jueves, 7 de noviembre de 2019

Súper cabrón


Por mucho que se empeñen las pruebas, hay una cosa contra la que jamás podrán luchar; la evidencia física de que yo no puedo estar en dos sitios al mismo tiempo. Nunca lo hago, pero podría robar a cualquiera a cara descubierta y salir impune el cien por cien de las veces. No, nunca lo hago. Cuando decido robar a alguien me cubro o me disfrazo, no hay ninguna necesidad de ser imprudente.
Sin embargo, ya no me cambio ni de ropa. Antes lo hacía, por miedo y para despistar. Pero con el tiempo he descubierto que la gente no controla lo que ve. Percibe algo, pero no sabe muy bien el qué. Todo lo que pasa ante sus narices debe seguir una norma, circular por los carriles de lo esperado. Si eso no ocurre así, si el tren de la normalidad descarrila entonces se hacen unos barullos mentales dignos de un monólogo del mismísimo Joaquín Reyes en gloria esté. Toda información debe atravesar un montón de filtros. Para el que observa existen el filtro de su agudeza visual, el de su nivel de atención, el de sus convicciones personales, el de su nivel cultural, el de sus prejuicios, en fin, debe atravesar el tamiz de su cerebro y debe hacerlo dos veces. Efectivamente dos veces. Una de fuera a dentro cuando observa o sufre el robo con agresión y otra de dentro afuera cuando trata de explicarlo. Luego entraran a embrollarlo todo un poco más elementos como el paso del tiempo, los distintos niveles de memoria, la auto convicción, las influencias externas de quienes ni estuvieron allí pero gustan de opinar o el grado de trauma que se le haya creado a la persona que se estampe contra el suelo o que sea testigo de sus consecuencias. Si la agresión conlleva sangre es todavía peor, es decir, más a mi favor. Me sorprende de veras que en los juicios sigan llamando a los testigos como si fueran fuentes de información fiables. En serio no lo puedo entender.
En fin, quizá debería explicar que tengo una especie de habilidad especial, una peculiaridad difícil de explicar que vendría a ser algo así como un superpoder. Bueno yo sería más bien un súper villano ya que utilizo mis dotes sobrenaturales para agredir y robar. Mi Don es algo fuera de lo común que consiste básicamente en la capacidad de detener el tiempo a voluntad unos cinco minutos cada veinticuatro horas. Si detengo el tiempo a las 13:00 de hoy, a partir de mañana a las 13:00 puedo volverlo a detener cuando desee durante un tiempo que siempre es el mismo, cinco minutos exactos. Pasado ese tiempo todo vuelve a la normalidad.
Sinceramente, lo primero en lo que pensé cuando me di cuenta de ello fue en hacerme rico robando. Bueno no, miento, lo primero en lo que pensé y de hecho fue lo primero que intenté, fue meterle mano a mi exuberante vecina Mónica. Un sueño de mujer, un portento físico, aún hoy en día. Cuando esto se me ocurrió yo era joven, estaba en la universidad y la verdad, mi cerebro casi se dedicaba en exclusiva a pensar en trajinarse a cuantas más mujeres mejor, cosa que nunca lograba. Cuál fue mi decepción al descubrir que cuando el tiempo se detiene, todo se detiene.
Por supuesto que hice la prueba y esperé a que mi espectacular vecina apareciera por el portal de mi finca para detener el tiempo y cometer la agresión sexual. Pero aquello resultó ser como tocar un bulto de cristal frío y duro como una piedra. Algo inerte carente de sentido como pasar la mano por una tumba de mármol. Nunca había sentido nada tan decepcionante y raro al mismo tiempo.
Resulta que cuando detengo todo a mi alrededor puedo moverme con libertad, mi ropa y las cosas que tengo en la mano en ese momento no parecen verse afectadas por ese congelamiento temporal, pero el resto de elementos o de personas a mi alrededor se quedan exactamente dónde y cómo están. Puedo mirarlos, tocarlos, pero no puedo deteriorarlos, moverlos o influir sobre ellos de ninguna manera por ejemplo mojándolos. Puedo cotillear un poco eso sí, pero cinco minutos ciertamente dan para poco.
Como el sexo a espuertas no era una opción decidí emplearme a fondo en la opción B: robar. Al principio resultó una tarea realmente sencilla. Sólo tenía que situarme junto a un cajero, esperar a que alguien sacara algo de pasta y esperar el momento justo en que los billetes asomaban por la abertura del cajero. Entonces lo único que debía hacer era meterle un tremendo empujón al fulano o mengana que pretendía sacar su dinero justo antes de que lo agarrara, cogerlo yo en su lugar y detener el tiempo. Entonces disponía de cinco minutos para alejarme del lugar. ¿Quién iba a culparme? El desgraciado o desgraciada que se convertía en mi objetivo no sabía ni lo que le había sucedido. La cámara de seguridad grababa el momento pero yo no soy idiota e iba disfrazado y bien tapado. Además, aunque los videos de seguridad podían haber servido como prueba eran difíciles de creer. Algunos de esos vídeos fueron colgados en you tube por las entidades bancarias en un vano intento de que alguien me reconociera. Llegaron incluso a viralizarse ya que podía verse cómo el supuesto ladrón, o sea yo, desaparecía de repente en la nada. Pero la consecuencia inesperada fue que todo el mundo pensaba que era un fake. El ladrón fantasma, me llamaban. Viene del más a allá a robar dinero para el funeral que nunca tuvo y chorradas así.
Pero insisto. Aunque alguien hubiera sospechado de alguna manera que el tipo disfrazado aquel era yo, ¿cómo iban a demostrarlo? Estoy en buena forma y en cinco minutos puedo plantarme corriendo al menos a un kilómetro del lugar del suceso, me sobra tiempo para cambiarme de ropa, seguir alejándome o, si lo planifico bien, acercarme a ver a un amigo que me serviría de coartada justo en el momento en que el tiempo vuelve a la normalidad. La policía nunca ha venido a hacerme preguntas. Nunca jamás. Pero por si las moscas, yo además me preocupo bastante en dejarme ver a cara descubierta en sitios que tienen cámaras de seguridad grabando. Esto es por si alguna vez me pillan, que nunca puedan acusarme. Yo declararía que en el momento del robo me encontraba en un supermercado, en un centro comercial o en otro cajero por mencionar algunos de los más habituales y al revisar las cámaras de seguridad me verían allí a la misma hora de la agresión. Listo.
Bueno tras los cajeros, vinieron asaltos con violencia a todo tipo de locales donde yo sabía que había efectivo. Básicamente donde hay un chino, hay efectivo. Sobre todo, en los negocios que regentan como tiendas de ropa, bares, bazares. El sistema era casi el mismo. Entrar, esperar a que le cobren a alguien para que abran el cajón portamonedas de la caja, puñetazo en la cara por sorpresa, saltar el mostrador o rodearlo, repetir puñetazo o liarse a patadas con el chino o la china del suelo, llenarse los bolsillos, detener el tiempo y salir pitando de allí para dejarme ver en otro lugar.
Recuerdo mi mejor golpe. Ocurrió un día que vi a un chino entrar con un maletín en la mano en una notaría cerca de la universidad por pura casualidad. Sabiendo cómo son, decidí improvisar un poco. Vacié mi mochila tirando los libros a un contenedor de los azules y me la puse boca abajo tapándome la cabeza. Sé que es ridículo, pero estaba improvisando. Apenas podía ver, pero caminando más o menos en línea recta y medio a trompicones logré llegar a colocarme junto al tipo aquel, cuando aún estaba hablando con la chica que estaba tras el mostrador de recepción. Vi el maletín en el suelo junto al chino, me agaché, lo cogí y detuve el tiempo. Me quité la mochila de la cara y eché un vistazo a las figuras congeladas que me rodeaban antes de salir a la calle. Prácticamente nadie estaba prestándome la más mínima atención. Ni siquiera el propio afectado. Estaba congelado mirando al suelo justo donde antes estaban sus pertenencias, pero sin apenas haber empezado a reaccionar ante mi presencia. Y eso que pudo ver claramente cómo me acercaba con una mochila en la cabeza y agarraba su maletín. Aún hoy me resulta increíble lo que la genta tarda en reaccionar ante sucesos que se salen de la norma. ¿Pueden creer que nadie dijo ni mu?
Salí de allí tan rápido como pude. Ya en casa descubría que el maletín llevaba en efectivo más de cien mil euros que supe invertir muy bien en juergas, bebida y prostitutas a porrillo. Fue mi golpe más sencillo, más rentable y más sonado, salió hasta en los periódicos.
Pasaron los años y poco a poco me fui cansando de todo aquello. Lo habitual no era encontrarse con un maletín lleno de billetes sino con botines más modestos que iban desde los veinte euros en cajeros a algunos cientos en los locales. Aparte los dueños de los locales chinos en lugar de acudir a la policía, empezaron a armarse y a desconfiar. Ya no los pillaba desprevenidos y eso los hacía demasiado peligrosos. Una vez detuve el tiempo sin siquiera echar mano a caja registradora porque vi por el rabillo del ojo un chino al que no había visto al entrar. El tipo se quedó congelado saltándome encima blandiendo una especie de espada de hoja ancha y corta. Menos mal que me di cuenta porque cuando detuve todo, la hoja afilada se quedó petrificada a apenas dos dedos de uno de mis brazos. No sé ni de dónde salió aquel chino armado, estaría escondido el muy cabrón, pero si llega a cortarme hubiera sido mi fin. Hubiera tenido que dar demasiadas explicaciones en el hospital suponiendo que no me hubiera desangrado en esos cinco minutos.
Decidí entonces que robar a empujones y golpes requería mucho esfuerzo, cada vez un mayor riesgo y reportaba poca recompensa. Además, algunas personas salieron muy perjudicadas y empezaba a pesarme en la conciencia. Yo no me andaba con chiquitas y metía buenos empujones y mejores puñetazos. Mis víctimas, sobre todo las de los cajeros, pilladas completamente desprevenidas, acababan estampadas literalmente y de muy mala manera contra el pavimento. Estrellar sus huesos contra el suelo solía causarles graves lesiones sobre todo a los que se daban con la cabeza contra algo o eran personas de cierta edad, pero claro, los pocos ancianos que sabían aclararse con el cajero automático solían ser los que más dinero sacaban. Para mí eran un caramelo en la puerta de un colegio. En fin, sentí que si seguía era cuestión de timpo que matara a alguien de un mal golpe o una mala caída. Para más inri, la policía empezaba ya a ponerse las pilas y a tomarse más en serio aquello del ladrón fantasma.
En fin entre el suceso del chino asesino, la posibilidad de cargarme a alguien y la presión policial empecé a verme muy expuesto, me acojoné y lo dejé.
Hoy en día, siento que el tiempo no pasa en balde y aunque sigo parando el tiempo y robando me lo tomo con más calma. Ahora veo esta actividad como una especie de paga extra que a veces me cobro a veces no. Me he vuelto un oportunista aprovecho la ocasión si se presenta, pero si no, me quedo quieto. Además, no me quito de la cabeza la cuestión de que pueda haber alguien más como yo.  ¿Y si jodo a alguien como yo, pero con menos escrúpulos? ¿Detendrá el tiempo y me joderá a mí si me descubre? Bueno, son cosas en las que pienso porque me hago mayor.
También me dedico a putear de vez en cuando a la gente que me toca las narices por puro placer, para reírme un rato y por no perder el “tacto”. He descubierto que puedo pegarle a la gente cosas en el cuerpo con pegamento de contacto cuando el tiempo está detenido. Cosas como cucarachas vivas en la frente por ejemplo, como le hice a la exjefa de mi mujer el día que la despidió. También puedo chafarlas y dejarlas caer en la boca de algún idiota como le ocurrió al director de mi sucursal el día que por su culpa no pudimos firmar la hipoteca. Puedo pegar con cinta americana un masclet en las pelotas de alguien si tiene la ocurrencia por ejemplo de robarme el móvil. Ese fue un día de gloriosa justicia.
En fin yo tengo cinco minutos y siempre estoy preparado ¿qué tienes tú?
Cisnerius


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