jueves, 12 de marzo de 2020


Mi nombre es Alberto. Tengo treinta y dos años. Escribo esto desde mi celda. Sí, estoy en la cárcel. Sí, un juez y un jurado popular han decidido que soy un peligro para la sociedad y me han encerrado entre estas cuatro paredes. Además de este encierro sin sentido, me someten a terapia psicológica y tratamiento psiquiátrico. Quieren tenerme controlado. ¡No estoy loco joder!
En el colegio siempre fui un marginado. Mientras el resto de niños jugaban al fútbol o coleccionaban cromos, yo prefería quedarme apartado leyendo. Eso parecía molestarles. ¿Por qué lo diferente molesta tanto? Se metían conmigo a todas horas. Intentaban humillarme, hacerme sentir una mierda. Nadie teme a lo que no vale nada, ¿verdad? Yo solía pegarme con todos ellos sin pestañear. Era mi derecho defenderme, y debo reconocer que disfrutaba dejando algún ojo morado o saltando algún diente. Yo era diferente, sí, pero no me importaba. Solo parecía importarles a ellos. ¿Por qué debía yo ser como ellos? ¿Gustarme las mismas cosas que a ellos? ¿Comportarme como ellos? ¿Por qué? Las mayorías son una desgracia para la humanidad. A día de hoy soy consciente de que yo les hacía ver lo miserables que eran. Por eso la tomaban conmigo. Pero ninguno de ellos consiguió jamás doblegarme. Hubo visitas al psicólogo infantil. Me expulsaron del colegio varias veces. Finalmente, todo quedaba en “son juegos de niños”. Y a otra cosa mariposa.
A veces creo que no soy más que una víctima. Víctima de mi psicólogo, de los niños de mi colegio, de mi novia en el instituto, de mis padres. Víctima de toda esa gente que va por la vida con la cabeza bien alta esparciendo sus mierdas morales aquí y allí. Creyéndose mejores que tú. Más listos que tú. Como si lo suyo valiera más. ¿Quién decide qué y por qué? ¿Acaso no tengo derecho a ser y pensar por mí mismo?
Me gusta leer, el buen vino, la carne poco hecha. Me gustan los silencios incómodos, la oscuridad, el sexo duro, la sangre. Me gustan la soledad y los días de lluvia. Mi problema siempre son los demás. Vienen a quitarme lo mío sin darme nada a cambio. Los demás y su dedo acusador.
El psicólogo al que visito en prisión dice que debo controlar mi ira y que no siempre puedo salirme con la mía. Salirme con la mía dice, el muy cabrón. Como si yo fuera un niño consentido y caprichoso. Llevo controlando mi ira desde pequeño. Llevo tragando mierda desde que tengo uso de razón. Mi padre me enseñó mucho sobre tragar mierda. Me pegaba unas palizas brutales cada vez que llegaba a casa borracho. Cuando cambia el tiempo, aún puedo sentir el dolor de las cicatrices que me dejaron sus palizas. Empiezan a picar como mosquitos en verano. A veces no lo soporto, y me rasco y me rasco.  Las cicatrices se abren y la sangre vuelve. Cicatriz sobre cicatriz. La historia de mi vida.
Recuerdo un día, cuando yo tenía 11 años recién cumplidos, en el que vinieron a casa un hombre y una mujer. Dijeron que eran de servicios sociales. Era por la mañana. Yo debería haber estado en el colegio, pero justo por aquellas fechas me habían expulsado unos días para variar. Parece ser que habían recibido una denuncia desde el hospital donde yo había acabado en ese último año varias veces por culpa de mi padre. Sospechaban que yo pudiera estar siendo maltratado en  casa. Resulta que, después de todo, el puto sistema funcionaba. Se me abrieron las puertas del cielo. Pensé que me sacarían de allí. Me quedé quieto en un rincón observándolo todo. Mi padre, el muy hijo de puta, parecía tranquilo. Les ofreció algo de beber y se sentó con ellos en la mesa del comedor. Mi madre se sentó a su lado y no abrió la boca en todo lo que duró la visita. Se limitó a sonreír y asentir a todo lo que decía mi padre. Puta. En un momento dado, se dirigieron a mí.
 - ¿Estás bien en casa?- me preguntó la mujer- Si no estás bien, nosotros podemos ayudarte.
Y yo, que en aquel momento temí por lo que me haría mi padre si decía que no, respondí con un “Sí. Muy bien.”
– Es muy bruto. Siempre le digo que vaya con cuidado, pero no me hace caso. Este niño...” – dijo mi padre, y me acarició la cabeza. ¡Qué cabrón!  Tras una conversación que duró aproximadamente una hora, la conclusión a la que llegaron los de servicios sociales, junto con ayuda de mi padre, fue que yo era un niño muy bruto, bastante inquieto, y algo despistado. En resumen: mis lesiones eran causa de mi torpeza. Todas mis visitas al hospital, mi brazo roto, las fisuras en mis costillas, mis moratones, mis cicatrices, mis lágrimas, mis gritos, mi dolor, mi miedo, mi rabia, mi desgracia, resumidas en una puta frase: yo era un torpe. Los de servicios sociales se fueron tal y como vinieron. Pasaron por mi casa sin pena ni gloria. Y me dejaron allí, a merced de ese hijo de puta que era mi padre.
Cuando cumplí los quince años se acabaron las palizas. Al borracho de mi padre le dió un ictus y se quedó en silla de ruedas. Era mi oportunidad para vengarme de él. Control de la ira dicen. Ja. Quince años esperando mi momento. Eso es control de la ira y lo demás gilipolleces. Cada día le repetía lo mismo: “te vas a morir cabrón, pero todavía no.”
Una vez leí en Internet, que si golpeas a alguien con una toalla mojada no le dejas marcas. Es cierto. Lo probé con el hijo de puta de mi padre varias veces. Los puñetazos en las costillas también funcionan. Y se puede usar también un libro grueso tipo listín telefónico. Las quemaduras de cigarros, aunque dejan marca, si las haces en la lengua de alguien que no puede hablar, son dolorosas e invisibles. Para evitar que mi madre pudiera verlas, yo me ofrecía a darle de comer siempre. Pero antes procuraba sacarle esa lengua de bastardo y rociarla con sal además de mearle en la sopa mientras él miraba. Por supuesto, no quería comer, se negaba en rotundo, pero ese hijo de puta medio paralítico y en silla de ruedas ya no podía defenderse, y acababa tragándose todo lo que yo le daba. Dejé de quemarle en la lengua al poco tiempo. No quería exponerme a que mi madre viera las marcas en cualquier momento. Y sé que a ella le resultaba muy extraño que me empeñara siempre en ser yo el que le diera de comer.
Cuando empecé a cansarme de todo aquello, volqué su silla de ruedas escaleras abajo. Mi padre rodó y cayó de bruces contra el suelo.  Yo empecé a gritar pidiendo ayuda, y varios vecinos llamaron a emergencias. La ambulancia apareció en cuestión de segundos. Mi padre no murió, pero se rompió un par de huesos. Bienvenido a mi mundo hijo de la gran puta. Me jodió bastante que no la palmara, lo tiré escaleras abajo contando con eso, y ahora no iba a poder repetir la misma jugada dos veces porque habría sido sospechoso, así que seguí torturándole, aunque cada vez menos. Mi madre nunca preguntaba, pero creo que empezó a sospechar con el tiempo, y ya nunca solía dejarnos a solas. No me importó demasiado. De todos modos, empezaba a aburrirme de él.
A mis dieciocho años por fin el hijo de puta de mi padre la palmó. Ya era hora joder. Mi madre y yo nos quedamos solos. Fue fantástico. Ella era una don nadie, y mientras tanto, yo hacía lo que me daba la gana.
Tuve una novia en el  instituto, pero resultó ser una mojigata insoportable. Estuve con ella durante dos años, para al final tener que acabar metiéndosela por el culo a la fuerza. Dos putos años aguantándola y no me dejó más opciones que la fuerza. Joder. Después de aquello, su padre me prohibió volver a acercarme a ella, y a mí, que lo único que me interesaba de ella eran su coño, su culo, y sus tetas, me pareció bien. Amenazó con denunciarme, así que puse tierra de por medio entre ella y yo. No quería problemas con la policía.
Tuve un par de novias después de ella. Dicen que a la tercer va la vencida, así que ahí me dí cuenta de que yo no estaba hecho para tener pareja. La segunda de ellas me denunció por maltrato y acabé con una noche en el calabozo y una orden de alejamiento a la espalda. Si quería follar, debía empezar a buscar otra cosa que no fuera el compromiso.
La primera vez que me fui de putas fue una experiencia absolutamente reveladora. Tuve la experiencia sexual más satisfactoria de mi vida hasta entonces. Cumplió con todas mis expectativas sobradamente. Aunque jamás antes habría pensado en pagar por tener sexo, el hecho de que esa mujer hiciera absolutamente todo lo que yo le pedía, me excitó sobremanera. Y sin denuncias de por medio oye. Hay que ver, bastaba con pagar. Ojalá lo hubiera sabido antes.
Mi madre murió cuando yo cumplí los veintiocho años. ¿Quién me lavaría la ropa y me haría la comida? No tenía trabajo, me dedicaba a la vida contemplativa, y tenía que pensar de dónde sacar dinero. Irme de putas era una afición muy cara e iba a necesitarlo. Por suerte para mí, mis padres me dejaron varios pisos en herencia. Vendí dos de ellos y me quedé con el tercero. Saqué una buena suma de pasta en aquella operación.
Al año de morir mi madre llevé por primera vez al piso a mi primera puta. La había recogido en la carretera de camino a casa. No tenía chulo, y eso me pareció interesante. Le pedí que se tumbara en la cama y lo hizo. Le tapé la boca con cinta aislante. Le expliqué que era la primera vez que llevaba a una mujer a casa y que no quería que los vecinos la oyeran gritar. Saqué un pañuelo de mi padre que aún guardaba en el armario, rodeé su cuello con él, y apreté. Abrió los ojos, intentó gritar, me arañó la cara y los brazos queriendo zafarse de mí. Cuando por fin dejó de resistirse, acaricié sus tetas, le bajé las bragas, y me la follé. Tuve el mejor orgasmo de mi vida. Después de aquello intenté despertarla, pero no respondía. Traté de reanimarla, pero siguió sin responder. La realidad era que acababa de matar a una mujer. Esa idea me ponía cachondísimo joder. ¿Quién era? ¿Tendría familia? ¿Alguien la echaría de menos? ¿Me habrían visto entrando con ella en casa? ¿Qué iba a hacer ahora? Me subí el pantalón, cogí a la puta, y la metí en la bañera. Sabía que antes o después empezaría a descomponerse y a oler. Tenía que hacer algo. Era tarde y estaba cansado. Decidí irme a dormir. Mañana lo solucionaré, pensé. Había sido un accidente. No quería matarla. ¿Alguien iba a creer eso?
Cuando desperté por la mañana bien temprano, después de un par de horas de sueño ininterrumpido, fui al baño. Estaba meando cuando me acordé de la puta muerta en mi bañera. Un accidente, sí, pero pensando en ello me empalmé. Tenía que hacer algo con la puta. No sabía si alguien la estaría buscando. No sabía quién era y tampoco me importaba. Fui a la habitación y busqué en su bolso. Encontré su DNI. Greta. Nombre de puta. Estaba claro. Alberto, no te despistes cojones, tienes que hacer algo con Greta la puta. Piensa. Una vez leí que la cal viva encubre el olor de un cuerpo en descomposición y además acelera el proceso. No tenía claro cuánto tiempo podría aguantar a esa puta en la bañera, pero de momento con eso me valdría. También me ayudaría a deshacerme de cualquier rastro de mí que quedara en ella. Compré 50 kilos de cal viva, volví a casa, y le vacié los dos sacos encima. Cerré la mampara de la bañera y coloqué un plástico de obra tapándolo todo. Llené el baño de incienso y velas aromáticas. Mi casa apestaría a vainilla y coco, pero eso no me preocupaba. Nadie me vio con ella. Nadie podía relacionarme con ella. Nadie vendría a buscarme. Solo era una puta muerta más.

Pasaron los meses y yo seguía obsesionado con el placer de haber asfixiado a Greta. Me masturbaba a diario, mientras su cadáver seguía en mi bañera descomponiéndose. Pero había algo que me perturbaba. Greta era una puta que desde el primer momento hizo todo lo que le dije, e incluso aunque se resistió a que la asfixiara, al principio pareció disfrutar con todo aquello. Empezaba a invadirme la necesidad de repetir, pero esta vez quería una mujer de verdad. Una a la que no tuviera que pagar para llevarla a mi casa. Una que tuviera algo que perder. Quería ver auténtico terror en sus ojos antes de morir. Putas, putas, putas. Necesitaba más.
Desde aquel día ya no podía pensar en otra cosa. Algo hizo click en mi cabeza. Algo que había estado dormitando hasta entonces. Sí, siempre fantaseé con estrangular a mi padre, a mi compañero de pupitre en el colegio, a mi novia en el instituto. Jamás lo hice. ¿Qué había cambiado? ¿Será que me faltaba el valor que ahora me sobra? Supongo que me he cansado de esconderme. Siempre viviendo bajo el dedo acusador de los demás. Haz esto. Haz lo otro. No hagas esto. No hagas lo otro. No pienses. No hables. ¿Quién decide qué? ¿Por qué tengo yo que aguantar humillaciones, insultos, puñetazos, un brazo roto? ¿Por qué? ¿Para poder seguir formando parte de esta sociedad falsa y patética que me repugna?
La noche siguiente salí a tomar una copa. Fui a un sitio nuevo. Un whisky con hielo, por favor. Al otro lado de la barra había una mujer. La miré y me sonrió. Era una mujer cualquiera. Unos treinta y cinco años. Posiblemente acababa de salir de trabajar. ¿A qué se dedicaría? No era puta. Eso seguro. Era el tipo de mujer con el que me venía obsesionando desde hacía meses. Creo que habría podido llevármela a casa en ese mismo instante, pero no quería que nadie me viera irme con ella. Cuando me terminé mi whisky, me levanté y me marché. Esperé en la calle durante una hora aproximadamente. Ella salió y la seguí con el coche. Lejos del local, me acerqué a ella y le ofrecí subirse a mi coche. Ella me reconoció y volvió a sonreír. Te llevo a casa, le dije. Subió. Hablamos un rato hasta llegar a su casa. La calle estaba desierta. Todo estaba saliendo a pedir de boca.
 -¿Subes?- Me preguntó.
Le dije que no, que prefería irme a casa.
- ¿Me enseñarías tu casa?- Insistió. Sonreí.
Cuando llegamos a mi casa le ofrecí una copa. Se tiró encima de mí y me desabrochó el pantalón. La llevé a la habitación y la tiré encima de la cama. Quítate la ropa, le dije. Y lo hizo. Me tumbé encima de ella y le tapé la boca con la mano.
- Sssssshhhhhh, no grites, no quiero que mis vecinos te oigan.-
Le abrí las piernas y se la metí hasta el fondo. Ella intentó gemir, pero con mi mano en su boca lo único que pudo hacer fue revolverse de placer. Cerró los ojos. Aproveché ese momento para pegarle un puñetazo en la mandíbula y dejarla inconsciente. Le até las manos a la espalda, até sus pies, tapé su boca con cinta aislante, y esperé a que se despertara. Cuando recuperó el conocimiento y me miró pude ver el terror en sus ojos. Sí. Era exactamente ese terror el que buscaba. Me empalmé.
- No tengas miedo, preciosa. Vas a morir, pero todavía no.
Me masturbé y me corrí en su cara. Ella intentaba gritar. En vano. Se revolvía, pegaba patadas. Todo en vano. Cogí el pañuelo de mi padre de la mesilla de noche y rodeé su cuello. Ella seguía revolviéndose, intentando zafarse de mí. La asfixié despacio. No quería matarla. Aún no. Perdió el conocimiento. Una vez, dos, tres. Mientras tanto, me la follé. Una vez, dos, tres. Finalmente, no volvió a despertarse. Yo estaba extasiado y agotado. Me tumbé a su lado y me quedé dormido. Al despertarme me encontré de nuevo con una muerta y nada que hacer con ella. Otra vez debía pensar una solución. ¿Qué haría con ella? Lo que estaba claro era que no podía meterla a ella también en la bañera. No había sitio para las dos. Cogí mis maletas de viaje del armario. Una para ella y otra para Greta, la puta de mi bañera. Iba siendo hora de deshacerme también de ella. Envolví a Greta la puta en plástico, y la metí en una de las maletas. No fue difícil. Lo difícil fue meter a la otra. Tuve que fracturarle unos cuantos huesos para encajarla dentro. Y ahí estábamos los tres. Yo, y dos mujeres muertas en dos maletas. Esperé a que anocheciera, metí las maletas en el coche y arranqué. No sabía dónde ir, lo único que tenía claro es que debía dejar las maletas lo más lejos posible de mi casa. Recordé un sitio en el campo, lejos de la ciudad, donde solía ir con mi padre a coger setas. Ese hijo de puta borracho de vez en cuando me sacaba a pasear y todo. Fui hasta allí y dejé las maletas. Suponía que alguien las encontraría, pero aunque así fuera, aunque las encontraran, jamás podrían relacionarlas conmigo de ninguna manera. Es curioso, pero no estaba preocupado en absoluto.
Pasaron un par de días cuando vi la cara de mi segunda muerta en la televisión. Mujer desaparecida. Fue vista por última vez en el bar X. Ahí supe que se llamaba Victoria. Todo el mundo buscaba a Victoria. En la calle, todos hablaban de Victoria. Pobre chica, decían. A ver si aparece pronto. Yo estaba ansioso y cachondo a partes iguales. Deseaba que la encontraran. De Greta la puta nadie hablaba. Pero de Victoria... Pensar en ella me la ponía dura.
Después de un par de meses, por fin encontraron a Victoria. Y a Greta, la puta, con ella. Joder, ya era hora. La noticia salió en todos los medios de comunicación. "El asesino de las maletas" decían. Hablaban de mí en todas partes. En los telediarios, en internet, en los periódicos. La policía de todo el país me buscaba. Mientras descorchaba una botella de vino, pensaba en cómo sería volver a matar. Sabía que era arriesgado, pero no podía parar de pensar en hacer de mí una estrella. Decidí que lo mejor para mí sería seguir con las putas sin chulo y sin familia. Igual que a Greta, nadie las buscaría, y eso me daba margen de maniobra. Hubo cuatro putas más después de Greta. Fui cuidadoso en cuanto a los detalles, dejé pasar un tiempo prudencial entre una y otra, y dado que me habían apodado el asesino de la maleta, no dudé en abandonar a todas ellas en el interior de una maleta y en puntos estratégicos. Los meses pasaron, la policía seguía investigando, y yo seguí descorchando una botella de vino tras otra. Greta, Victoria, Eva, Luisa… Había perdido la cuenta
Mientras tanto, e intentando hacer vida normal, empecé a salir con una chica. Era aburrida y hueca, pero estaba buena y follaba bien. Aquella noche quedé con ella.
Cuando Ana apareció le ofrecí una copa de vino.
- Me encanta tu casa. Ya era hora de que me invitaras. Empezaba a pensar que no te tomabas lo nuestro en serio.
Cerré la puerta con llave.
- Ana, yo no me tomo nada en serio. Y menos lo nuestro. Por cierto, me llamo Alberto, encantado de conocerte.
Ana abrió los ojos.
- No entiendo nada. ¿Alberto? Creía que te llamabas Luis.
Empezaba a asustarse.
Me puse entre ella y la puerta. Le tapé la boca con la mano. Empezó a revolverse.
- Ana, no hagas ruido. Estate quieta joder. Vas a morir, pero todavía no.
De nuevo ese terror. Recordé los ojos de mi padre en la silla de ruedas cada vez que me acercaba, los ojos de mi novia en el instituto casa vez que le pegaba, los ojos de la puta en mi bañera, los ojos de Victoria.
Ana siguió revolviéndose y no tuve más remedio que pegarle un puñetazo. Cayó al suelo. La cogí y la llevé al sofá. La desnudé. Empecé a lamer sus pies. Sus piernas. Su estómago. Sus tetas. Ella seguía respirando. Empecé a preguntarme cómo sabría. Me gustaba la carne poco hecha. Me gustaba trinchar un filete y ver la sangre correr burbujeante. ¿Sería lo mismo con ella? Ella seguía inconsciente. Me acerqué a su boca y la besé. Mordí con fuerza y le arranqué un trozo de labio. Se despertó y gritó. Volví a golpearle. Mastiqué y lo escupí. Qué asco joder. Quizá si lo pasaba un poco por la plancha sabía mejor.
La sangre salía de su labio a borbotones. Tenía que taparle la boca de una vez. Cogí cinta aislante y la até de pies y manos. También le tapé la boca. Cuando se despertó, ahí estaba yo, encima de ella, acariciándole el pelo. Empezó a respirar rápido, a revolverse, a llorar.
- Joder Ana. Está quieta joder. Vas a despertar a los vecinos. Vas a morir preciosa, pero todavía no. Tengo planes para ti.
Con los ojos suplicaba que la dejara irse. Pero yo tenía pensado algo mucho mejor. Era la hora de la cena. Cogí un cuchillo de cortar carne y empecé por sus pezones. Ella sollozaba, intentaba gritar, se retorcía de dolor. Chorreaba sangre. Qué espectáculo. Me iba a costar limpiar todo ese desastre, pero valdría la pena. Encendí la plancha de cocina. Ana se había desmayado del dolor. Creía que moriría en un rato desangrada. No me molesté en tapar sus heridas, habría sido inútil. Cociné su carne a la plancha y la serví en un plato. Ella seguía inconsciente en el sofá, desangrándose. Me senté a su lado con el plato en la mano. Estaba excitado. Probé un bocado del plato, mastiqué y lo escupí. Ni a las finas hierbas valía la pena un solo bocado de su carne. Me giré hacia ella y la golpeé en el estómago. No reaccionó. Hizo un ligero movimiento y jadeó, pero nada más. Yo estaba rabioso. ¿Me habría equivocado eligiendo de dónde cortar? Empecé a imaginar cómo habría sabido la puta de mi bañera. Mi padre. Victoria. Incluso mi madre. Esa mujer solo servía para cocinar y limpiar. Ana no aguantaría mucho más viva. No soy médico pero era evidente. Estaba cubierta de sangre y le costaba respirar. Yo solo quería que recuperara el conocimiento de nuevo para poder por fin estrangularla. Si algo me había quedado claro era que Ana no era la definitiva. Ana estaba asquerosa, incluso pasada por la plancha. Tendría que seguir buscando. Le pegué una bofetada. Despierta joder. Abrió los ojos. Me miró. No le quedaban fuerzas. Puse mis manos en su cuello y empecé a apretar. Ella reviscoló e intento resistirse. Me pegó una buena patada en los huevos. Caí al suelo y me retorcí de dolor. Joder Ana, esto no se le hace a tu novio. Cuando me recuperé ella seguía ahí tumbada, intentando liberarse de la cinta aislante. Te vas a enterar Ana. Fui al despacho y cogí un cúter del cajón del escritorio. Cuando volví al comedor, empecé a hacerle cortes profundos. En las piernas, en el estómago, en los brazos. Ella gemía de dolor. Se iba a desangrar. Yo solo tenía que quedarme ahí y esperar. Me serví una copa de vino y me senté en el sofá justo a su lado. Ahora sí que vas a morir preciosa. Perdió el conocimiento. Dejé la copa de vino, me acerqué a ella, abrí sus piernas, le metí el cúter hasta el fondo y saqué la hoja. Entonces ella abrió los ojos, pegó un respingo, y, con la boca tapada con cinta aislante gritó. Fue algo como el sonido de un cerdo cuando lo degüellan. Yo, me empalmé y eyaculé, casi las dos cosas al mismo tiempo. Ana dejó de respirar por fin. Saqué el cúter de su vagina y volví a sentarme en el sofá junto con mi copa de vino. Había sido algo mágico. Trascendental. Pegué un buen trago de vino y me puse a pensar qué hacer con Ana. Había conseguido comprar otra maleta más en una tienda de segunda mano, pero era demasiado pequeña para ella. Si quería meterla dentro debía descuartizarla. No iba a bastar con romperle algún hueso. ¿De dónde iba a sacar una sierra a esas horas? Miré el reloj. La 1 de la mañana. La sangre de Ana regaba el sofá, la alfombra, el cúter en mi manos. Yo estaba empapado en su sangre. Pensando en eso, me quedé dormido. De repente unas luces me despertaron. Desde mi ventana podía verlas. Eran fuegos artificiales. Oí el sonido de un helicóptero. De repente sirenas. Pasos por las escaleras. Me levanté del sofá y fui corriendo hacia la puerta.
-¡Policía! ¡Arriba las manos! ¡Al suelo! ¡Tírese al suelo! ¡Al suelo o disparo!
- Llegáis tarde. Está… Está muerta.
Mi vista se nubló y me desmayé. No recuerdo mucho más de aquella noche, ni de las noches que la siguieron. Hubo un juicio, largo y tedioso, en el que me declararon culpable de asesinato. Jamás saldré de aquí.
Nunca me he sentido parte de nada ni de nadie. En cambio ahora,  mientras escribo todo esto, me siento parte de todo. Por fin, después de tantos años,  me reconocen como lo que soy. Soy poderoso. Y desde hoy, voy a ser eterno. Desde hoy, el mundo será un lugar mejor donde vivir gracias a mí. Os perdono a todos.

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