, un matorral junto al borde del abismo conservaba sus tonos verdes y ocres en medio de aquel entorno ensombrecido. Destacaba como una luciérnaga en una noche sin luna. Los perros sin saberlo, lo arrastraban directo hacia él. Quizá tuviera una última oportunidad de agarrase a él y evitar caerse al abismo.
Con gran esfuerzo logró zafarse de uno de sus captores y liberó el brazo en el momento justo, lo estiró con fuerza y se agarró al matorral. La jauría lo arrastró dentro de aquella boca de lobo oscura y profunda, pero él no llegó a caer, aguantó colgando de una mano al borde mismo de aquel precipicio. El matorral se torció bajo su peso, sus raíces temblaron y sus ramas crujieron, pero no cedió. Los perros empezaron a tirar de su cuerpo hecho trizas, le atacaban inmisericordes desde todos los ángulos empeñados en soltarle, soportaba un dolor indescriptible. A Garm se le escapó un gesto de sorpresa. Izan, aguantó, sacó fuerzas para aferrarse a la vida evitando que su cuerpo expirara.
Su vida pasó comprimida en un instante ante sus ojos. Su infancia, su adolescencia y su madurez en un flas. Una escena permanece sobre las demás. Ve a su madre, joven y muy cansada, él es todavía un niño pequeño y juega con la tierra de su parque favorito. Un cachorrito blanco se le acerca moviendo la cola. Él se asusta y se va llorando junto a su madre. Ella se ríe, no te asustes, le dice con cariño, no pasa nada, es un cachorro como tú, qué bonito. Le consuela. Izan es feliz. Su madre le salva del perro.
La visión se apagó. Izan consiguió sacar un hilo de voz.
-          ¡No! ¡No puedo morir! ¡No ahora!
-          ¿Por qué? – inquirió Garm.
Izan aguantó un alarido cuando notó algo desgarrándosele, su voz sonó rota por el miedo.
-          Me necesita – hizo una pausa –. Mi, mi madre.
-          ¿Tu madre?  Tu madre será en breve, comida para perros.
Braco 19 que seguía sentado a sus pies, con un leve gesto de la cabeza Garm le indicó que atacara. Izan recibió la nueva acometida apretando los dientes. Escuchó a su cuerpo exhalar por última vez. Izan ya era una sombra. De un tirón Braco 19 acabó llevándoselo al fondo del abismo. La planta se agitó al liberarse.
Izan no sintió la caída. Simplemente ya estaba allí sintiendo cómo lo despedazaban. El cancerbero, lo agarró por los pelos y lo elevó sin esfuerzo. Se le había desprendido la cabeza de un cuerpo que seguía sintiendo. Garm estaba enfrente con una triple sonrisa de tres bocas. Le introdujo una garra bajo el cuello, rebuscó un poco y le arrancó la voz. Izan boqueó en silencio, como un pez que agoniza en un cubo. Dos uñas sucias, enormes y astilladas se acercaban lenta e inexorablemente hacia sus ojos.
Quedó a merced de su jauría espectral, hasta el fin del mundo.

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