Sintió que alguien le tocaba los pies
por encima de las mantas. Entre sueños creyó escuchar una fuerte respiración,
pero no acabó de despertarse. Su mente permanecía pastosa como un barrizal, se
mantenía en un estado intermedio entre el sueño y la realidad hasta que una
mano le agarró con fuerza un tobillo. Entonces sí despertó. Agitó las piernas,
se revolvió con fuerza y se incorporó. Aún era de noche. La mano seguía
aferrándole.
Mezclada con las sombras que poblaban
la habitación, una silueta en forma de esqueleto se alzaba a los pies de su
cama. No hacía nada. Permanecía erguida, mirándole en silencio. Despedía un olor
nauseabundo como salido de un vertedero. Desbordado por los nervios acertó a
dar un manotazo a su teléfono móvil. La pantalla se encendió e iluminó
tenuemente la habitación permitiéndole distinguir de aquella figura
esperpéntica unos enormes ojos saltones que le miraban fijamente sin parpadear.
Izan empezó a chillar. La figura estiró el cuello hacia él sacando su rostro de
las sombras y mostrándolo por completo a la luz. Abrió una boca con algunos
dientes esparcidos al azar y emitió un grito ronco, cascado y viejo que parecía
generar su propio eco. Y ese hedor.
Al fin el velo de la somnolencia se
retiró y aunque la reconoció al instante, no pudo evitar mantener el grito hasta
que casi se le acaba el aliento.
–
Mamá,
me cago en la puta, ¡qué susto! ¿Cómo coño has conseguido…?
No quiso acabar la frase. Sabía que
no obtendría respuesta alguna. De su madre sólo quedaba un envoltorio sin nada
dentro, una cáscara de nuez sin semilla que de alguna manera se las había
arreglado para plantarse a los pies de su cama y darle un susto de muerte. Izan
suspiró y se inclinó hacia su mesita de noche para encender la lamparita. La
anciana dejó de gritar. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos mirando a
la nada mientras un hilillo de baba se le escapaba por la comisura de los
labios, empapándole la pechera de su vestido negro.
Con un gruñido de fastidio, Izan se levantó.
Estaba enfadado y a consecuencia del sobresalto todavía tenía el corazón llenándole
de golpes el pecho. Tardaría en calmarse. Cómo diantres se las había apañado su
madre para salir de la jaula y entrar en la casa. Miró la hora en su teléfono,
eran las cinco de la mañana. Joder. Aquello le cabreaba en serio así que la
emprendió a empujones con su madre. La obligó a caminar deprisa y
trastabillando, casi haciéndola caer un par de veces. La anciana se dejó hacer
sin protestar. En pocos minutos ambos alcanzaron una construcción contigua a la
casa de campo, levantada toscamente con bloques de hormigón y cemento.
Aún era de noche así que Izan tuvo
que alumbrarse encendiendo la linterna de su teléfono. En ese edificio de
techos bajos no había luz eléctrica ya que era el lugar donde Izan guardaba en
jaulas de tela metálica a sus perros de caza y también a su madre.
Había decidido que la anciana pasara allí
las frías noches de ese invierno equipada tan solo con una silla de enea y una
manta vieja. Si todo iba bien, la dejaría allí el resto del año. No estaba
sola, compartía celda con tres de los animales. Izan, no especialmente dotado
de muchas luces, consideraba que ese encierro cumplía una doble función
beneficiosa para todos: por un lado, la jaula evitaba que la vieja demente se
dañara y anduviera por ahí molestándole y por otro, Izan pensaba que los perros
entretenían y cuidaban a su madre, su única fuente de ingresos.
Entraron en aquella especie de bunker
gris lleno de humedades. Los perros estaban todos sentados y los observaban
acercarse manteniéndose en silencio. Eso era algo siniestro y raro de cojones.
Los alumbró con la luz fría del móvil para ver si les ocurría algo y vio que sus
ojos refulgentes no le miraban a él. Se estremeció. Todos prestaban atención a
un mismo punto que parecía situarse justo a su espalda. En ese lugar inconcreto
tras él, escuchó una exhalación y casi al mismo tiempo, un aliento cálido
directamente en la nuca.
Se giró con brusquedad. Alumbró la zona, pero la
fría luz de su teléfono sólo sirvió para constatar lo que ya sabía. Allí no había
nada, nadie. Uno de los perros aislado en una jaula era el único que le miraba
fijamente. Izan empezó a ponerse nervioso.
Propinó un último empujón a su madre y
la metió en su celda compartida con los animales, la obligó a sentarse en la
silla y le puso la sucia manta por los hombros. Cogió un viejo candado que usaba
para encerrar a los perros por la noche y trabó con él el pestillo metálico. Entonces
reparó en que su madre también tenía la vista fija en algo que estaba a su
espalda. Como los perros. Se giró otra vez y volvió a alumbrar. Nada. Sintió un
fuerte hormigueo en la nuca y unas ganas incontrolables de salir de allí.
Salió a paso ligero. Echó un nuevo vistazo
al móvil. Las cinco y veintitrés minutos. Ya no volvería a acostarse. Quería
darse una vuelta con el perro que mantenía aislado. Decidió que se vestiría y
saldrían ya. En pocos minutos, estaba sacando a Braco 19 de su jaula y
metiéndolo en el maletero de su todoterreno. Luego se alejó de la casa de campo
por un angosto camino de tierra que atravesaba un pequeño pinar. Cuando lo dejó
atrás encaró una ruta campo a través que, de tanto que la había recorrido, se
sabía de memoria. Tras una breve conducción soportando insufribles vaivenes y
traqueteos alcanzó su destino, la plana y redonda cima de “La Galocha”, una
colina de tierra en forma de volcán en miniatura bastante aislada.
Consiguió salir del coche con
lentitud y pesadez por culpa de su sobrepeso. Fue directo a la parte trasera
del coche y abrió el portón para soltar a Braco19 que salió disparado de su
encierro. Luego sacó su escopeta de una manta gris, comprobó que estaba cargada
y se la colocó en equilibrio apoyada entre la axila y el antebrazo. De uno de los
bolsillos de su chaqueta de camuflaje sacó una bolsa de plástico que llevaba un
trozo requemado de pollo que lanzó al suelo a escasos metros de distancia. La
reacción de Braco19 fue instantánea. El animal se aproximó al trozo de carne
moviendo la cola de lado a lado a modo de látigo.
Izan lo observaba sin inmutarse. La
verdad es que era un animal precioso. Un ejemplar joven de braco alemán de pelo
corto blanco moteado en canela. Una pena que no resultara ser un buen
rastreador. Todo, también los perros tenían una vida útil y cuando esa vida
útil acababa, el resto era vida inútil. Exactamente igual que la de su madre.
Por eso no les ponía nombre a sus
perros. Al nombre de la raza añadía el número de orden según su llegada a la
jauría. Aunque siempre acababa llamándolos sólo por el número. Braco 19 estaba
resultando un fiasco.
La calma reinante en aquella cima
plana era total. No se escuchaba ni el trinar de un pájaro. No era lo habitual en
pleno monte a esas horas tan tempranas. En medio de aquel silencio el masticar
de Braco 19 dando buena cuenta del pollo se escuchaba perfectamente. El primer
rayo de sol asomó tras las colinas iluminando la cima de la Galocha y proyectando
sombras definidas y alargadas sobre su suelo reseco y plagado de piedrecitas y arbustos.
La luz impactaba directamente sobre la esbelta figura de Braco 19 haciendo que parecíera
pintada sobre un lienzo. Izan cambió de posición su escopeta apoyando la culata
en el hombro derecho, guiñó un ojo para apuntar al costado del perro, aguantó
la respiración un instante y apretó el gatillo sin pestañear.
El percutor salió impulsado hacia
adelante hasta impactar violentamente contra el pistón del cartucho y lo
incendió haciendo estallar la pólvora que, a su vez, impulsó fuera del cañón un
enjambre mortal de perdigones de posta creando una gran humareda. Izan recibió un
golpe seco pero soportable en el hombro por el retroceso.
Tras la explosión, volvió el espeso y
persistente silencio. Izan notó un repentino golpe de calor que le abrasaba una
de las mejillas como si se hubiera ruborizado súbitamente por algo. No le dio
más importancia, quería observar el macabro resultado del impacto de las postas
sobre el costado de Braco19. El perro yacía exangüe con la boca abierta, la
lengua colgando y una expresión como de susto en la cara. Por casualidad había
quedado tendido justo encima del montón de los blancos y quebradizos huesos de
sus predecesores. El agujero de su costado certificaba que su final había sido
rápido, casi instantáneo. No como el de Braco 3.
Hacía años de eso, pero Izan lo
recordaba bien. Intentó acabar con el tercero de sus bracos atropellándolo con
el coche para ahorrarse el cartucho, pero el pobre animal no tuvo suerte y no murió
a la primera. Soportó varias pasadas antes de morirse entre quejidos mientras
intentaba en vano huir arrastrándose con las patas rotas. Para Izan fue una
experiencia horrible. No tuvo en cuenta que, aparte de los chillidos de miedo y
dolor del animal, tendría que soportar la desagradable sensación de un cuerpo
crujiendo y destrozándose bajo las ruedas del coche. Izan tuvo pesadillas
varias noches seguidas recordándolo. Después de aquello decidió volver a los
cartuchos. Eran más caros, pero mucho más rápidos y “asépticos”.
Estaba absorto pensando en Braco 3
cuando escuchó algo que le dio un vuelco al estómago. Era el sonido de las
mandíbulas de Braco19. Podía oírse con claridad masticando el pollo. Izan dirigió
su mirada al lugar de donde provenía el sonido. Justo donde había estado su
perro en el momento del disparo pudo ver cómo su sombra, separada de su cuerpo
inerte, agitaba la cola alegremente y daba buena cuenta de otra sombra, la del
trozo de carne.
Cerró los ojos un instante y agitó la
cabeza. Intentaba dar crédito, encontrar una explicación lógica a lo que
ocurría ante sus narices. Intentó tranquilizarse. Tomó aire, se ahogaba, el
nivel de oxígeno parecía haber disminuido de repente. Un aliento cálido que le
resultó familiar impactó directamente en su nuca acompañado de una voz
cavernosa como salida de las profundidades de un pozo.
–
¡Buenas tardes, señor! ¿Ha llamado usted a
MI puerta?
Izan se volvió lo más rápido que pudo
para advertir que allí no había nadie. ¿Estaba volviéndose loco o “algo” le
había hablado desde sus mismas espaldas, tan cerca que había notado su aliento?
¡Joder! Estaba solo. La voz no tenía DUEÑO y eso era raro de cojones, como casi
todo en ese maldito día. El terror le petrificó los músculos y le encogió el
estómago. No sabía qué hacer y se quedó inmóvil, quieto como un perro marcando
una presa, buscando frenéticamente el origen de aquella voz.
-
¡Estoy aquí, señor!
Se giró de nuevo sobre sus talones con
rapidez. Apenas a un par de pasos tenía a un hombre alto muy delgado, con los hombros
muy juntos y un tórax abultado y estrecho por los extremos. Le observaba a
través de unos ojos redondos y oscuros, inexpresivos como los de un tiburón.
Izan estaba seguro de que no estaba
ahí hacía un momento. Había aparecido como por ensalmo. Aquel tipo de extrañas
facciones parecía un mayordomo con aires de superioridad, erguido con las manos
echadas a la espalda y observándole con indiferencia. Izan también le
observaba, pero con una expresión en la cara muy diferente. Ambos permanecían quietos
como posando para una foto.
Tras unos segundos de cruce de
miradas, aquella aparición, rompió el silencio.
–
¿Señor? – preguntó –. Estoy seguro de que
ha sido usted el que ha llamado a MI puerta. No es lo habitual. Lo normal es
que entren o “caigan” directamente.
Izan se enfrió de repente, sentía
hielo en la espalda y un dolor de piedras puntiagudas clavándosele en la piel. Sin
embargo, la cara le ardía como cuando se acercaba demasiado a un fuego. No hizo
caso de sus dolores, en verdad, no sabía qué hacer ni qué decir. Estaban
sucediendo demasiadas cosas raras de cojones en muy poco tiempo. El fulano ese,
¿de dónde coño había salido? ¿Qué diantre de puerta? ¿Por qué no parecía
importarle que la inquietante sombra de su perro muerto estuviese moviéndose alegremente
sin su ejemplar vivo adherido a ella?
-
¡Oh! – dijo poniendo algo parecido a una
mueca de sorpresa – ¡Disculpe que no me haya presentado! Normalmente soy más
educado. Me llamo “Garm” – y extendió una mano enorme y peluda hacia Izan –
aunque aquí me conocen como...
-
Yo… me llamo Izan – le interrumpió
mientras le chocaba una mano que sintió enorme, áspera y con el dorso lleno de
pelos muy compactos.
-
Encantado, Izan. – dijo Garm inclinándose
un poco hacia él – No te importa que te tutee. ¿No?
-
No, claro.
-
Dime: ¿Te encuentras bien? Estás pálido, parece
que acabes de ver levantarse a un muerto.
-
Yo, yo – y señalando al suelo Izan pudo
ver con asombro que la sombra de su perro se dirigía directamente hacia Garm.
Éste alargó una mano al vacío y con
la palma abierta hacia el suelo, la balanceó con suavidad acariciando algo que
no estaba. Bajo esa mano sólo había aire y nada más que aire. Un aire que Garm acariciaba
con la misma precisión con la que un mimo simula la presencia de un cristal. No
solo daba la impresión de estar apoyado sobre algo sólido, Izan podía escuchar el
roce de aquella mano con el vacío. Entonces observó con detenimiento la
sombra de aquel tipo y la de Braco 19. Ambas siluetas proyectadas contra el
suelo interactuaban entre sí de forma coherente. La sombra de Garm acariciaba el
lomo de la del perro con absoluta normalidad. La alegre sombra de Braco 19 plantó
sus patas delanteras sobre el pecho abultado de Garm que pareció alegrarse ante
esa inesperada muestra de cariño.
-
Bueno, bueno – le dijo amistosamente mientras
continuaba acariciando aquel lomo invisible y apartaba la cara tratando de evitar
los lametazos de una lengua fantasmal –. Tranquilo, chico, tranquilo. Pronto
iremos a casa.
Garm susurró algo en un idioma que
Izan no pudo entender y la silueta fantasmagórica de Braco19 reaccionó al
instante sentándose a sus pies.
La incomprensión de Izan iba en
aumento. Empezaba a perder el control de sí mismo. No se encontraba bien. Sentía
una empalagosa desazón por tantos hechos extraños ocurridos ante sus ojos y al
mismo tiempo entendía que respondían a una lógica ancestral incontestable. No
era lógico, nada de aquello lo era y, sin embargo, algo dentro de sí le impelía
a asumirlo con… con… ¿resignación?
Volvió a sentir mucho frío y esa
especie de molestia en la espalda como si estuviera tumbado sobre grava.
-
¿Te duele la espalda Izan? – inquirió Garm
–. Eso es porque, aunque tú crees que estás de pie, hace rato que estás
tumbado.
-
¿Cómo que estoy tumbado? – Izan bajó la
mirada y separó los brazos para explorarse y constatar que seguía en pie – ¿Y cómo
sabes que me duele la?
No pudo acabar la frase. Garm, se
plantó a menos de un palmo de su cara. Al verlo aparecer tan cerca sin
transición, Izan se sobresaltó y retrocedió sin mirar dónde ponía los pies, tropezó
y cayó al suelo de espaldas cuan largo era. A su lado detectó otra figura
tumbada en el suelo. Otra aparición inesperada. Izan se giró para ver quién era.
La visión le hizo chillar como una hiena histérica.
Se apartó con rapidez como pudo de aquella
figura idéntica a él que yacía a su lado en el suelo.
-
No te asustes – se burló Garm –, a fin de
cuentas, eso de ahí eres tú. Un poco maltrecho, eso sí, pero eres tú.
El tono socarrón de Garm no le
molestó. Sintió otra vez esa comezón que le imponía tomar como normales aquellos
hechos extraordinarios.
Lo del suelo no era un maniquí ni un
muñeco, era él, de alguna manera lo sabía, sentía que se había desdoblado y que
podía estar en dos sitios a la vez. En uno estaba su conciencia y en el otro carne,
sangre y huesos. Eso era raro, raro de cojones. Incrédulo, se puso en pie casi
sin darse cuenta y centró su atención en su cara o en lo que quedaba de ella.
Le costó reconocerse. Su cara se
había transformado en una esperpéntica representación del barón Ashler solo
que, en lugar de tener media cara de hombre y media de mujer separadas por un
eje transversal, tenía una mitad de la cara intacta y la otra ensangrentada y hecha
girones. El ojo y el párpado derechos ya no estaban, en su lugar, un puré pastoso
palpitaba en el interior de una cuenca vacía de la que caían pequeños regueros
de sangre. La oreja de ese lado colgaba apenas por un hilo de carne sonrosada.
Parte de la mandíbula había quedado al descubierto y un poco desplazada, dejando
los incisivos al aire al modo de los de un perro pequinés.
La otra mitad de su cara parecía
intacta, pero con una palidez ósea. No tenía expresión, mantenía un rictus
fantasmal como el de una figura de cera sin acabar, con el párpado medio cerrado
mostrando la esclerótica de un ojo girado hacia arriba como buscando algo. El pómulo,
muy marcado, sobresalía de la mejilla como una colina solitaria en medio de una
explanada. Respirar le costaba un gran esfuerzo y de vez en cuando emitía un
ronquido agudo, parecía que algo obstruido en la garganta le estuviera dificultando
el paso de aire.
Sobre una pierna reposaba el arma homicida
que había acabado con Braco 19 y con tantos otros como él. El cañón estaba
abierto en dos mitades retorcidas hacia atrás como la piel de un plátano metálico.
Estaba claro que, al dispararla, le había estallado en plena cara. Lo cierto
era que ni recordaba la última vez que había dedicado unos minutos a la
limpieza de su arma.
Asumió que estaba viviendo una
experiencia extracorpórea, había leído innumerables testimonios en Internet acerca
de experiencias cercanas a la muerte, pero nunca imaginó acabar siendo el
protagonista de una de ellas. Igual que en esas historias, él podía ver su
cuerpo desde fuera, pero en ninguna de ellas se mencionaba que un tipo siniestro
llamado Garm apareciera preguntando si alguien había llamado a su puerta.
De pronto Izan sintió que el suelo
cedía bajo sus pies como arenas movedizas. Se quedó inmóvil como una estatua y
bajó la vista. No tenía pies. No es que se hubieran hundido, es que habían
desaparecido literalmente. Se apoyaba en el suelo directamente sobre sus tibias
y las sombras de sus pies se enganchaban a ellas como dos calcetines vacíos
tirados al suelo. Movió los dedos para comprobar que los sentía y así era.
Entonces escuchó a Garm en un tono
que hacía ver que todo aquello le parecía divertido.
-
¡Ups! – exclamó – Ya has empezado a…
-
¿¡Qué!? - Izan no podía contener los nervios, no
quitaba ojo al suelo buscándose los pies – Que ya he empezado ¿a qué?
-
Ya has empezado a morirte.
-
¿A morirme?
-
A morirte sí, bueno tú exactamente no, tu
cuerpo, el que está tirado ahí. No aguantará mucho más. Fíjate, ya ni siquiera tienes
sombra.
Izan miró hacia atrás, no estaba.
Buscó y buscó por el suelo, en todas direcciones, desesperado como si hubiera
perdido un resguardo premiado de la lotería.
-
No la busques, no está. No tienes sombra porque
en realidad, la sombra, eres tú.
Izan agitaba la cabeza sin dejar de parpadear.
Garm, haciendo ver que comprendía todo cuanto lo que sucedía, continuó hablando.
-
Tu cuerpo agoniza. Y conforme vaya
muriendo irás transformándote en una simple sombra. Uno de los perdigones que te
ha entrado por esa sopa que antes era un ojo, te está licuando la sesera. Ahora
estás en tu limbo particular, un coma que no durará mucho. Conforme te vayas apagando
las leyes que conoces dejarán de funcionar, verás la puerta a la que has
llamado sin saberlo y serás obligado a entrar. Vendrás conmigo hasta el fin del
mundo.
-
Pero ¿Quién eres tú? – inquirió Izan.
-
Soy muchas cosas; el guardián de la
puerta, el que indica el camino, soy como un guía turístico a perpetuidad – una
risa a mitad entre una tos y un eructo se le escapó de pronto –. Desde hace
siglos, en el norte me llaman Garm, el perro sangrante, el pastor de ánimas, pero
aquí me conocéis como: cancerbero.
Mientras hablaba, una masa oscura y
densa emergió bajo sus pies extendiéndose en todas direcciones como una mancha
de aceite derramado. Izan vio que tenía profundidad, no era una simple mancha,
era un abismo que salido de la nada, se abría paso en su dirección. El paisaje palideció,
perdía el color quedando reducido a una gama de contrastes grises y negros.
Estaba presenciando la apertura de “la puerta”.
Acosado por el abismo, Izan tuvo que
retirarse para evitar caerse dentro. La sima fantasmal siguió creciendo y
extendiéndose hasta que alcanzó el cadáver de Braco 19. Se tragó el cuerpo
exánime del perro junto con el osario al completo de sus compañeros de jauría.
Garm se transformó ante sus ojos, se
hizo más grande, más animal. Se encogió para apoyarse sobre cuatro patas musculosas
y largas, como las de un podenco. Sus facciones se afilaron y le creció un
hocico. Detrás de sus hombros emergió una chepa enorme y velluda por la que
asomaron dos prominencias amorfas que se hincharon primero y se desgarraron
después por la mitad, para formar dos mandíbulas que quedaron situadas a ambos
lados de aquel bulto prominente. Una de ellas lanzó una dentellada a la otra y
falló. La otra no se amilanó. Garm permanecía impasible mientras que una
extrema delgadez se apoderaba de su cintura. Ahora era un perro enorme con tres
bocas que gruñían y levantaban los belfos para mostrar sus gigantescos
colmillos. De improviso las dos fauces de la joroba empezaron a aullar.
Izan escuchó la voz de Garm, le
hablaba sin separar los dientes.
-
Van a salir. Yo que tú empezaría a correr.
Los espectros de la difunta jauría de
Izan resurgieron del abismo. Las sombras de sus esqueletos reanimados emergieron
del agujero gruñendo y ladrando e inmediatamente centraron su atención en Izan.
Se acercaban despacio, husmeaban y se retiraban de nuevo para dar vueltas a su
alrededor. Estaban acechándole. Garm, con la cabeza torcida y las orejas hacia
delante, observaba la escena como un cachorro que no comprende las órdenes de
su amo. Izan no reaccionaba.
Estaba atónito, todo aquello le
parecía la introducción animada de un videojuego macabro que no iba con él. Entonces
vio a su madre como si la tuviera ante sus ojos, puesta en pie y agarrada a la
tela metálica de su jaula con una expresión de miedo desencajándole el rostro y
chillando.
-
¡Corre hijo! ¡¡Corre!!
Y entonces corrió.
La voz de Garm le perseguía. Por más
que se alejara no se la quitaba de encima.
-
Es inútil, Izan, ellos corren más que tú y
cazan mejor que tú.
A su espalda podía escuchar, los
ladridos de la jauría de la muerte.
-
Cuando te alcancen, te arrastrarán a su
rincón, te desgajarán como a una naranja, te recompondrás y volverán a desgajarte.
Daba grandes zancadas desesperadas,
huyendo por un paisaje que se apagaba al tiempo que la vida se apagaba en su
cuerpo.
-
Tus víctimas serán tus verdugos.
Cada vez se sentía más liviano, etéreo
como una sombra.
-
Huyes hacia mí sin remedio y cuando
llegues, te dejaré mudo para que no puedas desahogarte y ciego para que no
puedas defenderte.
Atenazado por el miedo, como un crío,
Izan quiso llorar, pero no pudo. Perdía esa facultad tan humana.
-
Luego me olvidaré de ti, quedarás a merced
de tus criaturas que te despedazarán sin descanso hasta el fin del mundo. Tú sentenciaste
su destino. Ahora ellos se ocuparán del tuyo.
Escuchar su condena imprimió más
velocidad a sus piernas ya dibujadas en sombras. Se alejó todo lo que pudo, no
se cansaba, alcanzó tal velocidad que tuvo la sensación de que volaba, incluso
albergó alguna esperanza de escapar hasta que sintió un dolor terrible. La
primera dentellada.
Tras la ella vinieron más, muchas
más, en los brazos, las piernas, los dedos, la cabeza y el cuello. En un
instante Izan se vio envuelto en mordiscos, rodeado de sombríos esqueletos
estirándole de tantas partes que no podía ni moverse. Braco 3, le desgarró el
vientre de una dentellada y se cebó con sus entrañas.
Fue arrastrado con violencia hacia la
puerta, hacia el abismo. Había corrido
un buen rato, pero apenas se había alejado unos pasos. Gritaba, aunque no
sirviera de nada. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Jamás se detendrían, nunca se
apiadarían de él. Pero mientras conservara la voz, usarla le proporcionaba cierto
alivio.
Todo a su alrededor se tornaba monocromo,
gris, sombrío. Todo excepto una de sus manos. Eso sólo podía significar una
cosa, había esperanza, su cuerpo aún aguantaba, sujeto por un hilo a la vida quizá
finalmente lograra resistir. Vislumbró una nota de color en el paisaje, un
matorral junto al borde del abismo conservaba sus tonos verdes y ocres en medio
de aquel entorno ensombrecido. Destacaba como una luciérnaga en una noche sin
luna. Los perros sin saberlo, lo arrastraban directo hacia él. Quizá tuviera
una última oportunidad de agarrase a él y evitar caerse al abismo.
Con gran esfuerzo logró zafarse de
uno de sus captores y liberó el brazo en el momento justo, lo estiró con fuerza
y se agarró al matorral. La jauría lo arrastró dentro de aquella boca de lobo
oscura y profunda, pero él no llegó a caer, aguantó colgando de una mano al
borde mismo de aquel precipicio. El matorral se torció bajo su peso, sus raíces
temblaron y sus ramas crujieron, pero no cedió. Los perros empezaron a tirar de
su cuerpo hecho trizas, le atacaban inmisericordes desde todos los ángulos
empeñados en soltarle, soportaba un dolor indescriptible. A Garm se le escapó
un gesto de sorpresa. Izan, aguantó, sacó fuerzas para aferrarse a la vida
evitando que su cuerpo expirara.
Su vida pasó comprimida en un
instante ante sus ojos. Su infancia, su adolescencia y su madurez en un flas. Una
escena permanece sobre las demás. Ve a su madre, joven y muy cansada, él es todavía
un niño pequeño y juega con la tierra de su parque favorito. Un cachorrito
blanco se le acerca moviendo la cola. Él se asusta y se va llorando junto a su
madre. Ella se ríe, no te asustes, le dice con cariño, no pasa nada, es un
cachorro como tú, qué bonito. Le consuela. Izan es feliz. Su madre le salva del
perro.
La visión se apagó. Izan consiguió sacar
un hilo de voz.
-
¡No! ¡No puedo morir! ¡No ahora!
-
¿Por qué? – inquirió Garm.
Izan aguantó un alarido cuando notó
algo desgarrándosele, su voz sonó rota por el miedo.
-
Me necesita – hizo una pausa –. Mi, mi
madre.
-
¿Tu madre?
Tu madre será en breve, comida para perros.
Braco 19 que seguía sentado a sus
pies, con un leve gesto de la cabeza Garm le indicó que atacara. Izan recibió
la nueva acometida apretando los dientes. Escuchó a su cuerpo exhalar por
última vez. Izan ya era una sombra. De un tirón Braco 19 acabó llevándoselo al
fondo del abismo. La planta se agitó al liberarse.
Izan no sintió la caída. Simplemente
ya estaba allí sintiendo cómo lo despedazaban. El cancerbero, lo agarró por los
pelos y lo elevó sin esfuerzo. Se le había desprendido la cabeza de un cuerpo
que seguía sintiendo. Garm estaba enfrente con una triple sonrisa de tres
bocas. Le introdujo una garra bajo el cuello, rebuscó un poco y le arrancó la
voz. Izan boqueó en silencio, como un pez que agoniza en un cubo. Dos uñas
sucias, enormes y astilladas se acercaban lenta e inexorablemente hacia sus
ojos.
Quedó a merced de su jauría espectral,
hasta el fin del mundo.
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