Mi nombre es Alberto. Tengo treinta y dos años. Escribo
esto desde mi celda. Sí, estoy en la cárcel. Sí, un juez y un jurado popular
han decidido que soy un peligro para la sociedad y me han encerrado entre estas
cuatro paredes. Además de este encierro sin sentido, me someten a terapia
psicológica y tratamiento psiquiátrico. Quieren tenerme controlado. ¡No estoy
loco joder!
En el colegio siempre fui un marginado. Mientras el
resto de niños jugaban al fútbol o coleccionaban cromos, yo prefería quedarme
apartado leyendo. Eso parecía molestarles. ¿Por qué lo diferente molesta tanto?
Se metían conmigo a todas horas. Intentaban humillarme, hacerme sentir una
mierda. Nadie teme a lo que no vale nada, ¿verdad? Yo solía pegarme con todos
ellos sin pestañear. Era mi derecho defenderme, y debo reconocer que disfrutaba
dejando algún ojo morado o saltando algún diente. Yo era diferente, sí, pero no
me importaba. Solo parecía importarles a ellos. ¿Por qué debía yo ser como
ellos? ¿Gustarme las mismas cosas que a ellos? ¿Comportarme como ellos? ¿Por
qué? Las mayorías son una desgracia para la humanidad. A día de hoy soy
consciente de que yo les hacía ver lo miserables que eran. Por eso la tomaban
conmigo. Pero ninguno de ellos consiguió jamás doblegarme. Hubo visitas al
psicólogo infantil. Me expulsaron del colegio varias veces. Finalmente, todo
quedaba en “son juegos de niños”. Y a otra cosa mariposa.
A veces creo que no soy más que una víctima. Víctima
de mi psicólogo, de los niños de mi colegio, de mi novia en el instituto, de mis
padres. Víctima de toda esa gente que va por la vida con la cabeza bien alta
esparciendo sus mierdas morales aquí y allí. Creyéndose mejores que tú. Más
listos que tú. Como si lo suyo valiera más. ¿Quién decide qué y por qué? ¿Acaso
no tengo derecho a ser y pensar por mí mismo?
Me gusta leer, el buen vino, la carne poco hecha. Me
gustan los silencios incómodos, la oscuridad, el sexo duro, la sangre. Me
gustan la soledad y los días de lluvia. Mi problema siempre son los demás.
Vienen a quitarme lo mío sin darme nada a cambio. Los demás y su dedo acusador.
El psicólogo al que visito en prisión dice que debo
controlar mi ira y que no siempre puedo salirme con la mía. Salirme con la mía
dice, el muy cabrón. Como si yo fuera un niño consentido y caprichoso. Llevo
controlando mi ira desde pequeño. Llevo tragando mierda desde que tengo uso de
razón. Mi padre me enseñó mucho sobre tragar mierda. Me pegaba unas palizas
brutales cada vez que llegaba a casa borracho. Cuando cambia el tiempo, aún
puedo sentir el dolor de las cicatrices que me dejaron sus palizas. Empiezan a
picar como mosquitos en verano. A veces no lo soporto, y me rasco y me
rasco. Las cicatrices se abren y la
sangre vuelve. Cicatriz sobre cicatriz. La historia de mi vida.
Recuerdo un día, cuando yo tenía 11 años recién
cumplidos, en el que vinieron a casa un hombre y una mujer. Dijeron que eran de
servicios sociales. Era por la mañana. Yo debería haber estado en el colegio,
pero justo por aquellas fechas me habían expulsado unos días para variar.
Parece ser que habían recibido una denuncia desde el hospital donde yo había
acabado en ese último año varias veces por culpa de mi padre. Sospechaban que
yo pudiera estar siendo maltratado en
casa. Resulta que, después de todo, el puto sistema funcionaba. Se me
abrieron las puertas del cielo. Pensé que me sacarían de allí. Me quedé quieto
en un rincón observándolo todo. Mi padre, el muy hijo de puta, parecía
tranquilo. Les ofreció algo de beber y se sentó con ellos en la mesa del
comedor. Mi madre se sentó a su lado y no abrió la boca en todo lo que duró la
visita. Se limitó a sonreír y asentir a todo lo que decía mi padre. Puta. En un
momento dado, se dirigieron a mí.
- ¿Estás bien
en casa?- me preguntó la mujer- Si no estás bien, nosotros podemos ayudarte.
Y yo, que en aquel momento temí por lo que me haría
mi padre si decía que no, respondí con un “Sí. Muy bien.”
– Es muy bruto. Siempre le digo que vaya con
cuidado, pero no me hace caso. Este niño...” – dijo mi padre, y me acarició la
cabeza. ¡Qué cabrón! Tras una conversación
que duró aproximadamente una hora, la conclusión a la que llegaron los de
servicios sociales, junto con ayuda de mi padre, fue que yo era un niño muy
bruto, bastante inquieto, y algo despistado. En resumen: mis lesiones eran
causa de mi torpeza. Todas mis visitas al hospital, mi brazo roto, las fisuras
en mis costillas, mis moratones, mis cicatrices, mis lágrimas, mis gritos, mi
dolor, mi miedo, mi rabia, mi desgracia, resumidas en una puta frase: yo era un
torpe. Los de servicios sociales se fueron tal y como vinieron. Pasaron por mi
casa sin pena ni gloria. Y me dejaron allí, a merced de ese hijo de puta que
era mi padre.
Cuando cumplí los quince años se acabaron las
palizas. Al borracho de mi padre le dió un ictus y se quedó en silla de ruedas.
Era mi oportunidad para vengarme de él. Control de la ira dicen. Ja. Quince
años esperando mi momento. Eso es control de la ira y lo demás gilipolleces.
Cada día le repetía lo mismo: “te vas a morir cabrón, pero todavía no.”
Una vez leí en Internet, que si golpeas a alguien
con una toalla mojada no le dejas marcas. Es cierto. Lo probé con el hijo de
puta de mi padre varias veces. Los puñetazos en las costillas también
funcionan. Y se puede usar también un libro grueso tipo listín telefónico. Las
quemaduras de cigarros, aunque dejan marca, si las haces en la lengua de
alguien que no puede hablar, son dolorosas e invisibles. Para evitar que mi
madre pudiera verlas, yo me ofrecía a darle de comer siempre. Pero antes procuraba
sacarle esa lengua de bastardo y rociarla con sal además de mearle en la sopa
mientras él miraba. Por supuesto, no quería comer, se negaba en rotundo, pero
ese hijo de puta medio paralítico y en silla de ruedas ya no podía defenderse,
y acababa tragándose todo lo que yo le daba. Dejé de quemarle en la lengua al
poco tiempo. No quería exponerme a que mi madre viera las marcas en cualquier
momento. Y sé que a ella le resultaba muy extraño que me empeñara siempre en
ser yo el que le diera de comer.
Cuando empecé a cansarme de todo aquello, volqué su
silla de ruedas escaleras abajo. Mi padre rodó y cayó de bruces contra el
suelo. Yo empecé a gritar pidiendo
ayuda, y varios vecinos llamaron a emergencias. La ambulancia apareció en
cuestión de segundos. Mi padre no murió, pero se rompió un par de huesos.
Bienvenido a mi mundo hijo de la gran puta. Me jodió bastante que no la
palmara, lo tiré escaleras abajo contando con eso, y ahora no iba a poder
repetir la misma jugada dos veces porque habría sido sospechoso, así que seguí
torturándole, aunque cada vez menos. Mi madre nunca preguntaba, pero creo que
empezó a sospechar con el tiempo, y ya nunca solía dejarnos a solas. No me
importó demasiado. De todos modos, empezaba a aburrirme de él.
A mis dieciocho años por fin el hijo de puta de mi
padre la palmó. Ya era hora joder. Mi madre y yo nos quedamos solos. Fue
fantástico. Ella era una don nadie, y mientras tanto, yo hacía lo que me daba
la gana.
Tuve una novia en el
instituto, pero resultó ser una mojigata insoportable. Estuve con ella
durante dos años, para al final tener que acabar metiéndosela por el culo a la
fuerza. Dos putos años aguantándola y no me dejó más opciones que la fuerza.
Joder. Después de aquello, su padre me prohibió volver a acercarme a ella, y a
mí, que lo único que me interesaba de ella eran su coño, su culo, y sus tetas,
me pareció bien. Amenazó con denunciarme, así que puse tierra de por medio
entre ella y yo. No quería problemas con la policía.
Tuve un par de novias después de ella. Dicen que a
la tercer va la vencida, así que ahí me dí cuenta de que yo no estaba hecho
para tener pareja. La segunda de ellas me denunció por maltrato y acabé con una
noche en el calabozo y una orden de alejamiento a la espalda. Si quería follar,
debía empezar a buscar otra cosa que no fuera el compromiso.
La primera vez que me fui de putas fue una
experiencia absolutamente reveladora. Tuve la experiencia sexual más
satisfactoria de mi vida hasta entonces. Cumplió con todas mis expectativas
sobradamente. Aunque jamás antes habría pensado en pagar por tener sexo, el
hecho de que esa mujer hiciera absolutamente todo lo que yo le pedía, me excitó
sobremanera. Y sin denuncias de por medio oye. Hay que ver, bastaba con pagar.
Ojalá lo hubiera sabido antes.
Mi madre murió cuando yo cumplí los veintiocho años.
¿Quién me lavaría la ropa y me haría la comida? No tenía trabajo, me dedicaba a
la vida contemplativa, y tenía que pensar de dónde sacar dinero. Irme de putas
era una afición muy cara e iba a necesitarlo. Por suerte para mí, mis padres me
dejaron varios pisos en herencia. Vendí dos de ellos y me quedé con el tercero.
Saqué una buena suma de pasta en aquella operación.
Al año de morir mi madre llevé por primera vez al piso
a mi primera puta. La había recogido en la carretera de camino a casa. No tenía
chulo, y eso me pareció interesante. Le pedí que se tumbara en la cama y lo
hizo. Le tapé la boca con cinta aislante. Le expliqué que era la primera vez que
llevaba a una mujer a casa y que no quería que los vecinos la oyeran gritar.
Saqué un pañuelo de mi padre que aún guardaba en el armario, rodeé su cuello
con él, y apreté. Abrió los ojos, intentó gritar, me arañó la cara y los brazos
queriendo zafarse de mí. Cuando por fin dejó de resistirse, acaricié sus tetas,
le bajé las bragas, y me la follé. Tuve el mejor orgasmo de mi vida. Después de
aquello intenté despertarla, pero no respondía. Traté de reanimarla, pero
siguió sin responder. La realidad era que acababa de matar a una mujer. Esa
idea me ponía cachondísimo joder. ¿Quién era? ¿Tendría familia? ¿Alguien la
echaría de menos? ¿Me habrían visto entrando con ella en casa? ¿Qué iba a hacer
ahora? Me subí el pantalón, cogí a la puta, y la metí en la bañera. Sabía que
antes o después empezaría a descomponerse y a oler. Tenía que hacer algo. Era
tarde y estaba cansado. Decidí irme a dormir. Mañana lo solucionaré, pensé.
Había sido un accidente. No quería matarla. ¿Alguien iba a creer eso?
Cuando desperté por la mañana bien temprano, después
de un par de horas de sueño ininterrumpido, fui al baño. Estaba meando cuando
me acordé de la puta muerta en mi bañera. Un accidente, sí, pero pensando en
ello me empalmé. Tenía que hacer algo con la puta. No sabía si alguien la
estaría buscando. No sabía quién era y tampoco me importaba. Fui a la
habitación y busqué en su bolso. Encontré su DNI. Greta. Nombre de puta. Estaba
claro. Alberto, no te despistes cojones, tienes que hacer algo con Greta la
puta. Piensa. Una vez leí que la cal viva encubre el olor de un cuerpo en
descomposición y además acelera el proceso. No tenía claro cuánto tiempo podría
aguantar a esa puta en la bañera, pero de momento con eso me valdría. También
me ayudaría a deshacerme de cualquier rastro de mí que quedara en ella. Compré
50 kilos de cal viva, volví a casa, y le vacié los dos sacos encima. Cerré la
mampara de la bañera y coloqué un plástico de obra tapándolo todo. Llené el
baño de incienso y velas aromáticas. Mi casa apestaría a vainilla y coco, pero
eso no me preocupaba. Nadie me vio con ella. Nadie podía relacionarme con ella.
Nadie vendría a buscarme. Solo era una puta muerta más.
Pasaron los meses y yo seguía obsesionado con el
placer de haber asfixiado a Greta. Me masturbaba a diario, mientras su cadáver
seguía en mi bañera descomponiéndose. Pero había algo que me perturbaba. Greta
era una puta que desde el primer momento hizo todo lo que le dije, e incluso
aunque se resistió a que la asfixiara, al principio pareció disfrutar con todo
aquello. Empezaba a invadirme la necesidad de repetir, pero esta vez quería una
mujer de verdad. Una a la que no tuviera que pagar para llevarla a mi casa. Una
que tuviera algo que perder. Quería ver auténtico terror en sus ojos antes de
morir. Putas, putas, putas. Necesitaba más.
Desde aquel día ya no podía pensar en otra cosa.
Algo hizo click en mi cabeza. Algo que había estado dormitando hasta entonces.
Sí, siempre fantaseé con estrangular a mi padre, a mi compañero de pupitre en
el colegio, a mi novia en el instituto. Jamás lo hice. ¿Qué había cambiado?
¿Será que me faltaba el valor que ahora me sobra? Supongo que me he cansado de
esconderme. Siempre viviendo bajo el dedo acusador de los demás. Haz esto. Haz
lo otro. No hagas esto. No hagas lo otro. No pienses. No hables. ¿Quién decide
qué? ¿Por qué tengo yo que aguantar humillaciones, insultos, puñetazos, un
brazo roto? ¿Por qué? ¿Para poder seguir formando parte de esta sociedad falsa
y patética que me repugna?
La noche siguiente salí a tomar una copa. Fui a un sitio
nuevo. Un whisky con hielo, por favor. Al otro lado de la barra había una
mujer. La miré y me sonrió. Era una mujer cualquiera. Unos treinta y cinco
años. Posiblemente acababa de salir de trabajar. ¿A qué se dedicaría? No era
puta. Eso seguro. Era el tipo de mujer con el que me venía obsesionando desde
hacía meses. Creo que habría podido llevármela a casa en ese mismo instante,
pero no quería que nadie me viera irme con ella. Cuando me terminé mi whisky,
me levanté y me marché. Esperé en la calle durante una hora aproximadamente.
Ella salió y la seguí con el coche. Lejos del local, me acerqué a ella y le
ofrecí subirse a mi coche. Ella me reconoció y volvió a sonreír. Te llevo a
casa, le dije. Subió. Hablamos un rato hasta llegar a su casa. La calle estaba
desierta. Todo estaba saliendo a pedir de boca.
-¿Subes?- Me
preguntó.
Le dije que no, que prefería irme a casa.
- ¿Me enseñarías tu casa?- Insistió. Sonreí.
Cuando llegamos a mi casa le ofrecí una copa. Se
tiró encima de mí y me desabrochó el pantalón. La llevé a la habitación y la
tiré encima de la cama. Quítate la ropa, le dije. Y lo hizo. Me tumbé encima de
ella y le tapé la boca con la mano.
- Sssssshhhhhh, no grites, no quiero que mis vecinos
te oigan.-
Le abrí las piernas y se la metí hasta el fondo.
Ella intentó gemir, pero con mi mano en su boca lo único que pudo hacer fue
revolverse de placer. Cerró los ojos. Aproveché ese momento para pegarle un
puñetazo en la mandíbula y dejarla inconsciente. Le até las manos a la espalda,
até sus pies, tapé su boca con cinta aislante, y esperé a que se despertara.
Cuando recuperó el conocimiento y me miró pude ver el terror en sus ojos. Sí.
Era exactamente ese terror el que buscaba. Me empalmé.
- No tengas miedo, preciosa. Vas a morir, pero
todavía no.
Me masturbé y me corrí en su cara. Ella intentaba
gritar. En vano. Se revolvía, pegaba patadas. Todo en vano. Cogí el pañuelo de
mi padre de la mesilla de noche y rodeé su cuello. Ella seguía revolviéndose,
intentando zafarse de mí. La asfixié despacio. No quería matarla. Aún no.
Perdió el conocimiento. Una vez, dos, tres. Mientras tanto, me la follé. Una
vez, dos, tres. Finalmente, no volvió a despertarse. Yo estaba extasiado y agotado.
Me tumbé a su lado y me quedé dormido. Al despertarme me encontré de nuevo con
una muerta y nada que hacer con ella. Otra vez debía pensar una solución. ¿Qué
haría con ella? Lo que estaba claro era que no podía meterla a ella también en
la bañera. No había sitio para las dos. Cogí mis maletas de viaje del armario.
Una para ella y otra para Greta, la puta de mi bañera. Iba siendo hora de
deshacerme también de ella. Envolví a Greta la puta en plástico, y la metí en
una de las maletas. No fue difícil. Lo difícil fue meter a la otra. Tuve que
fracturarle unos cuantos huesos para encajarla dentro. Y ahí estábamos los
tres. Yo, y dos mujeres muertas en dos maletas. Esperé a que anocheciera, metí
las maletas en el coche y arranqué. No sabía dónde ir, lo único que tenía claro
es que debía dejar las maletas lo más lejos posible de mi casa. Recordé un
sitio en el campo, lejos de la ciudad, donde solía ir con mi padre a coger
setas. Ese hijo de puta borracho de vez en cuando me sacaba a pasear y todo.
Fui hasta allí y dejé las maletas. Suponía que alguien las encontraría, pero
aunque así fuera, aunque las encontraran, jamás podrían relacionarlas conmigo
de ninguna manera. Es curioso, pero no estaba preocupado en absoluto.
Pasaron un par de días cuando vi la cara de mi
segunda muerta en la televisión. Mujer desaparecida. Fue vista por última vez
en el bar X. Ahí supe que se llamaba Victoria. Todo el mundo buscaba a
Victoria. En la calle, todos hablaban de Victoria. Pobre chica, decían. A ver
si aparece pronto. Yo estaba ansioso y cachondo a partes iguales. Deseaba que
la encontraran. De Greta la puta nadie hablaba. Pero de Victoria... Pensar en
ella me la ponía dura.
Después de un par de meses, por fin encontraron a Victoria.
Y a Greta, la puta, con ella. Joder, ya era hora. La noticia salió en todos los
medios de comunicación. "El asesino de las maletas" decían. Hablaban
de mí en todas partes. En los telediarios, en internet, en los periódicos. La
policía de todo el país me buscaba. Mientras descorchaba una botella de vino,
pensaba en cómo sería volver a matar. Sabía que era arriesgado, pero no podía
parar de pensar en hacer de mí una estrella. Decidí que lo mejor para mí sería
seguir con las putas sin chulo y sin familia. Igual que a Greta, nadie las
buscaría, y eso me daba margen de maniobra. Hubo cuatro putas más después de
Greta. Fui cuidadoso en cuanto a los detalles, dejé pasar un tiempo prudencial
entre una y otra, y dado que me habían apodado el asesino de la maleta, no dudé
en abandonar a todas ellas en el interior de una maleta y en puntos
estratégicos. Los meses pasaron, la policía seguía investigando, y yo seguí
descorchando una botella de vino tras otra. Greta, Victoria, Eva, Luisa… Había
perdido la cuenta
Mientras tanto, e intentando hacer vida normal,
empecé a salir con una chica. Era aburrida y hueca, pero estaba buena y follaba
bien. Aquella noche quedé con ella.
Cuando Ana apareció le ofrecí una copa de vino.
- Me encanta tu casa. Ya era hora de que me
invitaras. Empezaba a pensar que no te tomabas lo nuestro en serio.
Cerré la puerta con llave.
- Ana, yo no me tomo nada en serio. Y menos lo nuestro.
Por cierto, me llamo Alberto, encantado de conocerte.
Ana abrió los ojos.
- No entiendo nada. ¿Alberto? Creía que te llamabas
Luis.
Empezaba a asustarse.
Me puse entre ella y la puerta. Le tapé la boca con
la mano. Empezó a revolverse.
- Ana, no hagas ruido. Estate quieta joder. Vas a
morir, pero todavía no.
De nuevo ese terror. Recordé los ojos de mi padre en
la silla de ruedas cada vez que me acercaba, los ojos de mi novia en el
instituto casa vez que le pegaba, los ojos de la puta en mi bañera, los ojos de
Victoria.
Ana siguió revolviéndose y no tuve más remedio que
pegarle un puñetazo. Cayó al suelo. La cogí y la llevé al sofá. La desnudé.
Empecé a lamer sus pies. Sus piernas. Su estómago. Sus tetas. Ella seguía
respirando. Empecé a preguntarme cómo sabría. Me gustaba la carne poco hecha.
Me gustaba trinchar un filete y ver la sangre correr burbujeante. ¿Sería lo
mismo con ella? Ella seguía inconsciente. Me acerqué a su boca y la besé. Mordí
con fuerza y le arranqué un trozo de labio. Se despertó y gritó. Volví a
golpearle. Mastiqué y lo escupí. Qué asco joder. Quizá si lo pasaba un poco por
la plancha sabía mejor.
La sangre salía de su labio a borbotones. Tenía que
taparle la boca de una vez. Cogí cinta aislante y la até de pies y manos.
También le tapé la boca. Cuando se despertó, ahí estaba yo, encima de ella,
acariciándole el pelo. Empezó a respirar rápido, a revolverse, a llorar.
- Joder Ana. Está quieta joder. Vas a despertar a
los vecinos. Vas a morir preciosa, pero todavía no. Tengo planes para ti.
Con los ojos suplicaba que la dejara irse. Pero yo
tenía pensado algo mucho mejor. Era la hora de la cena. Cogí un cuchillo de
cortar carne y empecé por sus pezones. Ella sollozaba, intentaba gritar, se
retorcía de dolor. Chorreaba sangre. Qué espectáculo. Me iba a costar limpiar
todo ese desastre, pero valdría la pena. Encendí la plancha de cocina. Ana se
había desmayado del dolor. Creía que moriría en un rato desangrada. No me
molesté en tapar sus heridas, habría sido inútil. Cociné su carne a la plancha
y la serví en un plato. Ella seguía inconsciente en el sofá, desangrándose. Me
senté a su lado con el plato en la mano. Estaba excitado. Probé un bocado del
plato, mastiqué y lo escupí. Ni a las finas hierbas valía la pena un solo
bocado de su carne. Me giré hacia ella y la golpeé en el estómago. No
reaccionó. Hizo un ligero movimiento y jadeó, pero nada más. Yo estaba rabioso.
¿Me habría equivocado eligiendo de dónde cortar? Empecé a imaginar cómo habría
sabido la puta de mi bañera. Mi padre. Victoria. Incluso mi madre. Esa mujer
solo servía para cocinar y limpiar. Ana no aguantaría mucho más viva. No soy
médico pero era evidente. Estaba cubierta de sangre y le costaba respirar. Yo
solo quería que recuperara el conocimiento de nuevo para poder por fin estrangularla.
Si algo me había quedado claro era que Ana no era la definitiva. Ana estaba
asquerosa, incluso pasada por la plancha. Tendría que seguir buscando. Le pegué
una bofetada. Despierta joder. Abrió los ojos. Me miró. No le quedaban fuerzas.
Puse mis manos en su cuello y empecé a apretar. Ella reviscoló e intento
resistirse. Me pegó una buena patada en los huevos. Caí al suelo y me retorcí
de dolor. Joder Ana, esto no se le hace a tu novio. Cuando me recuperé ella
seguía ahí tumbada, intentando liberarse de la cinta aislante. Te vas a enterar
Ana. Fui al despacho y cogí un cúter del cajón del escritorio. Cuando volví al
comedor, empecé a hacerle cortes profundos. En las piernas, en el estómago, en
los brazos. Ella gemía de dolor. Se iba a desangrar. Yo solo tenía que quedarme
ahí y esperar. Me serví una copa de vino y me senté en el sofá justo a su lado.
Ahora sí que vas a morir preciosa. Perdió el conocimiento. Dejé la copa de
vino, me acerqué a ella, abrí sus piernas, le metí el cúter hasta el fondo y
saqué la hoja. Entonces ella abrió los ojos, pegó un respingo, y, con la boca
tapada con cinta aislante gritó. Fue algo como el sonido de un cerdo cuando lo
degüellan. Yo, me empalmé y eyaculé, casi las dos cosas al mismo tiempo. Ana
dejó de respirar por fin. Saqué el cúter de su vagina y volví a sentarme en el
sofá junto con mi copa de vino. Había sido algo mágico. Trascendental. Pegué un
buen trago de vino y me puse a pensar qué hacer con Ana. Había conseguido
comprar otra maleta más en una tienda de segunda mano, pero era demasiado
pequeña para ella. Si quería meterla dentro debía descuartizarla. No iba a
bastar con romperle algún hueso. ¿De dónde iba a sacar una sierra a esas horas?
Miré el reloj. La 1 de la mañana. La sangre de Ana regaba el sofá, la alfombra,
el cúter en mi manos. Yo estaba empapado en su sangre. Pensando en eso, me
quedé dormido. De repente unas luces me despertaron. Desde mi ventana podía
verlas. Eran fuegos artificiales. Oí el sonido de un helicóptero. De repente
sirenas. Pasos por las escaleras. Me levanté del sofá y fui corriendo hacia la
puerta.
-¡Policía! ¡Arriba las manos! ¡Al suelo! ¡Tírese al
suelo! ¡Al suelo o disparo!
- Llegáis tarde. Está… Está muerta.
Mi vista se nubló y me desmayé. No recuerdo mucho
más de aquella noche, ni de las noches que la siguieron. Hubo un juicio, largo
y tedioso, en el que me declararon culpable de asesinato. Jamás saldré de aquí.
Nunca me he sentido parte de nada ni de nadie. En cambio
ahora, mientras escribo todo esto, me
siento parte de todo. Por fin, después de tantos años, me reconocen como lo que soy. Soy poderoso. Y
desde hoy, voy a ser eterno. Desde hoy, el mundo será un lugar mejor donde
vivir gracias a mí. Os perdono a todos.
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