Cuando el angosto camino de tierra
llegó a su fin, Izan pegó un volantazo a la izquierda sacando bruscamente su maltrecho
4x4 de aquella especie de senda venida a más que serpenteaba por medio de un
paisaje yermo y polvoriento.
El todoterreno empezó a descender por
una rampa natural de tierra prensada, grava y zarzas, muy inclinada y que terminaba
en una especie de valle poco profundo por el que discurría un cauce seco lleno
de arena rojiza y cantos rodados enormes. Un auténtico torrente de piedras ideal
para darse un agitado paseo en coche espantando un sinfín de saltamontes y aplastando
unas cuantas lagartijas.
Los vaivenes de la carrocería eran tan
bruscos y rápidos por efecto de las angostas irregularidades del terreno que
Izan sintió que literalmente rebotaba dentro de su propio vehículo con tal
intensidad, que tenía verdaderas dificultades para mantener el pie presionando
el acelerador.
Siguiendo aquel curso transformador de
todoterrenos en batidoras humanas y tras un largo rato de duración indefinida,
Izan se introdujo poco a poco en medio de un paisaje lunar desprovisto de
caminos y salpicado de pequeñas colinas cónicas que, a modo de chepas en
procesión, lo rodeaban por todas partes.
Detuvo el vehículo en la falda de una
ladera algo más inclinada que las demás. No apagó el motor, sólo se detuvo un
instante a respirar, a descansar y a observar el enorme montículo que tenía
enfrente con su peculiar forma de volcán en miniatura.
Su enorme estómago le dio con una
punzada de aviso. Quizá se debió a que estaba hambriento o quizá a causa de los
nervios por lo que estaba a punto de hacer. Izan pretendía subir a la cima de
aquella colina en línea recta y sin escalas desde el punto donde se encontraba.
No era un problema de potencia mecánica, su todoterreno tenía de sobra. Era un
problema de pura física. Justo en el tramo final, cerca de la cumbre, la ladera
de unos cuarenta metros de longitud se veía todavía más empinada si cabe que en
su falda. Si llegado a ese punto el coche se inclinaba demasiado, Izan corría el
serio peligro de caer dando vueltas de campana ladera abajo atrapado en su particular
sarcófago metálico rodante. Pero Izan era completamente incapaz de ver todo
aquello. La física para él era aquella asignatura horrible que le obligaba a
pasar de niño dos veces por semana por aquella tortura inhumana llamada
ejercicio. Su forma de ver la vida era tan simple como podría serlo la de un
mantecoso hombre de cromañón relleno de 105 kilos de grasas saturadas,
gobernado por una mente con una severa falta de capacidad de razonamiento.
Un largo bostezo decidió al final que
lo que sentía en sus tripas era verdadera hambre. No había cogido nada de comer
para él así que decidió que tenía que darse prisa. No había llegado allí para perder
el tiempo precisamente. Metió la reductora. Se encomendó a unos cuantos dioses
galácticos de su invención y se dijo a sí mismo: que la Fuerza me acompañe.
Las cuatro ruedas comenzaron a girar sincronizadas
y el morro del todoterreno inició el empinado y ruidoso ascenso ladera arriba. En
el interior del coche se hizo imposible escuchar nada que no fuera el rugido de
los dos mil quinientos centímetros cúbicos de aquél potente purasangre mecánico.
En cuanto el coche se inclinó por la fuerte pendiente Izan quedó aplastado
contra el respaldo de su asiento. Su pobre mente sobre estimulada imaginó que pilotaba
una nave espacial por una pista de despegue directa al firmamento. Aquella
sensación lo emborrachaba. Era como estar flotando en la ingravidez. El volante
ya no era un volante, era un timón de mando espacial, su asiento estaba dentro
de una cabina de piloto y él era el mismísimo Han Solo al mando del Halcón
Milenario despegando hacia una nueva y peligrosa misión.
Como era de esperar en cuanto se
aproximó al tramo final los cuatro neumáticos empezaron a patinar a causa de la
pendiente. Pero eso a él ya no le importaba. Maniobrar era un deshonor,
retroceder una vergüenza, la Fuerza estaba con él, no podía tocar el freno, su
única opción era seguir adelante. No retroceder, no rendirse, llegar a la cima
o morir… Estaba en medio de una batalla contra la gravedad, contra la ladera de
aquella colina. Un grito de auto ánimo se le escapó de repente.
¡BANZAAAAAI!
Entonces, en apenas un instante y tras
una ligera elevación de las ruedas delanteras, el vehículo alcanzó la anhelada cima,
se puso horizontal sin más y al pisar el freno, las ensoñaciones y aventuras del
obeso piloto espacial “IzHan Solo” terminaron tan de repente como habían
empezado.
Apagó el motor y esperó sentado unos
segundos a que la nube de polvo que había levantado se disipara. En cuanto la
polvareda se dispersó pudo ver la totalidad de la cima de “La Galocha”. Ese era
el nombre de la colina en la que había hecho cumbre. En contraste con sus
laderas, la parte alta de la empinada colina era plana como un plato y tenía una
forma circular recorrida por un montón de arbustos medio secos luchando por
sobrevivir en su árida superficie de tierra amarillenta y agrietada.
Izan empezó a emplearse a fondo dedicando
más esfuerzos de los que le habría gustado en salir del coche. Cualquier
ejercicio por pequeño que fuera le hacía jadear y sudar a veces y el que se requería
para girar su orondo cuerpo, sujetarse con una mano en el volante y
desencajarse del asiento para salir del vehículo no era una excepción. Al fin
lo consiguió haciendo gala de una lentitud y pesadez nada envidiables y se
dirigió caminando con pesadez a la parte de atrás del coche.
Nada más abrir el portón trasero, Braco19
dio un ágil salto y salió disparado del agitado encierro al que su amo lo había
sometido. El perro estaba eufórico como un genio liberado de su lámpara tras
una eternidad de cautiverio y lo celebraba correteando y saltando libremente
por aquel terreno llano y despejado. Era un animal precioso. Un braco alemán de
pelo corto y moteado de color canela de apenas cuatro años de edad. Un magnífico
ejemplar vivaz, muy activo y nervioso como todos los seres vivos que se
encuentran en ese período de pocos años en los que se produce el apogeo de su
existencia, la juventud.
Sin embargo, su amo no le prestaba ninguna
atención. Estaba ocupado recuperando la escopeta de caza que guardaba en el
mismo maletero en el que había viajado su perro. Sacó con cuidado la escopeta
de su funda y comprobó que estaba cargada. No se molestó en volver a cerrar el
maletero. Lo que había ido a hacer allí no le llevaría demasiado tiempo.
Acomodó la escopeta apoyándola entre
su axila y su antebrazo derechos para dejarse las manos libres un momento.
Rebuscó en uno de los bolsillos de su chaqueta verde caqui tres cuartos y sacó
una diminuta bolsa de plástico para congelados que contenía un trozo requemado
de pollo en su interior. Lo sacó y lo partió en dos con las manos. La reacción
instintiva de Braco19 no se hizo esperar. Se acercó con agilidad hasta donde su
amo se encontraba y, agachando levemente la cabeza, empezó a mover la cola alegremente
de lado a lado como si fuera un látigo. Izan bajó una mano para que Braco19
pudiera tomar de ella uno de aquellos pedazos de pollo. El otro pedazo lo arrojó
con suavidad al suelo aproximadamente a un metro y medio delante de él y
esperó.
Izan dirigió su mirada a su reloj de
pulsera. Eran ya las 17:52 de la tarde. El sol se escondía por el horizonte. La
cima de La Galocha era de las más altas de la zona y desde ella podía
observarse cómo el día llegaba a su fin, en esa ocasión con bonitos destellos naranja
y rosa. Detrás de Izan, al este, el cielo se tornaba poco a poco del color del
mar y en pocos minutos todo quedaría sumido en la oscuridad nocturna.
La calma reinante era total. No se
escuchaba ni el trinar de un solo pájaro. Izan sólo podía escuchar los sonidos
procedentes del ruidoso masticar de Braco19 que estaba terminándose ya su
primer trozo de pollo. Esperaba a que su perro se decidiera a atacar el segundo
pedazo de carne que permanecía tirado en el suelo.
El momento que Izan esperaba se
produjo cuando al fin el confiado animal se decidió a agachar la cabeza y
estirar el cuello para acercar su hocico al pedazo de carne. Estaba a apenas un
metro de distancia de su perro y con lo que a él le pareció un rápido movimiento,
ejecutado con la precisión de un caballero Jedi manejando su espada láser, apoyó la culata de su escopeta en el hombro
derecho mientras se servía de su mano izquierda como punto de apoyo del cañón.
Braco19 no le hizo ni caso concentrado como estaba en alcanzar su preciado
trozo de pollo. El dedo índice de la mano derecha de Izan se posó sobre el
gatillo con un movimiento en perfecta sincronía con la acción de guiñar un ojo
y apuntar. El perro indiferente a los rápidos y felinos movimientos que creía
estar haciendo su amo, consiguió meterse entre las mandíbulas todo aquél
suculento trozo de blanca y requemada carne llena de tierra. Su amo, en
absoluto silencio, aguantó la respiración un instante, apuntó directamente al
corazón de su animal con innecesaria meticulosidad y sin siquiera pestañear,
apretó el gatillo.
Lo normal en esos casos hubiera sido
que el gatillo impulsara hacia delante el percutor que al impactar contra el
pistón del cartucho relleno de fulminante lo incendiara, comunicando así el
fuego y los gases incandescentes resultantes hacia la carga de pólvora que al
estallar, impulsase violentamente fuera del cañón un mortal enjambre de perdigones
de posta. Luego un ruido ensordecedor, seguido de un golpe fuerte pero
soportable en el hombro, una humareda con intenso olor a pólvora y un final
rápido para Braco19. Pero algo no salió como Izan esperaba.
En medio de aquél espeso silencio que
lo envolvía todo en la aislada y plana cima de la Galocha, Izan sintió que el
estruendo del cartucho al explotar lo dejaba sordo temporalmente. Hasta ahí
todo normal. Sin embargo, en lugar de la espesa humareda con olor a pólvora, un
inesperado flas de luz blanca cegó sus ojos al tiempo que un repentino golpe de
calor le abrasaba las mejillas. El retroceso del arma resultó ser inusualmente
fuerte. El inesperado y tremendo empujón de la culata sobre su hombro, fue de
tal magnitud que le hizo trastabillar y perder el equilibrio. El cañón de su
escopeta se alzó de golpe obligando a Izan a apuntar hacia el cielo mientras
salía despedido. Tras un par de torpes zancadas caminando hacia atrás, mantener
el equilibrio le resultó del todo imposible y fue definitivamente a dar con sus
anchas espaldas en el duro suelo, aún agarrado a su escopeta.
Tras el alboroto y la caída, el
silencio volvió a ganar terreno mientras un sorprendido Izan se incorporaba muy
lentamente, hasta quedar sentado en el suelo. Su escopeta estaba tirada junto a
él. En cuanto miró el cañón de su escopeta abierto en dos mitades retorcidas
hacia atrás como si de una piel de plátano se tratara, comprendió lo que había
ocurrido. La escopeta le había estallado en la cara.
Algo asustado se inspeccionó
rápidamente. Se miró las manos y vio que conservaba todos los dedos, así que
muy preocupado se tocó la cara, ansioso por descubrir si sangraba o por el
contrario aún conservaba todo en su sitio. No sentía dolor alguno y sus manos
estaban limpias de sangre, por lo que al parecer, todo parecía en orden. Sin embargo
al dirigir la mirada justo enfrente, descubrió que no era él, el que se había
llevado la peor parte. Su escopeta estaba inutilizada por completo pero antes
de “morir” había realizado perfectamente el cometido para el que la fabricaron.
El impacto de las postas sobre el desguarnecido flanco de Braco19 fue
definitivo.
El pobre animal yacía inmóvil en el
suelo. con la boca abierta y la lengua
colgando. Tumbado sobre uno de sus costados el cuero yaciente de Braco19
permanecía inerte apenas a cuatro metros de distancia justo frente a su
verdugo. Desde donde Izan se encontraba pudo ver que Braco19 había ido a caer
encima del montón de los blancos y podridos huesos de sus otros 18 hermanos. No
lo había hecho adrede, eso había salido así por casualidad. Con algo de
esfuerzo por el aturdimiento que aún sentía, Izan se levantó y caminó hacia él.
Quería verlo más de cerca y asegurarse de que estaba muerto. Pese a la
brutalidad del acto en sí, no soportaba ver sufrir a sus perros, prefería
matarlos en el acto. Izan detuvo sus pasos cuando el cuerpo inerte de su
compañero de caza quedó a sus pies. Allí pudo ver al magnífico perro que había
sido Braco19 tumbado sobre uno de sus costados, con la boca abierta y los ojos
entrecerrados y una expresión rígida en la cara que hacía muy evidente que
estaba sin vida. El lado del perro que
quedaba al descubierto mostraba un agujero justo detrás de su pata delantera
izquierda, en el que Izan calculaba que le cabrían por lo menos tres dedos de
la mano y que a buen seguro lo traspasaba de parte a parte.
Entonces a Izan escuchó algo que hizo
que el estómago le diera un vuelco. Detrás de él escuchó con una claridad
absoluta el sonido de golpeteo de las mandíbulas de Braco19 todavía devorando
su trozo de carne. De forma instintiva Izan se volvió instantáneamente para ver
qué ocurría. No vio nada. Un calor abrasador invadió su cuerpo y se puso a
sudar. De nuevo giró la cabeza y volvió a ver a su perro completamente muerto
en el suelo. Sin embargo, mientras el calor que le corría por las venas se
transformaba de repente en un pegajoso escalofrío, volvió a escuchar los siseos
de la respiración de su perro, los chasquidos que producía al salivar y los
ruiditos que producía al mover la lengua dentro de su boca. De hecho esos
ruiditos eran los únicos sonidos que flotaban en el espeso ambiente. Presa del
miedo Izan volvió a dirigir su atención al lugar de donde provenían las señales
de vida de su, en teoría difunta mascota.
Entonces Izan miró al suelo en
dirección hacia donde había estado su perro en vida y pudo ver cómo la sombra y
sólo la sombra de éste, permanecía proyectada exactamente en el mismo lugar en
que Braco19 había estado comiendo, hacía unos minutos. La sombra seguía a lo
suyo, devorando otra sombra, la del trozo de carne, como si nadie le hubiera
descerrajado un mortífero tiro a su original vivo. Sin embargo Izan volvió de
nuevo a comprobar que el verdadero animal yacía muerto a sus pies, separado por
lo menos dos pasos de su propia sombra viva. Izan, sintió cómo el miedo tomaba el
control y dejaba de ser dueño de sus reacciones. Aquello era sencillamente
IMPOSIBLE. Allí en el suelo, únicamente estaba esa… sombra. Comiendo. Una
sombra que además, no estaba quieta, se movía con absoluta naturalidad como si
la estuviera proyectando un perro vivo. Y podía escuchar el ruido que hacía en
su actividad. Incluso parecía estar disfrutando. De hecho su cola se movía de
lado a lado como un látigo de lo contento que estaba.
Los músculos de Izan no respondían a
nada. Quería huir pero huir, ¿de qué? ¿De una maldita sombra? ¿Qué debía hacer?
Sus piernas no se decidían a hacer nada, su cerebro intentaba dar crédito a sus
ojos, sin éxito, su respiración estaba más que acelerada, desbocada y sin
embargo, sentía que se ahogaba, que le faltaba oxígeno. Forzó sus ojos a
permanecer abiertos pese a que le lanzaban puntadas de dolor de tanto rato que
llevaban sin parpadear. Entonces, mientras su cerebro buscaba inútilmente una
explicación lógica a lo que sus ojos estaban viendo, escuchó una voz justo detrás
de él.
–
¡Buenas tardes señor! – con un brutal alarido,
Izan saltó instintivamente en dirección contraria a aquel vozarrón masculino–.
¿Ha llamado usted a MI PUERTA?
Un descompuesto y tembloroso Izan se
volvió para advertir que allí no había nadie. ¿Estaba volviéndose loco o “algo”
le había hablado con voz cavernosa desde sus mismas espaldas? Le había dicho… ¿Mi
puerta? ¿Qué puerta? A Izan le hubiera gustado responder algo, pero le resultó
imposible. No podía articular palabras. Aquella pregunta, no tenía sentido.
¡Joder! No tenía DUEÑO. Izan sintió que el terror petrificaba sus músculos y
encogía su estómago hasta hacerle daño. No pudo evitarlo, quiso correr pero se
quedó inmóvil, como un perro marcando una presa. Sólo que él no estaba marcando
nada. Estaba sencillamente atónito, buscando frenéticamente el origen de
aquella voz.
-
Estoy aquí, señor.
Dándole un nuevo susto de muerte, un
hombre alto, de rostro anguloso e inexpresivo, apareció de pronto justo por el
rabillo del ojo izquierdo de Izan, que hubiera jurado que hacía un momento, ya
había mirado hacia allí. Además aquel hombre que le hablaba, estaba apenas a un
par de metros de distancia. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto a la
primera?
El miedo aumentaba pese a que aquella
persona, no parecía suponer una amenaza. Sencillamente estaba ahí, de pie
apenas a un metro de distancia y con las manos a la espalda, mirándole
fijamente sin ningún tipo de expresión en la cara.
–
¿Señor? –volvió a preguntarle –. ¿Le
importaría decirme si ha llamado usted a MI puerta?
Aquel tipo tenía un auténtico
vozarrón. Hablaba alto y claro pese a tener esa voz tan profunda. Reverberaba
de una forma extraña, como si generara su propio…, eco. Izan podía verlo justo
enfrente, sin embargo la voz de aquel hombre alto y extraño sonaba como si le
estuviera hablando desde fondo de un pozo. A Izan algo en su interlocutor le
resultaba extraño. Aunque parecía educado y en todo momento se mostró correcto
y cortés, el tono que aquél hombre imprimía a sus preguntas resultaba alarmantemente
autoritario. Aparte, seseaba un poco. No como los dobladores de dibujos
animados cuando interpretan el habla de una serpiente, no se trataba de ese
eso. Más bien seseaba de una forma un tanto agresiva, como si le hablara entre
dientes tratando de ocultar un repentino ataque de ira.
Izan sintió un escalofrío
recorriéndole la espalda. Su sexto sentido, o como él decía, su “sentido
arácnido” se puso en guardia. Por alguna razón que no comprendía, aquél hombre
no le inspiraba mucha confianza. Bueno… Era algo más que eso. Sí. Eso era, se
sentía verdaderamente amenazado por aquella intromisión no deseada. Aquél no
había sido un tono de voz amigable. Además, ¿de dónde coño había salido ese
fulano? Hasta ese momento ni se lo había planteado. Entre el susto que llevaba
en el cuerpo por lo que acababa de ver de su maldito perro muerto y aquel
aparecido plantado justo enfrente de él, preguntándole acerca de una puerta
inexistente, Izan sintió que algo peor y más penetrante que el miedo empezaba a
invadir su ya de entrada, escasa sesera.
Pese al torrente desbocado de
emociones que empezaban a tomar el control de su orondo cuerpo, Izan fue capaz
de apercibirse de que aquel aparecido, realmente no le estaba preguntando nada.
Le conminaba a confirmar algo que por alguna razón le resultaba evidente. Como
cuando un padre le pregunta a su único hijo, quién ha roto la ventana de un
balonazo, mientras el chico sostiene en sus manos el balón lleno de trozos de
cristal clavados. Sin embargo, pese a que Izan intuía que era mejor responder
algo y rápido, no pudo. No conseguía entender qué demonios era lo que realmente
le estaba preguntando. ¿Qué diantre de puerta? Allí no había ninguna puerta.
Así que, sin poder evitarlo, mantuvo su silencio. Entonces aquél extraño
individuo de inexpresivos ojos, volvió a dirigirse a él.
–
¡Oh! – dijo poniendo cara de sorpresa, como si
acabara de descubrir la solución a un problema de matemáticas – ¡Disculpe no me
he presentado! Le aseguro que normalmente soy más educado. Es que no suelo
salir yo a abrir la puerta.
Entonces
extendió su mano derecha y dijo en lo que a Izan le pareció un tono algo más
amable:
–
Yo me llamo “Garm” – y extendió una mano
enorme hacia Izan – aunque aquí me conocen como...
–
Yo… Izan – le interrumpió mientras
correspondía al saludo chocándole la mano.
Izan sintió aquella mano enorme y muy
áspera. Parecía que en lugar de palma de la mano, aquél hombre tuviera un
enorme y áspero callo. Le llamó la
atención que un hombre tan bien vestido tuviera manos de leñador pero no le dio
mayor importancia. Le estaban ocurriendo tantas cosas seguidas por las que
sorprenderse, que aquella casi le pasó desapercibida. Sin embargo sí se fijó en
lo extrañamente vestido que iba. Bueno, extraño e impecable, más que elegante,
en realidad más bien mostraba un aspecto impecable para estar en medio de aquél
secarral polvoriento.
-
Encantado, Izan. – le soltó suavemente la mano
y se inclinó un poco hacia él – No te importa que te tutee. ¿No? Dime: ¿Te
encuentras bien? Estás pálido, como si acabaras de ver levantarse a un muerto.
-
- Yo, yo…
Entonces señalando al suelo Izan pudo
ver que la sombra de su perro había terminado su trozo de sombra de pollo y se
dirigía directa y sumisamente, moviendo la cola, justo detrás de Garm. Éste por
su parte ni se inmutó. Alargó una mano al vacío y con la palma abierta hacia el
suelo, la balanceó con lentitud, como si pretendiera acariciar, algo. Sin
embargo, bajo esa mano que Garm llevaba adelante y atrás rítmicamente, sólo
había aire. Aire y nada más que aire. Aquel extraño personaje movía la mano a
unos setenta centímetros del suelo y sin embargo a Izan le parecía que, en su
balanceo, esa mano se posaba sobre algo sólido pero invisible que estaba bajo
ella. Entonces sin casi darse cuenta, centró su atención en lo que podía verse
claramente proyectado en el suelo, junto a los pies de Garm.
Era como un lienzo en el que un pintor
despistado, hubiera olvidado representar a uno de sus personajes pero no así su
sombra.
donde, como si un pintor hubiera
olvidado sobre una sombra oscura pintada en el suelo daba en el aire Garm bajó
un instante la mirada hacia el suelo en dirección a su mano y le habló.
-
¡Chssst! Tranquilo, tranquilo.
Entonces Izan lo vio. La mano se
balanceaba en el aire pero su sombra proyectada sobre el suelo, se paseaba
dulcemente por la sombra del lomo de Braco19. La sombra del perro parecía
corresponder a esas “caricias al aire”. Reaccionaba igual que el Braco19 vivo,
en las escasas ocasiones en que Izan le había premiado con alguna caricia.
Podía verse su sombra moviendo nerviosamente su cola de látigo. De repente, la
alegre sombra mostró aún más alegría encaramándose de improviso con sus patas
delanteras en el pecho de la sombra de su benefactor.
Garm pareció sorprenderse e incluso
alegrarse de esa inesperada muestra de cariño canino.
-
Bueno, bueno – le dijo con media sonrisa en el
rostro, mientras le acariciaba con ambas manos un lomo invisible y apartaba la
cara como si una lengua fantasmal se la estuviera llenando de lametazos –.
Tranquilo, chico, tranquilo… Pronto acabaremos e iremos a tu nueva casa.
Izan más perplejo que aterrorizado,
observaba aquella estrambótica escena. Ya no se trataba de una impresión, ni de
una sensación o despiste. Estaba viendo claramente moverse a una sombra por el
suelo de forma completamente independiente, pero con las mismas reacciones que
las de un perro real. Estaba escuchando los sonidos que el animal vivo haría si
pudiera. Sus jadeos, el golpeteo de sus pisadas, incluso levantaba algo de
polvo al derrapar con sus patas traseras. Es más, desde donde él se encontraba
podía ver perfectamente los restos del animal que de estar vivo, proyectaría
esa sombra, tumbado sobre uno de sus costados, inequívocamente muerto, a unos
dos metros de distancia, con la boca abierta y un agujero enorme en un costado
que dejaba al aire varias de sus costillas. Sin embargo la maldita sombra de su
perro, campaba a sus anchas por el suelo, como si nada le hubiera ocurrido al
cuerpo que hasta hacía unos instantes había estado pegado a ella. Para más inri,
era evidente que causaba efectos notablemente físicos sobre aquél tipo llamado
Garm. Sobre “él” no sobre su “sombra”. Por su parte el maldito Garm, además no
parecía alterado en absoluto. Estaba viendo aquella sombra pulular a su
alrededor con la misma tranquilidad con la que un turista observa un bonito
paisaje. Además acariciaba con ambas manos “el aire”, como si tuviera al perro
encaramado delante de él y pudiera verlo. Sus manos acariciaban el aire pero
esas caricias, parecían llegar claramente a tocar el lomo de un perro
invisible, que proyectaba claramente su sombra sobre el pecho de Garm, que
parecía soportar el peso del perro fantasma.
Izan seguía petrificado. Aún no podía
creer en lo que veía pese a que estaba sucediendo justo delante de sus rechonchas
narices.
Observó cómo Garm, pegando la barbilla
al pecho y llevándose ambas manos atrás, le susurraba algo a aquella sombra
que, como si entendiera lo que se le estaba diciendo, obedeció y de forma
inmediata posó sus patas delanteras de nuevo en el suelo. Incapaz de salir de
su asombro y sin poder evitar aquel bloqueo mental, Izan vio cómo aquella
silueta fantasmagórica de lo que había sido su Braco19, se sentaba junto a los
pies de un Garm que acto seguido le dirigía una mirada tan fría y vacía de todo
sentimiento, que Izan no fue capaz de interpretar si aquella mirada era de
rabia o de desprecio.
-¡Bueno mi querido y cruel amigo! Creo
que ha llegado la hora de explicarte qué está sucediendo aquí, pero sobre todo
será mejor explicarte qué te va a pasar a ti.
Entonces a Garm se le escapó una tos,
que más que de su garganta, parecía haber salido de las profundidades de una
caverna. Intentó maldecir, pero le sobrevino una nueva y reverberante tos que
se lo impidió.
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