jueves, 14 de noviembre de 2019

Relato corrupción: Matacanes

Texto medio en bruto

Cuando el angosto camino de tierra llegó a su fin, Izan pegó un volantazo a la izquierda sacando bruscamente su maltrecho 4x4 de aquella especie de senda venida a más que serpenteaba por medio de un paisaje yermo y polvoriento.
El todoterreno empezó a descender por una rampa natural de tierra prensada, grava y zarzas, muy inclinada y que terminaba en una especie de valle poco profundo por el que discurría un cauce seco lleno de arena rojiza y cantos rodados enormes. Un auténtico torrente de piedras ideal para darse un agitado paseo en coche espantando un sinfín de saltamontes y aplastando unas cuantas lagartijas.
Los vaivenes de la carrocería eran tan bruscos y rápidos por efecto de las angostas irregularidades del terreno que Izan sintió que literalmente rebotaba dentro de su propio vehículo con tal intensidad, que tenía verdaderas dificultades para mantener el pie presionando el acelerador.
Siguiendo aquel curso transformador de todoterrenos en batidoras humanas y tras un largo rato de duración indefinida, Izan se introdujo poco a poco en medio de un paisaje lunar desprovisto de caminos y salpicado de pequeñas colinas cónicas que, a modo de chepas en procesión, lo rodeaban por todas partes.
Detuvo el vehículo en la falda de una ladera algo más inclinada que las demás. No apagó el motor, sólo se detuvo un instante a respirar, a descansar y a observar el enorme montículo que tenía enfrente con su peculiar forma de volcán en miniatura.
Su enorme estómago le dio con una punzada de aviso. Quizá se debió a que estaba hambriento o quizá a causa de los nervios por lo que estaba a punto de hacer. Izan pretendía subir a la cima de aquella colina en línea recta y sin escalas desde el punto donde se encontraba. No era un problema de potencia mecánica, su todoterreno tenía de sobra. Era un problema de pura física. Justo en el tramo final, cerca de la cumbre, la ladera de unos cuarenta metros de longitud se veía todavía más empinada si cabe que en su falda. Si llegado a ese punto el coche se inclinaba demasiado, Izan corría el serio peligro de caer dando vueltas de campana ladera abajo atrapado en su particular sarcófago metálico rodante. Pero Izan era completamente incapaz de ver todo aquello. La física para él era aquella asignatura horrible que le obligaba a pasar de niño dos veces por semana por aquella tortura inhumana llamada ejercicio. Su forma de ver la vida era tan simple como podría serlo la de un mantecoso hombre de cromañón relleno de 105 kilos de grasas saturadas, gobernado por una mente con una severa falta de capacidad de razonamiento.
Un largo bostezo decidió al final que lo que sentía en sus tripas era verdadera hambre. No había cogido nada de comer para él así que decidió que tenía que darse prisa. No había llegado allí para perder el tiempo precisamente. Metió la reductora. Se encomendó a unos cuantos dioses galácticos de su invención y se dijo a sí mismo: que la Fuerza me acompañe.
Las cuatro ruedas comenzaron a girar sincronizadas y el morro del todoterreno inició el empinado y ruidoso ascenso ladera arriba. En el interior del coche se hizo imposible escuchar nada que no fuera el rugido de los dos mil quinientos centímetros cúbicos de aquél potente purasangre mecánico. En cuanto el coche se inclinó por la fuerte pendiente Izan quedó aplastado contra el respaldo de su asiento. Su pobre mente sobre estimulada imaginó que pilotaba una nave espacial por una pista de despegue directa al firmamento. Aquella sensación lo emborrachaba. Era como estar flotando en la ingravidez. El volante ya no era un volante, era un timón de mando espacial, su asiento estaba dentro de una cabina de piloto y él era el mismísimo Han Solo al mando del Halcón Milenario despegando hacia una nueva y peligrosa misión.
Como era de esperar en cuanto se aproximó al tramo final los cuatro  neumáticos empezaron a patinar a causa de la pendiente. Pero eso a él ya no le importaba. Maniobrar era un deshonor, retroceder una vergüenza, la Fuerza estaba con él, no podía tocar el freno, su única opción era seguir adelante. No retroceder, no rendirse, llegar a la cima o morir… Estaba en medio de una batalla contra la gravedad, contra la ladera de aquella colina. Un grito de auto ánimo se le escapó de repente.
¡BANZAAAAAI!
Entonces, en apenas un instante y tras una ligera elevación de las ruedas delanteras, el vehículo alcanzó la anhelada cima, se puso horizontal sin más y al pisar el freno, las ensoñaciones y aventuras del obeso piloto espacial “IzHan Solo” terminaron tan de repente como habían empezado.
Apagó el motor y esperó sentado unos segundos a que la nube de polvo que había levantado se disipara. En cuanto la polvareda se dispersó pudo ver la totalidad de la cima de “La Galocha”. Ese era el nombre de la colina en la que había hecho cumbre. En contraste con sus laderas, la parte alta de la empinada colina era plana como un plato y tenía una forma circular recorrida por un montón de arbustos medio secos luchando por sobrevivir en su árida superficie de tierra amarillenta y agrietada.
Izan empezó a emplearse a fondo dedicando más esfuerzos de los que le habría gustado en salir del coche. Cualquier ejercicio por pequeño que fuera le hacía jadear y sudar a veces y el que se requería para girar su orondo cuerpo, sujetarse con una mano en el volante y desencajarse del asiento para salir del vehículo no era una excepción. Al fin lo consiguió haciendo gala de una lentitud y pesadez nada envidiables y se dirigió caminando con pesadez a la parte de atrás del coche.
Nada más abrir el portón trasero, Braco19 dio un ágil salto y salió disparado del agitado encierro al que su amo lo había sometido. El perro estaba eufórico como un genio liberado de su lámpara tras una eternidad de cautiverio y lo celebraba correteando y saltando libremente por aquel terreno llano y despejado. Era un animal precioso. Un braco alemán de pelo corto y moteado de color canela de apenas cuatro años de edad. Un magnífico ejemplar vivaz, muy activo y nervioso como todos los seres vivos que se encuentran en ese período de pocos años en los que se produce el apogeo de su existencia, la juventud.
 Sin embargo, su amo no le prestaba ninguna atención. Estaba ocupado recuperando la escopeta de caza que guardaba en el mismo maletero en el que había viajado su perro. Sacó con cuidado la escopeta de su funda y comprobó que estaba cargada. No se molestó en volver a cerrar el maletero. Lo que había ido a hacer allí no le llevaría demasiado tiempo.
Acomodó la escopeta apoyándola entre su axila y su antebrazo derechos para dejarse las manos libres un momento. Rebuscó en uno de los bolsillos de su chaqueta verde caqui tres cuartos y sacó una diminuta bolsa de plástico para congelados que contenía un trozo requemado de pollo en su interior. Lo sacó y lo partió en dos con las manos. La reacción instintiva de Braco19 no se hizo esperar. Se acercó con agilidad hasta donde su amo se encontraba y, agachando levemente la cabeza, empezó a mover la cola alegremente de lado a lado como si fuera un látigo. Izan bajó una mano para que Braco19 pudiera tomar de ella uno de aquellos pedazos de pollo. El otro pedazo lo arrojó con suavidad al suelo aproximadamente a un metro y medio delante de él y esperó.
Izan dirigió su mirada a su reloj de pulsera. Eran ya las 17:52 de la tarde. El sol se escondía por el horizonte. La cima de La Galocha era de las más altas de la zona y desde ella podía observarse cómo el día llegaba a su fin, en esa ocasión con bonitos destellos naranja y rosa. Detrás de Izan, al este, el cielo se tornaba poco a poco del color del mar y en pocos minutos todo quedaría sumido en la oscuridad nocturna.
La calma reinante era total. No se escuchaba ni el trinar de un solo pájaro. Izan sólo podía escuchar los sonidos procedentes del ruidoso masticar de Braco19 que estaba terminándose ya su primer trozo de pollo. Esperaba a que su perro se decidiera a atacar el segundo pedazo de carne que permanecía tirado en el suelo.


El momento que Izan esperaba se produjo cuando al fin el confiado animal se decidió a agachar la cabeza y estirar el cuello para acercar su hocico al pedazo de carne. Estaba a apenas un metro de distancia de su perro y con lo que a él le pareció un rápido movimiento, ejecutado con la precisión de un caballero Jedi manejando su espada láser,  apoyó la culata de su escopeta en el hombro derecho mientras se servía de su mano izquierda como punto de apoyo del cañón. Braco19 no le hizo ni caso concentrado como estaba en alcanzar su preciado trozo de pollo. El dedo índice de la mano derecha de Izan se posó sobre el gatillo con un movimiento en perfecta sincronía con la acción de guiñar un ojo y apuntar. El perro indiferente a los rápidos y felinos movimientos que creía estar haciendo su amo, consiguió meterse entre las mandíbulas todo aquél suculento trozo de blanca y requemada carne llena de tierra. Su amo, en absoluto silencio, aguantó la respiración un instante, apuntó directamente al corazón de su animal con innecesaria meticulosidad y sin siquiera pestañear, apretó el gatillo.
Lo normal en esos casos hubiera sido que el gatillo impulsara hacia delante el percutor que al impactar contra el pistón del cartucho relleno de fulminante lo incendiara, comunicando así el fuego y los gases incandescentes resultantes hacia la carga de pólvora que al estallar, impulsase violentamente fuera del cañón un mortal enjambre de perdigones de posta. Luego un ruido ensordecedor, seguido de un golpe fuerte pero soportable en el hombro, una humareda con intenso olor a pólvora y un final rápido para Braco19. Pero algo no salió como Izan esperaba.
En medio de aquél espeso silencio que lo envolvía todo en la aislada y plana cima de la Galocha, Izan sintió que el estruendo del cartucho al explotar lo dejaba sordo temporalmente. Hasta ahí todo normal. Sin embargo, en lugar de la espesa humareda con olor a pólvora, un inesperado flas de luz blanca cegó sus ojos al tiempo que un repentino golpe de calor le abrasaba las mejillas. El retroceso del arma resultó ser inusualmente fuerte. El inesperado y tremendo empujón de la culata sobre su hombro, fue de tal magnitud que le hizo trastabillar y perder el equilibrio. El cañón de su escopeta se alzó de golpe obligando a Izan a apuntar hacia el cielo mientras salía despedido. Tras un par de torpes zancadas caminando hacia atrás, mantener el equilibrio le resultó del todo imposible y fue definitivamente a dar con sus anchas espaldas en el duro suelo, aún agarrado a su escopeta.
Tras el alboroto y la caída, el silencio volvió a ganar terreno mientras un sorprendido Izan se incorporaba muy lentamente, hasta quedar sentado en el suelo. Su escopeta estaba tirada junto a él. En cuanto miró el cañón de su escopeta abierto en dos mitades retorcidas hacia atrás como si de una piel de plátano se tratara, comprendió lo que había ocurrido. La escopeta le había estallado en la cara.
Algo asustado se inspeccionó rápidamente. Se miró las manos y vio que conservaba todos los dedos, así que muy preocupado se tocó la cara, ansioso por descubrir si sangraba o por el contrario aún conservaba todo en su sitio. No sentía dolor alguno y sus manos estaban limpias de sangre, por lo que al parecer, todo parecía en orden. Sin embargo al dirigir la mirada justo enfrente, descubrió que no era él, el que se había llevado la peor parte. Su escopeta estaba inutilizada por completo pero antes de “morir” había realizado perfectamente el cometido para el que la fabricaron. El impacto de las postas sobre el desguarnecido flanco de Braco19 fue definitivo.
El pobre animal yacía inmóvil en el suelo.  con la boca abierta y la lengua colgando. Tumbado sobre uno de sus costados el cuero yaciente de Braco19 permanecía inerte apenas a cuatro metros de distancia justo frente a su verdugo. Desde donde Izan se encontraba pudo ver que Braco19 había ido a caer encima del montón de los blancos y podridos huesos de sus otros 18 hermanos. No lo había hecho adrede, eso había salido así por casualidad. Con algo de esfuerzo por el aturdimiento que aún sentía, Izan se levantó y caminó hacia él. Quería verlo más de cerca y asegurarse de que estaba muerto. Pese a la brutalidad del acto en sí, no soportaba ver sufrir a sus perros, prefería matarlos en el acto. Izan detuvo sus pasos cuando el cuerpo inerte de su compañero de caza quedó a sus pies. Allí pudo ver al magnífico perro que había sido Braco19 tumbado sobre uno de sus costados, con la boca abierta y los ojos entrecerrados y una expresión rígida en la cara que hacía muy evidente que estaba sin vida.  El lado del perro que quedaba al descubierto mostraba un agujero justo detrás de su pata delantera izquierda, en el que Izan calculaba que le cabrían por lo menos tres dedos de la mano y que a buen seguro lo traspasaba de parte a parte.
Entonces a Izan escuchó algo que hizo que el estómago le diera un vuelco. Detrás de él escuchó con una claridad absoluta el sonido de golpeteo de las mandíbulas de Braco19 todavía devorando su trozo de carne. De forma instintiva Izan se volvió instantáneamente para ver qué ocurría. No vio nada. Un calor abrasador invadió su cuerpo y se puso a sudar. De nuevo giró la cabeza y volvió a ver a su perro completamente muerto en el suelo. Sin embargo, mientras el calor que le corría por las venas se transformaba de repente en un pegajoso escalofrío, volvió a escuchar los siseos de la respiración de su perro, los chasquidos que producía al salivar y los ruiditos que producía al mover la lengua dentro de su boca. De hecho esos ruiditos eran los únicos sonidos que flotaban en el espeso ambiente. Presa del miedo Izan volvió a dirigir su atención al lugar de donde provenían las señales de vida de su, en teoría difunta mascota.
Entonces Izan miró al suelo en dirección hacia donde había estado su perro en vida y pudo ver cómo la sombra y sólo la sombra de éste, permanecía proyectada exactamente en el mismo lugar en que Braco19 había estado comiendo, hacía unos minutos. La sombra seguía a lo suyo, devorando otra sombra, la del trozo de carne, como si nadie le hubiera descerrajado un mortífero tiro a su original vivo. Sin embargo Izan volvió de nuevo a comprobar que el verdadero animal yacía muerto a sus pies, separado por lo menos dos pasos de su propia sombra viva. Izan, sintió cómo el miedo tomaba el control y dejaba de ser dueño de sus reacciones. Aquello era sencillamente IMPOSIBLE. Allí en el suelo, únicamente estaba esa… sombra. Comiendo. Una sombra que además, no estaba quieta, se movía con absoluta naturalidad como si la estuviera proyectando un perro vivo. Y podía escuchar el ruido que hacía en su actividad. Incluso parecía estar disfrutando. De hecho su cola se movía de lado a lado como un látigo de lo contento que estaba.
Los músculos de Izan no respondían a nada. Quería huir pero huir, ¿de qué? ¿De una maldita sombra? ¿Qué debía hacer? Sus piernas no se decidían a hacer nada, su cerebro intentaba dar crédito a sus ojos, sin éxito, su respiración estaba más que acelerada, desbocada y sin embargo, sentía que se ahogaba, que le faltaba oxígeno. Forzó sus ojos a permanecer abiertos pese a que le lanzaban puntadas de dolor de tanto rato que llevaban sin parpadear. Entonces, mientras su cerebro buscaba inútilmente una explicación lógica a lo que sus ojos estaban viendo, escuchó una voz justo detrás de él.
         ¡Buenas tardes señor! – con un brutal alarido, Izan saltó instintivamente en dirección contraria a aquel vozarrón masculino–. ¿Ha llamado usted a MI PUERTA?
Un descompuesto y tembloroso Izan se volvió para advertir que allí no había nadie. ¿Estaba volviéndose loco o “algo” le había hablado con voz cavernosa desde sus mismas espaldas? Le había dicho… ¿Mi puerta? ¿Qué puerta? A Izan le hubiera gustado responder algo, pero le resultó imposible. No podía articular palabras. Aquella pregunta, no tenía sentido. ¡Joder! No tenía DUEÑO. Izan sintió que el terror petrificaba sus músculos y encogía su estómago hasta hacerle daño. No pudo evitarlo, quiso correr pero se quedó inmóvil, como un perro marcando una presa. Sólo que él no estaba marcando nada. Estaba sencillamente atónito, buscando frenéticamente el origen de aquella voz.
-          Estoy aquí, señor.
Dándole un nuevo susto de muerte, un hombre alto, de rostro anguloso e inexpresivo, apareció de pronto justo por el rabillo del ojo izquierdo de Izan, que hubiera jurado que hacía un momento, ya había mirado hacia allí. Además aquel hombre que le hablaba, estaba apenas a un par de metros de distancia. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto a la primera?
El miedo aumentaba pese a que aquella persona, no parecía suponer una amenaza. Sencillamente estaba ahí, de pie apenas a un metro de distancia y con las manos a la espalda, mirándole fijamente sin ningún tipo de expresión en la cara.
         ¿Señor? –volvió a preguntarle –. ¿Le importaría decirme si ha llamado usted a MI puerta?
Aquel tipo tenía un auténtico vozarrón. Hablaba alto y claro pese a tener esa voz tan profunda. Reverberaba de una forma extraña, como si generara su propio…, eco. Izan podía verlo justo enfrente, sin embargo la voz de aquel hombre alto y extraño sonaba como si le estuviera hablando desde fondo de un pozo. A Izan algo en su interlocutor le resultaba extraño. Aunque parecía educado y en todo momento se mostró correcto y cortés, el tono que aquél hombre imprimía a sus preguntas resultaba alarmantemente autoritario. Aparte, seseaba un poco. No como los dobladores de dibujos animados cuando interpretan el habla de una serpiente, no se trataba de ese eso. Más bien seseaba de una forma un tanto agresiva, como si le hablara entre dientes tratando de ocultar un repentino ataque de ira.
Izan sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Su sexto sentido, o como él decía, su “sentido arácnido” se puso en guardia. Por alguna razón que no comprendía, aquél hombre no le inspiraba mucha confianza. Bueno… Era algo más que eso. Sí. Eso era, se sentía verdaderamente amenazado por aquella intromisión no deseada. Aquél no había sido un tono de voz amigable. Además, ¿de dónde coño había salido ese fulano? Hasta ese momento ni se lo había planteado. Entre el susto que llevaba en el cuerpo por lo que acababa de ver de su maldito perro muerto y aquel aparecido plantado justo enfrente de él, preguntándole acerca de una puerta inexistente, Izan sintió que algo peor y más penetrante que el miedo empezaba a invadir su ya de entrada, escasa sesera.
Pese al torrente desbocado de emociones que empezaban a tomar el control de su orondo cuerpo, Izan fue capaz de apercibirse de que aquel aparecido, realmente no le estaba preguntando nada. Le conminaba a confirmar algo que por alguna razón le resultaba evidente. Como cuando un padre le pregunta a su único hijo, quién ha roto la ventana de un balonazo, mientras el chico sostiene en sus manos el balón lleno de trozos de cristal clavados. Sin embargo, pese a que Izan intuía que era mejor responder algo y rápido, no pudo. No conseguía entender qué demonios era lo que realmente le estaba preguntando. ¿Qué diantre de puerta? Allí no había ninguna puerta. Así que, sin poder evitarlo, mantuvo su silencio. Entonces aquél extraño individuo de inexpresivos ojos, volvió a dirigirse a él.
         ¡Oh! – dijo poniendo cara de sorpresa, como si acabara de descubrir la solución a un problema de matemáticas – ¡Disculpe no me he presentado! Le aseguro que normalmente soy más educado. Es que no suelo salir yo a abrir la puerta.
Entonces extendió su mano derecha y dijo en lo que a Izan le pareció un tono algo más amable:
         Yo me llamo “Garm” – y extendió una mano enorme hacia Izan – aunque aquí me conocen como...
         Yo… Izan – le interrumpió mientras correspondía al saludo chocándole la mano.
Izan sintió aquella mano enorme y muy áspera. Parecía que en lugar de palma de la mano, aquél hombre tuviera un enorme y áspero callo.  Le llamó la atención que un hombre tan bien vestido tuviera manos de leñador pero no le dio mayor importancia. Le estaban ocurriendo tantas cosas seguidas por las que sorprenderse, que aquella casi le pasó desapercibida. Sin embargo sí se fijó en lo extrañamente vestido que iba. Bueno, extraño e impecable, más que elegante, en realidad más bien mostraba un aspecto impecable para estar en medio de aquél secarral polvoriento.
-          Encantado, Izan. – le soltó suavemente la mano y se inclinó un poco hacia él – No te importa que te tutee. ¿No? Dime: ¿Te encuentras bien? Estás pálido, como si acabaras de ver levantarse a un muerto.
-          - Yo, yo…
Entonces señalando al suelo Izan pudo ver que la sombra de su perro había terminado su trozo de sombra de pollo y se dirigía directa y sumisamente, moviendo la cola, justo detrás de Garm. Éste por su parte ni se inmutó. Alargó una mano al vacío y con la palma abierta hacia el suelo, la balanceó con lentitud, como si pretendiera acariciar, algo. Sin embargo, bajo esa mano que Garm llevaba adelante y atrás rítmicamente, sólo había aire. Aire y nada más que aire. Aquel extraño personaje movía la mano a unos setenta centímetros del suelo y sin embargo a Izan le parecía que, en su balanceo, esa mano se posaba sobre algo sólido pero invisible que estaba bajo ella. Entonces sin casi darse cuenta, centró su atención en lo que podía verse claramente proyectado en el suelo, junto a los pies de Garm.
Era como un lienzo en el que un pintor despistado, hubiera olvidado representar a uno de sus personajes pero no así su sombra.
donde, como si un pintor hubiera olvidado sobre una sombra oscura pintada en el suelo daba en el aire Garm bajó un instante la mirada hacia el suelo en dirección a su mano y le habló.
-          ¡Chssst! Tranquilo, tranquilo.
Entonces Izan lo vio. La mano se balanceaba en el aire pero su sombra proyectada sobre el suelo, se paseaba dulcemente por la sombra del lomo de Braco19. La sombra del perro parecía corresponder a esas “caricias al aire”. Reaccionaba igual que el Braco19 vivo, en las escasas ocasiones en que Izan le había premiado con alguna caricia. Podía verse su sombra moviendo nerviosamente su cola de látigo. De repente, la alegre sombra mostró aún más alegría encaramándose de improviso con sus patas delanteras en el pecho de la sombra de su benefactor.
Garm pareció sorprenderse e incluso alegrarse de esa inesperada muestra de cariño canino.
-          Bueno, bueno – le dijo con media sonrisa en el rostro, mientras le acariciaba con ambas manos un lomo invisible y apartaba la cara como si una lengua fantasmal se la estuviera llenando de lametazos –. Tranquilo, chico, tranquilo… Pronto acabaremos e iremos a tu nueva casa.
Izan más perplejo que aterrorizado, observaba aquella estrambótica escena. Ya no se trataba de una impresión, ni de una sensación o despiste. Estaba viendo claramente moverse a una sombra por el suelo de forma completamente independiente, pero con las mismas reacciones que las de un perro real. Estaba escuchando los sonidos que el animal vivo haría si pudiera. Sus jadeos, el golpeteo de sus pisadas, incluso levantaba algo de polvo al derrapar con sus patas traseras. Es más, desde donde él se encontraba podía ver perfectamente los restos del animal que de estar vivo, proyectaría esa sombra, tumbado sobre uno de sus costados, inequívocamente muerto, a unos dos metros de distancia, con la boca abierta y un agujero enorme en un costado que dejaba al aire varias de sus costillas. Sin embargo la maldita sombra de su perro, campaba a sus anchas por el suelo, como si nada le hubiera ocurrido al cuerpo que hasta hacía unos instantes había estado pegado a ella. Para más inri, era evidente que causaba efectos notablemente físicos sobre aquél tipo llamado Garm. Sobre “él” no sobre su “sombra”. Por su parte el maldito Garm, además no parecía alterado en absoluto. Estaba viendo aquella sombra pulular a su alrededor con la misma tranquilidad con la que un turista observa un bonito paisaje. Además acariciaba con ambas manos “el aire”, como si tuviera al perro encaramado delante de él y pudiera verlo. Sus manos acariciaban el aire pero esas caricias, parecían llegar claramente a tocar el lomo de un perro invisible, que proyectaba claramente su sombra sobre el pecho de Garm, que parecía soportar el peso del perro fantasma.
Izan seguía petrificado. Aún no podía creer en lo que veía pese a que estaba sucediendo justo delante de sus rechonchas narices.
Observó cómo Garm, pegando la barbilla al pecho y llevándose ambas manos atrás, le susurraba algo a aquella sombra que, como si entendiera lo que se le estaba diciendo, obedeció y de forma inmediata posó sus patas delanteras de nuevo en el suelo. Incapaz de salir de su asombro y sin poder evitar aquel bloqueo mental, Izan vio cómo aquella silueta fantasmagórica de lo que había sido su Braco19, se sentaba junto a los pies de un Garm que acto seguido le dirigía una mirada tan fría y vacía de todo sentimiento, que Izan no fue capaz de interpretar si aquella mirada era de rabia o de desprecio.
-¡Bueno mi querido y cruel amigo! Creo que ha llegado la hora de explicarte qué está sucediendo aquí, pero sobre todo será mejor explicarte qué te va a pasar a ti.
Entonces a Garm se le escapó una tos, que más que de su garganta, parecía haber salido de las profundidades de una caverna. Intentó maldecir, pero le sobrevino una nueva y reverberante tos que se lo impidió.

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